Las Flores Rotas

Blog de poesía + Artes Visuales + Entrevistas literarias

 

Francisco Camps Sinza
 Alfred Schmidt, Thinking Horses. Course for Advanced Students (1913)


Tres trivialidades nietzscheanas


Objetos de fe

Nietzsche nos dice en El viajero y su sombra (Traducción de Edmundo González Blanco) que el idealismo piadoso oculta lo mejor de nosotros por esa santificada moneda que se echa al pozo de la suerte en lo que concierne a la humanidad. Esto, sin lugar a dudas, conduce a lo que el pensador alemán logra objetivar como un asunto de fe. La contemplación, lo real, lo palpable, entonces, debe ser recubierto por ese óleo de posteridad, amable, incierto, para prolongar el dolor hasta terrenos insospechados. En todo caso, el engaño provisorio a los sentidos no cambia por ese velo fantasmagórico: está allí, dispuesto a que algún dedo hábil hurgue su lugar secreto.


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La república de los sabios

Toda sabiduría es desconfianza. El sabio vigila lo que hace otro sabio para aprender, corregir y mostrar su descubrimiento. ¿Qué sucede cuando todo un país abandona esa lógica consustancial a las ciencias? ¿Qué descubre con semejante testarudez? Y, no menos importante: ¿cuál mito predominante sustituye tal vacío?


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Ceguera

Si Homero, como lo conocemos hasta hoy, nos legó su poética condicionado por su ceguera, ¿habría que adentrarse a ese terreno nebuloso para hacer algo valioso? ¿Edipo fue más sabio al dejar de ver? ¿No nos complacemos con tantos estímulos visuales hasta, en muchísimos casos, desconocer lo que estamos viendo?



Reynaldo Pérez Só y la endofobia en la poesía venezolana


En el texto La endofobia en la poesía venezolana (Poesía, 29 de noviembre de 2017), Reynaldo Pérez Só (Caracas, 1945- Valencia, Venezuela, 2023), poeta venezolano, hace un breve repaso por esa categoría sociológica y antropológica para dar lectura sobre la creación poética y la manera en que nos leemos. 


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La endofobia arropa un abanico de complejidades socioculturales donde el color de piel, situación económica, nivel educativo, ideología, credo, modismos, etc., jerarquiza rótulos haciendo del individuo y/o grupo blanco fácil de discriminación. La noción de un ciudadano ejemplar, modélico, puede enquistarse en un juicio etnocentrista, abonado por un adoctrinamiento eficaz y afilado por tanto tiempo en la memoria individual y colectiva.


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Esas dinámicas, engrasadas por centros de poder económico y mediático, convierten la maquinaria deshumanizadora en una práctica cotidiana que atraviesa cualquier forma de expresión, siendo la literatura en general, y en este caso en particular la poesía, un eslabón más de ese patrón cultural, poniendo en el foco la mirada interna, doméstica, que hacemos de nosotros. 


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No son pocos los estudios que tratan la endofobia en Venezuela (y que, tras todo lo acontecido en la última década en el país, además del complejo tema migratorio, seguirá creciendo, o eso esperamos, en cuanto a una mayor profundización del tema en cuestión y a lo que un enfoque de la discusión pública sobre nuestra identidad se refiere). El tema es difícil de desgranar. La autopercepción pasa por un lindero de procesos cuyo "origen" acumulativo es imposible de rastrear. No obstante, desde la psicología social (Maritza Montero y su estudio Ideología, alienación e identidad nacional: una aproximación psicosocial al ser venezolano) hasta la antropología (Miguel Acosta Saignes en Raíces y signos de la transculturación), por nombrar solo dos líneas investigativas, han dado sus aportes para continuar indagando, ya sea desde la academia y en otros ámbitos del saber y/o comunicación, a tan poroso debate.


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Desde su trinchera, Pérez Só, destacado escritor y cofundador de la revista Poesía, insigne espacio de divulgación de la poética venezolana, latinoamericana y global editada por la Universidad de Carabobo (Valencia, Venezuela), hila lo que consideró los rasgos de la máscara endofóbica en la literatura nacional: una que, desde la centralidad urbana filtrada por el capital (lo que "funciona"), escinde entre lo folklórico y lo moderno, ambos con sus tintes peculiares dados por la transculturización. Es decir, lo construido a partir de una mirada foránea atravesada por la moda literaria o lo que se dictamina desde países con una robusta tradición propia y que, al ser exportados para el "consumo" global, la cultura integra sus aditamentos locales para hacerlo "digerible", propio. Esto, como toda discusión sobre identidades, nos da al menos tres interrogantes focalizadas (e irresolutas): ¿Qué tomamos por "nuestro" en ese consenso nacional? ¿Cuál es el malestar en la cultura venezolana? ¿Queremos ser otros para no operar sobre lo que tenemos a mano?


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Lo que somos, en ese vaivén del "yo-nosotros" en constante comunicación y diferenciación, siempre va a despertar fantasmas ideológicos que, por un lado, exacerban los aspectos positivos para una manipulación partidista, mientras que por el otro se ofrece la cartilla de la moralina para esculpir el aspecto modélico requerido (¿por una clase?). Ya sea con la palmada en el hombro o el varapalo, el texto del mencionado poeta nos devuelve esa reflexión tan pertinente en torno a categorías tan difusas de la "mismidad" y "otredad". Las conjeturas abundan: tal vez tanto desvarío, desconfianza y ceguera improductiva sea por el alud consecuente al desviar la mirada hacia lo que no se encuentra en nuestra vereda. Con sus beneficios y malestares, ingenuidades y malicia, se sigue esa tradición que conquista un error quimérico con su recetario de hastío, infelicidad y desolación. Sin soluciones ni lecciones aparentes, solo nos queda, a manera de salvaguardia en caso de incendio o vaguada, echar una ojeada detenida a lo que hemos hecho para, si es posible, seguir marcando una senda pequeña, personal, sin grandilocuencia utópica que sume a esas otras voces que despiertan. 

Disponible en https://eldienteroto.org/wp49/verdad-dice-quien-sombra-dice/


 

LA NECESIDAD DE UNA SOMBRA: ¿PARA QUÉ ESCRIBIR?

 

Leyendo «Verdad dice quien sombra dice» de Christiane Dimitriades, poeta venezolana, cuyo título parte de un verso de Paul Celan (1920-1970), poeta rumano, el lenguaje, lo nombrado a partir del escenario propuesto en un poema y/o aforismo, actúa sobre lo subyacente: muestra un sentir enconado en la profundidad del ser; describe lo percibido en algún instante que ya no existe (y que únicamente puede ser rescatado a través de la palabra, auxiliar privilegiado de la creatividad y de la memoria). O, si seguimos con ejemplos, pinta la sombra de un árbol que no se puede ver y cuyas raíces brotan en la ocasión del decir.

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Escribir es una terquedad personal. De esa obsesión sale un cuerpo que toma vida propia para enunciar sus inquietudes, dilemas, expresar su libertad. Una palabra sigue a otra, una línea a un párrafo, y ese cúmulo de tantas referencias y posibilidades arrastra un alud a la otredad (el que, curioso e interesado, lee lo que con empeño busca pergeñar sentidos). En esa actuación, porque el hablar es hacer cosas, se pone en movimiento lo que, en apariencia, no lo tiene y echa a andar escenarios que otros van a recrear en su mente.

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La escritura parte de una labor: el que lo hace, ya sea hombre o mujer, tendrá otra vida mientras pueda sentarse (o lo haga de pie, como según Ernest Hemingway, escritor estadounidense, escribía, o en esa tradición de horizontalidad pragmática de Juan Carlos Onetti y Truman Capote) en su escritorio predilecto y vuelque todo en un texto: con un plan minucioso o bajo la llovizna concurrida de sus ideas. Sin detenernos en los géneros, lo imaginado, siguiendo esa mecánica, es hermano bicéfalo de lo acontecido: tal duplicidad se lleva a ese cuadro diminuto, extenso, donde el mundo es otra cosa, sin que tenga la necesidad de aterrizar en la materialidad de éste. De este modo, la producción del mismo, tanto en lo sucedido (ya sea en una crónica, relato, poema) y lo imaginado (novela fantástica, cuento, épica, etc.) lo asemeja a un obrero con su horario de oficina, haciendo del escritor, antes que un aristócrata, el burócrata de lo imposible. Por otro lado, si es lo suficientemente neurótico y le gusta torturarse con la teleología de su oficio, se preguntará: ¿Para qué escribir? ¿Por qué pasar tantas horas imaginando, recreando y tecleando una historia?

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Quizás es la urgencia de una sombra. Escribir es enfocar cierta luz sobre un pequeño mundo, ínfimo, el cual toma fuerza para extenderse, crecer en una pantalla y/o página, y seguir hasta la remota alternativa sensorial de otra persona. Si es un elfo, hada, monstruo lo que se expresa, se mueve y siente, lo vas a ver, escuchar y comprender como si estuviese allí, tan real como un amigo o latente en el callejón acechando como un enemigo. Si, por el contrario, es una hoja lo que desciende en la inmensidad del bosque, así te encuentres en medio de un barrio apilado por casas y cemento escuchando la bulla incesante de los vecinos, ese momento tan delicado será tan tuyo como del poeta. Entonces, la sombra es lo proyectado por el juego de luces que un escritor y/o escritora realizó, y que el lector, cómplice, es el asistente distinguido a tal suceso.

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A veces lo visto con claridad no exhibe su potencialidad hasta adentrarse a lo que esconde. Es allí, en la sombra, donde se revela un tajo escindido y vital en la muestra de la superficie. También, en nuestro caso, por la inclemencia del clima, en horas álgidas del día, la sombra es una necesidad: desde ese resguardo podemos observar las cosas más vivas, apetitosas y reales. Es, desde ese panóptico de Macuto, donde podemos adentrarnos a la inmensidad y nitidez de la luz tropical, creación insigne y unánime de Armando Reverón, pintor venezolano, adelantándose con su arte pictórico a la naturaleza. Así, siguiendo lo expresado por Oscar Wilde en The Decay of Lying. An Observation, obra ensayística de ese genial escritor, poeta y dramaturgo irlandés, el arte supera al paisaje circundante porque nos permite conocer a profundidad sus impresiones, extenderlas hasta el artificio hermoso, trágico, ornamental y espiritual de lo humano. Y, como la niebla londinense fue una invención de los escritores decimonónicos, Reverón hizo tangible, en el siglo XX, la exuberancia del color tropical del litoral central venezolano.

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Escribir es hacer de lo ausente parte integral de algo más. Jorge Luis Borges (1899-1986), poeta, cuentista y ensayista argentino, escribió en «Elogio de la sombra», al mencionar el paso del tiempo y la llegada de la vejez, estos versos en el poema homónimo:

 

«....Vivo entre formas luminosas y vagas

que no son aún la tiniebla» (p. 1017).

 

Si planteamos la tesis de que escribir es hacer coexistir las tinieblas, cada escritor levanta, a su modo, el telón de la tenebregura antes que, en el proceso de la vida, en su igualitaria horizontalidad, sucumba a la oscuridad total de la muerte. En ese ínterin, el escritor, absorto en sus ideas, sensaciones y construcción de sentidos, planea sus historias, apropiándose de estéticas y formas particulares con su propia geografía (cuevas, laberintos e islotes secretos). En esos escenarios, con sus normas y reglas restrictas a lo contado, el mapa emocional e intelectivo del artista guiará a otros para que sigan sus elucubraciones, perplejidades, descubrimientos y, por supuesto, voluntad.

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Volviendo al poemario de Dimitriades, una estación, el primer soplo otoñal de septiembre puede ser la ocasión idónea para conocer cómo las hojas «…cubren de rojo el asfalto como despedida de la plenitud del año» (p. 5).. O, en ese mismo poema, podemos descubrir el tajo de tonalidades temporales en el trópico: «… el breve e intenso gris de las nubes que en su descarga inunda las calles y la radiante luz que enceguece la visión, tiñe de blanco el paisaje y nos obliga a mirar de nuevo los objetos…» (Ibíd.).

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En otro poema del mismo libro, la autora mencionada nos permite relacionarnos de manera intensa, emocional con los objetos y lo circundante en la muestra auxiliar (y poderosa) del arte: «Mi relación con la naturaleza, que a veces percibo como extraña y hostil, se me ha dado únicamente a través del artificio, de la copia, vale decir, de una segunda realidad: toda reproducción es menos cruel y menos riesgosa» (p. 7).

Lo que en algún momento habría pasado inadvertido, sin sorpresa, en la obra, dependiendo de la intencionalidad, mirada y proposición de cada escritor/a (y, a su vez, de la lectura que le damos en determinados momentos de nuestra vida), adquiere una potencia concreta y enriquecida: la visión del artista, si es lo suficientemente profunda, emotiva, nos lleva a recorrer un camino nuevo, inexplorado, el cual haremos nuestro de acuerdo a nuestro bagaje intelectual, disposición y/o sensibilidad.

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La sombra, en todo caso, despierta de su propia acera, complementando lo positivo del existir en su materialidad con esa argucia subrepticia en negativo que, como un revelado, nos proporciona algún aprendizaje, norma, esencia para integrarse a la pluralidad de la vida.

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Nietzsche en «El viajero y su sombra» quiere hacer hablar a la sombra; sacudirla para que aparezca, salga de su lecho romántico y tome la corporeidad esencial, vigorosa del existir mundano: le suplica que sea un actor saludable, lúcido; abandone su pasividad ante la realidad, se eche a andar y despoje el necio rencor, que sea responsable de su parte activa (y elemental: ser voz de un mundo que ha fenecido ante sus ojos).

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La sombra nos habla de una identidad. De la compañía de todo caminante (Wanderer), la memoria de sus pasos y la máscara del exilio que cada ser humano emprende en diferentes grados durante su vida. Mónica B. Cragnolini, en su ensayo «La metáfora del caminante en Nietzsche», hace un repaso sobre la noción del viajero, del errante y sobre el exilio en el arte (Ulises, Kafka, Baudelaire, etc.). En esa travesía hacia tierras lejanas, la necesidad de encontrarse, de que el yo vislumbre algo noble, nuevo, esencial para el ser, además del rencuentro con lo añorado y amado, plantea un ejercicio terrenal y metafísico donde la unicidad requiere de una totalidad armónica, bella y, ante todo, real.

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Entonces, siguiendo con Dimitriades, la sombra puede hurgar en los vericuetos materiales del mundo circundante. Es decir, puede leer, apropiarse de una queja, denuncia, manifestarse sobre el devenir corporal, social, político, entre otros asuntos, para integrarse al escenario presente:

 

«Vergüenza de sólo balbucear palabras entre las sombras, de

girar en círculo sobre mí misma sin poder asir el mundo, este

país en ruinas, convertido en un maltrecho juguete en manos

de la insidia». (p. 12)

 

La sombra, como la ilusión, urdida en las tramas de la existencia, da un salto de las tinieblas a la Bastilla de lo cotidiano: en la obra del escritor/escritora, en la mente del lector, en la palabra misma que se emancipa tras lo nombrado.

A lo mejor, siguiendo otro poema de «Verdad dice quien sombra dice», la tiniebla se adueñará de todo (y, nosotros, nos acostumbraremos a adiestrar la mirada para sacar la luz provechosa entre tanta oscurana, aunque sea circunstancial antes de la definitiva):

 

«La sombra destruye la materia, sólo conserva su forma

más depurada, su esencia».

 

 

Bibliografía

Borges, J. L. (1969). Elogio de la sombra en "Obras completas. 1923-1972". Buenos Aires: Emecé Editores, 1974.

Cragnolini, M. B. (2000) La metáfora del caminante en Nietzsche. De Ulises al lector nómada de las múltiples máscaras. Ideas y Valores, 49 (114).

Dimitriades, D. (2023). Verdad dice quien sombra dice. Cali, Colombia: El Taller Blanco Ediciones.

Nietzsche, F. (1922). El viajero y su sombra. Madrid: La España Moderna. Traducción de Edmundo González Blanco.

Wilde, O (1891). The Decay of Lying. An Observation.

 

Lucas Cranach the Elder, Adam and Eve (1528)

 

SUSCITACIONES EXTEMPORALES (III)

 

La imagen suspira un encuentro con el ojal de lo perdido. Desavenencia de extraordinaria mesura en el amparo proscrito. Dulce geometría pergeñada en la tumba de los días. Ansiado fruto labrado en la primavera del olvido. Sosiego del tentado a urdirse con la niebla en enemistad del supremo de ojos escondidos.

 


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El amor transcribe la melodía que el azaroso mundo saca a patadas.

 


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El sabio zurce una historia a la medida de sus palabras y lo hace su cuerpo de renuncia.



*

El poeta emula lo que la naturaleza ha desdeñado y vuelve eco del precario crujir humano.

 


*

La metáfora de la serpiente como el vientre de lo humano.

 


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La risa, ante el fuego, nos mantiene despiertos.

 


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El eco es lo que resuena permanentemente, no las voces virginales, sino sus rebotes palaciegos. Respondemos a las disonancias y a sus equivocaciones de carne pasional: clarividentes motivos para los garrotazos celestiales.

 


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Arrancamos del cuerpo lo que después masticamos lentamente.



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La fundación de Dios es la repetición. El artefacto donde el espíritu busca el eco empírico de sus ruegos, lamentos y esperanzas. Lo incansable del ser puesto a prueba en un escenario tan desolado, aguardando una luz prístina sobre su cabeza.

 

 

*

Lo que catalogan como reaccionario es la puesta en escena hiperbólica a la medida de lo que quiere combatir. 

Herman Frederik Carel Ten Kate, Peasant Interior (s/f)


 

Poética del desamparo (II)

 

Las esperanzas de un cambio se representaban en un líder que prometía mano dura contra la corrupción y, así, esa figura carismática devolvía la “fe” de una gran parte de los venezolanos, en su mayoría los más pobres y excluidos, en un retorno ya conocido a lo que Coronil (2013) menciona como la “deificación” del Estado venezolano (Coronil, 2013, p. 38). Ese baño de masas que velaría a la “Cuarta República”, a sus instituciones y su constitución de 1961, coronaría la “Quinta República” con la Carta Magna de la República Bolivariana de Venezuela de 1999, añadiendo otro episodio que se traduciría en una reconfiguración discursivo-ideológica el cual marcaría a los gobiernos sucedáneos de Hugo Chávez y que, según varios autores, pueden ser catalogados como “neopopulista” —en su dimensión dentro del contexto histórico que vio nacer esa variante latinoamericana en los ochenta y noventa con Carlos Menem en Argentina, Alberto Fujimori en Perú, entre otros— cuyo ascenso al poder surge por el agotamiento de las instituciones democráticas (Arenas y Gómez Calcaño, 2006, p. 155). También, a Chávez se le emparenta en esa cercanía con los pobres a los populistas de corte más “clásico” o histórico como Perón en Argentina con su agenda inclinada al distribucionismo, intervencionismo, nacionalismo y antiimperialismo (Arenas y Gómez Calcaño, 2006, p. 155).  

 

*

La compleja figura de Hugo Chávez añade, quizás, una nueva forma de populismo que es el “populismo militarista” el cual embebe del inmediatismo que desdibuja a las instituciones y la democracia, haciendo del líder el vínculo directo con la población (Arenas y Gómez Calcaño, 2006, p. 156).  Luego del golpe de estado del 2002 y la radicalización del Gobierno Bolivariano desde el 2004 hacia el tránsito al “Socialismo del Siglo XXI”, llega la consagración de la “Revolución Bolivariana”, ese remanente colectivo del culto a Bolívar sustentado, según Carrera Damas (2005), principalmente en los usos —el “camino ideológico”— y abusos que se le otorgan a la figura e ideas del Libertador, y cuya estirpe es usual en gobernantes autoritarios como: Antonio Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras y Marcos Pérez Jiménez (Carrera Damas, 2005, p. 81).

 

*

La ritualización del bolivarianismo-militarismo —una mezcla entre las figuras de Simón Bolívar, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez, entre retazos ideológicos— como vínculo para instaurar una lógica identitaria nacional que confluyera en Hugo Chávez como mediador mágico-religioso de ese pasado idealizado y portavoz del pueblo, traducido a esos “otros” que a través de él y la gestación del Chavismo —una categoría que da inicio a ese “mito”—, en necesidad de construir su propia historia, llevaría a la confrontación entre los modos de vida dados por la modernidad y la producción dentro del modelo capitalista —no del todo claro a nivel pragmático ya que el principal socio comercial venezolano fue Estados Unidos— y la retórica en otro proyecto de modernidad presentado como “humanista”, expandiendo el mundo “unipolar”, en sus palabras, para darle cabida a la “multipolaridad” y cuyos modelos han sido más o menos esquematizados en la Unión Soviética, la China de la “Revolución cultural”, así como la “Revolución cubana” de Fidel Castro, la Chile de Salvador Allende, entre otras figuras míticas regionales como Alfaro en Ecuador, Zapata en México, el Che Guevara, entre otros. Dicha traducción de figuras históricas reconocidas para la significación de un proyecto político, donde la retórica es fundamental para esa interpretación y trasposición ahistórica (Carrera Damas, 2005) sirve para instrumentalizar primero a su electorado, al “pueblo”, y contraponerlo a sus adversarios, “escuálidos”, escindiendo a la población venezolana en dos bandos fuertemente erosionados e irreconciliables en los acuerdos mínimos de simpatía/antipatía con el modelo gubernamental de país, llevando al chavismo a capitalizar la polarización para imponerse y perpetuarse en el imaginario. 

 

*

Este fenómeno es similar al “profetismo” que nos dice Marc Augé (2004) acontece en muchas etnias amerindias y africanas, donde esa manifestación del profeta en figuras como el médico, el sacerdote, el militar, entre otros, es una simulación con límites temporales que, en esa actuación extensiva en un contexto histórico particular dado por personajes políticos como Hugo Chávez, su paganización se entronca en la puesta en escena de imágenes (Bolívar, Zamora, Rodríguez, etc.) donde no hay personas concretas, siendo una imitación persistente por los recursos discursivos y multi-escénicos empleados por la difusión de los medios de comunicación, haciendo de ese otro una imagen, es decir, como “el sustituto de la persona” siendo un receptor “idóneo” para fines instrumentales (Augé, 2004, p. 88-89).

 

*

Esto, podemos decir grosso modo, ha sido una búsqueda de sentido histórico en una contemporaneidad cuya lectura pasa irrestricto por el lente individual, fragmentado, colonizado y en cierta forma aculturado — y que en sí misma vendría siendo la transculturización por la misma escala global en el alcance comunicacional en los territorios en un sentido más amplio de identidad y diferenciación—, sin la mirada amplia colectiva, ni un vínculo más o menos hilado con sus procesos fundacionales —y funcionales—, al menos los republicanos. Esta regresión como un mito se cuajaba en la aceleración de un proyecto único, primeramente territorializado y materializado en un partido, PSUV —cuyo fundador y presidente fue Hugo Chávez hasta su muerte—, el desmontaje del aparato democrático liberal y el paso a una “democracia participativa” en base a “Comunas” dependientes de la estricta jerarquía gubernamental, la disposición de los medios suficientes para su comunicación eficaz a la gran mayoría —por medio de cadenas, propaganda, intervenciones arbitrarias en los medios y/o censura como en los casos de RCTV, entre otros—, y que, por otro lado, se daba un fenómeno desterritorializado y con alcance regional y global, manifestado en las alianzas con Mercosur, Petrocaribe, Alba, entre otros organismos, haciendo de la figura de Hugo Chávez el polivalente líder absoluto de un país y su devenir institucional, además de la personificación actual de un proyecto continental y de largo experimento mundial, al menos desde el lente del materialismo histórico. Al condicionar una nación a que un sujeto personifique los objetivos históricos, morales, de bienestar y progreso de todo un pueblo, lo político queda supeditado a sus mandamientos, arbitrariedades y a la urgencia de compromisos teleológicos que justifiquen los medios para lograr sus fines, disgregando ese corpus unitario de lo que comprendemos como sociedad y añadiendo su propia lógica sistemática del mismo; es decir, alterando la relación en como la misma sociedad se comunicaba, su verticalidad y, en fin, el sistema que la estructuraba. 

 

*

Esa parcialidad que hemos mencionado antes hace que los actores sociales vean reducidas las opciones de mejorar su condición de vida ya que sus esfuerzos, deseos y alcances pasarán por el pivote ideológico-discursivo de una nueva élite anclada en la otra vez indistinguible separación estado/gobierno, y cuyas deficiencias, por esa misma simpatía condicionada en beneficio de un grupo sobre otro, objetivado por los sectores más desasistidos, se harán cada vez más notorias, insostenibles y perjudiciales para esa gran porción en general. Esa omnipresencia en lo moral y político —donde lo político responde a esa visión fundamentalista unificadora del líder-partido—, tendrá otro factor esencial: la economía y relación con el rentismo petrolero y su reconfiguración nacionalista con los objetivos del socialismo bolivariano y que, luego del Golpe de estado del 2002, PDVSA, la principal industria petrolera, pasa a manos del gobierno, siendo rebautizada en el abanderamiento obrero y sindicalista —“PDVSA ahora es de todos”—, guiada por una dirección estratégica con figuras aliadas al chavismo y sus adeptos, y así, como en las grandes instituciones del estado, la función de sus órganos cada vez menos independientes, se fusiona la coalición cívico-militar en aras de la “Soberanía nacional” y la “Venezuela potencia”. Como un viejo fantasma rondando el nuevo milenio, el discurso bélico y castrense, las consignas y eslóganes dibujan un paisaje cultural en una tesis y antítesis que penetra en la psicología colectiva donde obedecer y la disciplina de los cuarteles se traslada a la vida pública, a los espacios comunes, con sus configuraciones de ese imaginario reformuladas en lo privado. 

 

*

Ese automatismo instrumental sirve para la conquista discursiva subyugada en la bi-direccionalidad del asentir o rechazar, obedecer o rebelarse, el “…lenguaje como una exteriorización de poder de los que dominan” (Nietzsche, 2005, p. 38) con sus beneficios y castigos ante esa reducción de la ley —y su inversión, es decir, al servicio de una porción de la sociedad y no a la mayoría— del más fuerte sobre los más débiles —demoliendo la fórmula mínima para el progreso de Adam Smith (1997): «paz, impuestos moderados y una tolerable administración de justicia» (p. 21)—. Otro fantasma que rondaría, tras la gran bonanza petrolera durante el periodo 2007-2011, sería la desconfianza en el Bolívar: desde la primera reconversión de la moneda en el 2008, reduciéndole tres ceros, la moneda venezolana se devaluaría hasta niveles absurdos (hasta el gobierno de Nicolás Maduro, el Bolívar perdería hasta 14 ceros). El derroche de petrodólares arrastraría una de las mayores tramas de corrupción de la reciente historia occidental, donde Cadivi, entre otros organismos, representarían la ruta de desfalque de los ingresos petroleros, pergeñados como “infinitos”, y que la nueva Venezuela “saudita” pudo subsidiar en programas sociales cuya duración y eficacia estaba anclada a la fluctuación del barril.

 

*

Tras la muerte de Hugo Chávez en marzo de 2013, la utopía centralizadora, socialista y petrolera, inequívocamente respaldada y vaciada en un solo individuo, mortal y finito, en ese afán de tabula rasa con su historia republicana del siglo XX, en ese desvarío ideológico que estaba en guerra con los tiempos y sus fórmulas, haría de las instituciones, con esa vocación de atemporalidad con sus marcos discernibles en la historia, una continuación ejemplar del legado chavista-bolivariano: el mito de alcance múltiple en la imaginación colectiva con cierta linealidad discursiva-ideológica ahistórica en detrimento de la consecución realmente plural en la sociedad. Estas acciones, omisiones y asimetrías entre lo discursivo y lo pragmático, tendría sus consecuencias en todo el aparato productivo, y por ende, en los efectos directos en la población. Con su sucesor, Nicolás Maduro Moros (2013-2026), ganando con polémica la presidencia de la república en tres ocasiones, el país añadiría otro episodio cruento caracterizado por la violación sistemática de los derechos humanos, la criminalización de la protesta y la libertad de expresión, así como una crisis económica sin precedentes con hiperinflación (la emisión de dinero inorgánico y el mantenimiento del Banco Central de Venezuela a PDVSA, en quiebra, entre otras causas), contracción de los ingresos del PIB, y el monorentismo petrolero como aparato productivo que sostiene a un país de agricultura e industrias improductivas, aniquiladas por ineficiencia, desfalque y burocracia, y cuyo “apoyo” a la clase trabajadora solo es un recurso discursivo, siendo el sueldo mínimo, a día de hoy, menos de un dólar mensual, además de su dependencia cada vez más acrecentada a la importación de alimentos y demás productos esenciales, la precarización de los servicios públicos manteniendo a poblaciones enteras a cientos de horas al mes sin luz y agua potable, haciendo que más de ocho millones de connacionales salieran del territorio en los últimos nueve años.

 

*

Estas y otras circunstancias (es importante mencionar brevemente el rol intervencionista del gobierno estadounidense, con sus diferentes acciones y matices, durante las últimas décadas, el cual merece un capítulo aparte) que la retórica del chavismo-bolivarianismo-madurismo evade, censura y reprime, han hecho de un país asolado en calamidades, desigualdad, acorralado a un desvarío en su sentido identitario en una filiación limitada a una sola visión de mundo, además del desencuentro con una comunicación y prosperidad sostenible a nivel colectivo para enriquecer a los individuos, y así fortalecer continuamente el cuerpo social. Esto es lo que enmarcamos como desamparo: una condición en un contexto histórico particular en una sociedad en crisis extendidas hacia lo económico, cultural y político que desestabilizan su orientación hacia un porvenir —la horizontalidad y diferenciación de perspectivas que confluyen en lo social— y que, debido a esas grandes carencias y quiebres en lo relacional, la capacidad de respuesta individual y colectiva se ve afectada por las medidas tomadas desde lo gubernamental, desarmando a su población en todos sus niveles sociales y, con especial énfasis, los estratos más pobres. Como recurso ante tales problemáticas, la migración de los más pobres es una realidad palpable y dramática, donde la mayoría toma rumbos como puede, caminando, sin documentos oficiales, es decir, sin pasaporte, una identidad que debe proveer el estado a sus ciudadanos y que a día de hoy es uno de los más costosos del mundo, haciendo que las personas tomen riesgos considerables para su integridad física al buscar formas más dignas de emprender sus vidas. 

 

*

Con la llegada a otras latitudes, el desamparo no acaba sino que puede continuar con otros tintes: la migración también es un tema de utilidad partidista en otras naciones, donde la suerte de los connacionales se ve ajustada a las políticas de interés de ciertos grupos ideológicos, privando un derecho internacional, el de refugio, añadiendo otro capítulo que no acaba con el padecimiento de los venezolanos. Para finalizar, solo quedaría seguir buscando lecturas propicias a la discusión y análisis en torno al devenir de la Venezuela contemporánea, y los hechos que configuraron lo social, inmersa en crisis que lleva a su población a buscar opciones esencialmente plurales de existencia o a construir una felicidad artificial mediada por lo netamente ideológico en ese acontecimiento donde su estancia prima antes que lo humano, desdeñando uno de los rasgos más hermosos que tenemos: la solidaridad. 

 

Bibliografía

Arenas, N., Gómez Calcaño, J. (2006). Populismos autoritarios: Venezuela 1998-2005. Caracas: Cendes/UCV.

Augé, M. (2004). ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines. Barcelona, España: Editorial Gedisa.

Bachelard, G. (2000). La poética del espacio. Argentina: Fondo de Cultura Económica de Argentina.

Caballero, M. (1998). Las crisis de la Venezuela contemporánea: 1903-1992. Caracas: Monte Ávila Editores.

Carrera Damas, G. (2005). Bolivarianismo-militarismo: una ideología de reemplazo. Caracas: Ala de Cuervo C.A.

Nietzsche, F. (2005). La genealogía de la moral. Un escrito polémico. Madrid: Alianza Editorial.

Silva Michelena, J. A. “Nationalism in Venezuela” en: A Strategy for Research on Social Policy. Volume I of the Politics of change in Venezuela, 1967. Massachussetts: MIT.

Smith, A. (1997). La teoría de los sentimientos morales. Madrid: Alianza Editorial.

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