ENTREVISTA A ALBA MILLÁN

by - enero 16, 2026

 

Alba Millán
Alba Millán (foto cedida por la autora), 2025.


Alba Millán (Valencia, España, 1994) es una poeta, docente y bibliotecaria española. Ha publicado su primer poemario, «Ahí estaré, Mamima» (Editorial Talón de Aquiles, diciembre de 2025). Sobre su libro, podemos leer que Millán 
...explora el arte de permanecer: en la quietud que sucede al vértigo y en la ternura de lo que resiste. A través de un diálogo con su abuela —figura tutelar y origen del afecto—, la autora recorre cuatro movimientos del habitar interior: estar, afirmarse, ceder y reconciliarse. 

Con una voz contenida y precisa, convierte lo cotidiano en materia poética. El libro medita sobre la posibilidad de vivir con lucidez y gratitud e invita a detenerse en un lugar donde la sensibilidad pugna por volverse presencia [Información suministrada por la Editorial Talón de Aquiles].

Es por ello que nos propusimos realizarle una entrevista a la poeta (en un cuestionario enviado por correo electrónico) para que nos hable de su formación como escritora, su visión de la poesía y, desde luego, una aproximación sobre la vida y su obra.



PREGUNTAS:


1) Su resumen literario nos indica que, además de ser poeta, es docente y bibliotecaria. ¿Consideras que ambas profesiones incidieron en tu formación de escritora?


A.M.: Sí: ambas profesiones han sido decisivas en mi formación como escritora. Desde niña, mi mayor afición fue leer; ese amor por la literatura afinó una sensibilidad que me llevó a estudiar Historia del Arte, aunque también consideré Filología o Periodismo. Con el tiempo he entendido que todo lo que he hecho orbita alrededor de lo mismo: la búsqueda de la belleza y de la verdad, la palabra como forma de transmisión, y la necesidad de comunicar. 

Esa inclinación hacia lo compartido fue la que terminó de orientar mi vocación docente: me importaba no solo aprender, sino acompañar a otros en esa manera de mirar el mundo. He tenido la suerte de ejercer la enseñanza mientras participaba activamente en proyectos de mediación literaria, alfabetización informacional y mediática, y creación de catálogos y  bibliografías. En ese cruce —entre aula y biblioteca, entre lectura y criterio— se ha ido formando mi voz: una escritura que nace del asombro, pero también del oficio de escuchar, ordenar, seleccionar y tender puentes.  

Por eso siento que el recorrido está hilado: intenso, exigente, y profundamente enriquecedor. 



2) Poesía: ¿Mandato o elección?


A.M.: Empieza siendo tentador responder “mitad y mitad”, y no por esquivar la pregunta (jejeje), sino porque creo que mandato y elección no siempre se dejan separar con nitidez. Si me lo planteo como opuestos absolutos —o se escribe por necesidad o se escribe por voluntad— creo que puede simplificar en exceso un proceso que suele ser más ambiguo y más rico. 

En mi caso, muchas veces he elegido la poesía por encima de otros canales porque es el lenguaje que mejor se ajusta a mi manera de percibir la realidad: me permite filtrarla, ordenarla y entenderla. Y en ese gesto elegido aparece, casi sin darse cuenta, la necesidad. No como urgencia dramática, sino como constatación: sin ese recorrido, sin esa forma concreta de decir, no habría llegado a ciertos lugares a los que necesitaba llegar. 

Por eso diría que la poesía es elección en la forma y exigencia en el fondo. 



3) Publicaste en diciembre del 2025 tu primer poemario, «Ahí estaré, Mamima». En ese cuadro interior dialógico tan precioso como emotivo, considero que tus poemas indagan sobre el amor familiar, la nostalgia, la ternura, la centralidad de la memoria en la cotidianidad, lo afectivo como forma de resistencia, entre otros. ¿Consideras que hay límites a la hora de escribir poesía?


A.M.: No, no creo que haya límites en un sentido estricto. Y para mí ahí está una de las cosas más valiosas de la poesía —y del arte en general—: su capacidad de abrir un espacio donde lo humano puede desplegarse con una libertad que rara vez encontramos en otros lenguajes. 

Creo que estamos mucho más capacitados de lo que a veces recordamos para utilizar el lenguaje como herramienta de sensibilidad y de sentido; para nombrar lo que no es inmediatamente visible, lo que no se puede medir ni contar, pero que sostiene la vida. En ese lugar, el humanismo —al menos como yo lo entiendo— es una forma de conciencia: la decisión de ir más allá de lo tangible, de lo utilitario y de lo evidente, para atender aquello que da significación a lo cotidiano. 

Si existe algún “límite”, no lo pondría en los temas, sino en la honestidad y en el rigor con los que uno se acerca a ellos. La poesía permite decirlo todo; la pregunta es desde dónde y con qué precisión se dice. 



4) Respecto al proceso creativo al escribir poesía, ¿primero nace el tema o son un cúmulo de exploraciones sensitivas/simbólicas creando un cuerpo poético?


A.M.: En mi caso, casi nunca empieza por un tema cerrado. Y quizá esto se entiende mejor si digo que todavía estoy conociendo mi propio proceso: este ha sido el primer libro en el que me he expuesto de verdad a convivir con la poesía, no solo a escribirla. 

Durante mucho tiempo escribí desde un lugar más automático, incluso terapéutico. Pero aquí ocurrió otra cosa: empezaron a brotar emociones y sensaciones muy profundas, ambiguas, que necesitaba comprender —casi tocar— antes de poder nombrarlas. No sabía qué forma iban a tomar, ni qué color, ni qué iban a venir a decirme. Solo sabía que pedían espacio. 

A partir de ahí, el libro se fue armando como se arma algo vivo: primero la materia sensible y, después, el trabajo de hilvanarla. Hay un momento —llámalo intuición, o si quieres, un pequeño toque de magia— en el que esas emociones encuentran palabras, ritmo, imágenes; y entonces empieza la arquitectura: se compone un esqueleto, se ordena un cuerpo poético que, por fin, significa algo para mí y puede significarlo también para el otro.



5) ¿La palabra justa o la necesidad de que la palabra se ajuste a lo deseado?


A.M.: Creo que no son dos cosas enfrentadas, sino dos momentos de un mismo gesto. Cuando entras en un proceso así, la predisposición ya lo ordena todo: desde el principio existe una necesidad casi inmediata de poner el léxico al servicio de lo que se está sintiendo. 

Y entonces ocurre algo que a mí me sigue asombrando: las palabras acuden, se ajustan, se amoldan; a veces incluso parecen adelantarse y dirigir la composición. No como un dictado solemne, sino como una especie de inteligencia del lenguaje que te va llevando hacia donde todavía no sabías que querías llegar. 

Después llega el segundo momento, el del trabajo consciente. Si hay un sonido que no termina de encajar, una palabra que pide otro ángulo, una imagen que se puede afinar, lo más interesante está en ese diálogo: una negociación precisa entre lo que sientes, lo que dices y la forma exacta que lo sostiene. 

Y solo al final aparece la tercera capa: la resonancia en el otro. En este libro, esa fase fue casi posterior, porque el poemario se escribió sin la idea de ser publicado. Por eso, cuando llegó el lector, llegó también una responsabilidad nueva: cuidar que lo dicho conserve su verdad, pero encuentre una forma que pueda ser habitada por alguien más.



6) ¿Cómo fue el proceso de escritura de «Ahí estaré, Mamima»?


A.M.: Todo empezó un 2 de octubre, muy temprano. Todavía no había amanecido y me desperté con una emoción intensa, con una sensación de presencia de mi abuela que no había experimentado antes. Probablemente venía de un sueño —de esos que se quedan pegados a las horas de despertar—, pero lo cierto es que se instaló una atmósfera particular, casi suspendida, y empezaron a aparecer frases, ideas, pequeños destellos. Los fui apuntando en el bloc de notas del móvil, sin juzgarlos demasiado: algunos tenían más forma que otros, pero todos me parecieron significativos. 

No sé si fue algo “paranormal” o, simplemente, ese deseo humano de que ocurra un momento místico que nos ordene por dentro. En cualquier caso, lo viví como una invitación: un recordatorio de que la escritura estaba ahí, disponible, y de que yo podía acercarme a ella de otra manera. Esa mañana salieron los primeros versos, los primeros fragmentos —quizá más cerca de la prosa poética—, y desde entonces mi lenguaje empezó a moverse distinto. 

Durante días, incluso semanas, todo lo que miraba pasaba por esa pátina: una especie de filtro que lo volvía más nítido y más significativo. Las cosas cotidianas parecían pedir una forma, y yo empecé a escribir desde ahí, como quien aprende a escuchar una frecuencia nueva. 





Disponible en https://talondeaquiles.es/




7) En nuestra época desbordada por la multimedia, ¿cuál consideras es el impacto de las redes sociales y medios digitales en su obra?


A.M.: No lo sé del todo, y quizá esa duda ya dice algo. Es probable que el impacto de las redes y de los medios digitales sea mayor de lo que una cree, no solo en la obra, sino en muchas capas de la vida cotidiana. Sin embargo, durante el proceso de escritura, su presencia queda en un segundo plano. Cuando estás inmersa en ese territorio —en esa atmósfera de la que hablábamos—, el ejercicio de escribir es tan absorbente que lo accesorio, lo anecdótico o lo complementario pierde peso. Hay una sensación de plenitud que desplaza casi todo lo demás. 

Otra cosa ocurre cuando el cuerpo del poemario ya está consolidado. Entonces sí, las redes están ahí, muy a mano, y aparece la pregunta de cómo compartir lo escrito, de qué manera sacarlo al mundo. En ese momento —ya en una fase avanzada del proceso— surge el deseo de mostrar, de encontrar lectores, y las redes sociales, usadas con cuidado y responsabilidad, pueden ser una herramienta útil. No solo para difundir la obra, sino también para entrar en contacto con personas que atraviesan búsquedas similares, con inquietudes afines. Ese intercambio resulta estimulante y, en muchos casos, necesario.  

De hecho, fue gracias a ese espacio de visibilidad y diálogo que la editorial Talón de Aquiles se interesó por el proyecto y me propuso finalmente publicar Ahí estaré, Mamima. En ese sentido, las redes no influyeron en la escritura, pero sí en el destino del libro. 



8) ¿Tiene algún proyecto literario en mente a largo o mediano plazo?


A.M.: Ahora mismo, mi proyecto a medio y largo plazo es, en realidad, muy concreto: que Ahí estaré, Mamima llegue a distribución nacional. Si todo va bien, ocurrirá pronto; esta primera fase se ha agotado y eso me da una alegría muy seria, porque significa que el libro ya ha empezado a encontrar su lugar. 

Mi mayor ilusión es que el encuentro con el lector suceda de una manera más fortuita, menos dirigida: que el libro aparezca en una estantería, que alguien lo tome sin conocerme, que la lectura ocurra por azar. Ahora toda mi energía está puesta en acompañar ese camino hasta donde tenga que llegar, pero procurando que sea de la forma más plena e íntegra posible, sin forzarlo ni empujarlo a un lugar que no le corresponde. 

En ese sentido, estoy tan volcada en el destino de este primer libro que lo demás puede esperar. La poesía, por supuesto, sigue asomándose en muchos lugares del día, pero ahora mismo mi prioridad es sostener con cuidado el recorrido de este poemario. Cuando toque, volverá lo siguiente.



9) ¿Qué es la poesía para ti?


A.M.: Es una pregunta inmensa, y cualquier respuesta corre el riesgo de quedarse corta. No aspiro a ser original ni a formular algo que no se haya dicho o sentido antes; me conformo —que no es poco— con ser sincera.  

Para mí, la poesía es un soporte: el más firme y el más hermoso desde el que caminar y desde el que habitar el mundo. No como una abstracción, sino como una forma concreta de estar en la vida, de atravesarla con atención y con sentido. Eso lo aprendí muy pronto, casi sin darme cuenta, gracias a mi abuela Mamima, que me enseñó desde niña a mirar con cuidado y a escuchar lo que no siempre tiene nombre.



10) ¿Posee algunos referentes literarios/influencias que te acompañan en tu proceso creativo?


A.M.: Sí, muchísimos. Y, aun así, siempre me parecen pocos. Durante estos meses me ha pasado algo muy claro: cuanto más escribía, más necesitaba leer; cuanto más avanzaba, más necesitaba sostenerme en otras voces. Hay tanta literatura imprescindible que faltan horas para vivir dentro de ella. 

Si tengo que señalar algunos pilares concretos, el primero —y el más íntimo— es mi abuela. Fue maestra y poeta. La recuerdo escribir en los márgenes del periódico, en servilletas, detrás de folletos o catálogos de la compra: una escritura sin solemnidad, pero cargada de verdad. Conservo algunos de sus textos, varios dedicados a mí, y esa sensibilidad suya volcada en el gesto de anotar y compartir lo que sentía no tiene parangón.  

Después, ya en el territorio de las lecturas que me han formado, podría nombrar a la delicada y onírica María Luisa Bombal, a la introspectiva y radical Anaïs Nin, a la sobria y feroz Idea Vilariño, a la incisiva y contemporánea Chris Kraus, y al musical y luminoso Alessandro Baricco.



11) ¿Vivir para escribir o escribir para vivir?


A.M.: No concibo una cosa sin la otra. La idea más inmediata —y quizá la más simple— es que qué suerte poder vivir para escribir: porque si no viviéramos, no sentiríamos, y sin sentir no hay nada que merezca ser dicho. También hay que aprender a vivir, a afinar la percepción, a sostener lo que nos pasa. Y me parece un privilegio —y un riesgo hermoso— intentar hacer algo con eso y trasladarlo, en mi caso, a la escritura.  

 

Pero también escribo para vivir. No en un sentido utilitario, sino en el más hondo: porque escribir es una manera de dar forma a la experiencia, de no dejarla disolverse, de convertirla en conciencia. Como alguien que ama su oficio —sea la medicina, la química o cualquier vocación verdadera—, yo no sé vivir del todo sin el espacio que me abre la escritura.  

 

Si tuviera que cerrar con una frase, diría esto: vivo para sentir, y escribo para no perder lo sentido. Muchísimas gracias por todo. 

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