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| Quim Ramos (Foto cedida por el autor) |
Quim Ramos o Joaquín Ferrer
(Caracas, 1965) es un escritor y fotoperiodista venezolano. Radicado desde hace
poco más de una década en Barcelona, balancea su labor periodística con los
cuentos. Su narrativa ha sido publicada en sitios como Transtextos (Marcapágina), Mentekupa, Letralia entre otros.
Para seguir con Punto y Coma, una sección para, de ser
posible, charlar con narradores, editores y todos aquellos involucrados en el
género narrativo, me propuse molestar a Quim preguntándole sobre su visión del
oficio, autores predilectos y el rol de las redes sociales digitales.
PREGUNTAS:
1) Empecemos por Joaquín Ferrer o Quim Ramos. Te has desempeñado como fotoperiodista tanto en diversos medios de comunicación (Grupo Últimas Noticias, The New York Times) y agencias de noticias (Reuters, EFE, entre otros). ¿Primero fue la imagen y después la palabra? ¿Cómo nace el escritor (y tu defensa de la escritura)?
Q.R.: Ontológicamente son
dos caras de la misma moneda, se complementan. Pero si hablamos de fotografía y
escritura, entonces debo decir que la escritura fue primero; esa extraña
costumbre de llenar con palabras una hoja en blanco me colonizó casi desde que
tengo uso de razón. La fotografía vino mucho después. Pero como ya dije son
vocaciones estrechamente ligadas.
Supongo que un escritor nace
leyendo. Es una conjunción que se da o no se da. Aunque esto último no es
completamente exacto, porque la lectura también es una suerte de escritura. En
todo caso, yo soy un lector que escribe.
No sé si la escritura necesite defensa. Yo he querido
escribir con completa libertad, incluso sin el yugo de la calidad. Escribir sin
un propósito, sin moral, sin una visión. Por su puesto, si uno es honesto las
obsesiones aflorarán, pero yo no las convoco. Lo que escribo proviene del
inconsciente y pasa, sin procesar, directamente a la hoja.
Voy a cometer una abominación y me
voy a citar a mi mismo. Pido disculpas de antemano. Es un fragmento del
cuento ¡Adiós, adiós! que me resume bastante bien:
“Ya deben haberse dado cuenta de que esta historia no tiene pies
ni cabeza. De tener no tiene columna vertebral. Ni siquiera es una historia. Lo
que muestro es una mente vagabunda. No hay punto de partida y mucho menos punto
de llegada. Y en medio de esa nada, como ya creo haber dicho, solo divagaciones
de la mente. Sí, pasarán cosas, supongo que pasarán, pero ancladas al vacío,
colgadas de una nube que se desvanece. Un delirio sobre el abismo, eso es lo
que será. O tal vez no. ¿Quién puede saberlo? Yo, desde luego, no. Yo avanzo a
ciegas, a trompicones y tartamudeos. La linea recta me es esquiva, gracias a
Dios. Pero Dios no existe, al menos no en estas hojas blancas envilecidas por
la tinta. Si a algo se parecen estos garabatos es a un sueño. Tienen sus mismas
oscuridades, sus mismas angustias, su capacidad de mezcla y su misma
melancolía. En fin, que avanzo y retrocedo, doy más vueltas que un trompo,
cambio de dirección constantemente, me pierdo, me hundo, surjo de la nada,
atravieso los caminos, los dejo atrás, huyo de las señales, improviso y me
confundo, aborrezco las iluminaciones y me abrazo a mis dudas”.
2) Has publicado «Los rayos también terminan en el abismo» (novela) y, recientemente, el libro de relatos «Un monstruo en casa y otros desastres cotidianos» (Barra Libros, 2026), además de diversos cuentos y microcuentos publicados en Letralia, Transtextos (Marcapágina), Mentekupa, entre otros espacios. Encuentro en tu obra varias obsesiones: la muerte, la resina de la melancolía que deja el tiempo pasado, la insatisfacción, el sufrimiento, pero todo rodeado de una construcción lúdica, introspectiva y observadora, dotada con altas dosis de denuncia en lo que subyace sin dejar a un lado ese doblez punzante de la amargura y comicidad. ¿Lo monstruoso vive mejor en la habitación del cuento o en la casa de la novela?
Q.R.: En mi caso, que soy
extremadamente vago y que lucho constantemente con los demonios del hastío y la
melancolía, el cuento es mi mejor vehículo. No doy para mucho más. Tengo un
puñado de novelitas sin terminar que muy sufridamente apenas pasarán de la página
cien y con las que llevo luchando añales.
En cuanto a obsesiones no soy muy original, pero creo que he
conseguido una manera de contarlas que si no es original, al menos tiene un
toque personal. Allí está ese narrador lúdico y ligeramente exaltado que puede
ser muy bien una representación distorsionada de mi mismo.
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3) Viviendo en Barcelona desde hace tantos años, y siendo de Caracas, ¿la crónica de lo urbano pasa mejor por una foto o un texto?
Q.R.: Nada más llegar a
Barcelona, salí a la calle a fotografiar con la intención de descubrir dónde
coño me había metido, de cartografiar ese territorio extraño en el que me
tocaba vivir. Y después de un tiempo trabajando en la discoteca, abrumado y
asombrado por lo que veía en el local y afuera, en las callejuelas del barrio
Gótico (la desenfrenada y decadente noche barcelonesa) me puse a escribir mis
experiencias y a fotografiar lo que veía. Pero hablar de crónicas en mi caso
sería inexacto. Para contestar a tu pregunta, se me da mejor retratar la
“realidad” a través de la fotografía. Si hablamos en términos estrictamente
periodísticos, la fotografía es mi arma. Cuando escribo, en cambio tiendo al
delirio, al sueño, al disparate, al humor, a lo extraño.
4) ¿Posee algunos referentes literarios/influencias que te han acompañado en tu proceso de escritura?
Q.R.: Muchos y han ido variando a
lo largo de los años: Las aventuras de Tintín, Los tres investigadores, Julio
Verne, especialmente El faro del fin del mundo y Las aventuras del capitán
Hatteras, Gabriel garcía Márquez y Cien años de soledad, Hemingway, Francisco
Massiani, Henry Miller, Louis Ferdinand Celine, Sábato, Bukoswki, Vila-Matas. Y
luego saltamos a los escritores del cono sur: Cesar Aira, Mario Levrero, Copi,
Alberto Laiseca. Juan Emar. Puedo ampliarla mucho más, pero no tendría
demasiado sentido, sería confuso. Pero mis cuatro jinetes del apocalipsis son:
Miller, Celine, Aira y Copi, al que habría que agregar un quinto jinete:
Vila-Matas.
Un escritor es una amalgama de
muchos escritores Especialmente yo soy como un camaleón, adquiero el tono del escritor
que estoy leyendo. Hace años, cuando era joven y mucho más inexperto de lo que
soy ahora, luchaba contra esas influencias. Ahora las utilizo a mi favor.
5) Leyendo una entrevista a Truman Capote (The Paris Review, The Art of Fiction no. 17, 1957), menciona que escribió sus relatos, crónicas y novelas en la cama, haciéndolo (junto a Juan Carlos Onetti), a diferencia de Hemingway que escribía de pie, un escritor horizontal. ¿Qué te hace parar, acostarte o sentarte a escribir?
Q.R.: Yo escribo dónde, cómo y
cuándo puedo, rascando tiempo a las obligaciones laborales y familiares y
luchando contra mis demonios personales. Así que la postura no es una cuestión
importante. Eso sí, siempre en la computadora. Con el tiempo he desarrollado
una incomprensible (o quizás no tanto) fobia al lápiz y a la hoja de papel.
6) ¿Cuál crees que sea el rol que cumple la poesía en tu vida?
Q.R.: Es una pregunta que nunca
me he planteado. No sabría qué responder. Estoy muy ocupado sobreviviendo para
pensar en abstracciones. Escribo que ya es bastante. Y ese acto, el de
escribir, me ayuda a ir tirando. Con eso me conformo. Si tuviera que imponerle
un rol, sería el de salvavidas.
7) En «Los rayos también terminan en el abismo», leemos:
«Escribir da hambre, digo a media voz...»
¿Vivir para escribir o escribir para vivir?
Q.R.: Esta es otra abstracción
que se me escapa y que no sé cómo contestar. No soy un hombre de ideas. Yo vivo
y escribo o, mejor dicho, yo sobrevivo y escribo. Pero sí es muy posible que
sin la escritura no habría podido llegar hasta aquí o habría llegado convertido
en un monstruo mucho más abominable que el monstruo que soy ahora mismo.
8) Además de tu cuento ¡Adiós, Adiós!, si alguien quiere empezar a leerte, ¿cuál le recomendarías?
Q.R.: Yo tengo estos cuentos
disparatados, surrealistas, delirantes, absurdos oníricos, fantásticos o como
quieran llamarlos y luego está esa especie de saga (también bastante
disparatada) en la que Jordi Jones, ese escritor frustrado, es el protagonista
junto a su esposa Rosa Inés y sus dos hijos. Si me pides elegir, pues diría que
cualquiera de los cuentos en los que aparece Jordi Jones. Hay unos cuantos
publicados por ahí.
9) ¿Has pensado adentrarte en otros géneros literarios?
Q.R.: No soy un escritor profesional.
Con el tiempo he llegado a controlar un par de registros y de allí me resulta
muy difícil salir. He fantaseado con escribir novela negra y algo de ciencia
ficción para chicos. Escribir con sentido comercial. Tengo un par de cosas
comenzadas que nunca terminaré. Incluso un esbozo de personaje, el comisario
Jacinto Salvatierra, un policía corrupto muy parecido físicamente a Bukowski y
con el mismo deseo desenfrenado de follar.
10) ¿A qué se debe la urgencia por narrar?
Q.R.: Hace muchos años un amigo
me dijo que a mi me deleitaba más pensar en escribir que el mismo acto de
escribir. Me di cuenta con el tiempo que ese amigo tenía razón. Yo soy como el
perro que da vueltas y vueltas alrededor de su lecho antes de echarse sobre él.
No se de dónde surge o a qué se debe esa urgencia, esa necesidad. Ha estado
allí desde siempre. Supongo que es una defensa contra el tedio de la realidad,
contra su insoportable monotonía y vileza.
11) ¿Cómo llevas el rol de las redes sociales y la escritura? ¿Crees que sea mayor el beneficio o el apuro por publicar?
Q.R.: Las uso mucho para mostrar mi trabajo. Sin embargo estoy convencido que son una estafa, una trampa cazabobos en la que caemos conscientemente por miedo a que si no caemos nos disolveremos en la nada. Los likes son una farsa y en lineas generales a nadie le interesa lo que haces ¿Pero quién se atreve a dejarlas? Al menos así me leen unos cuantos amigos y conocidos. Peor es nada, ¿no?



