Las Flores Rotas

Blog de poesía + Arte + Entrevistas literarias

 

P. C. Skovgaard, "The Beach at Rågeleje" (1842 - 1843)


La luz de nuestro litoral está hecha de una intensa blancura calina que nos contrae las pupilas como en pocas latitudes de la tierra. Los viajeros venidos de países lejanos, sobre todo los que provienen de regiones septentrionales, pronto advierten que aquí el hombre está obligado a mirar de manera distinta, y acaso no poco del atractivo que el trópico les proporciona arraiga en esa nueva sensación de la mirada a que naturalmente han de someterse. Las cosas no se perciben tanto por la precisión de sus contornos o por las aristas de sus volúmenes; se nos vienen encima, querámoslo o no, casi disueltas en bultos de flotantes esfuminos. En los ardientes mediodías, aun bajo el ala del sombrero, los párpados se pliegan hasta casi cerrarse, defendiéndose de la abrasiva claridad. Muchos hombres de nuestras costas guardan el hábito de verlo todo, aunque haya caído la noche, por una breve hendija que no deja adivinarles el color de los ojos. Ven como si durmieran. Así, por cierto, debió de pintar Armando Reverón, cuando en sus grandes telas de rústica materia trató de asir el testimonio de nuestra cruda intemperie marina. Así tendrían que ser vistos sus cuadros si queremos acercarnos a la vehemente luz que su pincel fielmente circunscribe. Son colores amotinados dentro de una tensión blanquecina que los presenta extraños, tan extraños como pudo ser el misterioso cuadro de Frenhofer antes de que su autor, según cuenta Balzac en La obra maestra desconocida, lo diera al fuego. Reverón, por su parte, no destruyó sus obras que afortunadamente hoy podemos contemplar agradecidos, pero fue en cambio quemándose a sí mismo, consumido por su pasión de absoluto. 

Es sabido que Cristóbal Colón, al pisar el suelo de nuestra península de Paria durante el tercero de sus viajes, creyó localizar allí nada menos que el paraíso. En sus crónicas se documenta un asombro que, como lectores escépticos, podemos atribuir a la turbada imaginación de quien, presa de sensaciones desconocidas, asistía deslumbrado al descubrimiento de un nuevo mundo. En su testamento, sin embargo, años después pagará tributo a aquella primitiva visión, dejándonos saber cuánto de sincero hubo en su inicial asombro, y ello lo hace con una frase que hemos de retener entre las más conmovedoras que haya inspirado nuestra geografía. "De Paria -anotó en su hora final el almirante- no me acuerdo sin que llore". Son palabras de Colón, pero son también palabras nuestras, de aquéllas que, por veneradas, casi no nos decimos.

Muchos han sido los viajeros, a lo largo de las pasadas centurias, con quienes nuestra historia se halla en deuda. Entre los más ilustres, sin duda Alejandro de Humboldt merece un rango preferente en nuestra memoria por el acopio que nos lega su obra de sabio observador, dueño de una vocación enciclopédica que arraiga en un anhelo ciertamente fáustico. No es mi propósito trazar ahora el inventario de esos impagables mapas que han dibujado el paisaje que nos rodea. Ese inventario en buena parte ha sido escrito por especialistas de diversas ramas científicas. Los poetas no han faltado a la hora de celebrar muchas de estas páginas en que, para contento de la imaginación, la verdad y la fábula se contagian en un mismo idioma, en unas más que en otras, pero siempre bajo un acento que después reivindicarán como propio los entusiastas del llamado realismo maravilloso. No es sorprendente que de Humboldt se ocupara José Antonio Ramos Sucre; tampoco lo es que en nuestros días otros poetas encuentren en las páginas del maestro alemán vetas líricas a cuya exploración se consagran. 

Vuelvo a la luz de nuestro litoral porque es allí adonde me lleva el recuerdo que ahora trato de fijar. De esa luz y de las aguas que en tumulto rompen en nuestras costas, no todas son iguales. Las hay temibles para los navegantes como la Boca del Dragón" frente al delta del Orinoco, y las hay más apacibles. Un joven marinero polaco que andando el tiempo sería una gloria de la literatura inglesa, anduvo por ella, a fines del pasado siglo. No debió de ser poca su admiración por estos paisajes puesto que años más tarde va a evocarlos en una extensa novela. El marinero que a los 19 años llega a Puerto Cabello es Joszef Conrad Nalecz Korzeniowski, cuyo nombre literario será el más breve y famoso de Joseph Conrad. La fecha de su arribo se sitúa hacia fines de 1876. La novela que nos importa, pues otras suyas son de igual o mayor jerarquía, es, como sabemos, Nostromo, cuya trama recrea con lento ritmo muchos de los rasgos que después van a repetirse en narraciones motivadas por la vida y la geografía de los ambientes tropicales. Puerto Cabello se transforma bajo su pluma en Sulaco, un mítico puerto acaso más poblado que Macondo, pero no menos colorido y lleno de tensiones entre bandos que se hostigan en guerra civil o más bien incivil. Conrad recorrió sus costas en los lentos navíos de la época y es probable que hasta haya intimado con lugareños y extranjeros asentados a la vera de nuestro mar. Alguna vez, durante un asueto de las maniobras de su buque recalado en La Guaira, sube al Ávila y divisa a lo lejos, desde la mole del cerro, los techos rojos de Caracas. No conocía el poema que a nuestra capital dedicara Heriberto García de Quevedo, muerto hacía poco en la Comuna de París, pero quizá contempló el valle con una delectación parecida a la que recoge el endecasílabo del diplomático español: "feraz verdura de perpetuo abril". Todo cuanto dice a su futuro biógrafo doce años después de aparecida Nostromo, casi treinta luego de su permanencia entre nosotros, es que vio a Caracas desde lejos.. . y añade, poniendo al resguardo su recuerdo: "Hace tanto tiempo ya de todo eso".

¿Qué privó en el ánimo del joven marinero para que fuese Puerto Cabello, y no otro pueblo, el predestinado para su voluminosa novela? A quienes la bahía porteña les sea familiar o hayan navegado por las opacas y demoradas aguas de Golfo Triste, grato entretenimiento les proporcionará el indagar aquí y allá, entre sus páginas, cuáles de las referencias que nos confía se corresponden con las verdaderas, cuáles inserta su vivaz imaginación. Como polaco que escribe varios años después de su paso por estos lugares, no deja de ver en ellos la nieve -la misma que nosotros nunca hemos visto- en la cumbre de una montaña que se mira desde el mismo Sulaco. En verdad, son necesarias varias millas de distancia y no pocos años de ausencia para contemplar, desde cualquier sitio de Puerto Cabello, algún cerro nevado.

Uno de los libros que sirvieron a la reconstrucción novelesca de Conrad fue Venezuela, de Edward B. Eastwick, Caballero inglés y agente negociador de la deuda, enviado por los intransigentes acreedores decimonónicos. Eastwick, distinto de los actuales cobradores, rinde homenaje en un grueso volumen a la hermosura de nuestra flora. Se detiene largo tiempo en Valencia, cuyas mujeres, por la belleza de sus rasgos y dulzura de trato le hacen lamentar el estar casado. Y se colige de su relato que, no obstante la estrechez hospitalaria que podía hallar un caballero de una adelantada metrópoli en la Venezuela de aquel tiempo, disfrutó aquí momentos de inolvidable bienestar. Como no puede, a sus años, desposar  a una hermosa muchacha, de porte similar a la bella Antonia Avellanos de la novela, sugiere a un joven inglés avecindado en Puerto Cabello que venga a conquistarla y pedir su mano. Por su parte, Conrad anotará en el prólogo de la obra, en 1917: "Si hay algo que pudiera inducirme a 'Visitar de nuevo a Sulaco (me desagradaría 'Ver todos los cambios'), sería Antonia. Y la 'Verdadera razón de ello -¿por qué no decirlo con franqueza?- es que la he novelado sobre mi primer amor".  



Eugenio Montejo (1938-2008). El taller blanco. México: Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Azcapotzalco, 1996. 

Francisco Camps Sinza
Theo van Doesburg, Mouvement héroïque (1916)



Antes de bajarme del bus, vi a mamá en la esquina. De ser una mota parduzca rodeada de árboles llorones, estática en la comisura del cerro miserable de bloque y cemento atrás, llegó a mí, sin mover un pelo, con esa mirada clavada e impávida. Vio mi blusa aún mojada por la playa, los restos de arena dorada y el bronceado quebrado por una línea pálida como un panqué de dos sabores. Ya iba a recibir el anunciado pescozón de bemba compungida y palma de piedra tras el niña tú no aprendes ni a los carajazos, niña lo tuyo es pura calle, niña espera a que llegues a casa pa’ que conozcas a pedromoreno, mientras yo repetía el sambenito de que todito era verdad, salí con la Nani y el Pedro, que los llamara o les escribiera, pero era imposible: la naturaleza de las madres no está hecha para comprender; empecinada en la terquedad de su tradicional lección, el Julián le pasaba por la nariz el engaño, tan fresquito como la hazaña de escabullirse a mi habitación removiendo la cortina en esa alteración nocturna dando tumbos zarataco, una mano jorunga por acá y con la otra serpentea por allá, la camisa a media asta en la lipa pelúa meneando su codicia de manera tan penosa, y el shu, no sueltes ni una palabrita, hasta agonizar en apenas un ensayo de lo que su atrofiada mente puede hacer con mamá. Hasta me consolaba en vano, volviendo al mismo punto muerto, pensando en la carcajada del Jony diciéndome, como buen hombre, que no dijera nadita; que no le diera disgustos a la pure, que un día de estos agarraba al fulano una noche de esas tan oscuras y lo mandaba donde reposan las almas. Pura excusa barata para no acompañarme; solo quería escabullirse con la vieja que lo tiene engatusado.

 

 

 

Francisco Camps Sinza (1988). Ascenso. Marcapágina: publicado el 15 de marzo, 2026. 

Link: https://www.marcapagina.page/relato/ascenso/

 

Julius Sergius Klever, "Blühender Mohn" (1905)

 

 Let our lives be pure as snow-fields, where our footsteps leave a mark, but not a stain.


*

There are souls which, like the pontiffs of the ancient law, live only on the sacrifices they offer.


*

There are people who never speak of themselves, for fear of interrupting their own introspection.


*

Those who hace suffered much are like those who know many languages: they have learned to understand an be understood by all.

 

 *

There are words which are worth as much as the best actions, for they contain the germ of them all.

 

 *

We are always looking into the future, but we see only the past.

 

 

*

He who has ceased to enjoy his friend's superiority  has ceased to love him.

 

 

 *

To have ideas is to gather flowers. To think is to weave them into garlands.

 

 


Madame Swetchine (1782-1857). The writings of Madame Swetchine. Translate by H.W. Preston. Boston: Roberts Brothers, 1869.

 

Martha Darley Mutrie, "Wild flowers at the corner of a cornfield" (c.1855–60)

 

 -¿Tienes cigarros? -preguntó el niño a la señora Marta.

      Pasada la media noche ella se disponía a recoger su pequeño tarantín que consistía en una mesa improvisada con patas de chatarra y una tabla plástica cubierta por un mantelito. Sobre ella organizaba los caramelos, los cigarros y las chucherías que vendía afuera, en la entrada de su rancho.

      —Ya estoy guardando hijo-respondió con cierto desasosiego y quizás disimulando un poco el dolor de tripas con el que había despertado aquella mañana.

      -Anda vale, véndeme uno, es que sin cigarro no me explota la nota-insistió el niño.

      -Bueno, bueno, ¿de cuál quieres?-preguntó hurgando un sucio saco donde metía las cajetillas.

      -Dame el de cinco bolos.

      -Toma, y no estés tan tarde por ahí.

      -Gracias mi vieja, hoy me toca la calle, en mi casa es puro peo, así no cuadra.

      Marta vio al niño alejarse mientras terminaba de arreglar, vio que estaba sucio, vio sus chancletas desgastadas más grandes que sus piesitos, la misma ropa de toda la semana, la flacura de su pequeño cuerpo y uno que otro hematoma en sus bracitos descubiertos. Se fue echando humo a quién sabe donde con paso juguetón entre los montículos de tierra húmeda.

      Comenzaban a caer gotas mansas anunciando la lluvia, Marta se apresuró, forcejeó con la oxidada puerta hasta que por fin abrió, entró justamente cuando se desató el palo de agua, por alguna razón su dolor de tripas se hizo mas intenso. Rápidamente buscó ollas y potes plásticos para ponerlos en las goteras que ya tenía medidas previamente, la lluvia arreciaba, algunas láminas de zinc se alzaban con la ventisca. Como era típico en esos aguaceros el barro se metía por la rendija entre la puerta y el piso inundando la sala.

 

 

Kelvin Ortiz. Marta. Caracas/México: Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña. Publicado el 20 de octubre de 2024.

Albert Daenens, "The machine man" (1925)


El casco hace ver tu cabeza como una tortuga, resguardándote, quizá, de tus pensamientos. Llevas, a manera de capa, una bandera raída e incolora que ondea en un intento por enaltecer tu tamaño ante la Máquina. 

Así se ha llamado desde que tienes uso de razón. Tus padres, y sus padres, lo hicieron; y a su vez los abuelos de sus abuelos: árboles genealógicos cercenados hasta la raíz por los dientes ferrosos de aquella bestia.

A veces, cuando la Necrópolis te permite dormir, sueñas con un mundo sin la Máquina. Te ves a ti mismo, como un reflejo lejano, navegando en un barco hecho con las páginas de algún libro. La corriente te lleva hasta donde el horizonte se funde con el cielo, y esa fina línea se abre como el ojo de un dios al que no se le conoce rostro. Al entrar, el barco deja de existir, y las páginas de aquellos libros se entierran como semillas en el nuevo suelo. De inmediato, el césped crece hasta donde la vista alcanza. Te susurra cosas. Cosas que no entiendes a primera oída y mucho menos a la segunda. 

Comienzas a recordar. A tu mente vienen los nombres del viento y la lluvia, su golpeteo mesurable en los tejados; la luz del Sol y la Luna, ambas cómplices del tiempo y la rutina; la arena, la tierra, las estrellas, los árboles, los animales, los senderos y la niebla, todos ellos se aglutinan en el vacío de una consciencia que les da un lugar; nota tras nota la música reclama el espacio; los acordes, los ritmos, la armonía y las melodías; aparecen los géneros: el rock, el jazz, el joropo. Le das espacio a las historias alrededor de una fogata, a los viajes que descubren montañas y desentierran más y más historias, de Homero hasta Dante, y luego de Tolkien a Borges. Ves a los héroes tallados en madera, piedra y metal; y estas últimas caras no se borran, te señalan.   

 

 

José Miguel Mota Mendoza (1989). Los nombres de la Máquina en Ficción Breve. Publicado el 10 de diciembre del 2019.

 

Link: https://ficcionbreve.org/los-nombres-de-la-maquina-de-jose-miguel-mota/ 

Nicaise De Keyser, "Three Studies of the Skull of Jacobean Antonio Timmerman from Dunkirk" (s/f)



Cráneo, occipital, maxilar inferior

Una vez leí que el corazón bombea cerca de 4,7 litros de sangre por minuto, tal vez esa era la razón por la que cuando asesinaron al primo de Reiber, y la bala perforó su yugular, el chorro de sangre había sido incontenible durante algunos segundos, hasta que finalmente los latidos en su pecho se detuvieron por completo.

Siempre recordaba cosas como esas: que la columna vertebral está constituida, en su mayoría, por treinta vértebras; o que el 7 % del peso del cuerpo pertenece a la sangre, o que respiramos entre dieciséis o quince veces por minuto. Acumular datos como estos hizo que mi maestra de tercer grado, Celia, creyera que yo tenía madera de médico y que siempre canturreara que, si me lo proponía, «mi mente brillante» me ayudaría a convertirme en doctor. Durante algún tiempo le creí, se me hizo fácil memorizar los huesos, músculos y órganos y cuando algún novio de mi mamá llegaba borracho a la casa y estrellaba su rostro contra la pared, recitaba todo lo aprendido como una oración, como si mencionar los huesos faciales contribuiría a curar los moretones y cortadas que aquellos hombres producían en mi madre.

La maña me había quedado desde entonces, como un mantra. Lo hacía de forma inconsciente, como cuando Estefani había nacido y mi mamá me dejó en la sala de espera junto a mi abuela, esa vez recité por primera vez los 208 huesos y volví a hacerlo cuando le dimos la bienvenida a Yorber, a Frank y a Paola, mis otros tres hermanos. De grande fui diciéndolo cada vez con menos frecuencia, luego de que caí en cuenta de que solo era un carajito de La Vega, pobre, con una madre soltera y con todas las estadísticas en contra, así que no tenía sentido repetir algo que poco me serviría, pues, aunque la maestra Celia seguía diciéndome que yo podía, ¿cuántos chamitos de barrio eran médicos con cuatro hermanos y una madre a cuestas? Seguramente muy pocos.

 

 

 

Annya Rivas López (1998). Zombie en Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña. Publicado el 20/10/2022.

 

Arcadi Mas i Fondevila, "Farolillos En Paris"

 

"Facilis descensus Averno"

Virgilio, Eneida

 

Lo extraordinario en la poesía de Baudelaire es que las imágenes de la mujer y de la muerte se entrelazan en una tercera, la de París. El París de sus poemas es una ciudad hundida, más bien bajo el mar que bajo la tierra. Los elementos ctónicos de la ciudad –su formación topográfica, la vieja cuenca abandonada del Sena– encontraron en Baudelaire una impronta. Pero lo decisivo en el "idilio mortuorio" de la ciudad en Baudelaire es un sustrato social, moderno. Lo moderno es uno de los acentos principales de su poesía. Con el spleen parte en dos el ideal ("Spleen et idéal"). Pero es precisamente la modernidad la que cita la protohistoria. Esto ocurre a través de la ambigüedad propia de la situación social y del producto de esta época. La ambigüedad es la aparición en imagen  de la dialéctica, la ley de la dialéctica detenida. Esta detención es utopía; de ahí que la imagen dialéctica sea imagen onírica. Una imagen semejante presenta la mercancía como tal: como fetiche. Una imagen semejante presentan los pasajes, que son tanto casa como calle. Una imagen semejante presenta la prostituta, que es vendedora y mercancía al mismo tiempo.

 

 

 Walter Benjamin (1892-1940). El París de Baudelaire. Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora, 2012.

Relato de Francisco Camps Sinza
Natalia Goncharova, "Cats (rayist percep.[tion] in rose, black, and yellow)" (1913)




Mi nombre es Nígelher, con la i acentuada y una inflexión como si la jalaran con una cabulla, la cual la hace parecer doble, multiplicarse, o así es como lo pronuncia mamá en ataques de arrechera, hasta que le dije que ahora me llamaba Hene. No prestó mucha atención y siguió nombrándome a su antojo inicial. Antes de ser Hene, me preguntaba cómo lo hubiese pronunciado papá, de estar acá y no en un viaje de tantos años por todo el país -hasta pienso que está perdido y no sabe cómo regresar-. Pero no importa. Lo que viene al caso es que me cansé de repetir mi nombre ante las incapacidades fonéticas de otros: unas veces era “Naigele”, otras “Nigele” y, en la mayoría de los casos, “Nogele”.




Francisco Camps Sinza (1988). Hene, publicado en Transtextos, noviembre de 2024. 

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Marie Egner, "Südliche Landschaft" (s/f)




[Noviembre. Gower Street, 3]. ¡Es muy extraño! De repente estoy de vuelta, entrando en mi habitación y deseando escribir, y «Toc, toc», la señorita Chapman en la puerta. Ha venido un hombre a limpiar las ventanas. ¡Podría estar yo enterada!

  Y así nos reclama la muerte. Estoy segura de que justo en el momento final se oirá una llamada a la puerta y Alguien Inesperado vendrá a «limpiar las ventanas ».

    B. me ha dado su pluma estilográfica. La habitación está esta noche llena de humo; el gas burbujea como si las tuberías estuvieran llenas de agua. Reina un gran silencio. Estoy más bien resfriada, pero me siento del todo viva tras mi experiencia de esta tarde.




Katherine Mansfield (1888-1923). Diario, Lumen, 2023. 

 

Francisco Camps Sinza relato, Las flores rotas blog, cuento, narrativa
Quentin Massys, Portrait of a Scholar (ca. 1525 – 1530)



Les contaré, a la manera que pueda, como fue que dejé de sonreír por un lapso. Estaba en tercer grado de primaria. Fui al colegio “Juan Bautista” como mis amigos Osorio, Márquez y Gaitán, los cuales todavía frecuento en el bar de la esquina. Esos días colegiales eran felices. No había dicha mayor que ir a clases, no a aprender, sino a jugar pelota de goma en el recreo con mis amigos, a comer las obleas del señor Jesús que comprábamos a la salida, a atrapar lagartijas que se escabullían por la placita, espiar a las niñas, entre otras cosas. Mamá siempre me buscaba a las doce del mediodía en religiosa puntualidad. A esa hora, el timbre nos despertaba del letargo de alguna materia, matemáticas o tal vez inglés, me aburrían a morir y como Lucho pensaba que era, no innecesario aprender inglés, sino muy desprovisto de realidad.



Francisco Camps Sinza (La Guaira, 1988). Lapso en Transtextos, mayo, 2024. 

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Francisco Camps Sinza cuento, Resolución, Type Literaria
B. Shaka, "Vanitas Still Life" (1675 - 1700)


Tenía un problema con las manos. No me salían tan bien como quería. Con las de mamá pasaba lo mismo: aquí está cocinando asado, aunque parece un pollo o un pavo lo que mete al horno. Tampoco su nariz está tan lograda; se ve achatada, como hueca, con dos grandes fosas como túneles. No es que tenga un problema, toda ella está bien, de pies a cabeza, con su melena oscura envuelta en un paño, su vestido malva de flores disecadas y su robustez que no he aplanado, como le hubiera encantado. Puede que no tenga tanto talento como pensaba, me repetía. Mira Louis —le digo para salir del sopor—: acá juegan bingo. Él es muy detallista. Es el primero en observar lo que dibujo.



Francisco Camps Sinza (La Guaira, 1988). Resolución en Transtextos. 
 
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Enrique Cejudo relato, Nietzsche, Turin
Giuseppe Canella, Turin, A View Of The Piazetta Reale



«Heimweh se llama en alemán ese dolor, es una bella palabra y quiere decir ‘dolor de hogar’».

Primo Levi: Si esto es un hombre



«Lo que no nos destruye nos hace más fuertes». Todo aquel que haya estudiado a Nietzsche se ha encontrado con esta frase. Cuando era adolescente la leí en los primeros fotogramas de Conan, el bárbaro. Después estudié filosofía y me doctoré con una tesis sobre el pathos de la distancia en la poesía de Nietzsche. Algo difícil de explicar; el texto tomaba como eje la Genealogía de la moral y su idea central era que cerraba un círculo que comenzó a dibujar ya en sus estudios sobre el mundo griego arcaico, aún sin cumplir los veinte años. 



Enrique Cejudo. Algo así te dije.

Link: https://shorturl.at/lopCZ

Francisco Camps Sinza, Blanca Sangre, Revista Weird Review
Artemisia Gentileschi, "Jael and Sisera" (1620)



El pobre diablo de rodillas estaba bañado en sangre. Su camisa ya roja, con algunos destellos blancos, marcaba su pecho. De su cabello azabache, explayado en su frente perlada de sudor, se abrían canales bermejos, y el ojo izquierdo de aquel miserable, brotado, intentaba abrirse en vano. Unas mujeres se le abalanzaban como fieras para cachetearlo. Sus brazos atrás, como si estuviesen atados, no detenían los golpes. Estuve allí como dos minutos. Con el machete en la mano intenté detener a ese gentío. Había cinco hombres corpulentos que podían terminar de molerlo a palos, esperando de brazos cruzados que las mujeres se cansaran.



Francisco Camps Sinza (La Guaira, 1988). Blanca Sangre en Revista Weird Review, número. 4. 

Link:  https://www.revistaweirdreview.com/

 

Francisco Camps Sinza, Relato, Las flores rotas blog de poesía, Arte, Jacob Jordaens
Jacob Jordaens, "The Feast of the Bean King" (1640-1645)




Al llegar a la esquina había olvidado el número que me había dado mamá para que lo jugara por la lotería del mediodía. Le di lata para que no lo anotara (estoy grande) y se me fue de la chaveta. Creo que era 341 y a la inversa (mamá hablaba de permutas y cada mañana hacía un triángulo viendo el programa de “El Iluminador”). No tuve otra opción que devolverme cuando la señora Lourdes estiró la mano para recibir el papelito, como de costumbre. Me quedé petrificado; miré a la señora que estaba detrás, llevaba una bata, no tenía sostén y sus pezones apuntaban a mis ojos. Me devolví. Si la ve, pensé, la señora Lourdes con su voz de cacatúa le contará lo ocurrido. Ya la escucho reírse, con su estruendo que incendia la vereda. Lo mejor es que no le riña a mamá en la noche al mandarme a botar la basura, al escuchar de sopetón el frenazo del camión, siempre a la hora de la cena y tener que dejar la arepa sobre la tele (porque si la dejo sobre la cama, como sucedió, el perro se la come), salir volando por las escaleras y hacer de Forrest Gump otra noche más.




Francisco Camps Sinza (1988). Fiesta con whisky, Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores, XI Edición, 2017.

 

Mujer contemplándose en el espejo
Mikuláš Galanda, "Facing Mirror" (1933)




   Gamelote imantado la cabeza del diablo. Zarzas magnéticas sus brazos. Helecho amarillento su sexo. Me retuvo en la cama. Parecía querer cubrirlo todo. Hasta el hombro pequeño de pureza que me quedó para eludirlo y del que aún pendía una tara diabólica. El diablo tenía antenas en lugar de los cuernos. Sólo una lagartija reluciente-porque apenas podía ver lo verde-me devolvió la vida. Me levanté del lecho. Pero ya no seré capaz de ver el pasto sin acordarme de lo sucedido. Ni siquiera otra vez seré yo misma para rememorar que la ternura, el amor, la amistad, verdes plenos, fueron mi primavera. He convivido con un verde diablo



   El diablo frotaba contra el muro el muslo guarnecido de cayenas extrañas. De pronto, se sentó. Yo miraba su espalda, de un mareante escarlata profuso. Exhalaba un calor de fogata. Yo conocía las piras. Si ves, de lejos, en un bosque, una hoguera prendida, por un ser que te ignora, dices que es el amor y que la rojiza humareda es un nuevo rubor que alivia tu cansancio. Pero tiene que ser un desconocido quien la encienda y que el humo rosáceo que te traspase la piel. Eso es todo. Pero lo llameante del diablo no daba ya lugar para ningún recuerdo. Yo los atesoraba, como a corolas malvas, con manchas de aposentos austeros, con señales de pálidos semblantes, y me los consumió. Me quemaba dentro de una fiebre demoníaca. Sentía sus cabellos rozándome en el pecho como bugambillas satánicas. Quise huir… Pero me quedaba sólo un hombro y el diablo me arrebató la huida y se bebió después mi sangre.



   Cerré los ojos. Sabía que clavaba en mis llagas los cambiantes zafiros de sus ojos y yo me debatía y no encontraba razones para sus zarpas rechinantes, fúlgidas y celestes. Porque el cielo es lo que se puede ver con alegría, lo que hace que el cuello se levante y aspire. El cielo nos permite la frente liberada y gallarda. Durante el día, lo vemos como a un regazo limpio donde cabe la libertad y también el amparo. I durante la noche, aunque pareciera negarnos el paso y el umbral, ha renacido en sombras, porque eso es nada más para que el cuerpo brille y tiemble. El cielo diurno nunca está perdido. Es un camino claro que se halla en todas partes. Rodea por todos los recodos como un pecho cerúleo que nunca nos negó protección. Una puede albergarse en el dolor, reprimirse en la dádiva, incluso hacer el puño, pero hay algo que se ensancha y se libra cuando se dice: cielo.





Ida Gramcko (1924-1994). Poemas de una psicótica. Caracas: Editorial Diosa Blanca. 



Verónica Silva Alsina, Extracto, Las flores rotas blog de poesía, Relato, Brevelectric, Arte, Sigismund Righini
Sigismund Righini, "Im Schatten" (1908)




Desde que Eduardo me dejó no hago más que mirar por las ventanas. Duermo poco y trato de mantenerme lejos del caos del exterior. Hace seis meses que no salgo del apartamento. Creo que ya no lo extraño. Disfruto inmensamente esta vida a medias, este encierro voluntario en un séptimo piso. Ya sé que todos estamos solos, que somos diminutas polillas viendo la ciudad en medio de la noche, animales enjaulados por la violencia del mundo. Eso carece de importancia, yo disfruto mi soledad.




Verónica Silva Alsina. Brevelectric, tercera edición, 2021. 

 

imagen de Friedrich Nietzsche





7 [182]

Refutar la deificación del pueblo: seguimos aquí las huellas que han dejado los grandes individuos. ¿Puede un cúmulo semejante de tales restos, llamado cultura, constituir un fin?


7 [183]

¿Aquello que es útil para la multitud es un fin? ¿O más bien la multitud no es más que un medio?


7 [203]

En el devenir  se muestra la naturaleza representativa de las cosas no hay nada, nada es, todo deviene, es decir, es representación.





Friedrich Nietzsche (1844-1900). Fragmentos póstumos (1869-1874), Volumen I. Madrid: Editorial Tecnos, 2010.

 

Jesús Miguel Soto, Extracto, literatura, Las flores rotas blog de poesía, Brevelectric, Arte, Adolf Hölzel
Adolf Hölzel, "Figurale Komposition" (1930)




Por las tardes, en aquellos días donde el vandalismo castrense y la cacería se practicaban con igual esmero, nos escabullíamos a través del sendero verdioscuro del patio. Estábamos obstinados del encierro, así que cualquier intento de paseo era una aventura invaluable.





Jesús Miguel Soto (Caracas, 1981). Brevelectric, tercera edición, 2021.

 

Dios en el medio y unos ángeles al fondo.
William Blake, "When the Morning Stars Sang Together" (1804-1807)




Para decir papá son dos golpes secos en la rodilla izquierda, recordó Justina. Sonó dos zarpazos en su cabeza, mientras que el doble de golpes, más suaves, sobre la rodilla derecha, era mamá, y pensó: ¿Hermano? ¿Cómo nos llamamos a nosotros? Quiso decirle esto a Gael, pero el chico estaba tan absorto, mirando el cielo azul seco con las pestañas al aire como gusanos de terciopelo, zambullido en sus propios pensamientos. Ante el azote del viento, Gael hundía sus manos como si navegara esa masa invisible y tibia.




Francisco Camps Sinza (1988). El lienzo de Wittgenstein, Brevelectric, 2021.

 

Mujer reclinada en una silla. Habitación iluminada.
Pierre Bonnard, "Femme Assise" (1907)




No sé si mamá tenía razón al decir con ligera amargura que el tedio era la enfermedad de mi generación. Su agudeza salió una tarde mientras hacía una ensalada y me veía bajar y subir las escaleras, entrar y salir de casa, dubitativa, pensando si visitaba a Carlina, mi amiga de la infancia, hasta que me zumbé en el mueble y oscilaba entre el panal disecado del techo y ver a mamá limpiar las lechugas. No dijo más nada; rezongaba a sus adentros o no presté mayor atención a lo que dijo luego, hasta que gritó que picara el pan en trocitos. Lo hice; casi corto mi índice, soy torpe, andaba pensando pendejadas, y antes de que parte de mi dedo fuese masticado por papá o Luisito y salieran en las noticias de RCTV a la medianoche como caníbales, mamá, en suma lucidez, me despachó de la cocina.



Francisco Camps Sinza (1988). Relato Lección en Transtextos, 2022. 

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