Las Flores Rotas

Blog de poesía + Artes Visuales + Entrevistas literarias

 

Jacqueline Marval, "Jeune fille au bord de l’eau" (1921)


Mirar el sol 

y saber que ningún paso me sigue 

ninguna mirada me busca 

ni alberga el anhelo de abrir 

la ruta de lo lejano. 

No aguardo. 

No fue acogida 

esa madeja de frutos que ansían el tranquilo gajo. 

Sólo yo había sostenido la red. 

Sólo en mí había bullido el manantial. 

La imaginación es la única 

en mirar y amar 

las joyas que jamás relumbran en los espacios.



Elizabeth Schön (1921-2007). Antología poética. Caracas: Ciclo Bicentenario Carabobo, 2022.

Mikhail Mikhaĭlovich Cheremnykh, Russkii revoliutsionnyi plakat Pl.37 (1925)




En el muro de los siglos
yacen inscritas nuestras sombras
Este silencio pétreo
cuenta verdades irrefutables
Todo lo construido
lleva nuestros nombres ocultos.



[De la obra: Escribir es un camino]



José Gregorio Daliz (Venezuela, 1973). Poeta, fotógrafo y editor; investigador. Es autor de los títulos: Acto de resistencia (Poemas), Silencio de palabras (Pensamientos), Pensamientos libertarios, La magia del instante (Fotografías, pensamientos y poemas), Canto a Apascacio Mata: homenaje a un policía ejemplar (Poema, biografía), y Escribir es un camino (Libro compilatorio de sus obras), todos publicados por Ediciones cultorDlapalabra.

 
Armando Rojas Guardia poemas
Umberto Boccioni, "The Street Pavers" (1914)

 
 
 
 
Patria

Alguna vez amamos, o dijimos amar,
la terquedad sombría de tu fuerza.
La voz del padre enronquecía
al evocar calabozos, muchedumbres,
hombres desnudos vadeanodo el pantano,
llanto de mujer, un hijo
y más arriba (¿dónde arriba?)
el trapo contumaz de una bandera.
Supimos, lenta y vagamente,
que lo imposible te buscaba
extraviándote los pies
—aquellos pies de Hilda obsesionaron
a mis ojos de niño: su corteza
terrosa, vegetal, desconcertada
sobre la pulitura del granito.

Tal vez una tarde, entre los campos,
la música te deletreó de pronto
al lado de algún bosque, una colina,
un lago triste que se te parece:
la misma terquedad al revelarte
ávida no precisamente de nosotros
(los efímeros, los quizá, los transeúntes)
sino de tu patina absurda de grandeza
—esos sueños opulentos de la historia
que son más bien su horror, su pesadilla.

Ahora que te conoces vil, prostibularia,
porque tanta voluntad ecuestre
se apeó bajo el sol a regatear
y el héroe mercadeó con su bronce
y el oro solemne del sarcófago
adornó dentaduras, fijó réditos,
y no hay toga ni charretera ni sotana
que te oculten cuadrúpeda, obsequiosa
por treinta monedas ancestrales,
yo me atrevo a cubrir tu desnudez.
No es verdad que te vendiste. Tú anhelabas
dilapidarte brusca, totalmente:
un lujoso imposible.
                              Lo sabías,
siempre lo has sabido y como siempre
aras en el mar. Te concibieron
con voluntad precisa de fracaso.

Cómo afirmar, pasito, que hoy te quedas
en la dificultad de sonreírte
levantando los hombros, desganado,
y diciéndote con sorna, con ternura,
mañana sí tal vez. Quizá mañana...

 

 

Homeland
 
We loved it once, or so we said,
the somber stubbornness of your force.
The father’s voice would grow
hoarse when he evoked prisons, multitudes,
naked men wading through the swamp,
a woman’s weeping, a son
and up there (up where?)
the obstinate shred of the flag.
We learned, slowly and vaguely,
the impossible was chasing you
misleading your feet
—Hilda’s feet obsessed
my child’s eyes: their earthy,
vegetable, disconcerted bark
on the polished glow of the granite.

Maybe one afternoon, in the fields,
the music spelled you out suddenly
beside some forest, on a hill,
a sad lake that looks like you:
the same stubbornness when you revealed
yourself so eager not really for us
(the ephemeral, the maybes, the passers-by)
but for your absurd patina of grandeur
—those opulent dreams of history
that are actually its horror, its nightmare.

Now that you know yourself so vile, a brothel,
because all that equestrian intent
climbed down to haggle in the sun
and the hero marketed his bronze
and the solemn gold of the sarcophagus
adorned dentures, fixed interest rates,
and there’s no toga nor epaulet nor habit
to shroud you, a quadruped, obsequious
for thirty ancestral coins,
I dare to cover your nakedness.
It’s not true you sold yourself. You wanted
to dilapidate yourself so brusquely, totally:
a luxurious impossible.
                              You knew it,
you’ve always known it and as always
you’re plowing the sea. You were conceived
with the precise will to failure.

How is it you affirm, so gently, that now you’ll stay
in the tension of smiling at yourself
lifting your shoulders, dejected,
and telling yourself sarcastically, tenderly,
maybe tomorrow I really will. Maybe tomorrow...
 




 

Armando Rojas Guardia (1949-2020). Patria y otros poemas. Caracas: Editorial Equinoccio, 2008. Traducción al inglés de Guillermo Parra. 
 

Encontrado en http://venepoetics.blogspot.com/2018/08/patria-armando-rojas-guardia.html

Caneo Arguinzones, Las flores rotas blog de poesía, Poesía venezolana
Johann Caspar Fuessli, Archives de l’histoire des insectes Pl.32 (1794)


 

Memoria

 

Tozudo escultor, talla mi rostro, desfigúrame.




Bozal


Perversa sensación herirlo
cada carne tibia desvela
mi llama-conciencia


                      Huele fresca


Se revela como manjar
desangrado


Poseo mis colmillos tras el bozal de la duda


Mi libertinaje se ha desvanecido.
Intento a rajas controlarme,
llevarme a la inanición,


abandonar la mueca.





Cuenca



Cajón o refugio
arriba
cuadriculada la noche


Artificial depresión en la tierra


Poco saben de mí
y me pudro


Náusea informe del aliento,
andar


Manto espeso
esta cordura enferma


¡Brota de mí, moral!


Aquellos no me saben y la sed
la he olvidado.





Semilla


Partí en busca de la nuez,
partí esta cáscara deforme


partí al sur
en dos quebré,


El recorrido se hizo doble:
uno áspero y poroso
otro almendrado


Aceitosa ánima en busca de sí
para partir cabeza, pecho y nuez.





Calla


Silencia el recuerdo de mi ingle,
su mirada.


No menciones cómo llegué a mirarte
aquella noche.


Yo ocultaba un diáfano cristal,
por él sé de siluetas, del jadeo, de la luna…
cuando abierto me desvela.


Conoces el lagrimal allí oculto,
haz palpado sus párpados.


No piques
mi fémino ojo
o me dejarías
tuerta




Caneo Arguinzones (1987-2014). Zoo: Anatomía del insecto. Caracas: Monte Ávila Editores, 2011.

 

Master of the View of Saint Gudula, Young Man Holding a Book (ca. 1480)

 

Considerando

1. que el corazón es un órgano muscular hueco

2. que el corazón es el responsable del bombeo y circulación de la sangre en el cuerpo y que sin este flujo no se puede vivir

3. que la masa muscular que lo constituye está formada por tejido cardíaco, caracterizado por no estar sometido a la voluntad, sino que funciona de manera automática

4. que cuando comencé a amarte yo no sabía lo que hacía, pero no podía evitar algo que podríamos configurar bajo el nombre “latido”

5. que el corazón es el músculo que más trabaja en el cuerpo humano, latiendo unas 115.000 veces al día, con un promedio de 80 veces por minuto

 6. que, durante un tiempo de vida normal, el corazón humano latirá más de 3.000 millones de veces – bombeando una cantidad de sangre de cerca de un millón de barriles.

7. que al principio la eclosión de mis latidos era tal que podía oírlos al dormir y al despertar

8. que al principio creía en tus latidos como nunca había logrado creer en dios

9. que con el paso del tiempo empecé a confundir los latidos de mi corazón con los latidos de mi corazón

10. que las palabras no son las cosas

11. que un latido es el movimiento diferenciado en el ritmo de contracción y dilatación del corazón y las arterias.

12. que un latido tiene un correlato vibracional en los órganos y también sonoro

13. que toda vibración de un cuerpo dependiendo de la cercanía puede generar una resonancia

14. que durante mucho tiempo me dediqué a diseccionar la respuesta vibratoria que producía tu latido sobre mi cuerpo

15. que la disección cada vez me acercaba más al conocimiento de cómo funciona el corazón y más lejos de mis latidos

16. que en la medida en que más me aferraba a la creencia, mi corazón hecho de músculo y fibra, hecho de piel y carne, hecho de agua o savia, hecho de temblor y espasmo, hecho de vértigo y fugacidad, hecho de ternura y suavidad, hecho de terciopelo, hecho de mi papá peinándome el cabello, hecho de mi abuela agregándole el sufijo iña a todos los diminutivos, incluyendo mi nombre, hecho de mi propia sonrisa y el tono delicado con el que trataba las a plantas, hecho de mis ganas de acariciar y de los brillos que veía en los ojos ajenos; mi corazón se moría y yo me
quedaba repitiendo sílabas, tratando de hallar una clave

17. que nunca he dejado de preguntarme si un corazón se cansa de latir y un día decide colapsar

18. que nunca he podido explicarme cómo es que un corazón se cansa de latir y un día decide colapsar

19. que nunca he podido dejar de insistir en que mi corazón no se canse de latir evitando que un día llegue a colapsar

20. que tanto el latido como el colapso se producen de forma automática

21. que

 

 

Regina Riveros (1986). Tejido cardíaco. Universidad de Carabobo: Poesía. Publicado el 25 de noviembre de 2024.

 Eugène Carriere, Etude de Femme ou Elise riant (1893-1895)



Sigo comiendo el silencio,
la abeja negra atemorizada,
la expresión de una pantalla
[simulando]
el borde de un mundo
alejado de sí mismo,
(un modelo antiguo
de escasas formas).
Sin particularidad alguna
para:

el escribano
del fondo
de las aguas.

El silencio más introspectivo
donde
no llega
la metereología
de ninguna carta
de antecedentes
dormidos
y resultados baratos.
Apenas el viento
como estancia
(comienza a andar libremente)
sin posturas ajenas,
con la hierba en la boca de los
que observan plácidamente la
profunda significación del saberse:

[Nacidos de un día animal
paridos en el suelo
de la fornicación,
la sangre y el miedo]

La mirada nacida de la sombra
–abstracta cata de gemidos–
abierta entre corchetes negros.
La metamorfosis de las alas
donde se parten los ecos
[Aullidos de la ternura]

De:

Una danza inmóvil
tatuada en la pared.

–Interrupción–

He sobrevivido a otro corto silencio.
Días sin telefonear a los ojos
de lo cotidiano, al sexto tono se caen
las llamadas.

Lluvias:
gritan.
Fuera:
se estremecen los vientos.

–Interrupción número 2–

Hacemos una llamada y
establecemos la conciencia del Yo,
(eso que la mayoría lleva
al «love hotel» más cercano de la
prostitución)
[NO física]
sin que se le cruce un sólo
pensamiento en media jornada de vida,
y recalco:
[NO física].

–Interrupción número 3–

Lo mejor es acelerar la curva,
la línea discontinua,
el turbo de la pasión de tres dígitos,
no más.
[Porque no le llegarán]
<<Créanme>>

El deseo es fuerte, pero…
en sus ojos brilla la luz neutral,
la oscilación de la rama que
parece ir retrocediendo hacia
un lugar lejano,
la inversa de las manos
se me acercan,
(envueltas por la cáscara que habitamos),
recipiente actual en
la bandeja del pensamiento,
el tacto de la serpiente expuesta
entrecerrando los ojos,
bebiendo el agua de las pupilas
en un charco plano.
[Tomando tu lugar] –Interrupción número 4–
Mi lengua y mis labios
junto a la botella de vino
absorbiendo el instante,
el triángulo fijo en el papel
visualmente estático,
(se arruga en las lenguas
de quienes saben darle forma
al filo hambriento
del placer),
y le lanzo un gesto de reclamo al
giro del reloj,
nada se mueve excepto él,
siendo
la licencia turbada de mi distorsión,
(no se cuentan mis latidos en
el zumbido inalámbrico).
Las sensibilidades se las dimos
al estimulante de baja estatura,
de formas fálicas,
el Ser como manifestación de
espinas,
como culto
y costumbrismo.
–INTERRUPCIÓN NÚMERO X–
=(Des)conexión.

 

 

 

Isaura Duarte. Poemas. Isaura Duarte. Santiago de Chile: Revista Montaje.

 

Paul Signac, "Port of Saint-Cast" (1890)



ORFEO


A Eugenio Montejo


Orfeo se hunde en su propia sustancia
la que llama Eurídice
y el necio pájaro ventrílocuo
lame en el charco de sangre creado en su honor
por la soberbia de su alma
lame anhelante sus migajas estremecidas y ampolladas
como pedazos de la dama perdida




MUELLE CUATRO


Cerca del muelle cuatro no hay esperanzas
algún café perdido en las maderas
y una colilla húmeda
Los sacos de sal apilados con desgano
aguardan un estivador que no ha nacido
Son las cuatro en la tarde de bruma
y cuando intentamos el regreso
los pasos se extravían
Al cerrarse una puerta en las bodegas
su chirrido se confunde
en el grito de un pájaro




Teófilo Tortolero (1936-1990). Demencia precoz - Teófilo Tortolero. Valencia: Revista Poesía, publicado el 25 de junio de 2018.

Édouard Manet, "La Nymphe Surprise" (1861)


A Diego Sequera

 

Subconfieso que subdesando las calles de un país
subdesarrollado del tercer mundo
Cerquita de la línea ecuatorial
Una conmoción geográfica – tropical eructa bufones que evaporan
espíritus
Subciudadano
Subser –subpaís donde encontrarse con un chamán callejero es una rareza
Subsociedad
Apruebo solamente los homenajes a los mendigos – a los
locos y a los apátridas
Submundo
Billy Jack nació para perder
“Be born for lose”
Si el duro desierto continúa absorbiendo mis subandanzas entonces se
extenderá un crimen
Continúa la derrota
Continúa la prisión

 

 

Antonio Robles (1964). Huyendo al Sur. Antología poética. Santiago de Chile: LP5 Editora, 2021.

 

Alfred Schwarzschild, Der Poet und seine Muse (1925)

 

 

Al margen de todo

 

Para Robert Walser

 

Amigo, hemos esperado mucho tiempo

las frases suaves y los sonidos mágicos

han quedado atrás, atrapados en el miedo

y el tañido angustiante de otras voces

 

Supongo que, aunque jamás las escuchamos

son como besos que nunca se olvidan

como una nostalgia infinita

 

al margen de todo

sin voz ni palabras

 

quedaremos

 

 

 

 

Así te soñamos

 

Para Edith Södergran

 

Las sombras adornaban su camino

y la noche fue azul de olas incontables,

una detrás de otra.

 

Para ella el silencio yacía en el verano,

cuando la luna, blanca y tierna,

patinaba sobre el mar.

 

Leyéndote conocí Suecia,

la imaginé como un universo bañado de sol

que cabía bajo la sombra

de un arbusto del parque.

 

Hoy, mientras tomamos el sol de la mañana,

mi gato y yo te recordamos.

Más allá, sentada en un banco, advertimos tu presencia.

Una carta, la más breve,

presiona tu pecho.

 

Así te soñamos...

 

 

 

 

El último libro

 

Para Hanni Ossott

 

Hoy quisiera detenerme y pensar

lentamente, si seguir hacia el fin o sentarme

a escribir aquel libro que nunca escribí

Tal vez sea una fantasía

una espina clavada en la noche de mi ser

Mi alma, caída, hoy quiere volar en busca del Minotauro

del poema perdido en el canto

que yace en laberinto de Dédalo

Antes hubo muchos libros

¿Para qué uno más?

La luna brillará en la ventana del pensamiento

iluminará temas, mitos y personajes

Es ella quien me incita a leer

escribir

pensar

ser

incluso cuando el tiempo es sólo migajas

 



Álvaro Ríos. Signos de Admiración. Cabudare, Lara: AlfaGuaro, junio, 2024.

Stanhope Alexander Forbes, The white gate (1937)



Borrasca

 

Una borrasca incansable
habita en mi casa.

Entra por las ventanas
y se cuela en las habitaciones.

Las escaleras son cascadas
y el techo desgasta sus fuerzas
y aun así no la detiene.

Tiene muchos años así
a veces pareciera que escampa,
pero ella sigue sin tregua.

Mi cuerpo ya no aguanta
ha ido envejeciendo en la espera,
ha perdido la voz.

Solo el miedo permanece seco
y mis ojos disueltos por el viento
dejan de mirar hacia la mañana.

 

 

 

Evasión

 

Mi voz es eterna evasión
en tu espacio auditivo.

Tu mirada vaga en el vacío
de cualquier espejo
vencido por la opacidad.

Este absurdo tiempo
escrito en un grito
de inagotable agonía
aferrado en la sobrevivencia.

Lo demás es difícil definirlo,
el límite del quejido
ha muerto sin empezar.

 

 

 

Tregua

 

La incertidumbre parece abandonarme,
la soledad anda escondida
en algún rincón de la indomable casa.

Y es que la querencia ha venido
y reclama el espacio,
ese que un día dejó en el vacío,
ese que, suspendido en el tiempo,
arrojó mis suspiros al abismo.

Entró una mañana,
estaba tibia de sol
y la risa la envolvía de voces
y desplegaba alas de libertad.

Le dije: quédate conmigo
y apenas sonrió sin responder,
pero sus ojos mostraron
esa brevedad del instante,
esa imposibilidad de permanencia
y lo definitivo del destino.

 

 

 

Rossela Brugnoli. Vacíos de ausencia. AlfaGuaro, mayo, 2025.


Disponible en https://alfaguaroebook.blogspot.com/search/label/Rossela%20Brugnoli

Camille Pissarro, "En landsbygade, Venezuela Caracas 1853" (1853)


REYNALDO PÉREZ SO


La sensualidad del verso, el erotismo puro pareció ser función de la mujer venezolana. Enriqueta Arvelo Larriva, va anudando retorcimientos de culebra, frutas partidas, pulpas, en la quietud sombría de los ríos de galería o entre los rincones de cuartos antiguos de la soledad de El Llano. Ana Enriqueta Terán tras la revelación de los clásicos viaja entre los objetos, los seres humanos, los animales, los elementos con la seducción del susurro, las cadencias de la frase, despierta como a ocultas una sensualidad delicada, nerviosa, apoyada entre símbolos y reticencias tejidos igualmente a Enriqueta Arvelo de impotencias o solapamientos del habla. Velada por su aislamiento, leída tardíamente surgen los versos de María Calcaño, una poeta rescatada por los escritores de los años 70, sin compromiso a escuelas o grupos, poemas vitales como para un solo interlocutor o para sí misma. Por primera vez en el ambiente literario los versos se desnudan a la par de los cuerpos. La mujer se reconoce, busca, abraza, besa, se canta a la menstruación, se acepta, se valora. El erotismo no es obscuro secreto o patrimonio viril. No obstante, la falta de pericia formal no siempre apunta en buenos textos y su obra, lamentablemente, se impone mínimamente por los aciertos aislados o por, es lo menos importante, el tema. El caso de María Calcaño es un leit-motiv en nuestra literatura: escritores de un solo cuento o novela, poetas con un único texto. En todo caso María Calcaño, sin quererlo, pensamos, da pautas a la poesía confesional y al erotismo abierto que posteriormente otros poetas exploran, pero sin el riesgo de unos tiempos distintos.

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La década de la Dictadura fue el caldo de cultivo mayor de nuestra lírica actual, aunque iniciado en los 40 la mejor afirmación será entonces. Todas la corrientes se darían cita hacia un proyecto que muere en los 60 devorado por la retórica, la pose, la bohemia política y la falta de formación integral, saludable, de una poesía que se ligase al hombre, eminentemente al hombre y no al servicio de la política que al final los convertiría en agentes de su propia destrucción.

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Una procesión de poetas se dará en la capital de la República, unos más jóvenes que otros, hermanados por metas comunes, como el papel que jugara el surrealismo venido desde Chile vía Juan Sánchez Peláez o Hesnor Rivera, quien se revela en los años 60 desde Maracaibo. Resuenan los nombres de Ramón Palomares, Rafael Cadenas, Jesús Sanoja Hemández, Francisco Pérez Perdomo, Juan Calzadilla, Luis García Morales todos en Caracas, la auto-llamada Generación del 58 que más tarde Ludovico Silva tilda «muerta como generación» en un artículo publicado en Zona Tórrida 16/17, pero negada por nosotros e igualmente la Generación de los 60, como grupos autónomos, particularizados por un lenguaje definitorio, y las vemos como una continuación, imbricación a los poetas de los cuarenta, en el plano eminentemente estético, no así en el político. Será, individualmente, ya entradas las décadas de los sesenta e inicios de los setenta cuando definirán sus voces, sus estilos, sus búsquedas. Hesnor Rivera sorprende con un poema Silvia, texto solitario de amor, su poesía en general es abierta, solar, de erormes espacios donde puede respirar, a pesar de las influencias francesas, que tan poco color y libertad nos aportaran. Su proyección posterior se recoge en un libro que sale en 1976, Persistencia del Desvelo de Monte Avila Editores. En 1958 publica por primera vez Ramón Palomares sus poemas en libro El Reino. Una verdadera sorpresa literaria, poética. Hubo un giro de frescura, responsabilidad y altura del acto poético. Un cierto ennoblecimiento que coloca a su poesía cuesta arriba, se liga a la vida y las palabras rompen para ponerse al servicio de ella. Dos tendencias, no obstante, se notan en ese libro primero: la de una poética que podríamos definir como abstracta, racional (recordamos a García Morales, a Rómulo Aranguibel…) y la que quiebra el verso hacia sus próximos libros como Paisano y Adiós Escuque, aunque la experiencia fuese manifestada en poemas sueltos publicados en Elite a principios de los años cincuenta. Un libro nuevo y nuevo no por la juventud del autor sino por el mismo carácter de sus poemas. Ahora nos tropezamos con las dos tendencias en juego y que al final triunfa el salvaje, la contracorriente digna que nos salva como poetas de la tribu. La reacción no se hizo esperar: sus versos fueron inmediatamente asociados al folclor, ingenuidad, pobreza. Nuestra crítica y nuestros poetas, la mayoría, habían asumido un patrón de universalidad centrado en Europa o Francia concretamente. El engolamiento substituía a nuestro lenguaje común y Ramón Palomares era el niño del cuento de Andersen «el rey está desnudo». Era lógico: culturalmente se pertenecía al ghetto de las grandes ideas eurocéntrícas, los poetas mayúsculos, las abstracciones puras o los colgajos de las traducciones surrealistas.

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Rafael Cadenas, otro poeta de la periferia como Ramón Palomares, escribió un pequeño libro de adolescencia en 1945, luego hace mutis hasta finales de los cincuenta con Cuadernos del Destierro, lejano de sus poemas iniciales, literario, apegado a la tradición de Ramos Sucre, pero que viene a servir de padre, quizá como huida, a Falsas Maniobras donde el gran poeta se apropia de las palabras despojándolas de los vicios verbales que la tradición nuestra acostumbró, adjetivos altisonantes, descripciones míticas exóticas. Falsas Maniobras está en la otra banda de lo representado por Juan Sánchez Peláez, aunque no pocos los asociasen, pero en él se vierte un mundo fantasmagórico, en que la imaginación y las palabras se casan para dar cabida o paso al lenguaje poético de lo más cercano al hombre de carne y hueso, vital, en busca de una gravedad distinta. El poeta deberá de hacerse, hacerse con el poema, existir y entregarse al texto y no éste obnubilado por las palabras o «deliciosamente confundido en ellas». Sin embargo, una lectura más exigente sería necesaria, con la que los poetas de la Dictadura y el 58 tomaran el justo lugar, ya que el mito inflacionado, el halago desmerecido, la política invasora han distorsionado la apreciación de los tiempos de confusión: los 50 y los 60.

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Esta década del antirromulismo, el rojismo, el cubanismo fue quizá la más pedante, engreída, de la historia reciente hasta entonces. La fórmula maniquea política asesinaba con un solo grito de salón políticoteórica a Vicente Gerbasi, Andrés Eloy Blanco, Juan Liscano, dejaron de existir poetas como Rodolfo Moleiro, Ana E. Terán, Enriqueta Arvelo L. Todo aquello que sonara a no «compromiso» queda desterrado, ahora se pertenecía a la pre-historia, pues la historia se inicia con los intelectuales desvaríos del surrealismo, o las imitaciones del desparpajo beat-nick, la poesía «coloquial» cubana, el romanticismo, el neo, de Hikmet e incluso no pocos alababan el triste papel colombiano de los nadaístas. Era el viva la revolución de las palabras, fue el poeta engagé sin compromiso. Aunque del mare mágnum quedarían voces aisladas, sin el rubor de tantos, quizá más que por política por necesidad humana, de este modo se rescatan los versos de Caupolicán Ovalles «Elegía a mi padre…..», que en su tiempo fue un rencuentro novedoso con el lector fatigado de retóricas y afrancesamientos. El humor lírico, trágico, el amor filial hallaba un canal seguro en la forma dialectal venezolana. Si alguna vez se trató, el experimento no pasaría en otros (Iob Pin, Aquiles Nazoa) de intentos de humor llano, no lírico, más versificación rimada que posible poesía. Caupolicán Ovalles logró en este largo poema allanar el camino, pero que sus épigonos no comprendieron: procuraron el humor y cayeron en el circulo ya ultrapasado o terminaron nuevamente afrancesándose o europeizándose con la pretensión de sencillos. Elegía a Guatimocín … fue un hito, pero mal visto por todos, o un hito invisible. En él es posible aún apañar al salvaje, a pesar del barullo gramático que prevalece entre muchos de los grupos más jóvenes del momento.

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Gustavo Pereira logra en Oriente la barricada que toda la política lírica no pudo mantener luego del primer lustro de la violencia en los gobiernos de Betancourt y, el más feroz aunque silencioso, Raúl Leoni. La derrota guerrillera enterraba lentamente las armas y las voces. Los poetas desfilan por MirafIores, instituciones oficiales como el INCIBA, luego el CONAC, o se acomodaban en puestos medios de provincia o la Metrópolis. Apenas alguna rebeldía delirante en las peñas exquisitas e intelectuales. Mientras ocurría todo esto, Pereira, mantiene el compromiso vital de seguir escribiendo con su propia pauta lírico social. Maneja la ironía, el humor, como un testigo fiel a los tiempos. La poesía no es un juego de salón, arte por birlibirloque, para él es el rescate mismo del hombre por la palabra, fuera de la trampa intelectual sesentona o la metáfora polvorista, luminosamente fatua que la verbalización de la poesía de la calle impone como la lírica del día. Pronto pasará la moda y todos nuestros poetas pasarían con ella. Gustavo Pereira seguirá permaneciendo, pues el hombre seguía siendo el hombre, las miserias del alma serán las miserias eternas o las grandezas de los hombres de la tribu, los salvajes que vemos deambular en nuestra propia historia familiar. Por la otra orilla el cansancio daba paso a los artefactos poéticos de una guerra perdida que no supo iniciarse, que no tenía asideros, donde la gloria pertenecía a los egos abultados en las universidades nacionales y la dosis marxista externa.

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Otros nombres: Víctor Valera Mora, también con una poética social más de recitación, de inflamación de cenáculos clase media, de un humor benigno, circunstancial, recuerdos de la poesía cubana, la norteamericana de los 50 y 60, el poeta líder de masas y las de los poetas de la Revolución de Octubre rusa. Víctor Valera contribuye en esos años a dar un giro al poema de la peña: volverlo callejero, propaganda social, política. La experiencia no iría más allá de lo propuesto, sujeta las condiciones pasajeras del momento, los textos quedarían en la memoria nostálgica de quienes vieron aquella década como la esperanza de la posible utopía.

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José Barroeta, aunque publica ya para la próxima década sus libros, como hiciera Víctor Valera, fue entre los jóvenes el mejor dotado. Su vida particular de muchacho grande, una especie de Dino Campana venezolano, tocado por una relación tormentosa con su vida escribe hermosos versos donde se presiente la nostalgia de Césare Pavese, los influjos del Romanticismo, los hallazgos de Vallejo, y otras fuentes. Barroeta era apenas un adolescente cuando se perfilaba, se decía, el gran poeta en los textos de «Octubre», publicados en Todos han muerto. Era la poética del compromíso del alma, la mística de su propia izquierda política. Su realidad estaba en vivir «como poeta», «nada de literatura». Ante todo el hombre presente, lo demás era subterfugio intelectual. Su gran influencia recae sobre los más jóvenes de Caracas y Valencia. Fue el espejo, el cuadro, de lo que un poeta debiera ser. De este modo, se asumió sus lecturas, su conducta, su filosofía. Luego transcurren los años y otras direcciones se presentaban.

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Desde Valencia, fuera de los arquetipos ideológicos de la década, un poeta tímido, tembloroso rompe los moldes con poemas sobre el desquicio, de una gran fuerza, extraños. El libro se llama Demencia Precoz y su autor Teófilo Tortolero, poco cerebral y cargado de sueños borrascosos de una sensibilidad fina, religiosa. Su escritura no fue lo suficientemente entendida entonces ni después. Se centró en el culto escatológico o la tergiversación de la lectura, cayendo en apreciaciones profesorales, castrantes, o en la motivación desbordada de amigos. No obstante, Tortolero, desde 1966 propone una poética encontrada a la dirección y perfiles de aquellos años, y sin sospecharlo, delineaba a distancia los intentos que los poetas jóvenes de los 70 procuraban. Igualmente, cosa curiosa, se vislumbra en otro poeta del interior del País, radicado en Caracas, Luis Alberto Crespo. Ambos participan en el para aquellos años famoso concurso de la Bienal Pocaterra del Ateneo de Valencia, donde destacan también Rafael Cadenas, Francisco Pérez Perdomo, Jesús Sanoja Hernández. Crespo publica en libro en 1968, tal como Teófilo Tortolero. Nos mostró una poesía recogida, rural, de memorias retomadas de la infancia y descripciones solares, limpias, casi atlánticas por el paisaje costeño, a pesar de ser de una naturaleza de montañas y valles, especial dado que la experiencia apenas había sido, oblicuamente, tomada por nuestra tradición (quizá Palomares en otro sentido e igualmente Salustio). Crespo es de aquellos creadores que asomaron un nuevo giro en la poética: ahorro del lenguaje, continencia al máximo, exaltación del paisaje e interiorizarlo de forma autónoma.

.

En un bosquejo de la Poesía Venezolana en estas seis décadas, de cualquier forma, sería necesario, obligatoriamente, analizar otros poetas, situarlos en el verdadero espacio que les corresponde en las dos corrientes del salvaje y el gramático. Dos poéticas encontradas, pero existentes, lo que nos permitiría un trabajo mayor, profundo. Incluiríamos a Luis Castro, Fernando Paz Castillo, Pablo Rojas Guardia, José Ramón Medina, Ida Gramcko, Francisco Pérez Perdomo, Maria Calcaño, Luis Garcia Morales, Juan Calzadilla, José Antonio Castro, Eleazar León y Jorge Nunes. Y tal vez excluiríamos a otros.

 


Reynaldo Pérez Só (1945-2023). Seis décadas de poesía venezolana (Un bosquejo). Universidad de Carabobo: Poesía, No. 102/103, 1994.

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