«SEIS DÉCADAS DE POESÍA VENEZOLANA (UN BOSQUEJO)» (II) DE REYNALDO PÉREZ SO
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| Camille Pissarro, "En landsbygade, Venezuela Caracas 1853" (1853) |
REYNALDO PÉREZ SO
La sensualidad del verso,
el erotismo puro pareció ser función de la mujer venezolana. Enriqueta Arvelo
Larriva, va anudando retorcimientos de culebra, frutas partidas, pulpas, en la
quietud sombría de los ríos de galería o entre los rincones de cuartos antiguos
de la soledad de El Llano. Ana Enriqueta Terán tras la revelación de los
clásicos viaja entre los objetos, los seres humanos, los animales, los
elementos con la seducción del susurro, las cadencias de la frase, despierta
como a ocultas una sensualidad delicada, nerviosa, apoyada entre símbolos y
reticencias tejidos igualmente a Enriqueta Arvelo de impotencias o
solapamientos del habla. Velada por su aislamiento, leída tardíamente surgen
los versos de María Calcaño, una poeta rescatada por los escritores de los años
70, sin compromiso a escuelas o grupos, poemas vitales como para un solo
interlocutor o para sí misma. Por primera vez en el ambiente literario los
versos se desnudan a la par de los cuerpos. La mujer se reconoce, busca,
abraza, besa, se canta a la menstruación, se acepta, se valora. El erotismo no
es obscuro secreto o patrimonio viril. No obstante, la falta de pericia formal
no siempre apunta en buenos textos y su obra, lamentablemente, se impone
mínimamente por los aciertos aislados o por, es lo menos importante, el tema.
El caso de María Calcaño es un leit-motiv en nuestra literatura: escritores de un
solo cuento o novela, poetas con un único texto. En todo caso María Calcaño,
sin quererlo, pensamos, da pautas a la poesía confesional y al erotismo abierto
que posteriormente otros poetas exploran, pero sin el riesgo de unos tiempos
distintos.
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La
década de la Dictadura fue el caldo de cultivo mayor de nuestra lírica actual,
aunque iniciado en los 40 la mejor afirmación será entonces. Todas la
corrientes se darían cita hacia un proyecto que muere en los 60 devorado por la
retórica, la pose, la bohemia política y la falta de formación integral,
saludable, de una poesía que se ligase al hombre, eminentemente al hombre y no
al servicio de la política que al final los convertiría en agentes de su propia
destrucción.
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Una
procesión de poetas se dará en la capital de la República, unos más jóvenes que
otros, hermanados por metas comunes, como el papel que jugara el surrealismo
venido desde Chile vía Juan Sánchez Peláez o Hesnor Rivera, quien se revela en
los años 60 desde Maracaibo. Resuenan los nombres de Ramón Palomares, Rafael
Cadenas, Jesús Sanoja Hemández, Francisco Pérez Perdomo, Juan Calzadilla, Luis
García Morales todos en Caracas, la auto-llamada Generación del 58
que más tarde Ludovico Silva tilda «muerta como generación» en
un artículo publicado en Zona Tórrida 16/17, pero
negada por nosotros e igualmente la Generación de los 60, como
grupos autónomos, particularizados por un lenguaje definitorio, y las vemos
como una continuación, imbricación a los poetas de los cuarenta, en el plano
eminentemente estético, no así en el político. Será, individualmente, ya
entradas las décadas de los sesenta e inicios de los setenta cuando definirán
sus voces, sus estilos, sus búsquedas. Hesnor Rivera sorprende con un poema Silvia,
texto solitario de amor, su poesía en general es abierta, solar, de erormes
espacios donde puede respirar, a pesar de las influencias francesas, que tan
poco color y libertad nos aportaran. Su proyección posterior se recoge en un
libro que sale en 1976, Persistencia del Desvelo de
Monte Avila Editores. En 1958 publica por primera vez Ramón Palomares sus
poemas en libro El Reino. Una verdadera sorpresa literaria,
poética. Hubo un giro de frescura, responsabilidad y altura del acto poético.
Un cierto ennoblecimiento que coloca a su poesía cuesta arriba, se liga a la
vida y las palabras rompen para ponerse al servicio de ella. Dos tendencias, no
obstante, se notan en ese libro primero: la de una poética que podríamos
definir como abstracta, racional (recordamos a García Morales, a Rómulo
Aranguibel…) y la que quiebra el verso hacia sus próximos libros como Paisano
y Adiós Escuque, aunque la experiencia fuese manifestada en poemas
sueltos publicados en Elite a principios de los años cincuenta. Un libro nuevo
y nuevo no por la juventud del autor sino por el mismo carácter de sus poemas.
Ahora nos tropezamos con las dos tendencias en juego y que al final triunfa el
salvaje, la contracorriente digna que nos salva como poetas de la tribu. La
reacción no se hizo esperar: sus versos fueron inmediatamente asociados al
folclor, ingenuidad, pobreza. Nuestra crítica y nuestros poetas, la mayoría,
habían asumido un patrón de universalidad centrado en Europa o Francia
concretamente. El engolamiento substituía a nuestro lenguaje común y Ramón
Palomares era el niño del cuento de Andersen «el rey está desnudo». Era lógico:
culturalmente se pertenecía al ghetto de las grandes ideas eurocéntrícas, los
poetas mayúsculos, las abstracciones puras o los colgajos de las traducciones
surrealistas.
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Rafael
Cadenas, otro poeta de la periferia como Ramón Palomares, escribió un pequeño
libro de adolescencia en 1945, luego hace mutis hasta finales de los cincuenta
con Cuadernos
del Destierro, lejano de sus poemas iniciales, literario, apegado a
la tradición de Ramos Sucre, pero que viene a servir de padre, quizá como
huida, a Falsas
Maniobras donde el gran poeta se apropia de las palabras
despojándolas de los vicios verbales que la tradición nuestra acostumbró,
adjetivos altisonantes, descripciones míticas exóticas. Falsas
Maniobras está en la otra banda de lo representado por Juan
Sánchez Peláez, aunque no pocos los asociasen, pero en él se vierte un mundo
fantasmagórico, en que la imaginación y las palabras se casan para dar cabida o
paso al lenguaje poético de lo más cercano al hombre de carne y hueso, vital,
en busca de una gravedad distinta. El poeta deberá de hacerse, hacerse con el
poema, existir y entregarse al texto y no éste obnubilado por las palabras o
«deliciosamente confundido en ellas». Sin embargo, una lectura más exigente
sería necesaria, con la que los poetas de la Dictadura y el 58 tomaran el justo
lugar, ya que el mito inflacionado, el halago desmerecido, la política invasora
han distorsionado la apreciación de los tiempos de confusión: los 50 y los 60.
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Esta
década del antirromulismo, el rojismo, el cubanismo fue quizá la más pedante,
engreída, de la historia reciente hasta entonces. La fórmula maniquea política
asesinaba con un solo grito de salón políticoteórica a Vicente Gerbasi, Andrés
Eloy Blanco, Juan Liscano, dejaron de existir poetas como Rodolfo Moleiro, Ana
E. Terán, Enriqueta Arvelo L. Todo aquello que sonara a no «compromiso» queda
desterrado, ahora se pertenecía a la pre-historia, pues la historia se inicia
con los intelectuales desvaríos del surrealismo, o las imitaciones del
desparpajo beat-nick, la poesía «coloquial» cubana, el
romanticismo, el neo, de Hikmet e incluso no pocos alababan el triste papel
colombiano de los nadaístas. Era el viva la revolución de las palabras, fue el
poeta engagé sin
compromiso. Aunque del mare mágnum quedarían
voces aisladas, sin el rubor de tantos, quizá más que por política por
necesidad humana, de este modo se rescatan los versos de Caupolicán Ovalles
«Elegía a mi padre…..», que en su tiempo fue un rencuentro novedoso con el
lector fatigado de retóricas y afrancesamientos. El humor lírico, trágico, el amor
filial hallaba un canal seguro en la forma dialectal venezolana. Si alguna vez
se trató, el experimento no pasaría en otros (Iob Pin, Aquiles Nazoa) de
intentos de humor llano, no lírico, más versificación rimada que posible
poesía. Caupolicán Ovalles logró en este largo poema allanar el camino, pero
que sus épigonos no comprendieron: procuraron el humor y cayeron en el circulo
ya ultrapasado o terminaron nuevamente afrancesándose o europeizándose con la
pretensión de sencillos. Elegía a Guatimocín … fue
un hito, pero mal visto por todos, o un hito invisible. En él es posible aún
apañar al salvaje, a pesar del barullo gramático que prevalece entre muchos de
los grupos más jóvenes del momento.
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Gustavo
Pereira logra en Oriente la barricada que toda la política lírica no pudo
mantener luego del primer lustro de la violencia en los gobiernos de Betancourt
y, el más feroz aunque silencioso, Raúl Leoni. La derrota guerrillera enterraba
lentamente las armas y las voces. Los poetas desfilan por MirafIores, instituciones
oficiales como el INCIBA, luego el CONAC, o se acomodaban en puestos medios de
provincia o la Metrópolis. Apenas alguna rebeldía delirante en las peñas
exquisitas e intelectuales. Mientras ocurría todo esto, Pereira, mantiene el
compromiso vital de seguir escribiendo con su propia pauta lírico social.
Maneja la ironía, el humor, como un testigo fiel a los tiempos. La poesía no es
un juego de salón, arte por birlibirloque, para él es el rescate mismo del
hombre por la palabra, fuera de la trampa intelectual sesentona o la metáfora
polvorista, luminosamente fatua que la verbalización de la poesía de la calle
impone como la lírica del día. Pronto pasará la moda y todos nuestros poetas
pasarían con ella. Gustavo Pereira seguirá permaneciendo, pues el hombre seguía
siendo el hombre, las miserias del alma serán las miserias eternas o las
grandezas de los hombres de la tribu, los salvajes que vemos deambular en
nuestra propia historia familiar. Por la otra orilla el cansancio daba paso a
los artefactos poéticos de una guerra perdida que no supo iniciarse, que no
tenía asideros, donde la gloria pertenecía a los egos abultados en las
universidades nacionales y la dosis marxista externa.
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Otros
nombres: Víctor Valera Mora, también con una poética social más de recitación,
de inflamación de cenáculos clase media, de un humor benigno, circunstancial,
recuerdos de la poesía cubana, la norteamericana de los 50 y 60, el poeta líder
de masas y las de los poetas de la Revolución de Octubre rusa. Víctor Valera
contribuye en esos años a dar un giro al poema de la peña: volverlo callejero,
propaganda social, política. La experiencia no iría más allá de lo propuesto,
sujeta las condiciones pasajeras del momento, los textos quedarían en la
memoria nostálgica de quienes vieron aquella década como la esperanza de la
posible utopía.
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José
Barroeta, aunque publica ya para la próxima década sus libros, como hiciera
Víctor Valera, fue entre los jóvenes el mejor dotado. Su vida particular de
muchacho grande, una especie de Dino Campana venezolano, tocado por una
relación tormentosa con su vida escribe hermosos versos donde se presiente la
nostalgia de Césare Pavese, los influjos del Romanticismo, los hallazgos de
Vallejo, y otras fuentes. Barroeta era apenas un adolescente cuando se
perfilaba, se decía, el gran poeta en los textos de «Octubre», publicados en Todos
han muerto. Era la poética del compromíso del alma, la mística de
su propia izquierda política. Su realidad estaba en vivir «como poeta», «nada
de literatura». Ante todo el hombre presente, lo demás era subterfugio
intelectual. Su gran influencia recae sobre los más jóvenes de Caracas y
Valencia. Fue el espejo, el cuadro, de lo que un poeta debiera ser. De este
modo, se asumió sus lecturas, su conducta, su filosofía. Luego transcurren los
años y otras direcciones se presentaban.
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Desde
Valencia, fuera de los arquetipos ideológicos de la década, un poeta tímido,
tembloroso rompe los moldes con poemas sobre el desquicio, de una gran fuerza,
extraños. El libro se llama Demencia Precoz y su autor Teófilo Tortolero, poco
cerebral y cargado de sueños borrascosos de una sensibilidad fina, religiosa.
Su escritura no fue lo suficientemente entendida entonces ni después. Se centró
en el culto escatológico o la tergiversación de la lectura, cayendo en
apreciaciones profesorales, castrantes, o en la motivación desbordada de
amigos. No obstante, Tortolero, desde 1966 propone una poética encontrada a la
dirección y perfiles de aquellos años, y sin sospecharlo, delineaba a distancia
los intentos que los poetas jóvenes de los 70 procuraban. Igualmente, cosa
curiosa, se vislumbra en otro poeta del interior del País, radicado en Caracas,
Luis Alberto Crespo. Ambos participan en el para aquellos años famoso concurso
de la Bienal Pocaterra del Ateneo de Valencia, donde destacan también Rafael
Cadenas, Francisco Pérez Perdomo, Jesús Sanoja Hernández. Crespo publica en
libro en 1968, tal como Teófilo Tortolero. Nos mostró una poesía recogida,
rural, de memorias retomadas de la infancia y descripciones solares, limpias,
casi atlánticas por el paisaje costeño, a pesar de ser de una naturaleza de
montañas y valles, especial dado que la experiencia apenas había sido,
oblicuamente, tomada por nuestra tradición (quizá Palomares en otro sentido e
igualmente Salustio). Crespo es de aquellos creadores que asomaron un nuevo
giro en la poética: ahorro del lenguaje, continencia al máximo, exaltación del
paisaje e interiorizarlo de forma autónoma.
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En
un bosquejo de la Poesía Venezolana en estas seis décadas, de cualquier forma,
sería necesario, obligatoriamente, analizar otros poetas, situarlos en el
verdadero espacio que les corresponde en las dos corrientes del salvaje y el
gramático. Dos poéticas encontradas, pero existentes, lo que nos permitiría un
trabajo mayor, profundo. Incluiríamos a Luis Castro, Fernando Paz Castillo,
Pablo Rojas Guardia, José Ramón Medina, Ida Gramcko, Francisco Pérez Perdomo,
Maria Calcaño, Luis Garcia Morales, Juan Calzadilla, José Antonio Castro,
Eleazar León y Jorge Nunes. Y tal vez excluiríamos a otros.
Reynaldo Pérez Só (1945-2023). Seis décadas de poesía venezolana (Un bosquejo). Universidad de Carabobo: Poesía, No. 102/103, 1994.


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