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| P. C. Skovgaard, "The Beach at Rågeleje" (1842 - 1843) |
La luz de nuestro litoral está hecha de una intensa blancura calina que nos contrae las pupilas como en pocas latitudes de la tierra. Los viajeros venidos de países lejanos, sobre todo los que provienen de regiones septentrionales, pronto advierten que aquí el hombre está obligado a mirar de manera distinta, y acaso no poco del atractivo que el trópico les proporciona arraiga en esa nueva sensación de la mirada a que naturalmente han de someterse. Las cosas no se perciben tanto por la precisión de sus contornos o por las aristas de sus volúmenes; se nos vienen encima, querámoslo o no, casi disueltas en bultos de flotantes esfuminos. En los ardientes mediodías, aun bajo el ala del sombrero, los párpados se pliegan hasta casi cerrarse, defendiéndose de la abrasiva claridad. Muchos hombres de nuestras costas guardan el hábito de verlo todo, aunque haya caído la noche, por una breve hendija que no deja adivinarles el color de los ojos. Ven como si durmieran. Así, por cierto, debió de pintar Armando Reverón, cuando en sus grandes telas de rústica materia trató de asir el testimonio de nuestra cruda intemperie marina. Así tendrían que ser vistos sus cuadros si queremos acercarnos a la vehemente luz que su pincel fielmente circunscribe. Son colores amotinados dentro de una tensión blanquecina que los presenta extraños, tan extraños como pudo ser el misterioso cuadro de Frenhofer antes de que su autor, según cuenta Balzac en La obra maestra desconocida, lo diera al fuego. Reverón, por su parte, no destruyó sus obras que afortunadamente hoy podemos contemplar agradecidos, pero fue en cambio quemándose a sí mismo, consumido por su pasión de absoluto.
Es sabido que Cristóbal Colón, al pisar el suelo de nuestra península de Paria durante el tercero de sus viajes, creyó localizar allí nada menos que el paraíso. En sus crónicas se documenta un asombro que, como lectores escépticos, podemos atribuir a la turbada imaginación de quien, presa de sensaciones desconocidas, asistía deslumbrado al descubrimiento de un nuevo mundo. En su testamento, sin embargo, años después pagará tributo a aquella primitiva visión, dejándonos saber cuánto de sincero hubo en su inicial asombro, y ello lo hace con una frase que hemos de retener entre las más conmovedoras que haya inspirado nuestra geografía. "De Paria -anotó en su hora final el almirante- no me acuerdo sin que llore". Son palabras de Colón, pero son también palabras nuestras, de aquéllas que, por veneradas, casi no nos decimos.
Muchos han sido los viajeros, a lo largo de las pasadas centurias, con quienes nuestra historia se halla en deuda. Entre los más ilustres, sin duda Alejandro de Humboldt merece un rango preferente en nuestra memoria por el acopio que nos lega su obra de sabio observador, dueño de una vocación enciclopédica que arraiga en un anhelo ciertamente fáustico. No es mi propósito trazar ahora el inventario de esos impagables mapas que han dibujado el paisaje que nos rodea. Ese inventario en buena parte ha sido escrito por especialistas de diversas ramas científicas. Los poetas no han faltado a la hora de celebrar muchas de estas páginas en que, para contento de la imaginación, la verdad y la fábula se contagian en un mismo idioma, en unas más que en otras, pero siempre bajo un acento que después reivindicarán como propio los entusiastas del llamado realismo maravilloso. No es sorprendente que de Humboldt se ocupara José Antonio Ramos Sucre; tampoco lo es que en nuestros días otros poetas encuentren en las páginas del maestro alemán vetas líricas a cuya exploración se consagran.
Vuelvo a la luz de nuestro litoral porque es allí adonde me lleva el recuerdo que ahora trato de fijar. De esa luz y de las aguas que en tumulto rompen en nuestras costas, no todas son iguales. Las hay temibles para los navegantes como la Boca del Dragón" frente al delta del Orinoco, y las hay más apacibles. Un joven marinero polaco que andando el tiempo sería una gloria de la literatura inglesa, anduvo por ella, a fines del pasado siglo. No debió de ser poca su admiración por estos paisajes puesto que años más tarde va a evocarlos en una extensa novela. El marinero que a los 19 años llega a Puerto Cabello es Joszef Conrad Nalecz Korzeniowski, cuyo nombre literario será el más breve y famoso de Joseph Conrad. La fecha de su arribo se sitúa hacia fines de 1876. La novela que nos importa, pues otras suyas son de igual o mayor jerarquía, es, como sabemos, Nostromo, cuya trama recrea con lento ritmo muchos de los rasgos que después van a repetirse en narraciones motivadas por la vida y la geografía de los ambientes tropicales. Puerto Cabello se transforma bajo su pluma en Sulaco, un mítico puerto acaso más poblado que Macondo, pero no menos colorido y lleno de tensiones entre bandos que se hostigan en guerra civil o más bien incivil. Conrad recorrió sus costas en los lentos navíos de la época y es probable que hasta haya intimado con lugareños y extranjeros asentados a la vera de nuestro mar. Alguna vez, durante un asueto de las maniobras de su buque recalado en La Guaira, sube al Ávila y divisa a lo lejos, desde la mole del cerro, los techos rojos de Caracas. No conocía el poema que a nuestra capital dedicara Heriberto García de Quevedo, muerto hacía poco en la Comuna de París, pero quizá contempló el valle con una delectación parecida a la que recoge el endecasílabo del diplomático español: "feraz verdura de perpetuo abril". Todo cuanto dice a su futuro biógrafo doce años después de aparecida Nostromo, casi treinta luego de su permanencia entre nosotros, es que vio a Caracas desde lejos.. . y añade, poniendo al resguardo su recuerdo: "Hace tanto tiempo ya de todo eso".
¿Qué privó en el ánimo del joven marinero para que fuese Puerto Cabello, y no otro pueblo, el predestinado para su voluminosa novela? A quienes la bahía porteña les sea familiar o hayan navegado por las opacas y demoradas aguas de Golfo Triste, grato entretenimiento les proporcionará el indagar aquí y allá, entre sus páginas, cuáles de las referencias que nos confía se corresponden con las verdaderas, cuáles inserta su vivaz imaginación. Como polaco que escribe varios años después de su paso por estos lugares, no deja de ver en ellos la nieve -la misma que nosotros nunca hemos visto- en la cumbre de una montaña que se mira desde el mismo Sulaco. En verdad, son necesarias varias millas de distancia y no pocos años de ausencia para contemplar, desde cualquier sitio de Puerto Cabello, algún cerro nevado.
Uno de los libros que sirvieron a la reconstrucción novelesca de Conrad fue Venezuela, de Edward B. Eastwick, Caballero inglés y agente negociador de la deuda, enviado por los intransigentes acreedores decimonónicos. Eastwick, distinto de los actuales cobradores, rinde homenaje en un grueso volumen a la hermosura de nuestra flora. Se detiene largo tiempo en Valencia, cuyas mujeres, por la belleza de sus rasgos y dulzura de trato le hacen lamentar el estar casado. Y se colige de su relato que, no obstante la estrechez hospitalaria que podía hallar un caballero de una adelantada metrópoli en la Venezuela de aquel tiempo, disfrutó aquí momentos de inolvidable bienestar. Como no puede, a sus años, desposar a una hermosa muchacha, de porte similar a la bella Antonia Avellanos de la novela, sugiere a un joven inglés avecindado en Puerto Cabello que venga a conquistarla y pedir su mano. Por su parte, Conrad anotará en el prólogo de la obra, en 1917: "Si hay algo que pudiera inducirme a 'Visitar de nuevo a Sulaco (me desagradaría 'Ver todos los cambios'), sería Antonia. Y la 'Verdadera razón de ello -¿por qué no decirlo con franqueza?- es que la he novelado sobre mi primer amor".
Eugenio Montejo (1938-2008). El taller blanco. México: Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Azcapotzalco, 1996.






