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| Jacek Malczewski, Christmas Eve in Siberia (1892) |
El exilio ha sido un evento dramático en la vida del ser humano. Tan antiguo como la especie, abandonar las tierras que vieron nacer a hombres y mujeres no deja de ser un cultivo de emociones, sensaciones y vivencias. Sin duda alguna, como toda experiencia humana, sirve como motivo para ahondar en la creación literaria y lo lírico. Así, la mitología, epopeya, sonetos y versos libres, entre otros estilos, han sido algunos de los medios idóneos para contar impresiones de ese transformador destierro.
Es que el exilio trasciende el friso antropológico, político, ético y moral; el mismo cambia sociedades y culturas, pone en conflicto a otros pueblos y, al mismo tiempo, los lleva ante su propio espejo.
La literatura sobre ese fenómeno es abundante: desde las Sagradas Escrituras (Adán y Eva; Lot, Abram; los judíos en Egipto...) hasta la poesía contemporánea posee suficientes motivos e historias que la abordan.
Por cuestiones de espacio, además del interés editorial de Las Flores Rotas, este breve apartado hará un minúsculo esbozo sobre el exilio en la poesía a través de sus poetas. Es decir, seleccionamos un grupo selecto, y arbitrario, de poemas en español (o traducidos) para plasmar lo que significó dicho tema o lo que quisieron expresar los autores al respecto: ya sea una concatenación de pequeños cambios en eventos regulares de la cotidianidad; la desventura de descubrir una otredad alienante; el ejercicio gimnástico de la memoria en paisajes familiares o como un canto elegíaco a ese paraíso perdido. De este modo, desfilan a continuación, sin un orden específico, poemas de Laura Cracco, Jesús Montoya, Martha Mega, José Pulido, Natalia Lara, Alejandro Oliveros, Pedro Garfias, entre otros.
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VIDA DE PAPEL
Laura Cracco (1959). Exiliada. Laura Cracco. Caracas: El Cautivo, publicado el 8 de julio `de 2025.
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CANCIÓN DEL EXILIO
Mi tierra tiene palmeras
donde canta el zorzal;
las aves, que aquí gorjean,
no gorjean como allá.
Nuestro cielo tiene más estrellas,
nuestras planicies tienen más flores,
nuestros bosques tienen más vida,
nuestra vida más amores.
Al pensar, solitario, en la noche,
mayor placer encuentro allá;
mi tierra tiene palmeras
donde canta el zorzal.
Mi tierra tiene delicias
que no encuentro por acá;
al pensar ―solitario, en la noche―
mayor placer encuentro allá;
mi tierra tiene palmeras
donde canta el zorzal.
No permita Dios que yo muera,
sin que vuelva para allá;
sin que disfrute las delicias
que no encuentro por acá;
sin que aviste las palmeras
donde canta el zorzal.
del vientre
de buenos aires
la madre de mi madre
quemó las fotos de su hija
en silencio
quemó las fotos de su hija
me acuesto
en silencio
sobre la tierra fresca
junto a mi madre
sin pretenderlo
escuchamos
viejas canciones sagradas
de sus muchachos-bomba
todos los ches y los vos
como bajo agua salada
mi madre se estremece
ante el silencio
picanas
una carta de su padre en la que
cada hazaña caligráfica y alegre
de la pluma
supo
que no volvería a besarla
un hijo hermoso
fuerte
triste
de aquel hombre
que eligió la patria
mi madre se estremece ante el silencio
su madre está muerta
a mí no me quedan fotos
mi madre me regaló un país
que no es el suyo
al caminarlo
todavía
me muerden los pies
sus desaparecidos
me golpean las costillas
las palabras que no la guardan
todos los nombres secos
los dioses armados
que la abandonaron
Y edificaciones con tanta historia que sentíamos muy cerca a Marco
Polo, a Nietzsche, a Byron
Cientos de ancianos paseaban para arriba y para abajo y algunos
comían pizzas enteras
Sentimos que había interlocutores
Supimos que la memoria se diluye en tanta historia
Y entramos a escuchar misa donde un sacerdote muy anciano
caminaba
Hacia sus últimos días ante un altar hermoso
Donde el único que no había llegado a la tercera edad
era Jesús, tan joven y tan castigado
nuestras dos nietas neoyorkinas
había venados en su patio de las afueras y pavos salvajes
subimos a un autobús para ir a la ciudad de Nueva York
autobuses enormes y muy limpios
con calefacción y en el mayor silencio
cuando llegamos al port autority y salimos a la calle
sentimos que Time Square era como una calle nuestra
Yo veía para todas partes buscando el Ávila
y solo pasaban mujeres extraordinarias de belleza aplastante
que no podía mirar porque soy muy viejo y porque me pueden
demandar
aunque ellas ni se darían cuenta si las miro
mis ojos se han apagado tanto
que a veces me veo al espejo y pregunto
¿hay alma todavía?
cuando nací no supe que nací
agradable negrura completamente desapercibida
ojalá pueda sentir eso cuando muera
Sacado de órbita
separado del planeta Tierra
y lanzado al espacio infinito.
Salí del sistema solar
y muchas cosas inexplicables
ocurrieron en el viaje sideral.
crucé con asteroides
planetas
y mundos extraños
hasta que una inteligencia cósmica
descargara sobre una página en blanco
suspendida en la nada.
Es grasiento el día que te violenta
incluso la desprotección del sol,
la inocente lluvia que también se aleja
y el suelo como amenaza ¡tan áspero!
Hablamos de alguna ruta
entre tantos ojos suplicantes
y piernas que se estremecen.
La conmoción de un frío interminable.
Lacerados, en el destrozo,
apenas a centímetros del desamparo
pasamos de la derrota
a un territorio más humano.
sin reverencias aguardamos.
Exilio
A Archivald MacLeish
Puertas abiertas sobre las arenas, puertas abiertas sobre el exilio,
Las llaves a las gentes del faro, y el astro enrodado vivo sobre la piedra del
umbral:
Huésped mío, déjame tu casa de vidrio en las arenas...
El Estío de yeso aguza sus puntas de lanza en nuestras llagas,
Elijo un lugar flagrante y nulo como el osario de las estaciones,
Y, sobre todas las playas de este mundo, el espíritu del dios humeante deserta
su lecho de amianto.
Los espasmos del relámpago son para el arrobamiento de los Príncipes en
Taurida.
*
A nulas riberas
dedicado, a nulas páginas confiado el puro cebo de este canto...
Otros asen en los templos el cuerno pintado de los altares:
¡Mi gloria está en las arenas! ¡Mi gloria está en las arenas!... Y no es errar,
oh Peregrino,
Codiciar el ara más desnuda para ensamblar en las sirtes del exilio un gran
poema nacido de nada, un gran poema hecho de nada...
¡Soplad, oh frondas por el mundo, cantad, oh conchas sobre las aguas!
He fundado sobre el abismo y la neblina y el vaho de las arenas. Me acostaré en
las cisternas y en los huecos navíos,
En todos los lugares vanos e insípidos en que yace el gusto de la grandeza.
"... Menos hálitos halagaban a la familia de los Julio; menos alianzas
asistían a las grandes castas sacerdotales.
Adonde van las arenas en su canto se van los Príncipes del exilio,
Adonde fueron las altas velas tensas se va el náufrago resto más sedoso que un
sueño de lutista,
En donde fueron las grandes acciones de guerra blanquea ya la quijada de asno,
Y el mar a la redonda hace rodar su ruido de cráneos sobre las riberas,
Y que todas las cosas del mundo le sean vanas, es lo que una noche, a la orilla
del mundo, nos contaron
Las milicias del viento en las arenas del exilio..."
Sabiduría de la espuma, ¡oh pestilencias del espíritu en la crepitación de la
sal y la leche de cal viva!
Una ciencia heredo de las sevicias del alma... ¡El viento nos cuenta sus
piraterías, el viento nos cuenta sus engaños!
Como el Caballero, la cuerda al puño, a la entrada del desierto,
Espío en el circo más vasto el lanzamiento de los signos más fastos.
Y la mañana para nosotros conduce su dedo entre santas escrituras.
¡No es de ayer el exilio! ¡no es de ayer el exilio...!
"Oh vestigios, oh premisas",
Dice el Extranjero en las arenas, "¡toda cosa en el mundo me es
nueva!"... Y el nacimiento de su canto no le es menos ajeno.
*
"... Siempre
hubo este clamor, siempre hubo este esplendor,
Y como un alto hecho de armas por el mundo, como una enumeración de pueblos en éxodo,
como una fundación de imperios por tumulto pretoriano, ¡ah! como un henchirse
de labios sobre el nacimiento de los grandes libros,
Esta gran cosa sorda por el mundo y que se acrece de repente como una
embriaguez...
"...Siempre hubo este clamor, siempre hubo este grandor,
Esta cosa errante por el mundo, este alto trance por el mundo, y sobre todas
las playas de este mundo, del mismo aliento proferida, la misma onda
profiriendo
Una sola y larga frase sin cesura para siempre ininteligible...
"...Siempre hubo este clamor, siempre hubo este furor,
Y esta altísima resaca en el colmo del acceso, siempre, en el ápice del deseo,
la misma gaviota sobre su ala, la misma gaviota sobre su ara, a golpe de alas
enlazando las estancias del exilio, y sobre todas las playas de este mundo, del
mismo aliento proferida, la misma queja sin medida
En seguimiento, sobre las arenas, de mi alma númida..."
Yo te conozco, ¡oh monstruo! Henos de nuevo frente a frente. Reanudamos aquel
largo debate en donde lo dejamos.
Y puedes lanzar tus argumentos como bajas jetas sobre el agua: no te dejaré
pausa ni reposo
Sobre excesivas playas visitadas fueron mis pies lavados antes del día; sobre
excesivos lechos desertados fue mi alma entregada al cáncer del silencio.
¿Qué quieres aún de mí, oh soplo original? Y tú, ¿qué piensas sacar todavía de
mi labio vivo,
Oh fuerza errante sobre mi umbral, oh Mendiga en nuestras vías y sobre las
huellas del Pródigo?
El viento nos cuenta su vejez, el viento nos cuenta su niñez... ¡Honra, oh
Príncipe, tu exilio
Y de repente todo me es fuerza y presencia, en donde humea todavía el tema de
la nada.
"...Más alto, cada noche, este mudo clamor sobre mi umbral; más alta, cada
noche, esta cosecha de siglos bajo la escama,
Y, sobre todas las playas de este mundo, ¡un yambo más indómito que nutrir con
mi ser!...
Tanta altivez no abatirá la acantilada orilla de tu umbral, ¡oh Secuestrador de
cuchillos en la aurora!,
¡Oh Conductor de águilas por sus ángulos, y Criador de las muchachas más agrias
bajo la pluma de hierro!
¡Toda cosa por nacer se horripila en el oriente del mundo, toda naciente carne
exulta con los primeros fuegos del día!
Y he aquí que se levanta un más vasto rumor por el mundo, como una insurrección
del alma...
¡No callarás, clamor! hasta tanto no haya yo despojado sobre las arenas todo
consuelo humano. (¿Quién sabe todavía el lugar de su nacimiento?)"
*
Extraña fue la
noche en que tantos alientos se extraviaron en la encrucijada de los cuartos...
¿Y quién, pues, antes del alba vaga por los confines del mundo con ese grito
para mí? ¿Qué alta doncella repudiada se fue al silbo del ala a visitar otros
umbrales?, ¿qué alta doncella malamada,
A la hora en que las efímeras constelaciones que cambian de vocablo para los
hombres en exilio declinan hacia las arenas en busca de un lugar puro?
Por-dondequiera-errante fue su nombre de cortesana entre los sacerdotes, en las
grutas verdes de las Sibilas, y la mañana de nuestro umbral supo borrar las
huellas de pies desnudos, en medio de santas escrituras...
Sirvientes, servíais, y vanas, tendíais vuestras frescas telas para el
vencimiento de una palabra pura.
Con quejas de pluvial se fue el alba quejosa, se fue la híada pluviosa en busca
de la palabra pura,
Y sobre las antiquísimas riberas fue clamado mi nombre... El espíritu del dios
humeaba entre las cenizas del incesto.
Y cuando se hubo, entre las arenas, oreado la pálida sustancia de ese día,
Bellos fragmentos de historias a la deriva, sobre palas de hélices, en el cielo
pleno de errores y de errantes premisas, se echaron a virar para delicia del
escoliasta.
¿Y quién, pues, estaba allí que se fue sobre su ala? ¿Y quién, pues, esa noche,
sobre mi labio de extranjero, recogió aun a pesar mío el uso de este canto?
Vuelca, oh Escriba, sobre la mesa de las playas, con el reverso de tu estilo la
cera impresa de la palabra vana.
Las aguas de alta mar cavarán, las aguas de alta mar sobre nuestras mesas, las
más bellas cifras del año.
Y es la hora, oh Mendiga, en que sobre la cerrada faz de los grandes espejos de
piedra expuestos en los antros
El oficiante calzado de fieltro y enguantado de seda cruda borre con gran
refuerzo de mangas la afloración de los signos ilícitos de la noche.
Así va toda carne al silicio de la sal, el fruto de ceniza de nuestras
vigilias, la rosa enana de vuestras arenas, y la nocturna esposa antes del alba
despedida...
¡Ah! toda cosa vana en la criba de la memoria, ¡ah! toda cosa insana en los
pífanos del exilio: el puro nautilo de las aguas libres, el puro móvil de
nuestros sueños...
Y los poemas de la noche antes de la aurora repudiados, el ala fósil apresada
en el cepo de las grandes vísperas de ámbar amarillo...
¡Ah! ¡que quemen! ¡ah! que quemen, en la extremidad de las arenas, todos esos
despojos de pluma, de uña, de pintadas cabelleras y de telas impuras,
Y los poemas nacidos, ¡ah! los poemas nacidos una noche en la horquilla del
relámpago, son como la ceniza en la leche de las mujeres, ínfima huella...
Y de toda cosa alada de que no habéis uso componiéndome un puro lenguaje sin
oficio,
He aquí que tengo todavía el designio de un gran poema deleble...
*
"Como aquel
que se desviste a la vista del mar, como aquel que se ha levantado para honrar
la primera brisa de tierra (y he aquí que su frente ha crecido bajo el casco),
Las manos más desnudas que en mi nacimiento y el labio más libre, la oreja con
sus corales en que yace la queja de otra edad,
Heme aquí restituido a mi natal ribera... No hay más historia que la del alma,
no hay más holgura que la del alma.
Con el aquenio, con el anofeles, con los rastrojos y las arenas, con las cosas
más frágiles, con las cosas más vanas, la simple cosa, la simple cosa que aquí
veis, la simple cosa de estar aquí, en el derrame del día...
Sobre esqueletos de pájaros enanos se va la infancia de este día, en vestido de
las islas, y más ligera que la infancia sobre sus huecos huesos de gaviota, de
golondrina marina, la brisa encanta las aguas niñas en vestido de escamas para
las islas...
¡Oh arenas!, ¡oh resmas!, ¡el élitro purpúreo del destino en una gran fijeza
del ojo! y sobre la arena sin violencia, el exilio y sus llaves puras, la
jornada traspasada por un hueso verde como un pez de las islas...
El mediodía canta, ¡oh tristeza!... y la maravilla es anunciada por este grito:
¡Oh maravilla! y no basta con reír bajo las lágrimas... Pero ¿qué es, ¡oh! qué
es lo que en toda cosa, de repente, falta?"
Yo sé. Yo he visto. ¡Nadie en ello conviene! —Y ya como una leche se espesa la
jornada.
El hastío busca su sombra en los reinos de Arsacio, y la tristeza errante lleva
su gusto de euforbio por el mundo; el espacio en que viven las rapaces cae en
extrañas desherencias...
¡Plegue al sabio espiar el nacimiento de los cismas!... El cielo es un Sahel
por donde la azalea va en busca de sal gema.
Más de un siglo se vela en los desfallecimientos de la historia.
Y el sol entierra sus bellos sestercios en las arenas, a la subida de las
sombras en que maduran las sentencias de tempestad.
¡Oh presidios bajo el agua verde! ¡que una hierba ilustre bajo los mares nos
hable todavía del exilio!... y el Poeta se encela
De esas grandes hojas calcáreas, a flor de abismo, sobre zócalos: encaje en la
máscara de la muerte...
*
"... Aquel que
vaga, a medianoche, por las galerías de piedra para estimar los títulos de un
bello cometa; aquel que vigila, entre dos guerras, la pureza de las grandes
lentes de cristal; aquel que se ha levantado antes del día para limpiar las
fuentes, y es el fin de las grandes epidemias; aquel que laquea en alta mar con
sus hijas y sus nueras, y ya sobraban las cenizas de la tierra...
Aquel que halaga a la locura en los grandes hospicios de tiza azul, y es
Domingo sobre los centenos, a la hora de mayor ceguera; aquel que sube a los
órganos solitarios, a la entrada de los ejércitos; aquel que sueña un día
extrañas latomías, y es un poco después de mediodía, a la hora de mayor viudez;
aquel a quien despierta en el mar, a sotavento de un bajío, el perfume de
sequedad de una pequeña siempreviva de las arenas; aquel que vela, en los
puertos, en brazos de mujeres de otra raza, y hay un gusto de vetiver en el
perfume de axila de la noche baja, y es un poco después de medianoche, a la
hora de mayor opacidad; aquel cuya respiración, en el sueño, está ligada a la
respiración del mar y, al cambiar la marea, he aquí que voltea en su lecho como
cambia de amuras un navío...
Aquel que pinta lo amargo en la frente de los más altos cabos; aquel que señala
con una cruz blanca la faz de los arrecifes; aquel que lava con una leche pobre
las grandes casamatas de sombra al pie de los semáforos, y es un lugar de
cinerarias y de escombros para la delectación del sabio; aquel que se aloja,
durante la estación de las lluvias, con gentes de pilotaje y cabotaje, en casa
del guardián de un templo muerto en extremidad de península (y es sobre un
tajamar de piedra gris-azul, o sobre la alta mesa de rojo asperón); aquel que
encadena, en los mapas, la cerrada carrera de los ciclones; por quien se
iluminan, en las noches de invierno, las grandes pistas siderales; o discierne
en sueños muchas otras leyes de transhumancia y derivación; aquel que busca, a
cabo de sonda, la arcilla malva de las grandes profundidades para modelar el
rostro de su sueño; aquel que se ofrece, en los puertos, a compensar las
brújulas para la marina de placer...
Aquel que marcha sobre la tierra al encuentro de grandes lugares herbosos;
aquel que concede, en su camino, consulta para el tratamiento de un árbol muy
viejo; aquel que sube a las torres de hierro, después de la tormenta, para
aventar ese gusto de crespón sombrío que tienen las fogatas de zarzas
forestales; aquel que vigila, en lugares estériles, la suerte de las grandes
líneas telegráficas; que conoce la cama y el estribo de amarre de los cables
maestros submarinos; que cuida bajo la ciudad, en vez de osarios y albañales (y
es en la misma corteza desbornizada de la tierra) los instrumentos lectores de
puros sismos...
Aquel que tiene a su cargo, en tiempos de invasión, el régimen de aguas, y
visita los grandes estanques filtrantes fatigados de las bodas de las efímeras;
aquel que preserva del motín, tras los herrajes de oro verde, los grandes
invernaderos fétidos del Jardín Botánico; las grandes Oficinas de la Moneda, de
Longitudes y de Tabacos; y el Depósito de los Faros, donde yacen las fábulas,
las linternas; aquel que hace su ronda, en tiempo de sitio, por los
grandes halls en donde se desmigajan, bajo vidrio, las
panoplias de phasmas, de vanesas; y lleva su lámpara a las bellas artesas de
grafito, donde, friable, la princesa de hueso alfilerada de oro desciende el
curso de los siglos bajo su cabellera de sisal; aquel que salva de los
ejércitos un rarísimo injerto de rosa-zarza himaleña; aquel que mantiene con
sus denarios, en las grandes bancarrotas del Estado, el turbio lujo de las
yeguadas, de las grandes cuadras de ladrillo leonado bajo las hojas, como
rosedales de rosas rojas bajo los tempestuosos arrullos colombinos, como bellos
gineceos llenos de príncipes salvajes, de tinieblas, de incienso y de masculina
sustancia...
Aquel que norma, en tiempo de crisis, la guardería de los grandes paquebotes
embargados, en la curva de un río color de yodo, de puriela (y bajo el limbo de
las vidrieras, en los grandes salones entoldados de olvido hay una luz de agave
para los siglos y eterna vigilia marina); aquel que huelga, con las pobres
gentes, en los astilleros y las calas desertadas por la muchedumbre, después
del lanzamiento de un gran casco de tres años; aquel que tiene por profesión
aparejar los navíos; y aquel otro que encuentra un día el perfume de su alma en
el empañado de un velero nuevo; aquel que monta la guardia de equinoccio sobre
las murallas de los docks, sobre el alto peine sonoro de las
grandes barreras de montaña, y sobre las grandes esclusas oceánicas; aquel por
quien se exhala, repentino, todo el aliento incurable de este mundo en el
relente de los grandes silos y almacenes de géneros coloniales, allí donde la
espiga y el grano verde se hinchan bajo las lunas de la invernada como la
creación sobre su insípido lecho; aquel que pronuncia la clausura de los
grandes congresos de orografía, de climatología, y es tiempo de visitar el
Arboretum y el Aquarium y el barrio de las rameras, las tallerías de piedras
finas y el atrio de los grandes convulsionarios...
Aquel que abre una cuenta bancaria para las investigaciones del espíritu; aquel
que penetra en el circo de su obra nueva con una muy grande animación del ser
y, en tres días, nadie lanza una mirada sobre su silencio sino su madre, nadie
tiene acceso a su alcoba sino la más vieja de las sirvientas; aquel que lleva a
los manantiales su cabalgadura sin beber él en ellos; aquel que sueña, en las
guarnicionerías, con un perfume más ardiente que el de la cera; aquel, como
Baber, que viste el manto del poeta entre dos grandes acciones viriles para
reverenciar la faz de una bella terraza; aquel que se distrae durante la
dedicatoria de una nave, y en el tímpano son tales cántaras, como oídos
amurallados por la acústica; aquel que posee por herencia, en tierras de manos
muertas, el último garzal, con bellas obras de montería, de cetrería; aquel que
tiene comercio urbano de muy grandes libros: almagestos, portulanos y
bestiarios; que se inquieta por los accidentes de fonética, por la alteración
de los signos y los grandes debates de la semántica; que es autoridad en las
matemáticas usuales y se complace en la suputación de los tiempos para el
calendario de las fiestas móviles (el áureo número, la indicción romana, la
epacta y las grandes cartas dominicales); aquel que da jerarquía a los grandes
oficios del lenguaje; aquel a quien se muestran, en muy noble casa, grandes
piedras lustradas por la insistencia de la llama...
Aquellos son príncipes del exilio y nada tienen que hacer con mi canto."
Extranjero, sobre todas las playas de este mundo, sin audiencia ni testigo,
lleva a la oreja del Poniente una concha sin memoria:
Huésped precario en la raya de nuestras ciudades, no franquearás el umbral de
los Lloyds, en donde tu palabra no tiene curso y carece de título tu oro...
"Habitaré mi nombre", fue tu respuesta a los cuestionarios del
puerto. Y sobre las mesas del cambista, nada tienes que mostrar que no sea
turbio,
Como esas grandes monedas de hierro exhumadas por el rayo.
*
"... ¡Sintaxis
del relámpago!, ¡oh puro lenguaje del exilio! Lejana está la otra ribera en que
el mensaje se ilumina:
Dos frentes de mujeres bajo la ceniza, por el mismo pulgar visitadas; dos alas
de mujeres en las persianas, por el mismo soplo suscitadas...
¿Dormías aquella noche, bajo el gran árbol de fósforo, oh corazón de orante por
el mundo, oh madre del Proscrito, cuando en los espejos de la estancia fue
impresa su faz?
Y tú más pronta bajo el relámpago; oh tú más pronta a sobresaltarte en la otra
ribera de mi alma, compañera de mi fuerza y debilidad de mi fuerza, tú cuyo
aliento al mío fue para siempre mezclado,
¿Te sentarás aún sobre tu lecho desierto en el erizamiento de tu alma de mujer?
¡No es de ayer el exilio!, ¡no es de ayer el exilio! ... Execra, oh mujer, bajo
tu techo un canto de pájaro de Berbería...
¡No escucharás a la tempestad multiplicar a lo lejos la carrera de nuestros
pasos sin que tu grito de mujer en la noche no asalte otra vez su ara al águila
equívoca de la felicidad!
...Cállate, debilidad, y tú, perfume de esposa en la noche como la almendra
misma de la noche.
Por dondequiera errante sobre las arenas, por dondequiera errante sobre los
mares, cállate dulzura, y tú, presencia aparejada de alas a altura de mi
montura.
Reanudaré mi carera de Númida, bordeando la mar inalienable... Nula verbena en
los labios, pero en la lengua todavía, como una sal, este fermento del viejo
mundo.
El nitro y el natrón son temas del exilio. Nuestros pensamientos corren a la
acción sobre pistas óseas. El relámpago me abre el lecho de más vastos
designios. La tempestad en vano desplaza los linderos de la ausencia.
Aquellos que fueron a cruzarse en las grandes Indias atlánticas, aquellos que
olfatean la idea nueva en la frescura del abismo, aquellos que soplan en los
cornos a las puertas del futuro
Saben que en las arenas del exilio silban las altas pasiones adujadas bajo el
foete del relámpago. ¡Oh Pródigo bajo la sal y la espuma de Junio!, ¡conserva
viva entre nosotros la fuerza oculta de tu canto!
Como aquel que dice al emisario, y éste es su mensaje: "Velad la faz de
nuestras mujeres, velad la faz de nuestros hijos; y la consigna es lavar la
piedra de vuestros umbrales... Os diré quedamente el nombre de las fuentes en
las que, mañana, sumergiremos una cólera pura."
Y es la hora, oh Poeta, de declinar tu nombre, tu nación y tu raza...
Long Beach Island, junio 1941.
Cielos
Mucho antes que la tierra,
perdimos el cielo
de los trópicos natales.
Su luz incesante
sin escarchas invernales,
las nubes sin hielo
ni oscuridades. Y el azul
protector sobre mangos,
bucares y cañaverales.
También perdimos del trópico
las noches más cordiales,
las brisas del páramo
y la sal de los mares;
las estrellas del camino,
que aprendieron nuestros
nombres y vocales,
los sonidos conocidos
de grillos y jaguares.
Cuando cierres la puerta
y ajustes ventanales,
y tomes los caminos
para nada familiares,
mira el cielo que pierdes,
allí quedan tus señales,
los rasgos y los sueños
que fueron iniciales.
Más allá están las nieves
y crueles vendavales.
Alejandro Oliveros (1948). Cinco poemas de Exilios. University of Oklahoma: Latin American Literature Today. Publicado en febrero de 2022.
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Entre España y México
A bordo del Sinaia
Qué hilo tan fino, qué delgado junco
—de acero fiel —nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.
Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.
España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.
Y tú, México libre, pueblo abierto
al ágil viento y a la luz del alba,
indios de clara estirpe, campesinos
con tierras, con simientes y con máquinas;
proletarios gigantes de anchas manos
que forjan el destino de la Patria;
pueblo libre de México:
como otro tiempo por la mar salada
te va un río español de sangre roja,
de generosa sangre desbordada.
Pero eres tú esta vez quien nos conquistas,
y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!
Pedro Garfias (1901-1967). Antología. México: Material de Lectura, UNAM, 2010.
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HOLLYWOOD
Para ganarme el pan, cada mañana
voy al mercado donde se compran mentiras.
Lleno de esperanza,
me pongo a la cola de los vendedores.
(1942)
Bertolt Brecht (1898-1956). Poemas y canciones. Madrid: Alianza Editorial, 1979.
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NI LOS AÑOS
Ni los años
ni los kilómetros
ni la colección de placeres;
solo una adecuada combinación
de maldad y sentimientos autocompasivos
permite apreciar la belleza
de las cosas que caen.
Mariano Peyrou (1971). 5 poemas de El mar hospital es el mar aeropuerto. España: Zenda, publicado el 26 de junio de 2023.
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Viento del exilio
Un viento misionero sacude las persianas
no sé qué jueves trae
no sé qué noche lleva
ni siquiera el dialecto que propone
creo reconocer endechas rotas
trocitos de hurras
y batir de palmas
pero todo se mezcla en un aullido
que también puede ser deleite o salmo
el viento bate franjas de aluminio
llega de no sé dónde a no sé dónde
y en ese rumbo enigma soy apenas
una escala precaria y momentánea
no abro hospitalidad
no ofrezco resistencia
simplemente lo escucho
arrinconado
mientras en el recinto vuelan nombres
papeles y cenizas
después se posarán en su baldosa
en su alegre centímetro
en su lástima
ahora vuelan cómo barriletes
como murciélagos como hojas
lo curioso lo absurdo es que a pesar
de que aguardo mensajes y pregones
de todas las memorias y de todos
los puntos cardinales
lo raro lo increíble es que a pesar
de mi desamparada expectativa
no sé qué dice el viento del exilio.
Mario Benedetti (1920-2009). Viento del exilio. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1981.

