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| Oluf August Hermansen, Landsvale, digesvale og gråspurv (1892) |
Un barrio.
Cambio de acera.
Una fregona en el escalón,
aparece y desaparece.
Agua-lejía se derrama,
más allá del límite del portal,
y salpica las botas que visto.
Me cambio de acera.
Como el espacio entre paréntesis,
esas calles añaden detalles,
escurren el barrio, para tenerlo al sol,
si es que sale.
Una señora pisa el charco,
escapa el poco aire de sus pulmones resecos,
castiga los nudillos agarrando el andador,
se resbala la bolsita de farmacia del cestillo.
Encuentra una fracción de mi mirada,
suspendida en el vuelo del polímero.
Sedoso, poco fiable en su aterrizaje,
permite que las cajitas se escapen.
Cambio de acera.
Entonces, aparece la fregona.
Paso seguido, ella.
Así, en triángulo equilátero,
coexistimos llanamente las tres.
La señora, ella y yo.
Me arrodillo, ella se arrodilla,
la señora suspira.
Salpican las asas de la bolsita,
de nuevo, traicionera a la confianza de la clienta.
La señora suspira.
Me disculpo como si la bolsita me perteneciera,
ella se disculpa por el arraigo del hábito,
por el "agua-va" anticuado.
La señora sonríe
y cambia de acera.
*
La Señora Soledad.
En tantas mañanitas en tu compañía,
ocupó el espacio sobrante su presencia.
Un teléfono fijo, facturas en sobres rasgados,
testificando el paso del tiempo.
Cada vez más apergaminados y amarillentos,
crecían incontables suscripciones parroquiales.
Me pregunté, en ocasiones, quien voltearía
la decena de calendarios,
de pared, bolsillo, mesita de noche,
que pretendían equilibrarse, circenses,
en las pizcas diáfanas de cada mueble.
En cambio, recuerdo cambiar de hora
los diez relojes, en octubre y primavera.
El silencio evidenciaba su solidez,
realidad y consistencia, aún más.
La soledad aparecía corpórea,
imitando la dureza de la materia,
sin olvidar la fluidez de un gas espeso
que irrita la memoria y el ánimo.
Cada mañana cerraba tras mí
la puerta de entrada, al fin.
Me despedía de mi Señora Amiga
y de la Señora Soledad,
que, ocupando todo el espacio posible,
permanecía en su salita de estar.
*
Los 30.
Me ahogan los 30,
cancerosos, acechando.
Me ahoga el mercado inmobiliario.
Me ahoga el menú semanal,
imantado a la nevera
con un souvenir industrial,
de un lugar al que viajó, no yo, otro.
Me ahogan las demandas de los usuarios.
Y el antídoto, ridículo,
es leer el periódico, criticar las crónicas,
desde la pantalla,
comer judías cocidas,
despertar y que sea martes.
Y el antídoto, escurridizo,
a la adultez emergente,
es tremendamente adulto
en contenido y continente.
A través de los versos, la lectura de este poemario presenta a los gorriones que han habitado o habitan la vida de la autora. Así mismo, se conocen sus siembras, cosechas y unas cuantas migas. Encarnadas en palabras, estas reflejan aprendizajes, transparencias e intimidad, que pretenden reverberar en corazones y conciencias.


