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| John Collier (Tim Bobbin), Laughter & Experiment (1810) |
Advertencia: los tres primeros escritos fueron realizados en el 2022 (y pulidos el 1 de marzo de 2026). El último fue escrito en este día.
Sobre el arte en tiempos de Twitter
Guillermo Sucre (Estado Bolívar, Venezuela 1933- Caracas, Venezuela 2021) en La máscara, la transparencia dice que las obras «realistas» pretenden situarse fuera de la literatura para imponer su «realidad». Es decir, descocer la sutura interna que posee para externalizarla; mostrar los puntos vivos de la vieja herida y hacerlas pasar por su totalidad, o —bien me perdonarán otra analogía—, dejar la casa vacía, sacar los macundales a la calle y decir: ¡ese es mi hogar! También nos dice (como lo hizo Oscar Wilde hace más de un siglo), que la literatura «realista» mata la imaginación. Esa eterna lucha entre los realistas y sus contrapartes es un debate que, a mi entender, no ha muerto (ni debería hacerlo) y que capaz se le da la bienvenida en las tertulias producidas en las “nuevas” tecnologías digitales. Quizás en el reino de la inmediatez en plataformas de redes sociales digitales como Twitter (rebautizada en tiempos de Elon Musk como X), las consideraciones estéticas necesiten un bando único e innegociable; alguien que vendimie las fricciones morales y haga un fortín de su causa, o todo es tan fútil que se agota en esa liviandad intermitente lejos de aquellas acaloradas discusiones —cuando Émile Zola y otros artistas dieron el zarpazo a lo tradicional en el siglo XIX— dejadas en obras para la posteridad. De todas maneras, el notable escritor irlandés, adelantado a su par venezolano, fue más tajante al respecto: no solo cambiamos la creación más noble del ser humano por un «plato de hechos», sino que «la fealdad era la única realidad» (ambas citas en El retrato de Dorian Gray). Con tantas desgracias en las noticias cotidianas invadiendo el boca a boca, las calles y también las pantallas, si seguimos esa idea wildeana tan provocadora e imperecedera, la belleza toca (otra vez, siempre, incesantemente) inventarla o descubrirla; crearse tras la laboriosidad del artista, y, si no es el caso, para aquella marejada de sensibilidades, aprehender esa “magia” indescifrable que acontece y nos supera. Para el poeta, cuentista y novelista su trabajo (o uno de ellos, y, para mí, fundacional) es crear belleza (que nada tiene que ver con la belleza burguesa “abandonada” en las primeras décadas del siglo XX, ni la belleza proletaria en su búsqueda utópica de “igualdad” social —que, en todo caso, la consecución sería por la “pluralidad”—, ni respaldada por ideología o sostén teórico alguno, sino aquella [belleza] que vuelva su rostro a la digna y desinteresada máscara de las impresiones): la misma que, inscrita en la tradición, y precedida, como no, por palabras, nos deslumbre en las formas del cómo para abrir las nuevas fronteras del qué. Es decir, volviendo al ensayo de Guillermo Sucre, lo original en una obra va a estar intrínsecamente relacionado con la simetría entre el objeto y el sujeto, donde el segundo es quien resaltará lo relevante y maravilloso del primero, ya que por sí solo no nos podría decir nada [o al menos no sin el espasmo telúrico del “descubrimiento”]. Para aterrizar este asunto, tomemos un ejemplo: Casa tomada de Julio Cortázar podrá ser vaciada, a posteriori, de interpretaciones alegóricas sobre la Latinoamérica asolada por dictaduras, o buscar los símbolos escondidos que calcen con los mitos bíblicos y sus reinterpretaciones del mundo. Lo que sí nos queda ante nuestros ojos, tras agotarse (o no emprender) esas otras lecturas, es el cuento original, su ingenioso lenguaje y hermosa arquitectura, tanto que, dice la leyenda, el mismo Jorge Luis Borges hizo publicar ese cuento en la revista Los Anales de Buenos Aires, en 1946. Así lo sociológico, la historia, lo filosófico y antropológico quedarían supeditados, al menos en su alcance primigenio, a la ficción. La libertad de escribir, en todo caso, lo consideramos tan radical como lo propuesto por la escritora Annie Ernaux (1940), Premio Nobel de Literatura del 2022, en su novela Pura pasión: «Me ha parecido que la escritura debería tender a eso, a esta impresión que provoca la escena del acto sexual, a esta angustia y este estupor, a una suspensión del juicio moral.»
Una lectura circunstancial de Oldboy
“Oldboy” (2003), la película de Chan-Wook Park (1963), director surcoreano, adaptada del manga homónimo, me recuerda la vivencia en la Venezuela contemporánea. No me malinterpreten, pero sobrevivir a base de sueldos miserables, búsqueda inagotable de puestos de trabajos dudosos, y los avatares cotidianos que, más o menos homogenizan lo nacional y lo emparentan con calamidades, dolor y frustraciones, tiene mucho de la obra antes mencionada. Esa universalidad de “Oldboy” reside en su personaje principal, Oh Dae-su, un padre de familia algo descuidado en sus labores, un esposo no tan devoto, pero con un gran amor por su pequeña hija. Una noche, luego de ser arrestado, es secuestrado y llevado a una habitación donde permanecerá por quince años. Igual que en la Venezuela “Bolivariana”, hay alguien detrás de ese plan de desgaste psicológico y físico, mientras vemos como pasa el tiempo; los relojes se derriten como en la famosa obra de Dalí; los años nos vienen encima, como las ciudades y pueblos se erosionan (podemos explayarnos en esa comparación con Ortiz de Casas Muertas, novela de Miguel Otero Silva (1908-1985), pero haría esto más largo), y todo a nuestro alrededor, la vida en su centralidad (o lo que nos narramos en esa cordura de probabilidades y deseos que tenemos por “vida”), parece ser algo ajeno (o no del todo protagónico) a nuestra voluntariedad. Al quedar libre sin explicación alguna, Oh Dae-su debe investigar por qué estuvo privado de libertad; las preguntas, dice el perpetrador hacia el final de la historia, deben ser las correctas: no podemos descubrir lo que subyace a nuestros problemas sin las interrogantes adecuadas. Capaz, ante la desolación del presente, debemos enfocarnos en las preguntas alternativas: las que dejamos relegadas en las intersecciones de lo mundano.
Listas y listos
Suele ser muy común hacer listas sobre cualquier cosa, desde lo que necesitamos para los enseres del hogar hasta las preferencias estéticas en materias tan diversas y personales como el entretenimiento. Esto es lo que hace la revista cinematográfica Sight and Sound, del British Film Institute, desde hace unas cuantas décadas: tanto en su apartado de directores como el de críticos, los creadores y especialistas en el cine global, contemporáneo como el clásico, exponen sus predilecciones, gustos y simpatías. La lista del 2022 creó una particular sorpresa: Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975) escrita y dirigida por Chantal Akerman (1950-2015), destronó la unanimidad prolongada sobre Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock como la «mejor película de todos los tiempos» (y que antes había sido el trono indiscutible de Ciudadano Kane de Orson Welles). Dejando lo obvio en el criterio imperial de las subjetividades, tomamos esa elección como uno de los ejemplos que permea a la sensibilidad actual: un retrato feminista sobre la cotidianidad de una mujer. Esas líneas que se dicen con simplicidad siempre encierran (como en todas las preguntas sobre el ser) muchas aristas de suma complejidad. Jeanne Dielman no solo es un magnífico relato sobre una épica (o contra épica de poco más de tres horas) sobre algo tan común como pelar papas, darse una ducha o servir la cena, sino que nos permite poner atención, sin grandilocuencia, en lo que nos parece normal; lo que ha sido naturalizado por géneros y lo que se produce, en silencio, en la vida de todos: el trabajo que mueve lo demás y construye, en sus insularidades, gran parte de lo que tenemos por realidad. Esos esquemas que han sido encajados en lo tradicional, problematizados, nuevamente, por las teorías feministas actuales, y que Agnes Heller en su Sociología de la vida cotidiana (1975) lo tipifica como esas «objetivaciones genéricas en-sí», en la mencionada película de la directora belga se diluyen en un tiempo fragmentado en desayuno, almuerzo y cena, la limpieza regular y los silencios que pueblan un mundo que, tras esas ventanas, circula urbano y desenfrenado. Dichas estructuras que en apariencia se generalizan en lo repetitivo de la vida cotidiana, presuponen órdenes, con sus lógicas operacionales, pragmáticas: el cómo desplaza al por qué de sus acciones, lo que ha hecho el hombre para apropiarse del mundo y seccionarlo, y que, tras las preguntas pertinentes sobre las funciones, entendemos que son convenciones y no mandatos, que un examen somero, quizás tras el visionado de la película, nos lleve a otras interrogantes posibles y necesarias para aproximarnos a otras sensibilidades y hechos que solo el ojo atento los puede encauzar.
La máscara satírica
John Collier (1708-1786) fue un caricaturista inglés que usó el apodo de Tim Bobbin para operar, sin censura, sobre la sociedad. Su escalpelo fue el dibujo y los poemas satíricos. Se conoce que nació en Lacanshire de una familia pobre. Un matrimonio y nueve hijos después, además de un talento para el dibujo y lo literario, se dedicó a emplear su sagacidad para la chanza sobre los entresijos de las clases altas y bajas. El hombre de familia se escondía en la máscara de Bobbin o Bobbin fue la realidad oculta de Collier, ya sea por recato, seguir las reglas de la buena educación o por la hipocresía social. ¿Quién era el personaje? Esa larga tradición británica por la hilaridad, crueldad y vivisección a partir de lo hiperbólico, la crítica mordaz y, por supuesto, el humor, nos permite preguntarnos: ¿qué era lo verídico? ¿la estupidez, fealdad y miseria social o las imágenes y observación afilada sobre esos avatares? En una época, como la nuestra, de borrasca moralina que excomulga a los artistas por señalar los dilemas de su entorno mientras esconde bajo el tapiz la corrupción de sus élites, es necesario volver a esa idea tan manida de Oscar Wilde: la naturaleza (en este caso la sociedad) imita al arte. La agudeza de Collier y/o Bobbin abarcó un abanico de tópicos, especialmente sobre las pasiones humanas producto del alcoholismo, el patriotismo, el gobierno y sus burócratas, la Pobre Inglaterra, la justicia, la pobreza, la avaricia, la lujuria, la marramucia del clérigo, etc. Sus trazos finos y poemas didácticos enfocados, principalmente, en la forma de hablar y comportamiento de Lacanshire, hicieron que el poeta e ilustrador tuviera cierto éxito económico y social más allá de su pueblo, aunque su trabajo adquirió una mayor respetabilidad luego de su muerte. De igual forma, poco más de tres siglos después, el arte sigue sobreviviendo a las naciones y a toda la fullería que les rodea.





