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| Evert Collier, Vanitas (1704) |
Venezuela: orden en la pea. Algunas consideraciones sobre nuestra historia contemporánea, 1999-2022 (I)
Venezuela, desde la llegada a la presidencia de Hugo Chávez Frías (1998-2013), ha estado sumergida en complejos cambios socio-económicos, además de revueltas políticas entre los dos grandes bloques partidistas y de representación popular: el oficialismo y la oposición. La llamada “Revolución del Siglo XXI” (“Revolución Bolivariana” o “Socialismo Bolivariano”) ha sido un proyecto continental seguido, más o menos, por otras naciones de Suramérica que, durante la primera década del 2000, gozó de cierta popularidad continental. Es Venezuela quién abanderó dicho “movimiento” más allá de lo etimológico (en alusión al libertador Simón Bolívar, 1783-1830), impulsando grandes reformas que, luego del fallecimiento de Chávez, sigue su sucesor en la presidencia de la República, Nicolás Maduro Moros (2013-2026).
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Desde la llegada a la presidencia de la República de Hugo Chávez Frías (1999-2013) el 2 de febrero de 1999, la polarización se ha centrado en torno a su figura y sus proyectos, dando como resultado una fragmentación sin precedentes en ese país suramericano.
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Antes, debemos esbozar el rol de Hugo Chávez en los golpes de Estado de 1992 contra el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez (1989-1993): Chávez, en ese entonces un militar con grado de teniente-coronel del ejército venezolano, encabezó un golpe de Estado en Caracas durante la madrugada del 4 de febrero de 1992, asaltando la casa presidencial. Dicha insurrección fallida también se desplegó en varias instalaciones militares en otras ciudades venezolanas, como Maracay, Maracaibo y Valencia. Chávez también fue el “promotor” del segundo golpe, ocurrido el 27 de noviembre de ese mismo año, también fracasado por problemas de comunicación y de apoyo popular. Véase: Martínez Meucci, M. A., Golpes de Estado en Venezuela (1989-2004): evolución del conflicto y contexto sociopolítico, Análisis Político (2008), vol. 21, n. 64, p.3-21.
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Lejos de las pasiones tertulianas, los académicos enmarcan al gobierno ejercido por Hugo Chávez, y al “Chavismo” en general, como parte de la antipolítica en oposición a la democracia liberal. Dicha pérdida de las formas de la política “tradicional”, acelera una hiperdemocracia (Capriles, C., La revolución como espectáculo, Caracas, Venezuela, Editorial Debate, 2004) que, en el caso venezolano, está en consonancia con un discurso propicio a lo bélico y a la esquematización de un “enemigo” reconocible (o una caricatura del mismo).
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Entonces, a manera de síntesis, podemos decir que el marco de la “Revolución Bolivariana” (o Socialismo Bolivariano) se ha caracterizado por ser una amalgama de teorías y conceptos con influencias utópicas de las experiencias socialistas durante el siglo XX (Unión Soviética, Cuba, etc.), presentando esquemas patrióticos (con más tinte militarista que civil) inspirados en figuras prominentes de la Guerra de Independencia del siglo XIX como el Libertador Simón Bolívar y Ezequiel Zamora e ideólogos como Simón Rodríguez, entre otros.
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Lo anterior dicho ha sido categorizado por el historiador Germán Carrera Damas como una ideología del reemplazo al estudiar el fenómeno del Bolivarianismo-militarismo refundado en la contemporaneidad con la figura de Hugo Chávez y el chavismo en general. El Bolivarianismo ha sido uno de los recurso de las élites y los autoritarios para adoctrinar a las poblaciones más pobres, el cual es orginado por culto heroico a la figura ad hoc de Bolívar en los países bolivarianos (Colombia, Ecuador, Venezuela...), y que, según el autor mencionado, el militarismo impregnado en las fuerzas armadas venezolanas se orienta hacia un sentido antidemocrático. Véase: Carrera Damas, G., Bolivarianismo-militarismo: una ideología de reemplazo, Caracas, Ala de Cuervo C.A. (2005).
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Sintetizando el Socialismo propuesto por Chávez, en aras de la refundación de la República con la nueva Constitución de 1999, se conformó una “Tercera vía” cuyo peldaño más firme, en la búsqueda de la “Soberanía”, fue el rentismo petrolero. El petróleo, desde la dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-1935) se hizo parte del “paisaje cultural” (Coronil, F. El Estado mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela, Caracas, Editorial Alfa, 2016) de la nación, y un enclave “modernizador” del “Nuevo Ideal Nacional” durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958).
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A partir de 1958, con el “Pacto de Puntofijo”, la democracia participativa alternaría principalmente sobre dos partidos políticos de raigambre popular: Acción Democrática (AD) y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), cuyos gobiernos socialdemócratas darían los picos de ingreso por el rentismo petrolero (durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, 1974-1979, se nacionalizó el petróleo y se fundó la empresa estatal Petróleos de Venezuela, S.A., PDVSA, en 1975), menguando ese espíritu de bonanza a partir de la crisis económica de 1983 que fue uno de los parteaguas en la historia contemporánea venezolana.
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El conocido como Viernes negro, el 18 de febrero de 1983, grosso modo, se refiere a la fuga de divisas que se venía dando desde finales de 1982 y que alcanzó la cifra de ocho mil millones de dólares, siendo catalogada como crisis de la deuda llevando a Venezuela, entre otros países de la región como México y Argentina, al impago de préstamos con los países del primer mundo y organismos monetarios internacionales. En términos económicos, la moneda nacional, el Bolívar, sufrió una devaluación, además de problemáticas con las negociaciones futuras en los pagos que acarrearía estallidos sociales en el país. Véase: Caballero, M., Las crisis de la Venezuela contemporánea: 1903-1992, Caracas, Venezuela, Monte Ávila Editores (1998), p. 164.
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Con este esbozo del panorama nacional, la popularidad de Chávez y el nacimiento del chavismo fue el seísmo social con las subsecuentes crisis de los mencionados partidos tradicionales, su desmantelamiento y el malestar de la población, cuya coronación del cambio fue la conformación de la V República con la Constitución de 1999 y el apoyo popular que, no obstante, desde el comienzo tuvo una marcada y férrea oposición.
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La crisis de las instituciones que desmantelaron el apoyo a los partidos de arraigo popular, entre esos Acción Democrática (AD), siendo el partido de gobierno de Carlos Andrés Pérez cuándo sucedieron las mencionadas intentonas de Golpe de Estado del 4 febrero con Hugo Chávez al mando, y en una segunda ocasión el 27 de noviembre de 1992. Véase: Caballero, M., Las crisis de la Venezuela contemporánea: 1903-1992, Caracas, Venezuela, Monte Ávila Editores (1998), p. 183.
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De esta manera, nociones como “Pueblo”, “Patria” y “Socialismo” se hicieron parte de la costura interna sociopolítica y cultural de la Venezuela contemporánea donde la identificación con el “Pueblo” se basó en la oposición a “Oligarquía”, “Pitiyankee”, “Escuálido”, suturada a una costura externa hilada en la economía de rentismo petrolero en el marco del mercado capitalista. Este disenso fue la brecha entre la construcción de un “Nosotros” ante un “Otro” que no solamente se sostuvo en la popularidad encarnada por el pueblo-líder (Sibrian, N. Antagonismo y disenso: tensiones y límites en la construcción mediática de la política en Venezuela, Íconos, Num. 45, Quito, mayo 2013, p. 50), sino en la mediatización de esa popularidad en consonancia con la calle y las urnas electorales.
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Si bien es importante remarcar que Estados Unidos fue el principal aliado económico estratégico de Venezuela, el viraje del chavismo, al menos a nivel discursivo, era “antiimperialista”, buscando la consolidación de un mundo multipolar, acercándose a otros aliados geopolíticos, ya sea en el continente americano como Bolivia (Evo Morales 2006-2019), Argentina (Néstor Kirchner 2003-2007), Ecuador (Rafael Correa 2007-2017), o en otros continentes como China, Rusia e Irán.
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Brevemente podemos decir que el populismo del chavismo y la manifestación creciente en otros países del continente como los mencionados, además de Brasil y Uruguay, surgió como la construcción de una alternativa política al neoliberalismo, sin tener estrategias definidas (da Silva Mendes, 2010, p. 126) para revertir la hegemonía de las élites y aglutinar los vaciamientos del poder gubernamental con la gran mayoría de la población y las demandas insatisfechas.
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La figura de Hugo Chávez ha sido caracterizada dentro del populismo histórico (en su semejanza a la de Perón en la década de los 40 y 50 en Argentina), neopopulismo (en el contexto histórico que vio nacer esa variante durante los ochenta y noventa) y el populismo militarista que desdibuja el rol de las instituciones y la población. Véase: Arenas, N., Gómez Calcaño, L, Populismo autoritario: Venezuela 1998-2005, Caracas, Cendes/UCV (2006).





