Las Flores Rotas

Blog de poesía + Artes Visuales + Entrevistas literarias

Mikuláš Galanda, Girl’s Head (1927)


Romina tenía nueve años cuando ocurrió la tragedia en Santa Lucía, el día en que la novia no volvió a salir. La pobre novia, lloraban en el pueblo, y Romina veía sus muñecas de papel y los corregía en la voz agudísima de sus personajes: que no era pobre, que se llamaba Marielba, y su espanto yacía para siempre en el crepúsculo del agua.


A pesar del tiempo, todavía le cuesta sostenerse la mirada en los reflejos de los ríos, pero lo hace, y espía, por el morbo secreto de ver una vez más las manos, las manos arrugadas, las yemas mordidas por los peces que…


Tenía nueve años. ¿Qué cosas de la vida se retienen a esa edad? El cuerpo de acordeón de los guajolotes; los nombres de las flores del jardín: corona de Cristo, amor de un rato, flor del desierto; los dibujos con ramas en la tierra; la textura del excremento de los chivos bajo los pies, porque Romina se la pasaba descalza y corriendo, y el día que conoció a Marielba llegó a casa de la abuela con gusanitos de bosta dentro de las uñas...




Natasha Rangel (1994). Canaima. Caracas: Ficción Breve. Publicado el 6 de abril de 2025.

 

Karl Wiener, Männliches Porträt (around 1932)


Llegamos a la navidad con el hedor del alcohol adherido a las ropas. Es lo usual. Le pregunto a Romeo si aún queda algo en la botella de Buchanans. Empiezo a sentir los primeros síntomas de la resaca bajo el abrasador sol de la tarde y necesito con urgencia emborracharme de nuevo. Romeo, que es un gilipollas, dice que sí e inmediatamente procede a beberse de un solo trago lo poco que queda. Luego me pasa la botella vacía. Yo la alzo y la miro al trasluz con la vana esperanza de conseguir un fondito, algo de vida allí adentro, la promesa de nuevas alucinaciones que alejen las nauseas y el dolor de cabeza. Hago entonces, lo único que puede hacerse en un caso como este: me doy la vuelta, miro a Romeo con mi mejor sonrisa, la angelical, y le parto la botella en la cabeza. Se derrumba como un muñeco de trapo. Me perdonan lo manoseado del símil, pero con este dolor de cabeza, con el torbellino gástrico que amenaza con desbordarse, mi imaginación, que en situaciones normales ya es bastante limitada, hace corto circuito.


No suframos por Romeo. No es la primera vez que lo mato. El a mi me ha matado ya docenas de veces y nunca me he quejado. Qué pasa si lo mato yo a él de vez en cuando. Nada, ¿verdad? Además, Romeo es mi hermano. También es mi padre y, en ocasiones, hasta mi madre. Así que cuando lo mato, mato tres pájaros con un solo tiro y todo queda en familia...




Quim Ramos (1965). Adiós, adiós. Marcapágina. Publicado el 17 de febrero de 2026.

Anonymous, Portrait of a Young Woman (c.1500)



—Si tan sólo hubiera nacido con una cosita ahí colgando, no habría nada que pedir. Qué lástima.

—Con esa pinta y con lo que haces, naciste para ser general... y mira que naciste niña y no niño.

 

Cada vez que íbamos a la casa de mis abuelos en el campo, los adultos chasqueaban la lengua al verme jugar en la tierra. Decían que una mocosa no debía andar así: desgreñada, revolcada en la tierra; que por más que me vistieran como una princesa, con el conjunto completo, al final acababa corriendo por ahí con una camiseta larga y unos pantalones.

A eso le llamaban “la única cosita”.

Cuando me preguntaron: “¿Es que te portas como un niño porque quieres tener algún día un hermanito?”, yo, en cambio, les pedí una espada de juguete y me aferré a insectos, dinosaurios y animales de plástico para jugar...

 

 

 

Youjin Kim (1990). “La única cosita”. Cagua: Letralia, publicado el 7 de abril de 2026.

 

Natasha Rangel (Imagen cedida por la autora)


Natasha Rangel (Caracas, 1994) es una escritora, editora, facilitadora y correctora de estilo venezolana que ha publicado los libros Estorninos negros y Un animal impronunciable. Ganadora del premio Lo Mejor de Nos en su sexta edición con la historia Saborear la casa en una sopa de arroz. Sus cuentos han sido publicados en las revistas Digopalabratxt, Liberoamérica, Letralia y Zancada, además de integrar diversas antologías publicadas en Venezuela, México y Estados Unidos.

Antes de escribirle para una entrevista vía correo electrónico, leo un breve compendio de sus obsesiones: el folk, el horror, el storytelling de los videojuegos y el arroz chino. Además, no toma café, aunque sabe hacerlo. Por último, y no como dato menor, piensa que la escritura es una extensión del andar, algo que comparto profundamente, haciendo de Rangel parte de ese grupo selecto de escritores (Nietzsche, Walser, Rimbaud, etc…) que escriben con sus pies.

Dado ese simpático comienzo, seguimos con Punto y Coma, una sección para, de ser posible, charlar con narradores, editores y todos aquellos involucrados en el género narrativo. Así me propuse escribirle a Natasha para que nos hable sobre sus libros, su quehacer escritural, publicaciones, influencias y proyectos.

 

1) Tu resumen académico y literario nos indica que estudiaste Letras (UCV) y un magíster en Escritura Creativa (Universidad de Texas), además de ser la autora de «Estorninos negros» y «Un animal impronunciable». ¿Cómo nace tu interés por la escritura hasta hacerlo tu profesión y oficio?

N.R.: Te respondo esto en medio de un día nublado y ventoso en El Paso. Junto al balcón de mi casa hay un ejemplar raquítico de la Red Push Pistacia que ha aguantado varios inviernos. Este año, tras retoñar, una persistente reinita pensilvania viene a cantar posada en sus ramas cada mediodía. Tu pregunta, sin embargo, me hace pensar en apamates; me gusta esa palabra, me gustan mucho las palabras, en general, pero tengo la mala costumbre de reemplazarlas pronto en mi cabeza. Me sucede al intentar memorizar los nombres de árboles y plantas y animales, solo los que han logrado hacerse imagen en mi interior logran resistir las listas de palabras que vomita mi curiosidad. Escribir es, para mí, un oficio de la memoria y una forma de traducir las lecturas del cuerpo. Ya lo he dicho en varias oportunidades, pero me parece que es una cosa metabólica: puedo sentir todo de manera más intensa si lo escribo y sé que voy a recordarlo si trabajo bien las capas del lenguaje. Pero puedo ir incluso más atrás en estas apreciaciones, porque creo que el impulso también responde al deseo secreto —ya no tan secreto en tanto lo estoy revelando acá— de preservar el tono y la elocuencia con que las mujeres de mi familia me cuentan sus historias. El tiempo es un gran devorador de la voz. Si escribo, si consigo reproducir las inflexiones, el ritmo y los derroteros laberínticos de las anécdotas familiares, tal vez pueda construir el mapa de las voces a las que quiero volver. Ahí está el oficio.

 

2) Los videojuegos, el terror, lo gótico, el cine, lo mítico, en definitiva, el entretejimiento simbólico nutren tu narrativa. También, considero, tu aproximación a lo monstruoso es indisociable de lo femenino desde esa óptica de lo extraño, lo penado y marginado por la sociedad. ¿Cómo fue el proceso de escritura de «Estorninos negros» (DosPájaros, 2024) y de «Un animal impronunciable» (Trazos de Aves, 2025)?

N.R.: Los procesos fueron muy diferentes. Con Estorninos quise explorar las promesas infinitas de la infancia, la contundencia del presente en la mirada de los niños. Creo que el inconsciente, la fragmentariedad, las sombras, lo monstruoso y los juegos de focalización son algunos de los elementos que componen cierta estética narrativa de lo femenino y mi escritura tiende a emplearlos de manera natural. Me encanta lo fragmentario por su capacidad de retar la memoria del lector, así como también su rango de atención. Del videojuego me fascinan las capas de sentido que se condensan a través de los detalles, de los signos no verbales. La regresión infantil, por su parte, detona con facilidad el extrañamiento. Estorninos empezó a gestarse en el banco de un parque cuando Miguel Hidalgo Prince —que entonces era uno de los editores del portal Contrapunto, donde yo era pasante— me contó que lo perseguían los pájaros. Yo ya tenía rato pensando en niños que sostenían una relación peculiar con las pesadillas, pero cuando Miguel me comentó esta particularidad suya, los niños se fusionaron en uno solo: un niñito inmigrante, tímido y ojerizo llamado Wilhelm Johannes Prize a quien no solamente lo perseguían los pájaros, sino que, además, poseía la habilidad de escupir estorninos que se le formaban en el estómago. Lo que vino a continuación fue interesante porque Wilhelm no me reveló su historia de inmediato, sino que dejó que otra voz tomara la luz por él. A veces pienso en Cordelia como el monigote de una caja de resorte. Ella asumió las riendas del texto rápido, era muy difícil callarla. Aunque tengo la sensación de haberme quedado corta con la historia, me parece que la yo de mis veintes sí tuvo algo de éxito al representar su corporalidad y lo dominante de su presencia en el texto. A partir de ahí, mi obsesión fue narrar la inevitabilidad del vínculo entre ambos personajes.

 

Estorninos negros (Foto cedida por la autora) información en https://www.instagram.com/dospajarosediciones/


Los vínculos son una gran obsesión mía. Me parece que son una fuente espectral, expansiva y contaminante. Esa sensación está en los cuentos de Un animal impronunciable. Me atraen las ruinas, los arquetipos, las repeticiones y rituales que construyen nuestra identidad. El animal acabó siendo un tributo a las genealogías, a lo que las mujeres no se atreven a verbalizar, a la crueldad, a la rabia, a la incertidumbre de las heroínas que caminan a tientas en la oscuridad y que avanzan a pesar de intuir que ellas son el verdadero monstruo oculto en la hierba alta. Escribí a los personajes de esos cuentos con la intención de asimilar esa monstruosidad interior; irónicamente, el miedo, para mí, yace en la ausencia del monstruo, en la informidad de lo blanco.       

 

Un animal impronunciable disponible en https://trazosdeaves.cl/libros-ave/zorzal-mecanico/un-animal-impronunciable/


3) ¿Qué significó ser parte de «Feroces: Compilación de autoras jóvenes venezolanas» (Sello Cultural, 2023), «Cabezas en la ventana. Antología de terror latinoamericano» (Elefanta Editorial, 2024) y, recientemente, «Madrigueras: Una antología de Imaginación» (Entretierras, 2026)?

N.R.: Una vez más, se trata de experiencias con características propias. Feroces supuso encontrar a una comunidad de escritoras e interlocutoras de mi país. Siempre he dicho que Andrea Leal es mi hermana de escritura, mi interlocutora más directa debido a la cercanía y el tratamiento de los temas; pero Feroces fue la oportunidad de leer el trabajo de autoras contemporáneas con estilos y perspectivas muy diversas. Yo le huyo a la homogeneidad, no me interesa leer a gente que escriba “igual” o “parecido” —de hecho, me fastidian un poco las cuñas editoriales que tratan de “venderte” a otras autoras según qué tanto se parecen a otras: “Si te gustó el libro de fulana, seguro vas a querer leer a mengana”. Es aburridísimo eso porque condicionas al lector antes de que se abra a la experiencia de mundo de este nuevo libro— ¿Para qué? ¿Dónde está la voz? ¿Qué es lo que tienes para decir? Debería haber tantas propuestas como tipos de lector; y Feroces fue el abrebocas para mirar esa variedad y continuar buscándola en mi país.


Feroces disponible en https://www.amazon.com/-/es/Feroces-Compilaci%C3%B3n-autoras-j%C3%B3venes-venezolanas/dp/B0CQHNTJFM


Cabezas en la ventana, por otro lado, fue la entrada a un mercado inmenso como el mexicano. Todavía flipo recordando a Alberto Chimal leyendo el inicio de mi cuento “Cabeza de cerdo” en la presentación que hubo en Librerías Gandhi. El impacto se irá viendo conforme pase el tiempo, pero es una antología que me regaló la ilusión de horizontalidad junto a nombres de autoras que admiro como Enza García Arreaza, Verena Cavalcante, Elaine Vilar Madruga y Mariana Enriquez. Tanta exposición apabulla, pero es bonito imaginar que hay un “archipiélago” de papel en el que nuestras historias son vecinas.

 

Finalmente, Madrigueras me entusiasma un montón por lo que representa para la literatura imaginativa con sello venezolano. Creo que Tito Herbonniére es una de las voces más singulares que trae la antología. Pero, en líneas generales, me parece que la propuesta de la editorial Entretierras nos invita a hurgar en nuestro imaginario y a discutir las estéticas, las fallas y las potencialidades de nuestros sistemas de creencias.  


Disponible en https://www.entretierraseditorial.com/nuestros-libros


4) En nuestra época desbordada por la multimedia, ¿cuál consideras es el impacto de las redes sociales y medios digitales en su obra?

N.R.: Me atrae experimentar con formatos que reten mi manera de leer. Creo que no mencionaría las redes sociales como tal, pero sí los podcasts, por ejemplo; las transcripciones de audio e, inclusive, la disposición de los archivos en Google Drive como contenedores y medios de representación de la escritura. Esto último fue algo que usé en el cuento “Wendigo” que está en Un animal impronunciable. Me llama muchísimo la atención ver cómo el uso de un medio puede servir como relato secundario de una historia. Recuerdo que en Project Zero, que es una de mis franquicias favoritas, los objetos y los diarios servían como formas de caracterizar los espacios, el inconsciente y las motivaciones de las personas haunted del juego. Y, de nuevo, la fragmentariedad en estos dispositivos servía no solo para crear un relato coral y comunitario, sino para enfatizar la atmósfera poco confiable de la narrativa.

 

5) ¿Posee algunos referentes literarios/influencias que te han acompañado en tu proceso escritural?

N.R.: Montones y cambian según el proyecto. Ahorita estoy con los fanzines de Hellebore; películas como Gaua, Onibaba, Lord of Misrule; antologías de gótico botánico; y la música de Kiki Rockwell, Eva Chatelain, Raury, Bôa, Baba Yaga Team y Otyken. Creo que la música suele definir mucho de mis proyectos, incluso más que la lectura, en ocasiones.  

 

6) ¿Tienes algún proyecto literario en mente a largo o mediano plazo?

N.R.: Tengo varios, pero voy por partes. En este momento, la prioridad es terminar el proyecto que tengo pautado con la editorial lecturas de arraigo; según yo, es una colección de relatos que se mete con “lo vegetal”, pero una cosa piensa el burro y otra el que lo monta.  

 

7) En el cuento «Los cañaverales» (Pandilla Chang de jóvenes narradores, 2025), leemos:

«Para nosotros no había reglas, ni responsabilidades, solo un principio básico: evitar el fuego».

 

¿Vivir para escribir o escribir para vivir?

N.R.: Vivir escribiendo.


 

Las Flores Rotas Blog de Poesía se complace en publicar una muestra de Tradiciones, libro de relatos de Francisco Camps Sinza (La Guaira, 1988). Se puede leer, de forma gratuita y libre acceso, Siete (7) relatos en formato PDF.  

Tradiciones es un libro de catorce (14) relatos escrito hace más de ocho años. 

El libro comienza con Hene, la historia de un niño, Nígelher, el cual vive con su madre, abuela y pequeño hermano. Aficionado al cine, recurre al Teatro Star para olvidar sus avatares cotidianos. En el transcurso de una de sus jornadas cinéfilas, buscando dinero para pagar el boleto, recurre a un hombre, Will, diletante y misterioso.

En El lienzo de Wittgenstein, dos hermanos, Justina y Gael, codifican su entorno a través de un lenguaje propio. En un día cualquiera, en casa de su padre, conocerán a Marilyn y Virginia. En ese escenario, entre comida, bebida y juegos, saldrá a la luz un hecho fundamental en sus vidas.

Resolución es la historia de Martha, una chica que ama dibujar y el arte. Rememorando la historia compartida con su ex amiga, Susana, en un viaje que hicieron a la casa de un conocido, encuentra en un cuadro la posibilidad para desplegar su imaginación.

Si la quiero tanto debe su nombre a una canción que une la historia de amor entre Lucinda y Ricardo, contado desde la óptica de Griselda, amiga de ella y testigo fiel.

En ¡Traigan al padre!, Augusto Fortepiedra, enfermo, pide llamar a su amigo de la infancia, el padre Jesús Meléndez, para resolver un enigma familiar.

Los gritos es la historia de unos chicos que escuchan voces en el cuarto de una antigua casona. Dispuestos a descubrir qué sucede allí, escuchan atentos lo que el Tío Claudio tiene por decir.

Por último, Lapso es la oportunidad para que el protagonista de la historia recuerde un evento agridulce en el colegio, el cual dejó una impronta indeleble en su infancia.

 

¡Bienvenidos!

 

Descargar

 

 

Martha Darley Mutrie, "Wild flowers at the corner of a cornfield" (c.1855–60)

 

 -¿Tienes cigarros? -preguntó el niño a la señora Marta.

      Pasada la media noche ella se disponía a recoger su pequeño tarantín que consistía en una mesa improvisada con patas de chatarra y una tabla plástica cubierta por un mantelito. Sobre ella organizaba los caramelos, los cigarros y las chucherías que vendía afuera, en la entrada de su rancho.

      —Ya estoy guardando hijo-respondió con cierto desasosiego y quizás disimulando un poco el dolor de tripas con el que había despertado aquella mañana.

      -Anda vale, véndeme uno, es que sin cigarro no me explota la nota-insistió el niño.

      -Bueno, bueno, ¿de cuál quieres?-preguntó hurgando un sucio saco donde metía las cajetillas.

      -Dame el de cinco bolos.

      -Toma, y no estés tan tarde por ahí.

      -Gracias mi vieja, hoy me toca la calle, en mi casa es puro peo, así no cuadra.

      Marta vio al niño alejarse mientras terminaba de arreglar, vio que estaba sucio, vio sus chancletas desgastadas más grandes que sus piesitos, la misma ropa de toda la semana, la flacura de su pequeño cuerpo y uno que otro hematoma en sus bracitos descubiertos. Se fue echando humo a quién sabe donde con paso juguetón entre los montículos de tierra húmeda.

      Comenzaban a caer gotas mansas anunciando la lluvia, Marta se apresuró, forcejeó con la oxidada puerta hasta que por fin abrió, entró justamente cuando se desató el palo de agua, por alguna razón su dolor de tripas se hizo mas intenso. Rápidamente buscó ollas y potes plásticos para ponerlos en las goteras que ya tenía medidas previamente, la lluvia arreciaba, algunas láminas de zinc se alzaban con la ventisca. Como era típico en esos aguaceros el barro se metía por la rendija entre la puerta y el piso inundando la sala.

 

 

Kelvin Ortiz. Marta. Caracas/México: Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña. Publicado el 20 de octubre de 2024.

Albert Daenens, "The machine man" (1925)


El casco hace ver tu cabeza como una tortuga, resguardándote, quizá, de tus pensamientos. Llevas, a manera de capa, una bandera raída e incolora que ondea en un intento por enaltecer tu tamaño ante la Máquina. 

Así se ha llamado desde que tienes uso de razón. Tus padres, y sus padres, lo hicieron; y a su vez los abuelos de sus abuelos: árboles genealógicos cercenados hasta la raíz por los dientes ferrosos de aquella bestia.

A veces, cuando la Necrópolis te permite dormir, sueñas con un mundo sin la Máquina. Te ves a ti mismo, como un reflejo lejano, navegando en un barco hecho con las páginas de algún libro. La corriente te lleva hasta donde el horizonte se funde con el cielo, y esa fina línea se abre como el ojo de un dios al que no se le conoce rostro. Al entrar, el barco deja de existir, y las páginas de aquellos libros se entierran como semillas en el nuevo suelo. De inmediato, el césped crece hasta donde la vista alcanza. Te susurra cosas. Cosas que no entiendes a primera oída y mucho menos a la segunda. 

Comienzas a recordar. A tu mente vienen los nombres del viento y la lluvia, su golpeteo mesurable en los tejados; la luz del Sol y la Luna, ambas cómplices del tiempo y la rutina; la arena, la tierra, las estrellas, los árboles, los animales, los senderos y la niebla, todos ellos se aglutinan en el vacío de una consciencia que les da un lugar; nota tras nota la música reclama el espacio; los acordes, los ritmos, la armonía y las melodías; aparecen los géneros: el rock, el jazz, el joropo. Le das espacio a las historias alrededor de una fogata, a los viajes que descubren montañas y desentierran más y más historias, de Homero hasta Dante, y luego de Tolkien a Borges. Ves a los héroes tallados en madera, piedra y metal; y estas últimas caras no se borran, te señalan.   

 

 

José Miguel Mota Mendoza (1989). Los nombres de la Máquina en Ficción Breve. Publicado el 10 de diciembre del 2019.

 

Link: https://ficcionbreve.org/los-nombres-de-la-maquina-de-jose-miguel-mota/ 

Nicaise De Keyser, "Three Studies of the Skull of Jacobean Antonio Timmerman from Dunkirk" (s/f)



Cráneo, occipital, maxilar inferior

Una vez leí que el corazón bombea cerca de 4,7 litros de sangre por minuto, tal vez esa era la razón por la que cuando asesinaron al primo de Reiber, y la bala perforó su yugular, el chorro de sangre había sido incontenible durante algunos segundos, hasta que finalmente los latidos en su pecho se detuvieron por completo.

Siempre recordaba cosas como esas: que la columna vertebral está constituida, en su mayoría, por treinta vértebras; o que el 7 % del peso del cuerpo pertenece a la sangre, o que respiramos entre dieciséis o quince veces por minuto. Acumular datos como estos hizo que mi maestra de tercer grado, Celia, creyera que yo tenía madera de médico y que siempre canturreara que, si me lo proponía, «mi mente brillante» me ayudaría a convertirme en doctor. Durante algún tiempo le creí, se me hizo fácil memorizar los huesos, músculos y órganos y cuando algún novio de mi mamá llegaba borracho a la casa y estrellaba su rostro contra la pared, recitaba todo lo aprendido como una oración, como si mencionar los huesos faciales contribuiría a curar los moretones y cortadas que aquellos hombres producían en mi madre.

La maña me había quedado desde entonces, como un mantra. Lo hacía de forma inconsciente, como cuando Estefani había nacido y mi mamá me dejó en la sala de espera junto a mi abuela, esa vez recité por primera vez los 208 huesos y volví a hacerlo cuando le dimos la bienvenida a Yorber, a Frank y a Paola, mis otros tres hermanos. De grande fui diciéndolo cada vez con menos frecuencia, luego de que caí en cuenta de que solo era un carajito de La Vega, pobre, con una madre soltera y con todas las estadísticas en contra, así que no tenía sentido repetir algo que poco me serviría, pues, aunque la maestra Celia seguía diciéndome que yo podía, ¿cuántos chamitos de barrio eran médicos con cuatro hermanos y una madre a cuestas? Seguramente muy pocos.

 

 

 

Annya Rivas López (1998). Zombie en Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña. Publicado el 20/10/2022.

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