CAPSULARIO #30
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| Louis Le Nain, Peasant Interior (c. 1645) |
Poética del desamparo (I)
En esta aproximación se realiza una propuesta de lectura bajo el lente antropológico del concepto de desamparo en sus dimensiones socioculturales de la Venezuela contemporánea. Para ello emprendemos un repaso breve sobre los últimos cuarenta años de la historia nacional tomando como marco dos grandes crisis que, de acuerdo a la lectura del historiador Manuel Caballero y a nuestra interpretación, fueron quiebres importantes que fundamentaron parte del seísmo de la historia reciente venezolana y que nos permiten (re)interpretar lo acontecido durante los gobiernos de Hugo Chávez (1998-2013) y Nicolás Maduro (2013-2026). Con poética nos referimos a la transubjetividad dada por las imágenes según Gastón Bachelard para zurcir esos retazos del hecho social que nos permiten objetivarlo sin la exhaustividad de un estudio completo sobre dicho concepto, haciendo del mismo el andamio teórico propicio para interpelar ese recubrimiento de los sentidos del venezolano respecto a su país e instituciones en su devenir socio-histórico, y el cual queremos, antes de dar respuestas definitivas, urdir en interrogantes, nociones y aproximaciones que nos inviten a otras lecturas sobre nuestra(s) problemática(s).
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Dadas las circunstancias socioculturales de la Venezuela contemporánea, podemos decir que el desamparo es una de las raíces del desasosiego o incertidumbre por el que pasan millones de compatriotas dentro y fuera de sus fronteras geográficas, fungiendo de baremo insondable en su proyección hacia un futuro incierto desde la particularidad local a su más o menos accidentado alcance global, usufructo del declive de las instituciones democráticas, corrupción, hambre, crisis económica y demás avatares que llevan a la inmensa mayoría a tener condiciones desfavorables de vida. La infelicidad, si bien es un aditivo que siempre está en consonancia con el individuo y sus aptitudes, haciendo imposible tomarlo como una universalidad —sino como una inferencia dada por indicadores económicos, socioculturales y migratorios que nos constate una idea y sentir más o menos abarcadora que trascienda la imaginación—, se transfigura como una sombra que recubre al ser en determinadas situaciones que lo aísla, más o menos, de ese terreno tan colorido, fortuito y plural de la felicidad. Sin caer en determinismos, la felicidad, cuando abunda la miseria, nos parece como a Marc Augé (2004), antropólogo francés, una especie de lujo, privilegio o esperanza (Ibíd, p. 10).
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Es un terreno muy difuso hablar de felicidad e infelicidad, porque no siempre son totales y, en todo caso, al mostrarse con evidencias deductivas la presencia de una, en ocasiones se le invita a participar a la otra en la misma mesa. Para el nombrado autor francés, la felicidad necesita de una constatación mediada por el tiempo y la relación con los otros (resaltando la importancia del relato para conjugar esa pérdida o desamparo con su relación con el tiempo y la alteridad), y que dicho estado se asemeja es a un signo de salud, mientras que la infelicidad campea subrepticiamente en una avance similar al de una enfermedad (Augé, 2004, p. 12).
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Para Aristóteles, el bien llevaba a la felicidad, y éste era parte de una fórmula donde la virtud acontecía al goce pleno de lo que convierte a la vida en digna de, valga la redundancia, ser vivida. Pero, ¿cuál tipo de “felicidad”? En el devenir de las sociedades contemporáneas la felicidad parece haber adquirido una semántica reciclada acorde a ciertos beneficios materiales o lo que se infiere en esa globalidad compartida como “sociedad de consumo”. En esa línea, Augé (2004) nos dice que dicho calificativo nos sugiere entender a la sociedad de consumo como el suelo idóneo de la sociedad donde el consumo es el componente sine qua non de todos y para todos, o en su defecto debe alcanzar a la mayoría posible. A su vez, el consumo es entendido como un concepto amplio por el que pasa toda experiencia de la sociedad donde todo es consumido y producido: comida, artículos de primera necesidad, la información, ocio, cultura, el saber, etc., siendo categorizados como “productos de consumo” (Augé, 2004, p. 10).
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Dicha categorización de la existencia lleva a remarcar las fronteras entre lo posible para acelerar la consecución de esa felicidad otorgada, al menos un tipo de felicidad galvanizada desde la deducción que posee, con muchísima más ventaja por los indicios métricos equiparables a la rentabilidad económica, los llamados países desarrollados. La libertad de elección entre lo que el individuo desea (y pueda) consumir tendrá estrategias publicitarias que ahondaran en los intersticios de los deseos y esperanzas para mimetizar la existencia en marcas o ideales que, dependiendo del vigor económico, de la impronta discursiva o de la efectividad del canje simbólico, serán o no el suelo fértil de apenas una superficie en el “sentido” de la existencia y su impronta dada desde lo externo a la felicidad.
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Desde mediados del siglo XIX, el petróleo ha modificado nuestras vidas y la cultura humana en general: desde los vehículos y las vías que nos mueven de un lugar a otro, hasta los envases que recubren los alimentos que compramos en el Supermercado: así, resulta una tautología mencionar que estamos inmersos en lo que produce el ser humano del petróleo y sus derivados. La vida contemporánea hubiese sido otra sin ese líquido que, como una deidad, mueve al mundo y las formas en que lo aprehendemos. En Venezuela, desde la dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-1936?), el petróleo ha pavimentado una capa importantísima en las formas como nos encontramos, a través de qué lentes pasa la producción, artes y desarrollo, siendo el llamado “oro negro”, como nos dice Fernando Coronil (2013), antropólogo venezolano, parte del paisaje cultural nacional. Con la riqueza obtenida por el barril de petróleo, pasando una economía sostenida durante gran parte de los siglos XVIII y XIX por el cacao, café y otros productos, siendo el café un pilar crediticio fundamental de la cartera nacional durante gran parte del siglo XIX y que con sus crisis entramos a la modernidad tardía del siglo XX acumulando deudas con las grandes potencias globales. A partir de ese panorama, y dada la predominancia rentista del petróleo y sus derivados, su valía para obtener ganancias y mover el mercado, se pudo “envalentonar” un territorio que había sido arrasado por guerras, penurias y una herencia de fragilidad institucional. A esta necesidad de conseguir la brújula de sentidos propios sin la imperiosa supervisión foránea le llama Germán Carrera Damas (2005) “desorientación ideológica” y que, entre múltiples factores, nos dice que podría deberse a ese quiebre monárquico con sus ramificaciones sociales y su vínculo “orgánico” con la “consciencia cristiana católica”, además de la “demolición de la sociedad colonial” y el consiguiente “ordenamiento republicano” y su disputa sobre el liberalismo (Ibíd., p. 12-13).
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El desbalanceo institucional, precariedad, asimetría respecto a las élites y el resto poblacional, la demanda de luchas sociales y demás particularidades locales, sería el magma de componentes que configuraron a las sociedades latinoamericanas con sus fragmentadas desdichas, precariedad y, por supuesto, fe. En nuestra sociedad el petróleo, de manera indirecta o no, habría de crear sus propias ramificaciones en los venezolanos haciendo de deidad suprema que configura las divisiones entre lo urbano y el campo, civilización y barbarie, modernidad y tradición, riqueza y pobreza, además de pavimentar la promesa de un futuro mejor para la mayoría de sus habitantes.
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Tras la muerte de Gómez, los partidos políticos tradicionales como Acción Democrática, Copei y PCV nacerían en esa búsqueda de mayor distribución económica, sosteniendo una propuesta de identidad vinculada a la izquierda con su base en las luchas sociales (Silva Michelena, J. 1967, p. 75). De este modo, el petróleo y el binomio riqueza/pobreza han sido dos de los pilares que han forjado lo social en Venezuela. Con las fluctuaciones de ese producto, el predominio sobre otros rubros en la producción nacional y la incipiente dependencia a la importación, el aumento gradual de las ganancias y el abultamiento del PIB con el apoyo y promoción institucional a favor del desarrollo del país, se manufacturaba la mitad del siglo XX, el siglo de la “Paz” en Venezuela según Manuel Caballero (1998). Es decir, la centuria libre de guerras parricidas, gobiernos de “mano dura” donde la dictadura de Marco Pérez Jiménez (1952-1958) hizo del rentismo petrolero un episodio fundamental en el ideario del desarrollo material y espiritual del país.
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Tras el fin de la dictadura perezjimenista, el pacto militar y civil después del 23 de enero de 1958, con el bipartidismo AD-Copei como protagonista del poder gubernamental, se incentiva la explotación petrolera como ese brazo “no tan invisible” que indudablemente mueve una gran porción de la totalidad económica nacional, sus programas y políticas públicas. Esta dinámica llegaría a topes históricos debido a enclaves como la nacionalización petrolera durante el primer mandato de Carlos Andrés Pérez (1973-1979), fundando la institucionalización del petróleo asociado a una identidad territorial con PDVSA (1975) y su posición al servicio de y para los venezolanos, alcanzando el culmen de la narrativa de la “Venezuela Saudita” con los paradigmas de la riqueza “infinita” como producto de la socialdemocracia y la intervención del Estado/Gobierno. El “ta’ barato, dame dos” se vería sacudido en todos los niveles, tanto socioculturales como psicológicos, a partir del famoso “Viernes negro” de 1983. Manuel Caballero (1998), historiador venezolano, precisó dicha fecha, el 18 de febrero de 1983, como uno de los enclave de las crisis que ha sacudido la historia socio-cultural de la Venezuela contemporánea. “Crisis”, en ese contexto, debe ser comprendido como una serie de procesos de índole cultural, social, político, económico, ético, entre otros aspectos, como manifestaciones violentas que se han ido incubando en la sociedad por muchos años y hasta siglos, y que se proyectan de manera incalculable hacia el futuro (Caballero, 1998, p. 23).
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En resumidas cuentas, el "Viernes negro" fue la materialización de la “crisis de la deuda” debido a la fuga de divisas que se venía dando desde finales de 1982 y que alcanzó la cifra de ocho mil millones de dólares (Caballero, 1998, p. 162), con consecuencias a nivel regional de ese coletazo financiero mundial. Los que nos resulta relevante destacar es que, desde ese año, la imagen de la moneda, el Bolívar, con su poderío respaldado en la bonanza petrolera y el derroche de los petrodólares, se desdibujó con su devaluación alterando el paradigma que se petrificaba en el imaginario colectivo, dejando su huella indeleble en la atmósfera nacional con la escasa confiabilidad en el gobierno, su capacidad de respuesta ante estos desajustes macroeconómicos y el favoritismo clientelar por sobre el bienestar general.
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Otro movimiento que dejaría ese evento fue la deuda con los organismos internacionales, dejando una mancha desde el solemne pago de Gómez de los empréstitos que arrastraba el país y que continuó como un símbolo de orgullo, poder y garantía hasta el gobierno presidido por Luis Herrera Campins (1979-1984). Este seísmo representó la gran crisis en el modelo del sistema económico nacional con una fuerte intervención del estado en la economía, siendo una adaptación del welfare state que, como un mito del desarrollo occidental, Margaret Tatcher comenzaría a desmontar en el Reino Unido durante esa década.
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Con la caída del Bloque Soviético, se cuestionaría el rol del estado-empresario para dar paso a la corriente privatizadora (Caballero, 1998, p. 175) y que en Venezuela, de la mano del segundo mandato de Carlos Andrés Pérez (1989-1993), llegaría el “nuevo modelo” que popularmente se bautizaría como “neoliberal”. Desmontar el welfare state que, a partir del 23 de enero de 1958, es decir, la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, era parte del ideario nacional traería sus consecuencias inmediatas: una de ellas fue el estallido social del 27 de febrero de 1989, conocido como el “Caracazo”, por el alza del precio de la gasolina y otra fue el intento militar de Golpe de Estado el 4 de febrero de 1992. Ambas representarían las puertas de las sucesivas crisis sociopolíticas e institucionales de Venezuela.
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Esa promesa deslavazada con el “fin de los relatos” traería su erosión que Caballero cataloga como “las crisis de las instituciones” venezolanas con sus consecuencias psicológicas en lo colectivo en varios puntos como los antes mencionados y que queremos destacar tres más: 1) La idea del petróleo como salvador omnipresente y la vuelta al “sembrar el petróleo” para fortalecer las industrias. 2) El escepticismo de los venezolanos respecto al gobierno y la esperanza en el estado paternalista. 3) La erosión de los partidos políticos tradicionales y el cese de su monopolio social que, tras las dos intentonas fracasadas de Golpe de Estado en 1992, añadirían otro episodio a la narrativa: la figura del teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías con su “Por ahora” acrecentándose en la consciencia nacional. A partir de este último hecho, se abonaría una gran contradicción que marcaría la senda del país: mientras aumentaba el culto a Chávez, principalmente desde la izquierda con partidos pro-insurrectos como La Causa R, las encuestas indicaban que los venezolanos deseaban vivir en un régimen democrático (Caballero, 1998, p. 189).
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El elemento que hacía de baremo en la sociedad, luego de la liberación de Hugo Chávez durante el último mandato de Rafael Caldera (1994-1999), era la “… permanencia de un fondo de autoritarismo nostálgico” (Caballero, 1998, p. 189) que se manifestaban en algunos “fenómenos”: Marcos Pérez Jiménez elegido senador en 1968 y el de Carlos Andrés Pérez de la “democracia con energía” de 1973 (Caballero, 1998, p. 189). Es necesario aclarar que esa nostalgia autoritaria y su auge en periodos de crisis no es un indicio único en Venezuela y Latinoamérica, sino que en Europa también suelen brotar las venas nacionalistas, surgiendo tendencias fascistas como complejas respuestas de identidad ante esas crisis y que, como rescata Caballero (1998), son las sociedades las que soportan esos discursos y acciones autoritarias con “…voluntad mayoritaria, si no unánime (p. 189). Otro síntoma, por llamarlo de alguna forma, de la tendencia autoritaria es el “anti-todo” que brota en la población marginada a servir a las opciones más radicales no de política, sino morales (Caballero, 1998, p. 189). A esto le sumamos el “anti-adequismo” que se concentró después de las intentonas de golpe, no solo en el ala misma de ese partido político y en parte de la población, sino en muchos intelectuales (Caballero, 1998, p. 190). El juicio a CAP en 1993, gracias a la misma separación de las instituciones democráticas, representaba un golpe a la cara más visible de AD, luego de Rómulo Betancourt, y siendo dicho partido el más exitoso en las bases populares, representaba un golpe a la institucionalidad venezolana: a descreer en su imperfecta capacidad integradora de la política, al menos partidista, en la sociedad. De este modo, el alud de los outsiders, es decir, los que no pertenecían a las esferas de los partidos tradicionales, se concentraría en el poder gubernamental hasta cimentarse en la victoria de Hugo Chávez Frías en las elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998, ganando con el 56,20% de los votos.


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