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| Valentin Achille Lemot, Gustave Flaubert (1869) |
El incomparable Max. Así llamó George Bernard Shaw (1856-1950), dramaturgo y crítico irlandés, a Max Beerbohm (1872-1956), escritor y caricaturista británico. Beerbohm, al principio de su carrera literaria, estuvo influenciado por otro dramaturgo irlandés, además de poeta y ensayista: el genial y controvertido Oscar Wilde. Wilde publicó Intentions, libro de ensayos, además de su única novela, El Retrato de Dorian Gray, en 1891. Para ese entonces, Beerbohm estudiaba en Oxford, alma mater de Wilde, y ese joven estudiante aseguró leer los ensayos wildeanos representando una fuente de inspiración literaria y estilística. El contexto de la época, hacia finales del siglo XIX, cuyo corset victoriano, plagada de censura, vulgaridad e hipocresía, suprimía el escándalo, el ornamento sublime y la vanidad, elementos de moda en los decadentistas y dandys, tribus urbanas entre los que Wilde era un miembro de su aristocracia. Así, mientras desde el poder gubernamental y la sociedad se agrupaba un número de reglas para supervisar el orden del status quo, lo estético, en las artes literarias y plásticas, estaba regido por la belleza (el arte por el arte), desdeñando toda influencia histórica y moral. Volviendo a Beerbohm en relación a Wilde, éste lo admiró y se desilusionó a partes iguales: la admiración fue propiciada por el triángulo de fascinación estilística, agudeza crítica y capacidad satírica, llevando esas máscaras a su propio arte y, en venganza, contra la figura de Wilde; la desilusión se manifestó a partir de un encuentro donde Oscar, al parecer, se pasó de tragos (En una carta a Reggie Turner en Abril de 1893, expresa: "I am sorry to say that Oscar drinks far more that he ought, [...] indeed the first time I saw him, after
all that long period of distant adoration and reverence, he was in a
hopeless state of intoxication. He has deteriorated very much in
appearance: his cheeks being quite a dark purple and fat to a fault". Fuente: Victorian Web).
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El arte de no decir nada
Flaubert soñó con escribir un libro sobre la nada. O así cuenta la leyenda. Lo que hizo posible Seinfeld (1989-1998) en la televisión (como si fuese posible lograr la nada, cuando están pasando tantas cosas), fue la receta frustrada de ese notable escritor francés, padre de Madame Bovary, cocinado en su hogar de Croisset. En la actualidad, no es difícil encontrarse inmerso en la nada absoluta, no como entidad ontológica, sino como recurso mediático. Y la literatura, para bien o para mal, ha tomado esa recette flaubertiana para llevarla hasta las últimas consecuencias.
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Por un lado, puede que esa fórmula tan gastada en la contemporaneidad sea la raíz de la vulgaridad que denunció Oscar Wilde en The Decay of Lying. An Observation (publicado en Intentions, 1891). En ese ensayo mayéutico entre dos personajes tan griegos como británicos, se desgrana el amargo descenso del arte hacia la pérdida de su valor nutricional para el espíritu. A partir del ejemplo de algunos autores franceses y, por supuesto, ingleses, Shakespeare sale a colación tanto como modelo del refinamiento del arte (y, según Wilde, su forma más pura: la exageración) y el devenir inevitable hacia la desolación de la vida: "Shakespeare is not by any
means a flawless artist. He is too fond of going directly
to life, and borrowing life’s natural utterance. He
forgets that when Art surrenders her imaginative medium she
surrenders everything." Ese es el premio al atajo mediocre, sin magia, el desquite hacia lo noble y la entrega absoluta a la bandeja de la muchedumbre: el realismo como pecado original donde todos mordemos de la misma manzana, haciendo de la transgresión y la novedad del escándalo (uno de esos refugios del arte para retar e inspirar al espectador) algo cotidiano. Esto, si seguimos dicha premisa wildeana, nos puede llevar a dos elementos que apremian nuestra actualidad: la hiperestesia hacia temas irrelevantes y la inhibición hacia lo justo.
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La decadencia del arte, según Wilde, puede extraerse en estas pocas líneas del ensayo antes mencionado: "Art begins with abstract decoration, with purely imaginative and pleasurable work dealing with what is unreal and non-existent. This is the first stage. Then Life becomes fascinated with this new wonder, and asks to be admitted into the charmed circle. Art takes life as part of her rough material, recreates it, and refashions it in fresh forms, is absolutely indifferent to fact, invents, imagines, dreams, and keeps between herself and reality the impenetrable barrier of beautiful style, of decorative or ideal treatment. The third stage is when Life gets the upper hand, and drives Art out into the wilderness. That is the true decadence, and it is from this that we are now suffering."
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El título que acompaña nuestra pequeña aproximación sobre la nada y el arte literario, se debe a un vídeo ensayo encontrado en YouTube por azar. En el canal de Cyril Destoky, dimos con La romancière qui captive en ne racontant rien que va dedicado a Sally Rooney (1991). Rooney, joven novelista irlandesa que ha escrito uno de los superventas de la década pasada, Gente normal (2018), parece cocinar sus historias con la nada flaubertiana: a grandes rasgos, sus personajes, igual de jóvenes, se encuentran en apuros económicos, luchando por mantenerse a flote en una crisis global por el aumento considerable del desempleo y nula perspectiva de futuro en el horizonte. De forma general, la manera de conciliar esas frustraciones generacionales son a través de relaciones amorosas casuales (en un estadio donde se gestaba la inmediatez de las aplicaciones y/o redes sociales digitales) y, especialmente, en el valor de la amistad. Ese fenómeno editorial, llevado al formato televisivo con la serie homónima estrenada en el 2020, parece condensar las quejas millennials sobre el desamparo colectivo, sin dejar a un lado el activismo social y la representación política. Es, tras el estallido de la burbuja económica del 2008, la vida misma: con su hálito nihilista, triste, desnudando al cuerpo de la sociedad adolorido por los achaques sufridos en sus órganos vitales. Y esa misma desazón ha calado en la juventud y, desde luego, la manera de percibir el arte.
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Nos resulta curioso que, después de ese otro éxito juvenil como lo fue Harry Potter (escrito por J.K. Rowling, escritora británica, cuyo primer libro fue publicado en 1997), la ficción ha sido nuevamente la carne triturada en el tablero de la disección wildeana: lo literario pareció haber perdido su esencia (principalmente en el mercado dominante), su capacidad para seducir, volviendo al hueso existencial en el desvarío del ser humano (sin una gran guerra global, solo la ruina del Estado del bienestar, al menos en un tajo del faro occidental) y su enfoque directo a la yugular desesperanzada del vivir; sin nada que lo rescate, sin redención posible, entregado al devenir de su suerte accidentada.
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El idealismo de Wilde, hijo predilecto del discurrir en el panteón helénico como aventajado abanderado del romanticismo, puede que le hizo llevar muy lejos su análisis de ese fruto sin cascarón que es el arte contemporáneo: el objeto se manifiesta sin vida interior ni exterior sólida, en un fluir cada vez más rápido, envejeciendo o renovándose contra toda prédica, siendo un fragmento y una totalidad en sí mismo; sin andamios, atajos y secretos, solo apoyado en su mero existir. A lo mejor fue el abandono de Flaubert sobre escribir una novela en la que no ocurriese nada, por un lado, la gran victoria de lo literario. Aunque, por otra parte, fue la botella lanzada al mar de la posteridad, encontrada por los necios en la arena de un tiempo expirado.










