«SEIS DÉCADAS DE POESÍA VENEZOLANA (UN BOSQUEJO)» (II) DE REYNALDO PÉREZ SO

by - abril 15, 2026

Camille Pissarro, "En landsbygade, Venezuela Caracas 1853" (1853)


REYNALDO PÉREZ SO


La sensualidad del verso, el erotismo puro pareció ser función de la mujer venezolana. Enriqueta Arvelo Larriva, va anudando retorcimientos de culebra, frutas partidas, pulpas, en la quietud sombría de los ríos de galería o entre los rincones de cuartos antiguos de la soledad de El Llano. Ana Enriqueta Terán tras la revelación de los clásicos viaja entre los objetos, los seres humanos, los animales, los elementos con la seducción del susurro, las cadencias de la frase, despierta como a ocultas una sensualidad delicada, nerviosa, apoyada entre símbolos y reticencias tejidos igualmente a Enriqueta Arvelo de impotencias o solapamientos del habla. Velada por su aislamiento, leída tardíamente surgen los versos de María Calcaño, una poeta rescatada por los escritores de los años 70, sin compromiso a escuelas o grupos, poemas vitales como para un solo interlocutor o para sí misma. Por primera vez en el ambiente literario los versos se desnudan a la par de los cuerpos. La mujer se reconoce, busca, abraza, besa, se canta a la menstruación, se acepta, se valora. El erotismo no es obscuro secreto o patrimonio viril. No obstante, la falta de pericia formal no siempre apunta en buenos textos y su obra, lamentablemente, se impone mínimamente por los aciertos aislados o por, es lo menos importante, el tema. El caso de María Calcaño es un leit-motiv en nuestra literatura: escritores de un solo cuento o novela, poetas con un único texto. En todo caso María Calcaño, sin quererlo, pensamos, da pautas a la poesía confesional y al erotismo abierto que posteriormente otros poetas exploran, pero sin el riesgo de unos tiempos distintos.

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La década de la Dictadura fue el caldo de cultivo mayor de nuestra lírica actual, aunque iniciado en los 40 la mejor afirmación será entonces. Todas la corrientes se darían cita hacia un proyecto que muere en los 60 devorado por la retórica, la pose, la bohemia política y la falta de formación integral, saludable, de una poesía que se ligase al hombre, eminentemente al hombre y no al servicio de la política que al final los convertiría en agentes de su propia destrucción.

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Una procesión de poetas se dará en la capital de la República, unos más jóvenes que otros, hermanados por metas comunes, como el papel que jugara el surrealismo venido desde Chile vía Juan Sánchez Peláez o Hesnor Rivera, quien se revela en los años 60 desde Maracaibo. Resuenan los nombres de Ramón Palomares, Rafael Cadenas, Jesús Sanoja Hemández, Francisco Pérez Perdomo, Juan Calzadilla, Luis García Morales todos en Caracas, la auto-llamada Generación del 58 que más tarde Ludovico Silva tilda «muerta como generación» en un artículo publicado en Zona Tórrida 16/17, pero negada por nosotros e igualmente la Generación de los 60, como grupos autónomos, particularizados por un lenguaje definitorio, y las vemos como una continuación, imbricación a los poetas de los cuarenta, en el plano eminentemente estético, no así en el político. Será, individualmente, ya entradas las décadas de los sesenta e inicios de los setenta cuando definirán sus voces, sus estilos, sus búsquedas. Hesnor Rivera sorprende con un poema Silvia, texto solitario de amor, su poesía en general es abierta, solar, de erormes espacios donde puede respirar, a pesar de las influencias francesas, que tan poco color y libertad nos aportaran. Su proyección posterior se recoge en un libro que sale en 1976, Persistencia del Desvelo de Monte Avila Editores. En 1958 publica por primera vez Ramón Palomares sus poemas en libro El Reino. Una verdadera sorpresa literaria, poética. Hubo un giro de frescura, responsabilidad y altura del acto poético. Un cierto ennoblecimiento que coloca a su poesía cuesta arriba, se liga a la vida y las palabras rompen para ponerse al servicio de ella. Dos tendencias, no obstante, se notan en ese libro primero: la de una poética que podríamos definir como abstracta, racional (recordamos a García Morales, a Rómulo Aranguibel…) y la que quiebra el verso hacia sus próximos libros como Paisano y Adiós Escuque, aunque la experiencia fuese manifestada en poemas sueltos publicados en Elite a principios de los años cincuenta. Un libro nuevo y nuevo no por la juventud del autor sino por el mismo carácter de sus poemas. Ahora nos tropezamos con las dos tendencias en juego y que al final triunfa el salvaje, la contracorriente digna que nos salva como poetas de la tribu. La reacción no se hizo esperar: sus versos fueron inmediatamente asociados al folclor, ingenuidad, pobreza. Nuestra crítica y nuestros poetas, la mayoría, habían asumido un patrón de universalidad centrado en Europa o Francia concretamente. El engolamiento substituía a nuestro lenguaje común y Ramón Palomares era el niño del cuento de Andersen «el rey está desnudo». Era lógico: culturalmente se pertenecía al ghetto de las grandes ideas eurocéntrícas, los poetas mayúsculos, las abstracciones puras o los colgajos de las traducciones surrealistas.

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Rafael Cadenas, otro poeta de la periferia como Ramón Palomares, escribió un pequeño libro de adolescencia en 1945, luego hace mutis hasta finales de los cincuenta con Cuadernos del Destierro, lejano de sus poemas iniciales, literario, apegado a la tradición de Ramos Sucre, pero que viene a servir de padre, quizá como huida, a Falsas Maniobras donde el gran poeta se apropia de las palabras despojándolas de los vicios verbales que la tradición nuestra acostumbró, adjetivos altisonantes, descripciones míticas exóticas. Falsas Maniobras está en la otra banda de lo representado por Juan Sánchez Peláez, aunque no pocos los asociasen, pero en él se vierte un mundo fantasmagórico, en que la imaginación y las palabras se casan para dar cabida o paso al lenguaje poético de lo más cercano al hombre de carne y hueso, vital, en busca de una gravedad distinta. El poeta deberá de hacerse, hacerse con el poema, existir y entregarse al texto y no éste obnubilado por las palabras o «deliciosamente confundido en ellas». Sin embargo, una lectura más exigente sería necesaria, con la que los poetas de la Dictadura y el 58 tomaran el justo lugar, ya que el mito inflacionado, el halago desmerecido, la política invasora han distorsionado la apreciación de los tiempos de confusión: los 50 y los 60.

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Esta década del antirromulismo, el rojismo, el cubanismo fue quizá la más pedante, engreída, de la historia reciente hasta entonces. La fórmula maniquea política asesinaba con un solo grito de salón políticoteórica a Vicente Gerbasi, Andrés Eloy Blanco, Juan Liscano, dejaron de existir poetas como Rodolfo Moleiro, Ana E. Terán, Enriqueta Arvelo L. Todo aquello que sonara a no «compromiso» queda desterrado, ahora se pertenecía a la pre-historia, pues la historia se inicia con los intelectuales desvaríos del surrealismo, o las imitaciones del desparpajo beat-nick, la poesía «coloquial» cubana, el romanticismo, el neo, de Hikmet e incluso no pocos alababan el triste papel colombiano de los nadaístas. Era el viva la revolución de las palabras, fue el poeta engagé sin compromiso. Aunque del mare mágnum quedarían voces aisladas, sin el rubor de tantos, quizá más que por política por necesidad humana, de este modo se rescatan los versos de Caupolicán Ovalles «Elegía a mi padre…..», que en su tiempo fue un rencuentro novedoso con el lector fatigado de retóricas y afrancesamientos. El humor lírico, trágico, el amor filial hallaba un canal seguro en la forma dialectal venezolana. Si alguna vez se trató, el experimento no pasaría en otros (Iob Pin, Aquiles Nazoa) de intentos de humor llano, no lírico, más versificación rimada que posible poesía. Caupolicán Ovalles logró en este largo poema allanar el camino, pero que sus épigonos no comprendieron: procuraron el humor y cayeron en el circulo ya ultrapasado o terminaron nuevamente afrancesándose o europeizándose con la pretensión de sencillos. Elegía a Guatimocín … fue un hito, pero mal visto por todos, o un hito invisible. En él es posible aún apañar al salvaje, a pesar del barullo gramático que prevalece entre muchos de los grupos más jóvenes del momento.

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Gustavo Pereira logra en Oriente la barricada que toda la política lírica no pudo mantener luego del primer lustro de la violencia en los gobiernos de Betancourt y, el más feroz aunque silencioso, Raúl Leoni. La derrota guerrillera enterraba lentamente las armas y las voces. Los poetas desfilan por MirafIores, instituciones oficiales como el INCIBA, luego el CONAC, o se acomodaban en puestos medios de provincia o la Metrópolis. Apenas alguna rebeldía delirante en las peñas exquisitas e intelectuales. Mientras ocurría todo esto, Pereira, mantiene el compromiso vital de seguir escribiendo con su propia pauta lírico social. Maneja la ironía, el humor, como un testigo fiel a los tiempos. La poesía no es un juego de salón, arte por birlibirloque, para él es el rescate mismo del hombre por la palabra, fuera de la trampa intelectual sesentona o la metáfora polvorista, luminosamente fatua que la verbalización de la poesía de la calle impone como la lírica del día. Pronto pasará la moda y todos nuestros poetas pasarían con ella. Gustavo Pereira seguirá permaneciendo, pues el hombre seguía siendo el hombre, las miserias del alma serán las miserias eternas o las grandezas de los hombres de la tribu, los salvajes que vemos deambular en nuestra propia historia familiar. Por la otra orilla el cansancio daba paso a los artefactos poéticos de una guerra perdida que no supo iniciarse, que no tenía asideros, donde la gloria pertenecía a los egos abultados en las universidades nacionales y la dosis marxista externa.

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Otros nombres: Víctor Valera Mora, también con una poética social más de recitación, de inflamación de cenáculos clase media, de un humor benigno, circunstancial, recuerdos de la poesía cubana, la norteamericana de los 50 y 60, el poeta líder de masas y las de los poetas de la Revolución de Octubre rusa. Víctor Valera contribuye en esos años a dar un giro al poema de la peña: volverlo callejero, propaganda social, política. La experiencia no iría más allá de lo propuesto, sujeta las condiciones pasajeras del momento, los textos quedarían en la memoria nostálgica de quienes vieron aquella década como la esperanza de la posible utopía.

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José Barroeta, aunque publica ya para la próxima década sus libros, como hiciera Víctor Valera, fue entre los jóvenes el mejor dotado. Su vida particular de muchacho grande, una especie de Dino Campana venezolano, tocado por una relación tormentosa con su vida escribe hermosos versos donde se presiente la nostalgia de Césare Pavese, los influjos del Romanticismo, los hallazgos de Vallejo, y otras fuentes. Barroeta era apenas un adolescente cuando se perfilaba, se decía, el gran poeta en los textos de «Octubre», publicados en Todos han muerto. Era la poética del compromíso del alma, la mística de su propia izquierda política. Su realidad estaba en vivir «como poeta», «nada de literatura». Ante todo el hombre presente, lo demás era subterfugio intelectual. Su gran influencia recae sobre los más jóvenes de Caracas y Valencia. Fue el espejo, el cuadro, de lo que un poeta debiera ser. De este modo, se asumió sus lecturas, su conducta, su filosofía. Luego transcurren los años y otras direcciones se presentaban.

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Desde Valencia, fuera de los arquetipos ideológicos de la década, un poeta tímido, tembloroso rompe los moldes con poemas sobre el desquicio, de una gran fuerza, extraños. El libro se llama Demencia Precoz y su autor Teófilo Tortolero, poco cerebral y cargado de sueños borrascosos de una sensibilidad fina, religiosa. Su escritura no fue lo suficientemente entendida entonces ni después. Se centró en el culto escatológico o la tergiversación de la lectura, cayendo en apreciaciones profesorales, castrantes, o en la motivación desbordada de amigos. No obstante, Tortolero, desde 1966 propone una poética encontrada a la dirección y perfiles de aquellos años, y sin sospecharlo, delineaba a distancia los intentos que los poetas jóvenes de los 70 procuraban. Igualmente, cosa curiosa, se vislumbra en otro poeta del interior del País, radicado en Caracas, Luis Alberto Crespo. Ambos participan en el para aquellos años famoso concurso de la Bienal Pocaterra del Ateneo de Valencia, donde destacan también Rafael Cadenas, Francisco Pérez Perdomo, Jesús Sanoja Hernández. Crespo publica en libro en 1968, tal como Teófilo Tortolero. Nos mostró una poesía recogida, rural, de memorias retomadas de la infancia y descripciones solares, limpias, casi atlánticas por el paisaje costeño, a pesar de ser de una naturaleza de montañas y valles, especial dado que la experiencia apenas había sido, oblicuamente, tomada por nuestra tradición (quizá Palomares en otro sentido e igualmente Salustio). Crespo es de aquellos creadores que asomaron un nuevo giro en la poética: ahorro del lenguaje, continencia al máximo, exaltación del paisaje e interiorizarlo de forma autónoma.

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En un bosquejo de la Poesía Venezolana en estas seis décadas, de cualquier forma, sería necesario, obligatoriamente, analizar otros poetas, situarlos en el verdadero espacio que les corresponde en las dos corrientes del salvaje y el gramático. Dos poéticas encontradas, pero existentes, lo que nos permitiría un trabajo mayor, profundo. Incluiríamos a Luis Castro, Fernando Paz Castillo, Pablo Rojas Guardia, José Ramón Medina, Ida Gramcko, Francisco Pérez Perdomo, Maria Calcaño, Luis Garcia Morales, Juan Calzadilla, José Antonio Castro, Eleazar León y Jorge Nunes. Y tal vez excluiríamos a otros.

 


Reynaldo Pérez Só (1945-2023). Seis décadas de poesía venezolana (Un bosquejo). Universidad de Carabobo: Poesía, No. 102/103, 1994.

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