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| Frits Thaulow, "Melting Snow" (1887) |
Interludio
Sigo regresando al campo de tiro —
para aprender a sostener firme el arma
en un mundo que es un caleidoscopio;
cada disparo una pregunta
que cambia de color antes de caer.
Enróllate en un punto cerrado,
balanceándote contra la letra final
y la primera mayúscula —
una canica que rebota en una frase.
Desenvuélvete en dos puntos,
una viñeta del futuro:
duerme dentro de la curva
de un signo de interrogación,
acurrucado en su camilla
o entre comillas,
encorvado en la grieta entre la línea y el punto
de un signo de exclamación.
Luego, enderézate en su sombra,
y en el susurrado espacio de un paréntesis.
¡Celebra! —descorchando el apóstrofe
hasta la astrosfera.
El deshielo
Ahora me doblo, como una columna culpable,
sobre lo que queda del glaciar.
Aquí está mi cabeza —torpe, esperanzada,
sacando medio cuerpo, como un perro
por la ventana del coche. Aquí están mis rodillas;
arrodilladas sin dios, sólo gravedad.
Le ruego al cielo la piedad de una coma,
una pausa lo bastante larga
para explicar por qué empaqué
más libros que ropa interior.
Una escena: los árboles,
encajonados en escarcha,
sacudiendo su joyería endurecida.
Las ramas, no rotas por el frío,
sino detenidas a mitad de gesto,
como amantes que deciden no hablar
pero siguen tomados de la mano bajo la mesa.
Las palabras exactas para describir este mito
se me escurren entre los dedos como deshielo.
Me senté con desconocidos en el bar del hotel,
bajo un cielo tan claro que parecía haber sido vaciado
para guardar otras cosas. Nadie dijo nada verdadero,
que era lo único verdaderamente posible de decir.
Las noticias seguían sonando desde la televisión
como ruido blanco: glaciares desaparecidos,
arrecifes muertos, un documental sobre abejas que nunca vi —
ni siquiera me había alejado de ninguna excusa obsoleta aún.
Tampoco había señales de que otras hubieran llegado.
Sólo estaba ahí, de pie, mirando mi vaso de whisky,
preguntándome cuántos recuerdos caben entre camisetas
y los jeans que ya no uso. El equipaje tiene compartimentos:
zonas horarias dobladas dentro del tubo de pasta,
una lista de cosas que olvidaré olvidar.
Los recuerdos dudan si quieren venir.
Preguntan en qué idioma habla la televisión del hotel,
si las almohadas olerán a casa o a traición.
Las paredes han dejado de fingir que respiran.
Con las cortinas cerradas, el día y la noche son sinónimos.
Dicen que si empezamos a escribir en abreviaturas,
si deletreamos el duelo en emojis y rimas torcidas,
quizá alguien por fin nos escuche.
Anoche, un sueño de inundación:
el hielo volviéndose océano,
mi cama transformada en canoa,
indecisa entre salvarme o dejarme ir.
Me ahogué en medio de una bocanada de aire.
Sin voz, sólo esa sensación de que, tal vez,
no respirar era más fácil que leer las noticias.
Y entonces —un oso polar.
Su lengua de nieve, y su frente contra la mía.
Ambos, sin contar con un equipo de rescate. Sólo allí,
flotando en el silencio que le sigue a la supervivencia,
cuando la fe deja de fingir que se sostiene de algo.
Esta mañana desperté con el goteo del grifo,
las rodillas aún dobladas,
las manos esperando todavía una frase
que me perdone.
Marie Anne Arreola (2002). Cinco poemas de Marie Anne Arreola. Cagua: Letralia. Publicado el 21 de enero de 2026.

