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| Fernando Pessoa. Imagen archivo |
Pessoa: ese hábil heterónimo
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Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935), poeta, escritor, dramaturgo, crítico literario y traductor portugués, encontró en la multiplicidad un despliegue de talentos peculiares. El heterónimo fue la máscara que pergeñó para escribir, crear una biografía y hasta el destino astrológico de sus innumerables personajes: ya sea en su lengua materna, el portugués o en esa otra adoptiva, el inglés, Pessoa y sus pares, desmedidos, mutilados, autónomos a sí mismo, cartografiaron un plan proscrito que en nada colgaban del árbol de la vida terrenal.
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Agotado de su propio cuerpo, mente y creación, dejó un baúl lleno de anotaciones, poemas, indicaciones para una cronología siempre futura, viciada de porvenir. La desconfianza del presente, de publicar, lo hace una doble anacronía: desconocer la virtud de una tradición literaria, de la misma esencia orgánica y, a su vez, atenerse a ello, a ese plan misterioso para que otros se encargaran de su propiedad postergada; metafísica, anárquica, republicana, conservadora, etc; una propiedad siempre inconclusa.
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Albergar la vastedad te lleva a delinear una identidad atómica; lo universal se encona en la carne génica de la propia finitud; a señalar lo que otros atienden como un mecanismo de supervivencia para volver a desconfiar del yo que habla y darle el juguete circunspecto de la experimentación. Esto lleva a la creación de otro ritmo, de otro tiempo; algún movimiento nuevo resurgirá: tal vez reptante al callejón de la otredad o alado a ese intento por acariciar el pétalo del sol.
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A lo mejor Pessoa estaría de acuerdo con Deleuze y Guattari al hablar del libro como un agenciamiento (agencement). Es decir, a partir de lo expuesto por esos pensadores franceses en Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia (Pre-Textos, 2002), podemos enunciar que el texto es algo libre, sin sujeto ni objeto; se consideraría lo más cercano a un organismo que posee sus propios mecanismos para sobrevivir fuera de toda lógica y organicidad tangencial, automática y predictiva. «Nunca hay que preguntar qué quiere decir un libro,
significado o significante, en un libro no hay nada que comprender, tan sólo hay
que preguntarse con qué funciona, en conexión con qué hace pasar o no intensidades, en qué multiplicidades introduce y metamorfosea la suya, con qué cuerpos
sin órganos hace converger el suyo.» (Ibidem, p. 10).
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Hablar de Pessoa, y sus heterónimos, requiere de un empeño por trazar lo poco que dejó sobre sí y lo mucho (e inconcluso) de su obra. Es andar con esa tentativa de santo o poeta medieval para no caer con facilidad en el error. Es por ello, toda intuición nos permite decir que, quizás, en la multiplicación buscó la liberación definitiva. O, ¿por qué, como cada escritor hace a su modo, buscó desbordarse fuera de sí? En un poema, cuento, novela, obra de teatro (antes de ser representada para que cumpla a cabalidad la esencia de los cuerpos más allá de las palabras).
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Pessoa: un hombre recatado, con un trabajo burocrático, aburrido, conquistó el amor de su Ofélia shakespeariana, la cual abandonó para continuar con su obra. Lo abstracto se hizo preciso; tomó carne. La melancolía se tropezó con una piedra de esperanza. El asunto es que él lo supo, ya sea por las indicaciones de los astros o por su misma carta biográfica abonada de simbolismos: la labor de una deidad, de un elegido, no puede estancarse con el disfrute mundano. La unicidad reclama multiplicidad. ¡El cuerpo nunca es suficiente!
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La representación de Cristo siempre ha acentuado el cuerpo: el de un hombre que sufre, famélico, sangrante por los castigos humanos, errados, altaneros y sordos a la verdad del padre; equívocos a la voz del Dios judeocristiano. El escritor, en esa antítesis, encerrado en su habitación, oculto al mundo, haciendo una labor secreta hasta su publicación, sin cuerpo ni órganos, puede comulgar con esa frase de Deleuze y Guattari del texto antes mencionado: «Un libro sólo existe gracias al afuera y en el exterior.» (Ibíd.) Pessoa, publicando muy poco en vida, cumplió con esa exterioridad décadas después de su muerte. Y aún hoy, noventa y un años después, se transcribe, traduce y compila la vastedad de su literatura inédita.
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Hurgando en el Archivo Pessoa (Archivo Pessoa, en portugués), encontramos los poemas de Alberto Caeiro, uno de los grandes poetas y autores fundamental entre sus heterónimos. Caeiro, pagano, terrenal, en sus Fragmentos encontramos:
Nunca busquei viver a minha vida
Nunca busquei viver a minha vida
A minha vida viveu-se sem que eu quisesse ou não quisesse.
Só quis ver como se não tivesse alma
Só quis ver como se fosse eterno.
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Álvaro de Campos es el siguiente. A diferencia de Caeiro, de Campos es desmesurado, whitmaniano, amoral, buscando penetrar en el cosmos y , de ser posible, conseguir una identidad definida:
Tudo se funde no movimento
Tudo se funde no movimento
(...)
E cada arbusto fitado
Nem é o terceiro que está a seguir.
A bondade da chama nocturna em casas distantes,
Os lares dos outros meras estrelas humanas na noite
A indefinida felicidade para nós de ver outros a distância.
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Continuamos con Ricardo Reis, monárquico, latinista, un devoto de las letras que quiso sobrevivir al propio Pessoa:
Amanhã estas letras em que te amo
Amanhã estas letras em que te amo.
Serão vistas, tu morta.
Corpo, eras vida para que o não foras,
Tão bela! Versos restam.
Quem o (...)
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De los heterónimos en lengua inglesa tenemos a Alexander Search y a Charles Robert Anon:
ELEGY
ELEGY
On the marriage of my dear friend Mr. Jinks
(but which may with equal aptness be applied
to the marriage of many other gentlemen)
I
Ye nymphs whose beauties all your hills
Adorn,
Embodied graces of the sun‑traced rills,
Mourn;
For gentle Corydon henceforth,
In this hard world where all must pass,
Will feel as icy as the North.
Alas!
II
Ah, Corydon! Ah, Corydon!
And hast thou left all happiness,
Immoraled joy and whiskied liberty?
Ah, Corydon!
Great is our distress.
And art thou no more free?
Bars shall be useless now. Alas! in vain
The music‑hall shall ring with voices known,
In vain the horse shall course the plain
And the struck sparrer groan.
And dogs and beasts and women,
And brandy, gin and wine,
And brutish brutes and human -
Oh, say, shall all these joys no more be thine?
lll
Ah, frailness of mankind!
Thou who didst laugh at woman and didst hold
Thyself superior, now, alas! wilt find,
Amid thy waning joy and waning gold,
Thou learnedst in a sorry school
That taught thee to disdain
The seeming‑tender being whose dread rule
Shall now wreak on thee horrid pain.
Too late now wilt thou learn, too late,
When thy voice is low and humble thy gait,
When thy soul is crushed and thy dress sedate,
The greatest of all ills the gods on humans rain.
IV
Ah, what avails all mourning? Thou art gone
From life and youth and gaudy loveliness,
From that deep rest that men call drunkenness.
Ah, Corydon! Ah, Corydon!
Thou the first hope of all our race
Hast left the blessed paths of peace and love.
Ah, wilt thou be content to rove
From shop to shop with her, thy mother‑in‑law,
Or tremble full to hear at night,
With horror deep and deep affright.
The wordy torrent from thy spouse's jaw?
V
Oh, the troubles to come to thee can ever I dare name?
To work in the day, and at night to walk the bedroom's length,
On a seeming‑heavy baby to waste thy seeming‑waning strength,
And as the husband of thy wife to reach the light of fame.
Now my voice is broke with weeping, and mine eyes red, as with sand,
And my spirit worn with sighing, and with sighing worn my breast
Ah, farewell, that thou art gone now to the dreaded obscure land
Where the wicked cease from troubling and the weary never rest.
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GOD'S EPITAPH
GOD'S EPITAPH
Here lies a tyrant whom some called a devil,
Snake-like his folds around our life he curled;
He's dead now, and the world hath no more evil,
Because there is no longer any world.
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El último de los heterónimos que nombraremos, y probablemente el que dejó la obra más trascendental de todos, fue el que firmó el Libro del desasosiego: Bernardo Soares. Soares, hombre que quiso vivir en el presente, rezuma melancolía y poesía; sin esperanza ni tristezas, formó ese compendio de fragmentos, pensamientos asistemáticos, reflexiones, poemas en prosa que, según se tiene entendido, Pessoa escribió desde 1913 hasta el año de su muerte. (Vivo sempre no presente. O futuro, não o conheço. O passado, já o não tenho. Pesa-me um como a possibilidade de tudo, o outro como a realidade de nada. Não tenho esperanças nem saudades...)
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Para finalizar, nombramos a Ofélia Queiroz, la mujer que atrapó al hombre, y sería interesante indagar un poco sobre esa faceta mundanal del poeta portugués. Se conocieron en 1919, en una oficina comercial donde ambos trabajaron. Él contaba con treinta y un años y ella diecinueve. La relación amorosa fue consagrada, principalmente, a lo epistolar, la cual se prolonga, en una primera fase, hasta finales de 1920. Luego, se renueva en 1929 hasta 1931. Pessoa no ve futuro en la relación por sus penurias económicas. Ella, de buena familia, insatisfecha, espera que él pida su mano para formalizar la unión amorosa. Entre los arrebatos, las excusas y escarceos, uno de los heterónimos entra en la relación: Álvaro de Campos, amargo, burlón, le escribe a ella para desalentar la unión y pedirle que se aleje. Poco sabe sobre los otros, aunque sí estuvo al tanto de la obra poética de él. A los años, casi una década, de la separación, no es hasta septiembre de 1929 en que ella sabe nuevamente de Fernando. Él con 41 años, maduro, pleno en sus facultades intelectivas; ella, una joven de 29 años, aún enamorada de Fernandito, aguardando el momento para casarse con él, dentro o fuera de Lisboa. Hablarán poco. Unas cuantas cartas de ella, algunas de él. Otros telegramas para felicitarse por sus respectivos cumpleaños. La obra y sus heterónimos esperan por Pessoa. Él moriría, alcoholizado; ella se casaría pocos años después. Ofélia viviría hasta 1991, cuando ya Pessoa y la larga fila de heteronomía que habitaba se hacía pública, celebrada, global (Fuente: Santiago Kovadloff, Pessoa y Ofélia, una historia de amor, 8 de febrero de 2013).
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[Carta a Ophélia Queiroz ?- 18 Mar. 1920]
Tenho estado com uma angina forte, complicada com outras pequenas coisas da garganta. Estou hoje um pouco — mas muito pouco — melhor, mas naturalmente nem sequer amanhã poderei aí ir.
Se houver alguma coisa a dizer-me, podem escrever pelo portador, que volta para aqui.
Já aí entregaram as chaves da casa da Rua Coelho da Rocha? Tinham ficado de as levar aí até terça-feira, que foi antes de ontem.
Gostava muito que alguém viesse aqui uns momentos — o Pantoja, por exemplo, se aí for — pois me encontro muito só.
Fernando Pessoa
18/3/1920
Os 250 reis que vão juntos é para o carro do Pantoja, caso ele venha.








