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| Jean-Honoré Fragonard , "The Love Letter" (early 1770s) |
Himno al vicio
I
La soledad como cualquier otra enfermedad me tiende un puente
Mitigo la música de sombras que deambulan por la luz de un hueco que olvidé cerrar
La lengua se atora en una manera crepuscular de intentar el grito
Por todos los vacíos y los abismos
Por todos los huesos y los ojos desorbitados
Por esa palabra que no se sabe traducir a ningún idioma
Y hoy es un himno al estropajo de los dioses a media tarde
Espaldas que llegan tarde
Piernas, efímeros retratos de una mujer que juega a comerse sus entumecidas manos
Grifos abiertos, gemidos
Lamentos de un hombre orgiástico a quien amé como colibrí
Venenos, últimas voces del tedio en los vagones imaginarios
De mi tren golondrina que atraviesa membranas grises
La soledad como cualquier otra estupidez recoge mis pedacitos
Y se los tira a un sol imperfecto y pusilánime
Y rompo la tarde
Y rompo la nada con la otra nada que me devuelve al vicio
Las palabras que muerden. La soledad y su perro desangrado esperando por mí.
II
No hablaré de payasos que alquilan su cuerpo para amanecer en la luz sonriendo.
Quizá su terrible soborno a nuestros egos
radica en su maquillaje fantástico
su paraguas de arcoíris y zapatillas rojas.
No hablaré de payasos,
eso ya no hace falta.
Hablaré de la sangre y de mis silencios colgando como calcetines inmundos.
¿A quién diablos le hace falta hablar de esos payasos que lloran?
Porque lo terrible nace cada día en la sombra
mi enfermedad
color de manzana y de flores de primavera
es luego una jarra con ceniza. Me inventé la muerte de un avión
Me inventé la luz que nunca palpitó en las antorchas para ser libres de culpa.
Está bien. Digamos que admito tengo un problema serio:
consiste en derramar el café sobre páginas que recuperan poemas estúpidos
y además, en relatar con algo de ironía la fe con que desdeño los finales.
Me pasa también,
que me hace falta una buena razón para terminar una novela.
Esa es la verdad
necesito un zapato que tenga el tamaño de mi corazón
para que me odies aún más.
Me importa mucho acabar con tus ángeles fisgoneando mi comida.
Entiéndelo de una buena vez:
¡Tengo una terrible sed que timonea sobre el vacío!
Declaración jurada (Acuerdo posnupcial)
Juro firmemente creer en la nada
buscar siempre las malas compañías,
encontrarme dispuesta y terca
en toda oportunidad de ceder a la locura.
También juro, o lo que sea que me pidan
que he mentido a todos,
que no me causa vergüenza la desnudez
que conozco más de moteles que un rinoceronte fiel.
En efecto, o por defecto
he tenido la desfachatez de equivocarme
y he llorado hipócritamente
como solo las bestias lo hacen
arrastrando mi tristeza por los aceras
sangrándole las rodillas a la puta (digo la tristeza).
También, soy inocente de culpa
de toda culpa por creérseme inocente
que yo siempre lo dije y nadie me escuchó
solo mi padre, que yo no quería ser una vaca
ni una malabarista o una gusana de alquiler.
(Si desea saber el significado de la vaca
o de las gusanas, váyase usted al carajo)
Juro que nunca he dicho la verdad
solo hoy, en este día proscrito por un gusano
en que ya no me importa la felicidad de establos,
en otras palabras: ninguna felicidad de cartón.
Ahora, me defiendo
y aclaro a la respetable audiencia
que soy un mal ejemplo de vida
que no me permito más abusivas alusiones a mi persona
ni como mujer excelente, ni como ninguna naranja.
Historia práctica de los acosos
Los acosos vinieron después,
deambulando nítidos
por los pasillos de los burócratas.
Los acosos eran lisos puentes
podridos andamios donde reptaban
los asquerosos de lentes oscuros
los interminables fugitivos del hambre.
Los acosos son precoces insinuaciones
de un caníbal con hipo
de un bigotudo con insomnio.
Los acosos se diluyeron por la tubería.
Los acosos terminaron con un empleo.
Los acosos juegan a la víctima
Con excusas, con ironías,
con mujeres obedientes y sumisas
Con perfiles falsos y chantajes.
Los acosos tienen mi nombre
Y un bloqueo momentáneo los esconde
Como a su dios deseo incumplido
Como a su máscara jugando a buen esposo.
Francisca Alfaro (1984). Historia práctica de los acosos. Seis poemas de Francisca Alfaro. México: El Guardatextos. Publicado el 25 de marzo de 2020.






























