CAPSULARIO #9

by - marzo 09, 2026


Capsulario, Escritos, Blog, Francisco Camps Sinza
Petrina Ryan-Kleid, Parsing Bill (2012). Image via Artnet


El travestismo, nos dice Jean Baudrillard en De la seducción, como la indistinción del sexo. Un guiño a la vacilación sexual. 


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Nuestra época ha hecho de la chanza, la guachafita, en coloquial, un gen invariable en la producción discursiva. El discurso, como bien se sabe, ya sea escrito u oral, se da con sus contextos específicos socioculturales y es un instrumento de la vida social complejo y heterogéneo (Calsamiglia y Tusón, Las cosas del decir, 1999). Con la reproducción de las redes sociales digitales, la producción del discurso se diversificó, ya sea desde los niveles que ofrecen los medios de comunicación de masas hasta la ofrecida por sus usuarios. Así, en un formato como el meme, material audiovisual y/o textos, su diversidad de manifestaciones ganaron terreno para poblar la logosfera cibernética.


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La imagen que penosamente engalana este espacio es de Bill Clinton, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica desde el 20 de enero de 1993 hasta el 20 de enero de 2001. Esa pintura, realizada por la  artista australiana Petrina Ryan-Kleid en el 2012, figura al exmandatario como un travesti que señala a su víctima como lo hace la famosa ilustración del Tío Sam (realizada por J. M. Flagg en 1917, donde se lee a un seductor belicista: I Want You for U.S. Army). Entonces, no es fortuita la simbología, a nuestro entender, entre ambas obras mencionadas: por un lado se muestra la vulnerabilidad del poder (su degeneración) rebajando al victimario (guiño al chiste de Norm MacDonald, comediante canadiense), en lo que parece el interior de la Casa Blanca, a su infame apetito sexual (recordemos el escándalo que protagonizó con Mónica Lewinsky, para ese entonces becaria en su despacho, como preámbulo a la avalancha que vendría). Lo que sería una sorna artística se expandió con la mediática presentación de los archivos de Jeffrey Epstein, el cual no ahondaremos en este espacio. Igual, si tienes estómago, le invito a informarse sobre esos casos, si no lo ha hecho. 


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La ironía del retrato y del entramado que teje es que el poder se burla del poder. Las élites también hacen parte de ese juego que, en esencia, desfigura su finalidad. A lo mejor, en esas esferas endogámicas, sonaba esa caja de risas enlatadas de Sitcom de los noventa.


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Cuenta la leyenda que el retrato de Clinton estuvo colgado en un pasillo de la mansión de Jeffrey Epstein (1953-2019), magnate y depredador sexual estadounidense, haciendo de ese rostro envejecido de vestido azul y tacones rojos (¿combinando con la bandera gringa?) lo primero que veías al cruzar en esa terapia de choque fastuosa.


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Sobre Epstein solo diré que me resulta el manzano escondido en ese vergel que ofrece el capitalismo.


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Sobre esas bromas de la alta sociedad con sus guiños culturales, leí que el muy nombrado The Invisible Man en los infames archivos de Epstein se trata del príncipe Andrew (Andrew Mountbatten-Windsor, para ser específicos), hijo de la difunta reina Isabel II (1926-2022). El hombre invisible: un miembro de la nobleza (como si se pudiera ocultar tal opulencia).

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