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| Kawanabe Kyōsai, "Crow and the Moon" (ca. 1887) |
Mi cuervo
Mi cuervo alado despliega sus alas.
En la noche tarde,
recorre con sus alas
las tristes caras de la gente que lo mira.
Mi cuervo se posa en una rama,
con su alegre canto resonando en la noche,
intenta llamar la atención de todas las almas que,
con tenues ropas y tristes miradas, se acuestan en sus tumbas.
Cuando la luz empieza a bañar el cementerio,
mi cuervo cierra sus ojos y,
como grises cenizas,
el viento lo hace bailar en la intensa luz del nuevo día.
Mi cuervo de alas encogidas,
una lágrima por su ojo baja.
Mi cuervo se despide al abrir su pico.
Mi cuervo se vuelve humo negro y cae al suelo su lágrima,
lágrima blanca y brillante como diamante
Adiós a mi cuervo.
Guerra
En cada suspiro que haga la tierra,
contaré todas las miradas de esta guerra.
De romper sólo saben,
de curar desconocen, y
ante el dolor, duermen.
Cada bala que se colecciona
es la tristeza de un corazón que se abandona.
Y ante la destrucción,
por mucho que deambule la razón,
sólo se sigue una dirección.
El ojo de mi habitación
Un gran ojo me mira desde la pared.
No sé cómo ni qué día apareció,
sólo sé que siempre me mira.
No parpadea, se mantiene inmóvil.
Cuando me voy a dormir su mirada atraviesa mi cuerpo,
haciendo que cada madrugada me despierte.
No importa lo que haga, él nunca deja de mirar,
pareciera como si todo lo que hiciera fuera muy interesante,
o quizás sólo mira porque no tiene otra distracción.
El gran ojo de mi habitación siempre me juzga,
siempre me ve,
nunca parpadea,
y nunca responde.

