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| Theo van Doesburg, "Houses" (1918) |
I
Ya no conozco la terrible noche anónima de la muerte
en el fondo de mi alma está anclada una flota de astros.
Estrella de la tarde centinela para que brilles
cerca del celestial vientecillo de una isla que me sueña
y para que yo anuncie la aurora desde sus altas rocas
mis dos ojos unidos te llevan navegando en la estrella
de mi justo corazón: ya no conozco esa noche.
Ya no conozco los nombres de un mundo que me niega
adivino claramente las conchas las hojas los astros
mi odio es superfluo en las calles del cielo
a menos que sea el sueño que me vuelve a mirar
con lágrimas he de cruzar el mar de la inmortalidad
estrella de la tarde bajo la curva de tu dorada luz
la noche que tan sólo es noche no la conozco ya.
IV
Bebiendo el sol corintio
leyendo las marmóreas ruinas
cruzando a trancos viñas y mares
apuntando con un arpón
un prometido pescado que se escapa
encontré las hojas que la plegaria del sol memoriza
la vívida tierra que el deseo se alegra
en abrir.
Bebo agua corto frutos
extiendo mi mano dentro del follaje del viento
los limoneros diseminan el polen del verano
los verdes pájaros rasgan mis sueños
me voy con una mirada
mirada amplia donde el mundo resurge
hermoso desde el principio a la medida del corazón.
VII
En la pequeña troje debajo de las margaritas
las pequeñas abejas organizaron un baile enloquecido
suda el sol tiembla el agua
cae lentamente el sésamo de fuego
las esbeltas espigas se inclinan ante el cielo moreno.
Con labios de bronce cuerpos desnudos
abrasados en el pedernal de la inspiración
¡Ea! ¡Ea! sacudiéndose atraviesan las carretas
los caballos se hunden en el aceite del descenso
los caballos sueñan
con un paraje fresco con abrevaderos de mármol
una nube de tres hojas lista para derramarse
sobre las colinas de delgados árboles que escaldan los
oídos sus estiércoles.
sobre los panderos de los grandes campos donde
bailotean
Más allá de las doradas dalias duermen las jovencitas
su sueño huele a incendio
en sus dientes retoza el sol
de su axila gotea dulcemente la nuez moscada
y el aire aspirado en bocanadas se tropieza
con azaleas, nardos y sauces perfumados.
Odysséas Elýtis (1911-1996). El sol, primero. La poesía surrealista de Odysseas Elytis. Material de Lectura, núm. 96. México: UNAM, 2011.































