Las Flores Rotas

Blog de poesía + Artes Visuales + Entrevistas literarias

 

Quim Ramos (Foto cedida por el autor)


Quim Ramos o Joaquín Ferrer (Caracas, 1965) es un escritor y fotoperiodista venezolano. Radicado desde hace poco más de una década en Barcelona, balancea su labor periodística con los cuentos. Su narrativa ha sido publicada en sitios como Transtextos (Marcapágina), Mentekupa, Letralia entre otros.

Para seguir con Punto y Coma, una sección para, de ser posible, charlar con narradores, editores y todos aquellos involucrados en el género narrativo, me propuse molestar a Quim preguntándole sobre su visión del oficio, autores predilectos y el rol de las redes sociales digitales.

 

PREGUNTAS:

 

1) Empecemos por Joaquín Ferrer o Quim Ramos. Te has desempeñado como fotoperiodista tanto en diversos medios de comunicación (Grupo Últimas Noticias, The New York Times) y agencias de noticias (Reuters, EFE, entre otros). ¿Primero fue la imagen y después la palabra? ¿Cómo nace el escritor (y tu defensa de la escritura)? 


Q.R.: Ontológicamente son dos caras de la misma moneda, se complementan. Pero si hablamos de fotografía y escritura, entonces debo decir que la escritura fue primero; esa extraña costumbre de llenar con palabras una hoja en blanco me colonizó casi desde que tengo uso de razón. La fotografía vino mucho después. Pero como ya dije son vocaciones estrechamente ligadas.


     Supongo que un escritor nace leyendo. Es una conjunción que se da o no se da. Aunque esto último no es completamente exacto, porque la lectura también es una suerte de escritura. En todo caso, yo soy un lector que escribe.


   No sé si la escritura necesite defensa. Yo he querido escribir con completa libertad, incluso sin el yugo de la calidad. Escribir sin un propósito, sin moral, sin una visión. Por su puesto, si uno es honesto las obsesiones aflorarán, pero yo no las convoco. Lo que escribo proviene del inconsciente y pasa, sin procesar, directamente a la hoja.


     Voy a cometer una abominación y me voy a citar a mi mismo. Pido disculpas de antemano. Es un fragmento del cuento ¡Adiós, adiós! que me resume bastante bien:

 

“Ya deben haberse dado cuenta de que esta historia no tiene pies ni cabeza. De tener no tiene columna vertebral. Ni siquiera es una historia. Lo que muestro es una mente vagabunda. No hay punto de partida y mucho menos punto de llegada. Y en medio de esa nada, como ya creo haber dicho, solo divagaciones de la mente. Sí, pasarán cosas, supongo que pasarán, pero ancladas al vacío, colgadas de una nube que se desvanece. Un delirio sobre el abismo, eso es lo que será. O tal vez no. ¿Quién puede saberlo? Yo, desde luego, no. Yo avanzo a ciegas, a trompicones y tartamudeos. La linea recta me es esquiva, gracias a Dios. Pero Dios no existe, al menos no en estas hojas blancas envilecidas por la tinta. Si a algo se parecen estos garabatos es a un sueño. Tienen sus mismas oscuridades, sus mismas angustias, su capacidad de mezcla y su misma melancolía. En fin, que avanzo y retrocedo, doy más vueltas que un trompo, cambio de dirección constantemente, me pierdo, me hundo, surjo de la nada, atravieso los caminos, los dejo atrás, huyo de las señales, improviso y me confundo, aborrezco las iluminaciones y me abrazo a mis dudas”.

 

2) Has publicado «Los rayos también terminan en el abismo» (novela) y, recientemente, el libro de relatos «Un monstruo en casa y otros desastres cotidianos» (Barra Libros, 2026), además de diversos cuentos y microcuentos publicados en Letralia, Transtextos (Marcapágina), Mentekupa, entre otros espacios. Encuentro en tu obra varias obsesiones: la muerte, la resina de la melancolía que deja el tiempo pasado, la insatisfacción, el sufrimiento, pero todo rodeado de una construcción lúdica, introspectiva y observadora, dotada con altas dosis de denuncia en lo que subyace sin dejar a un lado ese doblez punzante de la amargura y comicidad. ¿Lo monstruoso vive mejor en la habitación del cuento o en la casa de la novela? 


Q.R.: En mi caso, que soy extremadamente vago y que lucho constantemente con los demonios del hastío y la melancolía, el cuento es mi mejor vehículo. No doy para mucho más. Tengo un puñado de novelitas sin terminar que muy sufridamente apenas pasarán de la página cien y con las que llevo luchando añales.


     En cuanto a obsesiones no soy muy original, pero creo que he conseguido una manera de contarlas que si no es original, al menos tiene un toque personal. Allí está ese narrador lúdico y ligeramente exaltado que puede ser muy bien una representación distorsionada de mi mismo.

 

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3) Viviendo en Barcelona desde hace tantos años, y siendo de Caracas, ¿la crónica de lo urbano pasa mejor por una foto o un texto?


Q.R.: Nada más llegar a Barcelona, salí a la calle a fotografiar con la intención de descubrir dónde coño me había metido, de cartografiar ese territorio extraño en el que me tocaba vivir. Y después de un tiempo trabajando en la discoteca, abrumado y asombrado por lo que veía en el local y afuera, en las callejuelas del barrio Gótico (la desenfrenada y decadente noche barcelonesa) me puse a escribir mis experiencias y a fotografiar lo que veía. Pero hablar de crónicas en mi caso sería inexacto. Para contestar a tu pregunta, se me da mejor retratar la “realidad” a través de la fotografía. Si hablamos en términos estrictamente periodísticos, la fotografía es mi arma. Cuando escribo, en cambio tiendo al delirio, al sueño, al disparate, al humor, a lo extraño.

 

4) ¿Posee algunos referentes literarios/influencias que te han acompañado en tu proceso de escritura?


Q.R.: Muchos y han ido variando a lo largo de los años: Las aventuras de Tintín, Los tres investigadores, Julio Verne, especialmente El faro del fin del mundo y Las aventuras del capitán Hatteras, Gabriel garcía Márquez y Cien años de soledad, Hemingway, Francisco Massiani, Henry Miller, Louis Ferdinand Celine, Sábato, Bukoswki, Vila-Matas. Y luego saltamos a los escritores del cono sur: Cesar Aira, Mario Levrero, Copi, Alberto Laiseca. Juan Emar. Puedo ampliarla mucho más, pero no tendría demasiado sentido, sería confuso. Pero mis cuatro jinetes del apocalipsis son: Miller, Celine, Aira y Copi, al que habría que agregar un quinto jinete: Vila-Matas.


     Un escritor es una amalgama de muchos escritores Especialmente yo soy como un camaleón, adquiero el tono del escritor que estoy leyendo. Hace años, cuando era joven y mucho más inexperto de lo que soy ahora, luchaba contra esas influencias. Ahora las utilizo a mi favor.

 

5) Leyendo una entrevista a Truman Capote (The Paris Review, The Art of Fiction no. 17, 1957), menciona que escribió sus relatos, crónicas y novelas en la cama, haciéndolo (junto a Juan Carlos Onetti), a diferencia de Hemingway que escribía de pie, un escritor horizontal. ¿Qué te hace parar, acostarte o sentarte a escribir?


Q.R.: Yo escribo dónde, cómo y cuándo puedo, rascando tiempo a las obligaciones laborales y familiares y luchando contra mis demonios personales. Así que la postura no es una cuestión importante. Eso sí, siempre en la computadora. Con el tiempo he desarrollado una incomprensible (o quizás no tanto) fobia al lápiz y a la hoja de papel.

 

6) ¿Cuál crees que sea el rol que cumple la poesía en tu vida?


Q.R.: Es una pregunta que nunca me he planteado. No sabría qué responder. Estoy muy ocupado sobreviviendo para pensar en abstracciones. Escribo que ya es bastante. Y ese acto, el de escribir, me ayuda a ir tirando. Con eso me conformo. Si tuviera que imponerle un rol, sería el de salvavidas.

 

7) En «Los rayos también terminan en el abismo», leemos:

«Escribir da hambre, digo a media voz...»

 

¿Vivir para escribir o escribir para vivir?


Q.R.: Esta es otra abstracción que se me escapa y que no sé cómo contestar. No soy un hombre de ideas. Yo vivo y escribo o, mejor dicho, yo sobrevivo y escribo. Pero sí es muy posible que sin la escritura no habría podido llegar hasta aquí o habría llegado convertido en un monstruo mucho más abominable que el monstruo que soy ahora mismo.

 

8) Además de tu cuento ¡Adiós, Adiós!, si alguien quiere empezar a leerte, ¿cuál le recomendarías?


Q.R.: Yo tengo estos cuentos disparatados, surrealistas, delirantes, absurdos oníricos, fantásticos o como quieran llamarlos y luego está esa especie de saga (también bastante disparatada) en la que Jordi Jones, ese escritor frustrado, es el protagonista junto a su esposa Rosa Inés y sus dos hijos. Si me pides elegir, pues diría que cualquiera de los cuentos en los que aparece Jordi Jones. Hay unos cuantos publicados por ahí.

 

9) ¿Has pensado adentrarte en otros géneros literarios?


Q.R.: No soy un escritor profesional. Con el tiempo he llegado a controlar un par de registros y de allí me resulta muy difícil salir. He fantaseado con escribir novela negra y algo de ciencia ficción para chicos. Escribir con sentido comercial. Tengo un par de cosas comenzadas que nunca terminaré. Incluso un esbozo de personaje, el comisario Jacinto Salvatierra, un policía corrupto muy parecido físicamente a Bukowski y con el mismo deseo desenfrenado de follar.

 

10) ¿A qué se debe la urgencia por narrar?


Q.R.: Hace muchos años un amigo me dijo que a mi me deleitaba más pensar en escribir que el mismo acto de escribir. Me di cuenta con el tiempo que ese amigo tenía razón. Yo soy como el perro que da vueltas y vueltas alrededor de su lecho antes de echarse sobre él. No se de dónde surge o a qué se debe esa urgencia, esa necesidad. Ha estado allí desde siempre. Supongo que es una defensa contra el tedio de la realidad, contra su insoportable monotonía y vileza.

 

11) ¿Cómo llevas el rol de las redes sociales y la escritura? ¿Crees que sea mayor el beneficio o el apuro por publicar?


Q.R.: Las uso mucho para mostrar mi trabajo. Sin embargo estoy convencido que son una estafa, una trampa cazabobos en la que caemos conscientemente por miedo a que si no caemos nos disolveremos en la nada. Los likes son una farsa y en lineas generales a nadie le interesa lo que haces ¿Pero quién se atreve a dejarlas? Al menos así me leen unos cuantos amigos y conocidos. Peor es nada, ¿no?

 

Natasha Rangel (Imagen cedida por la autora)


Natasha Rangel (Caracas, 1994) es una escritora, editora, facilitadora y correctora de estilo venezolana que ha publicado los libros Estorninos negros y Un animal impronunciable. Ganadora del premio Lo Mejor de Nos en su sexta edición con la historia Saborear la casa en una sopa de arroz. Sus cuentos han sido publicados en las revistas Digopalabratxt, Liberoamérica, Letralia y Zancada, además de integrar diversas antologías publicadas en Venezuela, México y Estados Unidos.

Antes de escribirle para una entrevista vía correo electrónico, leo un breve compendio de sus obsesiones: el folk, el horror, el storytelling de los videojuegos y el arroz chino. Además, no toma café, aunque sabe hacerlo. Por último, y no como dato menor, piensa que la escritura es una extensión del andar, algo que comparto profundamente, haciendo de Rangel parte de ese grupo selecto de escritores (Nietzsche, Walser, Rimbaud, etc…) que escriben con sus pies.

Dado ese simpático comienzo, seguimos con Punto y Coma, una sección para, de ser posible, charlar con narradores, editores y todos aquellos involucrados en el género narrativo. Así me propuse escribirle a Natasha para que nos hable sobre sus libros, su quehacer escritural, publicaciones, influencias y proyectos.

 

1) Tu resumen académico y literario nos indica que estudiaste Letras (UCV) y un magíster en Escritura Creativa (Universidad de Texas), además de ser la autora de «Estorninos negros» y «Un animal impronunciable». ¿Cómo nace tu interés por la escritura hasta hacerlo tu profesión y oficio?

N.R.: Te respondo esto en medio de un día nublado y ventoso en El Paso. Junto al balcón de mi casa hay un ejemplar raquítico de la Red Push Pistacia que ha aguantado varios inviernos. Este año, tras retoñar, una persistente reinita pensilvania viene a cantar posada en sus ramas cada mediodía. Tu pregunta, sin embargo, me hace pensar en apamates; me gusta esa palabra, me gustan mucho las palabras, en general, pero tengo la mala costumbre de reemplazarlas pronto en mi cabeza. Me sucede al intentar memorizar los nombres de árboles y plantas y animales, solo los que han logrado hacerse imagen en mi interior logran resistir las listas de palabras que vomita mi curiosidad. Escribir es, para mí, un oficio de la memoria y una forma de traducir las lecturas del cuerpo. Ya lo he dicho en varias oportunidades, pero me parece que es una cosa metabólica: puedo sentir todo de manera más intensa si lo escribo y sé que voy a recordarlo si trabajo bien las capas del lenguaje. Pero puedo ir incluso más atrás en estas apreciaciones, porque creo que el impulso también responde al deseo secreto —ya no tan secreto en tanto lo estoy revelando acá— de preservar el tono y la elocuencia con que las mujeres de mi familia me cuentan sus historias. El tiempo es un gran devorador de la voz. Si escribo, si consigo reproducir las inflexiones, el ritmo y los derroteros laberínticos de las anécdotas familiares, tal vez pueda construir el mapa de las voces a las que quiero volver. Ahí está el oficio.

 

2) Los videojuegos, el terror, lo gótico, el cine, lo mítico, en definitiva, el entretejimiento simbólico nutren tu narrativa. También, considero, tu aproximación a lo monstruoso es indisociable de lo femenino desde esa óptica de lo extraño, lo penado y marginado por la sociedad. ¿Cómo fue el proceso de escritura de «Estorninos negros» (DosPájaros, 2024) y de «Un animal impronunciable» (Trazos de Aves, 2025)?

N.R.: Los procesos fueron muy diferentes. Con Estorninos quise explorar las promesas infinitas de la infancia, la contundencia del presente en la mirada de los niños. Creo que el inconsciente, la fragmentariedad, las sombras, lo monstruoso y los juegos de focalización son algunos de los elementos que componen cierta estética narrativa de lo femenino y mi escritura tiende a emplearlos de manera natural. Me encanta lo fragmentario por su capacidad de retar la memoria del lector, así como también su rango de atención. Del videojuego me fascinan las capas de sentido que se condensan a través de los detalles, de los signos no verbales. La regresión infantil, por su parte, detona con facilidad el extrañamiento. Estorninos empezó a gestarse en el banco de un parque cuando Miguel Hidalgo Prince —que entonces era uno de los editores del portal Contrapunto, donde yo era pasante— me contó que lo perseguían los pájaros. Yo ya tenía rato pensando en niños que sostenían una relación peculiar con las pesadillas, pero cuando Miguel me comentó esta particularidad suya, los niños se fusionaron en uno solo: un niñito inmigrante, tímido y ojerizo llamado Wilhelm Johannes Prize a quien no solamente lo perseguían los pájaros, sino que, además, poseía la habilidad de escupir estorninos que se le formaban en el estómago. Lo que vino a continuación fue interesante porque Wilhelm no me reveló su historia de inmediato, sino que dejó que otra voz tomara la luz por él. A veces pienso en Cordelia como el monigote de una caja de resorte. Ella asumió las riendas del texto rápido, era muy difícil callarla. Aunque tengo la sensación de haberme quedado corta con la historia, me parece que la yo de mis veintes sí tuvo algo de éxito al representar su corporalidad y lo dominante de su presencia en el texto. A partir de ahí, mi obsesión fue narrar la inevitabilidad del vínculo entre ambos personajes.

 

Estorninos negros (Foto cedida por la autora) información en https://www.instagram.com/dospajarosediciones/


Los vínculos son una gran obsesión mía. Me parece que son una fuente espectral, expansiva y contaminante. Esa sensación está en los cuentos de Un animal impronunciable. Me atraen las ruinas, los arquetipos, las repeticiones y rituales que construyen nuestra identidad. El animal acabó siendo un tributo a las genealogías, a lo que las mujeres no se atreven a verbalizar, a la crueldad, a la rabia, a la incertidumbre de las heroínas que caminan a tientas en la oscuridad y que avanzan a pesar de intuir que ellas son el verdadero monstruo oculto en la hierba alta. Escribí a los personajes de esos cuentos con la intención de asimilar esa monstruosidad interior; irónicamente, el miedo, para mí, yace en la ausencia del monstruo, en la informidad de lo blanco.       

 

Un animal impronunciable disponible en https://trazosdeaves.cl/libros-ave/zorzal-mecanico/un-animal-impronunciable/


3) ¿Qué significó ser parte de «Feroces: Compilación de autoras jóvenes venezolanas» (Sello Cultural, 2023), «Cabezas en la ventana. Antología de terror latinoamericano» (Elefanta Editorial, 2024) y, recientemente, «Madrigueras: Una antología de Imaginación» (Entretierras, 2026)?

N.R.: Una vez más, se trata de experiencias con características propias. Feroces supuso encontrar a una comunidad de escritoras e interlocutoras de mi país. Siempre he dicho que Andrea Leal es mi hermana de escritura, mi interlocutora más directa debido a la cercanía y el tratamiento de los temas; pero Feroces fue la oportunidad de leer el trabajo de autoras contemporáneas con estilos y perspectivas muy diversas. Yo le huyo a la homogeneidad, no me interesa leer a gente que escriba “igual” o “parecido” —de hecho, me fastidian un poco las cuñas editoriales que tratan de “venderte” a otras autoras según qué tanto se parecen a otras: “Si te gustó el libro de fulana, seguro vas a querer leer a mengana”. Es aburridísimo eso porque condicionas al lector antes de que se abra a la experiencia de mundo de este nuevo libro— ¿Para qué? ¿Dónde está la voz? ¿Qué es lo que tienes para decir? Debería haber tantas propuestas como tipos de lector; y Feroces fue el abrebocas para mirar esa variedad y continuar buscándola en mi país.


Feroces disponible en https://www.amazon.com/-/es/Feroces-Compilaci%C3%B3n-autoras-j%C3%B3venes-venezolanas/dp/B0CQHNTJFM


Cabezas en la ventana, por otro lado, fue la entrada a un mercado inmenso como el mexicano. Todavía flipo recordando a Alberto Chimal leyendo el inicio de mi cuento “Cabeza de cerdo” en la presentación que hubo en Librerías Gandhi. El impacto se irá viendo conforme pase el tiempo, pero es una antología que me regaló la ilusión de horizontalidad junto a nombres de autoras que admiro como Enza García Arreaza, Verena Cavalcante, Elaine Vilar Madruga y Mariana Enriquez. Tanta exposición apabulla, pero es bonito imaginar que hay un “archipiélago” de papel en el que nuestras historias son vecinas.

 

Finalmente, Madrigueras me entusiasma un montón por lo que representa para la literatura imaginativa con sello venezolano. Creo que Tito Herbonniére es una de las voces más singulares que trae la antología. Pero, en líneas generales, me parece que la propuesta de la editorial Entretierras nos invita a hurgar en nuestro imaginario y a discutir las estéticas, las fallas y las potencialidades de nuestros sistemas de creencias.  


Disponible en https://www.entretierraseditorial.com/nuestros-libros


4) En nuestra época desbordada por la multimedia, ¿cuál consideras es el impacto de las redes sociales y medios digitales en su obra?

N.R.: Me atrae experimentar con formatos que reten mi manera de leer. Creo que no mencionaría las redes sociales como tal, pero sí los podcasts, por ejemplo; las transcripciones de audio e, inclusive, la disposición de los archivos en Google Drive como contenedores y medios de representación de la escritura. Esto último fue algo que usé en el cuento “Wendigo” que está en Un animal impronunciable. Me llama muchísimo la atención ver cómo el uso de un medio puede servir como relato secundario de una historia. Recuerdo que en Project Zero, que es una de mis franquicias favoritas, los objetos y los diarios servían como formas de caracterizar los espacios, el inconsciente y las motivaciones de las personas haunted del juego. Y, de nuevo, la fragmentariedad en estos dispositivos servía no solo para crear un relato coral y comunitario, sino para enfatizar la atmósfera poco confiable de la narrativa.

 

5) ¿Posee algunos referentes literarios/influencias que te han acompañado en tu proceso escritural?

N.R.: Montones y cambian según el proyecto. Ahorita estoy con los fanzines de Hellebore; películas como Gaua, Onibaba, Lord of Misrule; antologías de gótico botánico; y la música de Kiki Rockwell, Eva Chatelain, Raury, Bôa, Baba Yaga Team y Otyken. Creo que la música suele definir mucho de mis proyectos, incluso más que la lectura, en ocasiones.  

 

6) ¿Tienes algún proyecto literario en mente a largo o mediano plazo?

N.R.: Tengo varios, pero voy por partes. En este momento, la prioridad es terminar el proyecto que tengo pautado con la editorial lecturas de arraigo; según yo, es una colección de relatos que se mete con “lo vegetal”, pero una cosa piensa el burro y otra el que lo monta.  

 

7) En el cuento «Los cañaverales» (Pandilla Chang de jóvenes narradores, 2025), leemos:

«Para nosotros no había reglas, ni responsabilidades, solo un principio básico: evitar el fuego».

 

¿Vivir para escribir o escribir para vivir?

N.R.: Vivir escribiendo.


M. M. J. Miguel (Foto cedida por el autor)

Con M. M. J. Miguel (José Miguel Mota Mendoza, 1989), escritor, editor y músico venezolano, seguimos con Punto y Coma, una sección para, de ser posible, charlar con narradores, editores y todos aquellos involucrados en el género narrativo.

M. M. J. Miguel se toma muy en serio lo especulativo y las fuentes inagotables de la imaginación fuera de los lindes materiales y perceptivos del realismo. Tesista de Letras (UCV), ha sido merecedor de la Mención honorífica en Solsticios: Concurso Venezolano de Cuentos de Fantasía y Ciencia Ficción (2017) y en el Premio de Cuento Julio Garmendia de la Policlínica Metropolitana (2023). Entre sus publicaciones podemos mencionar las antologías: Ecos de la tundra (2019), Brevelectric: narrativa sin sello (2020), Fractal (2023), Los novísimos (2023), Los elementos y el hado (2024) y Peregrinos en un mundo árboles entrelazados (2024).

La entrevista surge por el lanzamiento de Entretierras, editorial que reúne la literatura imaginativa actual de jóvenes escritores y escritoras en Venezuela. De este modo, a través del correo electrónico, le enviamos las preguntas para conocer más sobre él, su noción de la escritura, gustos literarios y dicho proyecto mencionado, además propiciar el debate sobre el panorama actual de la crítica, gestión cultural, edición de libros y publicación en el país.


PREGUNTAS:

 

1) Escritor, lector, músico y editor. Con esa síntesis, podemos decir que la creatividad y el conocimiento son parte de ti. ¿En cuál elemento creativo te sientes más cómodo?

 

M. M. J. Miguel: La verdad sea dicha: no estoy tan seguro de si al conocimiento le guste juntarse conmigo, y menos en estos últimos años donde mi holgazanería y desdén se acrecientan. Sin embargo, lo cierto es que los arranques de involucrarme con alguna rama artística provienen de la curiosidad y de la fascinación; me embeleso por la manera en que cada medio construye sus propios discursos, cómo los deforma, cómo se enfrentan al ruido. El arte es el depredador natural del ruido; una reacción en la que nuestros sentidos se resguardan para sobrevivir. En el preciso momento en que una escena de tal videojuego roza cierta inquietud, o tal pasaje de un libro nos sostiene la mirada, allí nace la verdadera lengua de la existencia, y comenzamos en cierta medida a traducir(nos) el espacio que habitamos y los pensamientos que nos circundan; participamos, quizá, de la experiencia más racional que tenemos como especie: la observación de una brecha expansiva entre lo vacuo y lo divino.

 

Perdón. Me puse muy místico, muy abstracto, para decir que el arte nos entrega cabeza en la medida en que nos reta y ejercita desde todos los sentidos posibles; desde la admiración, desde el repudio, desde el desenfado, desde la ironía, la risa y la tristeza. La relación con el mundo empieza a mutar, a intensificarse, y la única manera de no reventar desde dentro es intentar otorgar(nos) correspondencias con lo que tengamos a la mano. A algunos les funciona el aspecto sonoro, sea con un instrumento o la manipulación de las ondas físicas; a otros, terraformando materiales, mezclando pinturas; muchos, creando experiencias inmersivas desde lo digital; y al resto, nos simpatizan las palabras y sus infinitas combinaciones desde la imaginación. En este aspecto he sido afortunado al pasar por cada peldaño y absorber un poquito de cada cosa; desde el tronador acorde de un amplificador distorsionado hasta la solitaria languidez de la escritura. He hecho de la música y de la literatura mis escuderas; no sé si habré tenido el talento suficiente en alguna para crear algo memorable, y sé que se me acaba el tiempo; puede que me lean cuando ya esté muerto. Quisiera mentir al decir que estoy en paz con esa idea. 

 

Lo cierto es que no me veo en otro oficio. Convivo con el arte, con mis creaciones, con los espacios que me he procurado para seguir en esto, con las ideas inconclusas, con la noción de que podría dar más en cada área. Me arrebata escuchar música, y en su momento estudiarla a profundidad, grabar un disco y andar de gira (dentro de las posibilidades que brindaba este país); también disfruto mucho leyendo, escribiendo, corrigiendo, conversar imaginariamente con otros autores vivos o muertos; gozo de llevar la contraria, por necedad, a literatos que parecen solo conversar con ellos mismos o sus homólogos alcahuetas. En fin, el arte sonoro y escrito es lo mío, con mis maneras, con mis mañas.    

 

2) En tu labor como editor has estado detrás de Brevelectric, Pasillo y ahora Entretierras (junto a Marian De Marcos). ¿Cómo nace la editorial?

 

M. M. J. Miguel: Es una historia menos épica de lo que se espera. Nace como la mayoría de las cosas a las que me avoco: posiblemente por insatisfacción, molestia, y un autoimpuesto deber del hacer al respecto sin importar los recursos, el capital humano, el tiempo u horas de sueño disponibles. Brevelectric me dejó un buen andamiaje sobre la movida literaria emergente en Venezuela, además de evidenciarme una problemática recurrente en lo que respecta a los espacios para la divulgación de la narrativa. Cabe destacar que Natasha Rangel fue quien me abrió las puertas a participar en el proyecto, y puedo decir con total seguridad que hacer equipo con Andrea Leal y Verónica Flórez fue una escuela sobre cómo sacar el cuento de la página. En cuanto a Pasillo, la revista surge por una necesidad expresiva impulsada por el inexistente interés de las instituciones universitarias, sobre todo en Letras, de editar revistas literarias; sin desmeritar a la academia, que aparentemente nunca hace nada mal, en estos recovecos hay una constante castración de la escritura y de la crítica divergente, cosa contradictoria, pues una crítica complaciente termina siendo propaganda. Quienes integrábamos el comité editorial (alrededor de nueve personas) nos asimos a la idea de que la revista era un taller, y ¡vaya taller! Hasta el día de hoy no conozco alguna otra revista universitaria venezolana contemporánea que le haya puesto más empeño a la edición de sus artículos, de sus ensayos, de sus cuentos y demás asuntos, con errores incluidos; fue nuestro orgullo durante esos cuatro números que existió. Lo destacable es que fue una iniciativa de estudiantes, que a pesar de tener un parcial mañana o mendigar para el pasaje, se daban con todo a quemarse las pestañas, sin remuneración económica y nada más que la voluntad de hacer literatura. A mí que no me venga algún crítico literario residenciado en el exterior a decir que en Venezuela no se trabaja para preservar el arte de la palabra que tanto dicen amar.

 

Ahora, fundar Entretierras Editorial parece natural si se toma en cuenta lo anterior; y también Letras te da nociones sobre el mundo del libro. Con estas herramientas a la mano, algo de seso, y la ayuda de Marian De Marcos, quien trabajó conmigo en Pasillo, puse en marcha el proyecto de armar una casa creativa para la literatura imaginativa en Venezuela: fantasía, fantástico, ciencia ficción e híbridos de lo extraño. No me interesa la hegemonía del realismo; me llaman, eso sí, la capacidad de recrear, conversar y narrar otros mundos; soy acérrimo defensor de las alteridades, e incluso mi trabajo como escritor circunda una poética de la otredad, del velo discurrido. Bajo esta premisa, y como reto personal —mi excusa para eludir la tesis de pregrado— convoqué a doce autores venezolanos y emergentes, para editar una antología de cuentos que abarcasen la literatura fantástica en su amplio espectro. Al principio no me lo tomaba muy en serio; era un experimento autogestionado, pero fue escalando hasta que tomé la decisión de consolidar Entretierras Editorial como lo que estaba destinada a ser: la única editorial venezolana dedicada a la literatura imaginativa. Aquí queremos darle voz a todo entusiasta de faërie; esa es la misión. (Nota: cuando hablo de consolidar me refiero a registrar la empresa, pagarle a los autores, hacer contratos, gestionar cada eslabón del proceso de edición, intercambiar constantemente el empuje del artista con el aura del vil mercantilista; es decir, un «emprendimiento» con libros).

 

3) Madrigueras reúne una docena de cuentistas jóvenes de Venezuela. Sabemos lo complicado que es editar en nuestro país. ¿Qué nos puedes contar sobre los desafíos actuales en el mundo editorial venezolano?

 

M. M. J. Miguel: El primer desafío es admitir que la narrativa venezolana tiene más tela que sus propias tragedias. No vale contar a Venezuela si se hace desde la pornomiseria disfrazada de literatura. Eso es urdir un encantamiento de embaucadores. A quien le quede el saco. Como dice una buena colega, tenemos un problemón de diversificación lectora, y esto trae como consecuencia que las discusiones giren más o menos sobre lo mismo. Las razones son bien conocidas. La cuestión con esto es que los narradores, los escritores venezolanos, y los que interesan para un proyecto así, están algo dispersos, escondidos o no existen de plano. Reunir un grupo de autores diligentes y con criterio para formar parte de la primera antología de una editorial, y de paso de corte imaginativo, fue retador. De nuevo tengo que darle las gracias a Brevelectric y a Pasillo porque a muchos pude leerlos en esos proyectos independientes. 

 

El segundo problema es un corolario de lo anterior. Las pocas editoriales que sobreviven acá lo hacen como pueden, eso dicen, dentro de su extraño hermetismo, y con la difícil tarea de hacer circular sus libros a nuevos lectores. De vez en cuando hay ferias, pequeñas presentaciones, y aún así el panorama editorial venezolano se siente como un gran fantasma, uno pesado que deriva adonde sople el viento. Sin embargo, y parece que hay que recordarlo como si no fuese una obviedad, hay gente escribiendo, creando, dando rienda suelta a lo que quiere decir. Hay que buscarlos, darse a la tarea de escucharlos y leerlos. Muchos de los que estamos peleando por el arte desde acá nos conocimos en La Semana de la Narrativa 2019, auspiciada por Revista Ojo y Ficción Breve, por ejemplo. Mientras más le doy vuelta, concluyo que ese evento fue el punto de inflexión para que los narradores emergentes y contemporáneos nos viéramos las caras y empezáramos a actuar desde nuestras propias trincheras. El brazo fuerte de Brevelectric, Pasillo y Gato Negro surgió de esa iniciativa. No debería pasarse por alto si alguien decidiera registrar la historia de la narrativa sin sello. 

 

Otra cosa es que tampoco se reedita mucho, ni lo nuevo ni lo viejo. Estamos atrapados en el abismo de la segunda mano, en cambalaches y donaciones de bibliotecas enteras. No me gusta pensar que leer es un lujo; al contrario, leer es una vía de libertad que el mundo contemporáneo parece cercenarnos en la creciente ola de los autoritarismos análogos y digitales.

 

Por último, los costos de producción literaria son suficientes para tumbar las aspiraciones de cualquiera. Si bien la edición digital facilita la distribución, en carne propia hemos notado que el lector nacional sigue sin adaptarse a este formato; cosa que es irónica porque también somos un sector experto en piratear, con toda la razón del mundo, pues somos un país aislado y hay que bandearse alternativas. Nosotros como editorial hemos puesto a disposición la venta de Madrigueras en formato digital fuera de Amazon KDP para los lectores de Venezuela, y lo que podría ser ventana no ha dado resultado. Claro está, estamos empezando, así que suponemos que al crecer el catálogo, la opción sea más atractiva. 

 

(Valga la cuña. Pueden adquirir Madrigueras por acá)

 

El mayor reto es intentar sortear todo al mismo tiempo, en todo momento y lugar, y no volverse loco. Hacer libros no es fácil. Es un arte. Y todo arte requiere paciencia.

 

Disponible en https://www.entretierraseditorial.com/nuestros-libros


4) Como escritor de fantasía o literatura imaginativa, ¿cuáles son los escritores/as en ese continente que consideras fundamentales en tu formación literaria?

 

M. M. J. Miguel: Es ineludible hablar de J. R. R. Tolkien. No solo por lo que El hobbit y El señor de los Anillos significa para la consolidación moderna de la Fantasía, sino por el trabajo poético y crítico que hay detrás de toda su obra. El pensamiento del Tolkien se embarca en las aristas de algo que yo considero divino, hierático; es el entendimiento de la literatura como pilar fundamental del quehacer imaginativo, donde la palabra, sus fuentes, y cada uso, puede moldear y vestir hasta la más nimia anécdota en una épica de proporciones vastas y mitológicas. El profesor es el recordatorio de que toda literatura necesita de su matiz mitológico para dar cuenta de las grandes inquietudes del ser humano, desde su nacimiento hasta, precisamente, la muerte. Tal como Homero, o lo que convengamos que es Homero, nos aferra y nos insta a una observación constante de nuestros viajes y batallas, tal lo hace Tolkien en este presente tan estrecho.

 

En un plano dialógico semejante también resulta obligatorio hablar de Ursula K. Le Guin. Pienso que todo creador siempre debe reflexionar sobre su propio oficio, sobre lo que hace y hará; tener una convicción estética y plasmarla hasta la sublimación ficcional. En este caso, el pensar la literatura imaginativa desde un contexto fuera del entretenimiento es algo más que necesario; el estigma de una baja literatura vino de unos pocos, pero de unos pocos con poder. Por fortuna, Le Guin combate estas afirmaciones con novelas como Un mago de Terramar, donde las palabras son las que dan equilibrio al mundo, y confluyen con precisión en la justa medida en que la construcción ficcional la necesita. Todo lo insólito, todo lo especulativo, surge de la necesidad voraz no solo de hallar respuestas, sino de tener el valor de preguntarse, de tener dudas. Importan ambas acciones, claro, pero siempre y cuando el ejercicio creativo se manifieste desde la genuina curiosidad por entender al espejo.

 

Todo ese camino me condujo hacia Kentaro Miura, específicamente a Berserk. Este manga totaliza una poética de la imaginación. Lo que lo hace tan especial a esta obra, a su recientemente fallecido autor, es el respeto hacia los cuentos de hadas, la mirada continua hacia la profundidad de los miedos humanos, sus duelos, del horror; este respeto se resalta en la capacidad de cada panel de explorar el miedo, lo inmenso, lo abrumador, de una existencia marcada por el sufrimiento, con la particularidad de que todo el sadismo, toda esta amalgama sanguinolenta solo sería espectáculo sin ese balance luminoso que presenta el viaje heroico de Gutz. El manga nos presenta a los hombres como lo que son, impregnados de sus circunstancias, atados a sus delirios, desgraciados y dichosos por igual. No se trata de poner las cosas en términos de personajes grises, sino de personajes humanos, imperfectos, que se maravillan ante un campo de hadas, pero que lloran de rabia al verse arrancados de su amor. Berserk triunfa donde mucha Fantasía contemporánea falla al no comprender de qué van las historias, de qué materia están hecha los cuentos de antaño. Berserk triunfa, interesa y se mantiene porque penetra el (ser) héroe, en sus declives y sus victorias. Es una obra preciosa, y ojalá a mí me alcance la vida para escribir algo así.

 

5) En esa doble función escritor/editor, ¿cómo percibes el panorama literario venezolano y qué recomendaciones o deseos conjeturas sobre su devenir?

 

M. M. J. Miguel: Sería un lugar común el determinar que pasamos por un momento de cambio o tránsito. Desde que tengo memoria se repite el «ahora sí», y con esas eternas expectativas la vida se desinfla, los proyectos mueren, las personas se marchitan y el mundo cambia.

 

Desde un lado de la carretera observo los carros pasar; unos a gran velocidad, como si huyeran de sí mismos; otros, sin brújula alguna. En contadas excepciones he percibido certezas frente a nuestras crisis editoriales. Lo que hay por ahí, y es porque la apatía nos ha llevado a eso, son mercenarios de la palabra, de la crítica, del seminario, de la gestoría cultural. Es decir, pienso que quien hace vida en el ecosistema literario está muy a su bola, en su rollo y en su escritorio. No soy quien para juzgarlos porque entiendo que vivimos al ritmo del freelancer, al son del encargo, de la comisión. Entrego un prólogo hoy, mañana doy clases y el viernes por la noche tengo un club de lectura sobre xxxxxx. Así vamos. Mucho de todo, tanto que el ojo no da. Ojalá la vida nos permita estabilizarnos para que cada quien hable desde lo que sabe y no desde los zapatos que debe rellenar por falta de personal. Que los escritores vuelvan a ser escritores y dejen de ser gerentes de marketing, que los críticos vuelvan a la tenacidad de comentar las novedades y se liberen del algoritmo o del desdén propio de posiciones acomodaticias. 

 

Genuinamente quiero que escribamos más, que se abran más espacios, que se pueda hallar la motivación necesaria para seguir creando, seguir imaginando. No sé si debamos hacer país, hacer historia o resistir; solo sé que estamos asfixiados de tanto mundo, de tanto ruido, de tanto monocromatismo y cháchara digital. Ojalá hagamos a un lado lo innecesario y nos lancemos a reformular la realidad vacua, dejar de imaginarse a Sísifo feliz y mejor imaginar dragones volando bajito por el Ávila. No sé. Nos hacen falta libros, libros buenos, y también gente que quiera leernos, llorar o molestarse con lo que queremos contar. 

 

Sea como fuese, todavía quedan infinitas gestas por narrar.

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