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| Herman Frederik Carel Ten Kate, Peasant Interior (s/f) |
Poética del desamparo (II)
Las esperanzas de un cambio se representaban en un líder que prometía mano dura contra la corrupción y, así, esa figura carismática devolvía la “fe” de una gran parte de los venezolanos, en su mayoría los más pobres y excluidos, en un retorno ya conocido a lo que Coronil (2013) menciona como la “deificación” del Estado venezolano (Coronil, 2013, p. 38). Ese baño de masas que velaría a la “Cuarta República”, a sus instituciones y su constitución de 1961, coronaría la “Quinta República” con la Carta Magna de la República Bolivariana de Venezuela de 1999, añadiendo otro episodio que se traduciría en una reconfiguración discursivo-ideológica el cual marcaría a los gobiernos sucedáneos de Hugo Chávez y que, según varios autores, pueden ser catalogados como “neopopulista” —en su dimensión dentro del contexto histórico que vio nacer esa variante latinoamericana en los ochenta y noventa con Carlos Menem en Argentina, Alberto Fujimori en Perú, entre otros— cuyo ascenso al poder surge por el agotamiento de las instituciones democráticas (Arenas y Gómez Calcaño, 2006, p. 155). También, a Chávez se le emparenta en esa cercanía con los pobres a los populistas de corte más “clásico” o histórico como Perón en Argentina con su agenda inclinada al distribucionismo, intervencionismo, nacionalismo y antiimperialismo (Arenas y Gómez Calcaño, 2006, p. 155).
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La compleja figura de Hugo Chávez añade, quizás, una nueva forma de populismo que es el “populismo militarista” el cual embebe del inmediatismo que desdibuja a las instituciones y la democracia, haciendo del líder el vínculo directo con la población (Arenas y Gómez Calcaño, 2006, p. 156). Luego del golpe de estado del 2002 y la radicalización del Gobierno Bolivariano desde el 2004 hacia el tránsito al “Socialismo del Siglo XXI”, llega la consagración de la “Revolución Bolivariana”, ese remanente colectivo del culto a Bolívar sustentado, según Carrera Damas (2005), principalmente en los usos —el “camino ideológico”— y abusos que se le otorgan a la figura e ideas del Libertador, y cuya estirpe es usual en gobernantes autoritarios como: Antonio Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras y Marcos Pérez Jiménez (Carrera Damas, 2005, p. 81).
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La ritualización del bolivarianismo-militarismo —una mezcla entre las figuras de Simón Bolívar, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez, entre retazos ideológicos— como vínculo para instaurar una lógica identitaria nacional que confluyera en Hugo Chávez como mediador mágico-religioso de ese pasado idealizado y portavoz del pueblo, traducido a esos “otros” que a través de él y la gestación del Chavismo —una categoría que da inicio a ese “mito”—, en necesidad de construir su propia historia, llevaría a la confrontación entre los modos de vida dados por la modernidad y la producción dentro del modelo capitalista —no del todo claro a nivel pragmático ya que el principal socio comercial venezolano fue Estados Unidos— y la retórica en otro proyecto de modernidad presentado como “humanista”, expandiendo el mundo “unipolar”, en sus palabras, para darle cabida a la “multipolaridad” y cuyos modelos han sido más o menos esquematizados en la Unión Soviética, la China de la “Revolución cultural”, así como la “Revolución cubana” de Fidel Castro, la Chile de Salvador Allende, entre otras figuras míticas regionales como Alfaro en Ecuador, Zapata en México, el Che Guevara, entre otros. Dicha traducción de figuras históricas reconocidas para la significación de un proyecto político, donde la retórica es fundamental para esa interpretación y trasposición ahistórica (Carrera Damas, 2005) sirve para instrumentalizar primero a su electorado, al “pueblo”, y contraponerlo a sus adversarios, “escuálidos”, escindiendo a la población venezolana en dos bandos fuertemente erosionados e irreconciliables en los acuerdos mínimos de simpatía/antipatía con el modelo gubernamental de país, llevando al chavismo a capitalizar la polarización para imponerse y perpetuarse en el imaginario.
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Este fenómeno es similar al “profetismo” que nos dice Marc Augé (2004) acontece en muchas etnias amerindias y africanas, donde esa manifestación del profeta en figuras como el médico, el sacerdote, el militar, entre otros, es una simulación con límites temporales que, en esa actuación extensiva en un contexto histórico particular dado por personajes políticos como Hugo Chávez, su paganización se entronca en la puesta en escena de imágenes (Bolívar, Zamora, Rodríguez, etc.) donde no hay personas concretas, siendo una imitación persistente por los recursos discursivos y multi-escénicos empleados por la difusión de los medios de comunicación, haciendo de ese otro una imagen, es decir, como “el sustituto de la persona” siendo un receptor “idóneo” para fines instrumentales (Augé, 2004, p. 88-89).
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Esto, podemos decir grosso modo, ha sido una búsqueda de sentido histórico en una contemporaneidad cuya lectura pasa irrestricto por el lente individual, fragmentado, colonizado y en cierta forma aculturado — y que en sí misma vendría siendo la transculturización por la misma escala global en el alcance comunicacional en los territorios en un sentido más amplio de identidad y diferenciación—, sin la mirada amplia colectiva, ni un vínculo más o menos hilado con sus procesos fundacionales —y funcionales—, al menos los republicanos. Esta regresión como un mito se cuajaba en la aceleración de un proyecto único, primeramente territorializado y materializado en un partido, PSUV —cuyo fundador y presidente fue Hugo Chávez hasta su muerte—, el desmontaje del aparato democrático liberal y el paso a una “democracia participativa” en base a “Comunas” dependientes de la estricta jerarquía gubernamental, la disposición de los medios suficientes para su comunicación eficaz a la gran mayoría —por medio de cadenas, propaganda, intervenciones arbitrarias en los medios y/o censura como en los casos de RCTV, entre otros—, y que, por otro lado, se daba un fenómeno desterritorializado y con alcance regional y global, manifestado en las alianzas con Mercosur, Petrocaribe, Alba, entre otros organismos, haciendo de la figura de Hugo Chávez el polivalente líder absoluto de un país y su devenir institucional, además de la personificación actual de un proyecto continental y de largo experimento mundial, al menos desde el lente del materialismo histórico. Al condicionar una nación a que un sujeto personifique los objetivos históricos, morales, de bienestar y progreso de todo un pueblo, lo político queda supeditado a sus mandamientos, arbitrariedades y a la urgencia de compromisos teleológicos que justifiquen los medios para lograr sus fines, disgregando ese corpus unitario de lo que comprendemos como sociedad y añadiendo su propia lógica sistemática del mismo; es decir, alterando la relación en como la misma sociedad se comunicaba, su verticalidad y, en fin, el sistema que la estructuraba.
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Esa parcialidad que hemos mencionado antes hace que los actores sociales vean reducidas las opciones de mejorar su condición de vida ya que sus esfuerzos, deseos y alcances pasarán por el pivote ideológico-discursivo de una nueva élite anclada en la otra vez indistinguible separación estado/gobierno, y cuyas deficiencias, por esa misma simpatía condicionada en beneficio de un grupo sobre otro, objetivado por los sectores más desasistidos, se harán cada vez más notorias, insostenibles y perjudiciales para esa gran porción en general. Esa omnipresencia en lo moral y político —donde lo político responde a esa visión fundamentalista unificadora del líder-partido—, tendrá otro factor esencial: la economía y relación con el rentismo petrolero y su reconfiguración nacionalista con los objetivos del socialismo bolivariano y que, luego del Golpe de estado del 2002, PDVSA, la principal industria petrolera, pasa a manos del gobierno, siendo rebautizada en el abanderamiento obrero y sindicalista —“PDVSA ahora es de todos”—, guiada por una dirección estratégica con figuras aliadas al chavismo y sus adeptos, y así, como en las grandes instituciones del estado, la función de sus órganos cada vez menos independientes, se fusiona la coalición cívico-militar en aras de la “Soberanía nacional” y la “Venezuela potencia”. Como un viejo fantasma rondando el nuevo milenio, el discurso bélico y castrense, las consignas y eslóganes dibujan un paisaje cultural en una tesis y antítesis que penetra en la psicología colectiva donde obedecer y la disciplina de los cuarteles se traslada a la vida pública, a los espacios comunes, con sus configuraciones de ese imaginario reformuladas en lo privado.
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Ese automatismo instrumental sirve para la conquista discursiva subyugada en la bi-direccionalidad del asentir o rechazar, obedecer o rebelarse, el “…lenguaje como una exteriorización de poder de los que dominan” (Nietzsche, 2005, p. 38) con sus beneficios y castigos ante esa reducción de la ley —y su inversión, es decir, al servicio de una porción de la sociedad y no a la mayoría— del más fuerte sobre los más débiles —demoliendo la fórmula mínima para el progreso de Adam Smith (1997): «paz, impuestos moderados y una tolerable administración de justicia» (p. 21)—. Otro fantasma que rondaría, tras la gran bonanza petrolera durante el periodo 2007-2011, sería la desconfianza en el Bolívar: desde la primera reconversión de la moneda en el 2008, reduciéndole tres ceros, la moneda venezolana se devaluaría hasta niveles absurdos (hasta el gobierno de Nicolás Maduro, el Bolívar perdería hasta 14 ceros). El derroche de petrodólares arrastraría una de las mayores tramas de corrupción de la reciente historia occidental, donde Cadivi, entre otros organismos, representarían la ruta de desfalque de los ingresos petroleros, pergeñados como “infinitos”, y que la nueva Venezuela “saudita” pudo subsidiar en programas sociales cuya duración y eficacia estaba anclada a la fluctuación del barril.
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Tras la muerte de Hugo Chávez en marzo de 2013, la utopía centralizadora, socialista y petrolera, inequívocamente respaldada y vaciada en un solo individuo, mortal y finito, en ese afán de tabula rasa con su historia republicana del siglo XX, en ese desvarío ideológico que estaba en guerra con los tiempos y sus fórmulas, haría de las instituciones, con esa vocación de atemporalidad con sus marcos discernibles en la historia, una continuación ejemplar del legado chavista-bolivariano: el mito de alcance múltiple en la imaginación colectiva con cierta linealidad discursiva-ideológica ahistórica en detrimento de la consecución realmente plural en la sociedad. Estas acciones, omisiones y asimetrías entre lo discursivo y lo pragmático, tendría sus consecuencias en todo el aparato productivo, y por ende, en los efectos directos en la población. Con su sucesor, Nicolás Maduro Moros (2013-2026), ganando con polémica la presidencia de la república en tres ocasiones, el país añadiría otro episodio cruento caracterizado por la violación sistemática de los derechos humanos, la criminalización de la protesta y la libertad de expresión, así como una crisis económica sin precedentes con hiperinflación (la emisión de dinero inorgánico y el mantenimiento del Banco Central de Venezuela a PDVSA, en quiebra, entre otras causas), contracción de los ingresos del PIB, y el monorentismo petrolero como aparato productivo que sostiene a un país de agricultura e industrias improductivas, aniquiladas por ineficiencia, desfalque y burocracia, y cuyo “apoyo” a la clase trabajadora solo es un recurso discursivo, siendo el sueldo mínimo, a día de hoy, menos de un dólar mensual, además de su dependencia cada vez más acrecentada a la importación de alimentos y demás productos esenciales, la precarización de los servicios públicos manteniendo a poblaciones enteras a cientos de horas al mes sin luz y agua potable, haciendo que más de ocho millones de connacionales salieran del territorio en los últimos nueve años.
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Estas y otras circunstancias (es importante mencionar brevemente el rol intervencionista del gobierno estadounidense, con sus diferentes acciones y matices, durante las últimas décadas, el cual merece un capítulo aparte) que la retórica del chavismo-bolivarianismo-madurismo evade, censura y reprime, han hecho de un país asolado en calamidades, desigualdad, acorralado a un desvarío en su sentido identitario en una filiación limitada a una sola visión de mundo, además del desencuentro con una comunicación y prosperidad sostenible a nivel colectivo para enriquecer a los individuos, y así fortalecer continuamente el cuerpo social. Esto es lo que enmarcamos como desamparo: una condición en un contexto histórico particular en una sociedad en crisis extendidas hacia lo económico, cultural y político que desestabilizan su orientación hacia un porvenir —la horizontalidad y diferenciación de perspectivas que confluyen en lo social— y que, debido a esas grandes carencias y quiebres en lo relacional, la capacidad de respuesta individual y colectiva se ve afectada por las medidas tomadas desde lo gubernamental, desarmando a su población en todos sus niveles sociales y, con especial énfasis, los estratos más pobres. Como recurso ante tales problemáticas, la migración de los más pobres es una realidad palpable y dramática, donde la mayoría toma rumbos como puede, caminando, sin documentos oficiales, es decir, sin pasaporte, una identidad que debe proveer el estado a sus ciudadanos y que a día de hoy es uno de los más costosos del mundo, haciendo que las personas tomen riesgos considerables para su integridad física al buscar formas más dignas de emprender sus vidas.
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Con la llegada a otras latitudes, el desamparo no acaba sino que puede continuar con otros tintes: la migración también es un tema de utilidad partidista en otras naciones, donde la suerte de los connacionales se ve ajustada a las políticas de interés de ciertos grupos ideológicos, privando un derecho internacional, el de refugio, añadiendo otro capítulo que no acaba con el padecimiento de los venezolanos. Para finalizar, solo quedaría seguir buscando lecturas propicias a la discusión y análisis en torno al devenir de la Venezuela contemporánea, y los hechos que configuraron lo social, inmersa en crisis que lleva a su población a buscar opciones esencialmente plurales de existencia o a construir una felicidad artificial mediada por lo netamente ideológico en ese acontecimiento donde su estancia prima antes que lo humano, desdeñando uno de los rasgos más hermosos que tenemos: la solidaridad.
Bibliografía
Arenas, N., Gómez Calcaño, J. (2006). Populismos autoritarios: Venezuela 1998-2005. Caracas: Cendes/UCV.
Augé, M. (2004). ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines. Barcelona, España: Editorial Gedisa.
Bachelard, G. (2000). La poética del espacio. Argentina: Fondo de Cultura Económica de Argentina.
Caballero, M. (1998). Las crisis de la Venezuela contemporánea: 1903-1992. Caracas: Monte Ávila Editores.
Carrera Damas, G. (2005). Bolivarianismo-militarismo: una ideología de reemplazo. Caracas: Ala de Cuervo C.A.
Nietzsche, F. (2005). La genealogía de la moral. Un escrito polémico. Madrid: Alianza Editorial.
Silva Michelena, J. A. “Nationalism in Venezuela” en: A Strategy for Research on Social Policy. Volume I of the Politics of change in Venezuela, 1967. Massachussetts: MIT.
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