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| Natasha Rangel (Imagen cedida por la autora) |
Natasha Rangel (Caracas,
1994) es una escritora, editora, facilitadora y correctora de estilo venezolana
que ha publicado los libros Estorninos
negros y Un animal impronunciable. Ganadora del premio Lo Mejor de Nos en su sexta
edición con la historia Saborear la casa
en una sopa de arroz. Sus cuentos han sido publicados en las revistas
Digopalabratxt, Liberoamérica, Letralia y Zancada, además de integrar
diversas antologías publicadas en Venezuela, México y Estados Unidos.
Antes de escribirle para una entrevista vía correo electrónico, leo un breve compendio de sus obsesiones: el folk, el horror, el storytelling de los videojuegos y el arroz chino. Además, no toma café, aunque sabe hacerlo. Por último, y no como dato menor, piensa que la escritura es una extensión del andar, algo que comparto profundamente, haciendo de Rangel parte de ese grupo selecto de escritores (Nietzsche, Walser, Rimbaud, etc…) que escriben con sus pies.
Dado ese simpático comienzo, seguimos con Punto y Coma, una sección para, de ser posible, charlar con narradores, editores y todos aquellos involucrados en el género narrativo. Así me propuse escribirle a Natasha para que nos hable sobre sus libros, su quehacer escritural, publicaciones, influencias y proyectos.
1) Tu resumen académico y literario nos indica que estudiaste Letras (UCV) y un magíster en Escritura Creativa (Universidad de Texas), además de ser la autora de «Estorninos negros» y «Un animal impronunciable». ¿Cómo nace tu interés por la escritura hasta hacerlo tu profesión y oficio?
N.R.: Te respondo
esto en medio de un día nublado y ventoso en El Paso. Junto al balcón de mi
casa hay un ejemplar raquítico de la Red Push Pistacia que ha aguantado varios
inviernos. Este año, tras retoñar, una persistente reinita pensilvania viene a
cantar posada en sus ramas cada mediodía. Tu pregunta, sin embargo, me hace
pensar en apamates; me gusta esa palabra, me gustan mucho las palabras, en
general, pero tengo la mala costumbre de reemplazarlas pronto en mi cabeza. Me
sucede al intentar memorizar los nombres de árboles y plantas y animales, solo
los que han logrado hacerse imagen en mi interior logran resistir las listas de
palabras que vomita mi curiosidad. Escribir es, para mí, un oficio de la
memoria y una forma de traducir las lecturas del cuerpo. Ya lo he dicho en
varias oportunidades, pero me parece que es una cosa metabólica: puedo sentir
todo de manera más intensa si lo escribo y sé que voy a recordarlo si
trabajo bien las capas del lenguaje. Pero puedo ir incluso más atrás en estas
apreciaciones, porque creo que el impulso también responde al deseo secreto —ya
no tan secreto en tanto lo estoy revelando acá— de preservar el tono y la
elocuencia con que las mujeres de mi familia me cuentan sus historias. El
tiempo es un gran devorador de la voz. Si escribo, si consigo reproducir las
inflexiones, el ritmo y los derroteros laberínticos de las anécdotas
familiares, tal vez pueda construir el mapa de las voces a las que quiero
volver. Ahí está el oficio.
2) Los videojuegos, el terror, lo gótico, el cine, lo mítico, en definitiva, el entretejimiento simbólico nutren tu narrativa. También, considero, tu aproximación a lo monstruoso es indisociable de lo femenino desde esa óptica de lo extraño, lo penado y marginado por la sociedad. ¿Cómo fue el proceso de escritura de «Estorninos negros» (DosPájaros, 2024) y de «Un animal impronunciable» (Trazos de Aves, 2025)?
N.R.: Los procesos
fueron muy diferentes. Con Estorninos quise explorar las promesas
infinitas de la infancia, la contundencia del presente en la mirada de los
niños. Creo que el inconsciente, la fragmentariedad, las sombras, lo monstruoso
y los juegos de focalización son algunos de los elementos que componen cierta
estética narrativa de lo femenino y mi escritura tiende a emplearlos de manera
natural. Me encanta lo fragmentario por su capacidad de retar la memoria del
lector, así como también su rango de atención. Del videojuego me fascinan las
capas de sentido que se condensan a través de los detalles, de los signos no
verbales. La regresión infantil, por su parte, detona con facilidad el
extrañamiento. Estorninos empezó a gestarse en el banco de un parque
cuando Miguel Hidalgo Prince —que entonces era uno de los editores del portal
Contrapunto, donde yo era pasante— me contó que lo perseguían los pájaros.
Yo ya tenía rato pensando en niños que sostenían una relación peculiar con las
pesadillas, pero cuando Miguel me comentó esta particularidad suya, los niños
se fusionaron en uno solo: un niñito inmigrante, tímido y ojerizo llamado
Wilhelm Johannes Prize a quien no solamente lo perseguían los pájaros, sino que,
además, poseía la habilidad de escupir estorninos que se le formaban en el
estómago. Lo que vino a continuación fue interesante porque Wilhelm no me
reveló su historia de inmediato, sino que dejó que otra voz tomara la luz por
él. A veces pienso en Cordelia como el monigote de una caja de resorte. Ella
asumió las riendas del texto rápido, era muy difícil callarla. Aunque tengo la
sensación de haberme quedado corta con la historia, me parece que la yo de mis
veintes sí tuvo algo de éxito al representar su corporalidad y lo dominante de
su presencia en el texto. A partir de ahí, mi obsesión fue narrar la
inevitabilidad del vínculo entre ambos personajes.
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| Estorninos negros (Foto cedida por la autora) información en https://www.instagram.com/dospajarosediciones/ |
Los vínculos son una gran obsesión mía. Me
parece que son una fuente espectral, expansiva y contaminante. Esa sensación
está en los cuentos de Un animal impronunciable. Me atraen las ruinas,
los arquetipos, las repeticiones y rituales que construyen nuestra identidad.
El animal acabó siendo un tributo a las genealogías, a lo que las
mujeres no se atreven a verbalizar, a la crueldad, a la rabia, a la
incertidumbre de las heroínas que caminan a tientas en la oscuridad y que
avanzan a pesar de intuir que ellas son el verdadero monstruo oculto en la
hierba alta. Escribí a los personajes de esos cuentos con la intención de
asimilar esa monstruosidad interior; irónicamente, el miedo, para mí, yace en
la ausencia del monstruo, en la informidad de lo blanco.
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| Un animal impronunciable disponible en https://trazosdeaves.cl/libros-ave/zorzal-mecanico/un-animal-impronunciable/ |
3) ¿Qué significó ser parte de «Feroces: Compilación de autoras jóvenes venezolanas» (Sello Cultural, 2023), «Cabezas en la ventana. Antología de terror latinoamericano» (Elefanta Editorial, 2024) y, recientemente, «Madrigueras: Una antología de Imaginación» (Entretierras, 2026)?
N.R.: Una vez más, se trata de experiencias con características propias. Feroces supuso encontrar a una comunidad de escritoras e interlocutoras de mi país. Siempre he dicho que Andrea Leal es mi hermana de escritura, mi interlocutora más directa debido a la cercanía y el tratamiento de los temas; pero Feroces fue la oportunidad de leer el trabajo de autoras contemporáneas con estilos y perspectivas muy diversas. Yo le huyo a la homogeneidad, no me interesa leer a gente que escriba “igual” o “parecido” —de hecho, me fastidian un poco las cuñas editoriales que tratan de “venderte” a otras autoras según qué tanto se parecen a otras: “Si te gustó el libro de fulana, seguro vas a querer leer a mengana”. Es aburridísimo eso porque condicionas al lector antes de que se abra a la experiencia de mundo de este nuevo libro— ¿Para qué? ¿Dónde está la voz? ¿Qué es lo que tienes para decir? Debería haber tantas propuestas como tipos de lector; y Feroces fue el abrebocas para mirar esa variedad y continuar buscándola en mi país.
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| Feroces disponible en https://www.amazon.com/-/es/Feroces-Compilaci%C3%B3n-autoras-j%C3%B3venes-venezolanas/dp/B0CQHNTJFM |
Cabezas en la ventana, por otro
lado, fue la entrada a un mercado inmenso como el mexicano. Todavía flipo
recordando a Alberto Chimal leyendo el inicio de mi cuento “Cabeza de cerdo” en
la presentación que hubo en Librerías Gandhi. El impacto se irá viendo conforme
pase el tiempo, pero es una antología que me regaló la ilusión de
horizontalidad junto a nombres de autoras que admiro como Enza García Arreaza,
Verena Cavalcante, Elaine Vilar Madruga y Mariana Enriquez. Tanta exposición
apabulla, pero es bonito imaginar que hay un “archipiélago” de papel en el que
nuestras historias son vecinas.
Finalmente, Madrigueras me entusiasma un
montón por lo que representa para la literatura imaginativa con sello
venezolano. Creo que Tito Herbonniére es una de las voces más singulares que
trae la antología. Pero, en líneas generales, me parece que la propuesta de la
editorial Entretierras nos invita a hurgar en nuestro imaginario y a discutir
las estéticas, las fallas y las potencialidades de nuestros sistemas de
creencias.
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| Disponible en https://www.entretierraseditorial.com/nuestros-libros |
4) En nuestra época desbordada por la multimedia, ¿cuál consideras es el impacto de las redes sociales y medios digitales en su obra?
N.R.: Me atrae
experimentar con formatos que reten mi manera de leer. Creo que no mencionaría
las redes sociales como tal, pero sí los podcasts, por ejemplo; las
transcripciones de audio e, inclusive, la disposición de los archivos en Google
Drive como contenedores y medios de representación de la escritura. Esto último
fue algo que usé en el cuento “Wendigo” que está en Un animal impronunciable.
Me llama muchísimo la atención ver cómo el uso de un medio puede servir como
relato secundario de una historia. Recuerdo que en Project Zero, que es una de
mis franquicias favoritas, los objetos y los diarios servían como formas de
caracterizar los espacios, el inconsciente y las motivaciones de las personas haunted
del juego. Y, de nuevo, la fragmentariedad en estos dispositivos servía no solo
para crear un relato coral y comunitario, sino para enfatizar la atmósfera poco
confiable de la narrativa.
5) ¿Posee algunos referentes literarios/influencias que te han acompañado en tu proceso escritural?
N.R.: Montones y
cambian según el proyecto. Ahorita estoy con los fanzines de Hellebore;
películas como Gaua, Onibaba, Lord of Misrule; antologías
de gótico botánico; y la música de Kiki Rockwell, Eva Chatelain, Raury, Bôa,
Baba Yaga Team y Otyken. Creo que la música suele definir mucho de mis
proyectos, incluso más que la lectura, en ocasiones.
6) ¿Tienes algún proyecto literario en mente a largo o mediano plazo?
N.R.: Tengo varios,
pero voy por partes. En este momento, la prioridad es terminar el proyecto que
tengo pautado con la editorial lecturas de arraigo; según yo, es una colección
de relatos que se mete con “lo vegetal”, pero una cosa piensa el burro y otra
el que lo monta.
7) En el cuento «Los cañaverales» (Pandilla Chang de jóvenes narradores, 2025), leemos:
«Para nosotros no había reglas, ni
responsabilidades, solo un principio básico: evitar el fuego».
¿Vivir para escribir o escribir para vivir?
N.R.: Vivir escribiendo.





