ENTREVISTA A ALBA MILLÁN
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| Alba Millán (foto cedida por la autora), 2025. |
...explora el arte de permanecer: en la quietud que sucede al vértigo y en la ternura de lo que resiste. A través de un diálogo con su abuela —figura tutelar y origen del afecto—, la autora recorre cuatro movimientos del habitar interior: estar, afirmarse, ceder y reconciliarse.Con una voz contenida y precisa, convierte lo cotidiano en materia poética. El libro medita sobre la posibilidad de vivir con lucidez y gratitud e invita a detenerse en un lugar donde la sensibilidad pugna por volverse presencia [Información suministrada por la Editorial Talón de Aquiles].
Es por ello que nos propusimos realizarle una entrevista a la poeta (en un cuestionario enviado por correo electrónico) para que nos hable de su formación como escritora, su visión de la poesía y, desde luego, una aproximación sobre la vida y su obra.
PREGUNTAS:
1) Su resumen literario nos indica que, además de ser poeta, es docente y bibliotecaria. ¿Consideras que ambas profesiones incidieron en tu formación de escritora?
A.M.: Sí:
ambas profesiones han sido decisivas en mi formación como escritora. Desde
niña, mi mayor afición fue leer; ese amor por la literatura afinó una
sensibilidad que me llevó a estudiar Historia del Arte, aunque también
consideré Filología o Periodismo. Con el tiempo he entendido que todo lo que he
hecho orbita alrededor de lo mismo: la búsqueda de la belleza y de la verdad,
la palabra como forma de transmisión, y la necesidad de comunicar.
Esa
inclinación hacia lo compartido fue la que terminó de orientar mi vocación
docente: me importaba no solo aprender, sino acompañar a otros en esa manera de
mirar el mundo. He tenido la suerte de ejercer la enseñanza mientras
participaba activamente en proyectos de mediación literaria, alfabetización
informacional y mediática, y creación de catálogos y bibliografías. En
ese cruce —entre aula y biblioteca, entre lectura y criterio— se ha ido
formando mi voz: una escritura que nace del asombro, pero también del oficio de
escuchar, ordenar, seleccionar y tender puentes.
Por eso
siento que el recorrido está hilado: intenso, exigente, y profundamente
enriquecedor.
2) Poesía: ¿Mandato o elección?
A.M.: Empieza
siendo tentador responder “mitad y mitad”, y no por esquivar la pregunta
(jejeje), sino porque creo que mandato y elección no siempre se dejan separar
con nitidez. Si me lo planteo como opuestos absolutos —o se escribe por
necesidad o se escribe por voluntad— creo que puede simplificar en exceso un
proceso que suele ser más ambiguo y más rico.
En mi
caso, muchas veces he elegido la poesía por encima de otros canales porque es
el lenguaje que mejor se ajusta a mi manera de percibir la realidad: me permite
filtrarla, ordenarla y entenderla. Y en ese gesto elegido aparece, casi sin
darse cuenta, la necesidad. No como urgencia dramática, sino como constatación:
sin ese recorrido, sin esa forma concreta de decir, no habría llegado a ciertos
lugares a los que necesitaba llegar.
Por eso diría que la
poesía es elección en la forma y exigencia en el fondo.
3) Publicaste en diciembre del 2025 tu primer poemario, «Ahí estaré, Mamima». En ese cuadro interior dialógico tan precioso como emotivo, considero que tus poemas indagan sobre el amor familiar, la nostalgia, la ternura, la centralidad de la memoria en la cotidianidad, lo afectivo como forma de resistencia, entre otros. ¿Consideras que hay límites a la hora de escribir poesía?
A.M.: No, no creo que haya límites en un sentido estricto. Y para mí ahí está una de las cosas más valiosas de la poesía —y del arte en general—: su capacidad de abrir un espacio donde lo humano puede desplegarse con una libertad que rara vez encontramos en otros lenguajes.
Creo
que estamos mucho más capacitados de lo que a veces recordamos para utilizar el
lenguaje como herramienta de sensibilidad y de sentido; para nombrar lo que no
es inmediatamente visible, lo que no se puede medir ni contar, pero que
sostiene la vida. En ese lugar, el humanismo —al menos como yo lo entiendo— es
una forma de conciencia: la decisión de ir más allá de lo tangible, de lo
utilitario y de lo evidente, para atender aquello que da significación a lo
cotidiano.
Si
existe algún “límite”, no lo pondría en los temas, sino en la honestidad y en
el rigor con los que uno se acerca a ellos. La poesía permite decirlo todo; la
pregunta es desde dónde y con qué precisión se dice.
4) Respecto al proceso creativo al escribir poesía, ¿primero nace el tema o son un cúmulo de exploraciones sensitivas/simbólicas creando un cuerpo poético?
A.M.: En
mi caso, casi nunca empieza por un tema cerrado. Y quizá esto se entiende mejor
si digo que todavía estoy conociendo mi propio proceso: este ha sido el primer
libro en el que me he expuesto de verdad a convivir con la poesía, no solo a
escribirla.
Durante
mucho tiempo escribí desde un lugar más automático, incluso terapéutico. Pero
aquí ocurrió otra cosa: empezaron a brotar emociones y sensaciones muy
profundas, ambiguas, que necesitaba comprender —casi tocar— antes de poder
nombrarlas. No sabía qué forma iban a tomar, ni qué color, ni qué iban a venir
a decirme. Solo sabía que pedían espacio.
A
partir de ahí, el libro se fue armando como se arma algo vivo: primero la
materia sensible y, después, el trabajo de hilvanarla. Hay un momento —llámalo
intuición, o si quieres, un pequeño toque de magia— en el que esas emociones
encuentran palabras, ritmo, imágenes; y entonces empieza la arquitectura: se
compone un esqueleto, se ordena un cuerpo poético que, por fin, significa algo
para mí y puede significarlo también para el otro.
5) ¿La palabra justa o la necesidad de que la palabra se ajuste a lo deseado?
A.M.: Creo
que no son dos cosas enfrentadas, sino dos momentos de un mismo gesto. Cuando
entras en un proceso así, la predisposición ya lo ordena todo: desde el
principio existe una necesidad casi inmediata de poner el léxico al servicio de
lo que se está sintiendo.
Y entonces ocurre algo que a mí me sigue asombrando: las palabras acuden, se ajustan, se amoldan; a veces incluso parecen adelantarse y dirigir la composición. No como un dictado solemne, sino como una especie de inteligencia del lenguaje que te va llevando hacia donde todavía no sabías que querías llegar.
Después
llega el segundo momento, el del trabajo consciente. Si hay un sonido que no
termina de encajar, una palabra que pide otro ángulo, una imagen que se puede
afinar, lo más interesante está en ese diálogo: una negociación precisa entre
lo que sientes, lo que dices y la forma exacta que lo sostiene.
Y solo
al final aparece la tercera capa: la resonancia en el otro. En este libro, esa
fase fue casi posterior, porque el poemario se escribió sin la idea de ser
publicado. Por eso, cuando llegó el lector, llegó también una responsabilidad
nueva: cuidar que lo dicho conserve su verdad, pero encuentre una forma que
pueda ser habitada por alguien más.
6) ¿Cómo fue el proceso de escritura de «Ahí estaré, Mamima»?
A.M.: Todo
empezó un 2 de octubre, muy temprano. Todavía no había amanecido y me desperté
con una emoción intensa, con una sensación de presencia de mi abuela que no
había experimentado antes. Probablemente venía de un sueño —de esos que se
quedan pegados a las horas de despertar—, pero lo cierto es que se instaló una
atmósfera particular, casi suspendida, y empezaron a aparecer frases, ideas,
pequeños destellos. Los fui apuntando en el bloc de notas del móvil, sin
juzgarlos demasiado: algunos tenían más forma que otros, pero todos me
parecieron significativos.
No sé si fue algo
“paranormal” o, simplemente, ese deseo humano de que ocurra un momento místico
que nos ordene por dentro. En cualquier caso, lo viví como una invitación: un
recordatorio de que la escritura estaba ahí, disponible, y de que yo podía
acercarme a ella de otra manera. Esa mañana salieron los primeros versos, los
primeros fragmentos —quizá más cerca de la prosa poética—, y desde entonces mi
lenguaje empezó a moverse distinto.
Durante
días, incluso semanas, todo lo que miraba pasaba por esa pátina: una especie de
filtro que lo volvía más nítido y más significativo. Las cosas cotidianas
parecían pedir una forma, y yo empecé a escribir desde ahí, como quien aprende
a escuchar una frecuencia nueva.
Disponible en https://talondeaquiles.es/
7) En nuestra época desbordada por la multimedia, ¿cuál consideras es el impacto de las redes sociales y medios digitales en su obra?
A.M.: No
lo sé del todo, y quizá esa duda ya dice algo. Es probable que el impacto de
las redes y de los medios digitales sea mayor de lo que una cree, no solo en la
obra, sino en muchas capas de la vida cotidiana. Sin embargo, durante el
proceso de escritura, su presencia queda en un segundo plano. Cuando estás
inmersa en ese territorio —en esa atmósfera de la que hablábamos—, el ejercicio
de escribir es tan absorbente que lo accesorio, lo anecdótico o lo
complementario pierde peso. Hay una sensación de plenitud que desplaza casi
todo lo demás.
Otra
cosa ocurre cuando el cuerpo del poemario ya está consolidado. Entonces sí, las
redes están ahí, muy a mano, y aparece la pregunta de cómo compartir lo
escrito, de qué manera sacarlo al mundo. En ese momento —ya en una fase
avanzada del proceso— surge el deseo de mostrar, de encontrar lectores, y las
redes sociales, usadas con cuidado y responsabilidad, pueden ser una
herramienta útil. No solo para difundir la obra, sino también para entrar en
contacto con personas que atraviesan búsquedas similares, con inquietudes
afines. Ese intercambio resulta estimulante y, en muchos casos,
necesario.
De hecho, fue gracias a
ese espacio de visibilidad y diálogo que la editorial Talón de Aquiles se
interesó por el proyecto y me propuso finalmente publicar Ahí estaré, Mamima.
En ese sentido, las redes no influyeron en la escritura, pero sí en el destino
del libro.
8) ¿Tiene algún proyecto literario en mente a largo o mediano plazo?
A.M.: Ahora
mismo, mi proyecto a medio y largo plazo es, en realidad, muy concreto: que Ahí
estaré, Mamima llegue a distribución nacional. Si todo va bien, ocurrirá
pronto; esta primera fase se ha agotado y eso me da una alegría muy seria,
porque significa que el libro ya ha empezado a encontrar su lugar.
Mi
mayor ilusión es que el encuentro con el lector suceda de una manera más
fortuita, menos dirigida: que el libro aparezca en una estantería, que alguien
lo tome sin conocerme, que la lectura ocurra por azar. Ahora toda mi energía
está puesta en acompañar ese camino hasta donde tenga que llegar, pero
procurando que sea de la forma más plena e íntegra posible, sin forzarlo ni
empujarlo a un lugar que no le corresponde.
En ese
sentido, estoy tan volcada en el destino de este primer libro que lo demás
puede esperar. La poesía, por supuesto, sigue asomándose en muchos lugares del
día, pero ahora mismo mi prioridad es sostener con cuidado el recorrido de este
poemario. Cuando toque, volverá lo siguiente.
9) ¿Qué es la poesía para ti?
A.M.: Es
una pregunta inmensa, y cualquier respuesta corre el riesgo de quedarse corta.
No aspiro a ser original ni a formular algo que no se haya dicho o sentido
antes; me conformo —que no es poco— con ser sincera.
Para
mí, la poesía es un soporte: el más firme y el más hermoso desde el que caminar
y desde el que habitar el mundo. No como una abstracción, sino como una forma
concreta de estar en la vida, de atravesarla con atención y con sentido. Eso lo
aprendí muy pronto, casi sin darme cuenta, gracias a mi abuela Mamima, que me
enseñó desde niña a mirar con cuidado y a escuchar lo que no siempre tiene
nombre.
10) ¿Posee algunos referentes literarios/influencias que te acompañan en tu proceso creativo?
A.M.: Sí,
muchísimos. Y, aun así, siempre me parecen pocos. Durante estos meses me ha
pasado algo muy claro: cuanto más escribía, más necesitaba leer; cuanto más
avanzaba, más necesitaba sostenerme en otras voces. Hay tanta literatura
imprescindible que faltan horas para vivir dentro de ella.
Si
tengo que señalar algunos pilares concretos, el primero —y el más íntimo— es mi
abuela. Fue maestra y poeta. La recuerdo escribir en los márgenes del
periódico, en servilletas, detrás de folletos o catálogos de la compra: una
escritura sin solemnidad, pero cargada de verdad. Conservo algunos de sus
textos, varios dedicados a mí, y esa sensibilidad suya volcada en el gesto de
anotar y compartir lo que sentía no tiene parangón.
Después, ya en el
territorio de las lecturas que me han formado, podría nombrar a la delicada y
onírica María Luisa Bombal, a la introspectiva y radical Anaïs Nin, a la sobria
y feroz Idea Vilariño, a la incisiva y contemporánea Chris Kraus, y al musical
y luminoso Alessandro Baricco.
11) ¿Vivir para escribir o escribir para vivir?
A.M.: No
concibo una cosa sin la otra. La idea más inmediata —y quizá la más simple— es
que qué suerte poder vivir para escribir: porque si no viviéramos, no
sentiríamos, y sin sentir no hay nada que merezca ser dicho. También hay que
aprender a vivir, a afinar la percepción, a sostener lo que nos pasa. Y me
parece un privilegio —y un riesgo hermoso— intentar hacer algo con eso y
trasladarlo, en mi caso, a la escritura.
Pero
también escribo para vivir. No en un sentido utilitario, sino en el más hondo:
porque escribir es una manera de dar forma a la experiencia, de no dejarla
disolverse, de convertirla en conciencia. Como alguien que ama su oficio —sea
la medicina, la química o cualquier vocación verdadera—, yo no sé vivir del
todo sin el espacio que me abre la escritura.
Si tuviera que cerrar con una frase, diría esto: vivo para sentir, y escribo para no perder lo sentido. Muchísimas gracias por todo.

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