CAPSULARIO #12

by - marzo 19, 2026

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Karl Marx (1872)


«Ganarse la vida» no deja de ser una idea contradictoria. Primero porque, mientras escribo esto, considero que ya me gané la vida (hasta ahora, en estos minutos, estoy vivo). Eso se debe a algún mérito mío (no suicidarme, cuidarme, evitar riesgos supremos que pongan en peligro mi vida, etc.), además de, sin ninguna duda, es una labor que adeudo, principalmente, a mis progenitores.

 

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Un apunte de Karl Marx (El capital, capítulo XXIV, El secreto de la acumulación orginaria) sobre ese ganarse la vida. En ese apartado explica que la noción de acumulación se equipara con el pecado original. El relato teológico de la expulsión de Adán y Eva del paraíso, por comer la manzana del árbol prohibido, funciona para explicarnos la instauración de ese sambenito que antepone a los muy ricos como grandes trabajadores y a los pobres como flojos que malbaratan sus ganancias. ¡Si los trabajadores tuvieran ese dulce despertar de no saberse esclavos! «De este pecado original arranca la pobreza de la gran masa que todavía hoy, a pesar de lo mucho que trabaja, no tiene nada que vender más que a sí misma y la riqueza de los pocos, riqueza que no cesa de crecer, aunque ya haga muchísimo tiempo que sus propietarios han dejado de trabajar.»

 

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Lo antes mencionado por encima ejemplifica un tajo de la creación de una narración idílica, como menciona Marx, sobre la acumulación cuando se ha hecho andar el carromato del capital a partir del divorcio de los dueños de los medios de producción y los obreros. Es decir, los obreros son los apóstoles no reconocidos de esa macro religión que es el capitalismo. Sería gratuito añadir que sin ellos, los trabajadores que venden su cuerpo, mente y capacidad por un salario, el cual sale como ínfima parte del excedente producido, las empresas se funden. Pero eso, en una época enfocada en el transhumanismo garantizado por la IA y sus corporaciones, es un pecado tan original como el antes mencionado.

 

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Un asunto disparejo

La desigualdad global parece crecer a un ritmo imparable desde la década de los 80 y que las mismas medidas distributivas para paliar esos desajustes tienen un peso político bosquejado en el acontecer actual. Según los datos del Laboratorio mundial de desigualdad, hasta el 2020, el 10% más rico posee el 75% de las riquezas totales mientras que los más pobres sólo poseen el 2%, siendo América Latina la tercera región más desigual del mundo solo superada por el MENA y el África Subsahariana. En nuestra región, el 10% superior obtiene el 77% de la riqueza total de los hogares, el 40% es que el nivel medio capta el 22% de los ingresos y el 50% inferior, los más pobres, sólo perciben el 1% (Informe sobre la desigualdad global 2022, Naciones Unidas Para el Desarrollo, 2022, p. 4-5).

 

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Siguiendo con la fuente anterior, la desigualdad entre los países del mundo aumentó considerablemente desde 1820 hasta 1980, pasando del 11% de desigualdad global en esa década del siglo XIX al 57% en esa década a finales del siglo XX, y que para el 2020, esa distancia económica entre los países representó el 32% (Ibidem, p. 7)

 

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Poniendo la lupa sobre la disparidad entre los más acaudalados y los más pobres, comprendemos las dinámicas de poder, al menos a través de las mediciones macroeconómicas, y las consecuencias avasalladoras de largo aliento en la distribución de la riqueza y el rol cada vez más exiguo de los Estados en ese papel: entre 1820 y 2020 los ingresos de los más ricos del mundo han fluctuado de la siguiente forma: 50% (1820), 60% (1910), 56% (1980), 61% (2000) y 55% (2020). Es decir, el 10% de los más ricos siempre ha rebasado el cincuenta por ciento de la totalidad de las riquezas, mientras que los ingresos de los más pobres, el 50% de dicha medición, solo ha fluctuado alrededor o por debajo del 10%: 14% (1820), 7% (1910), 5% (1980), 6% (2000) y 7% (2020). (Ibid., p. 8).

 

Relojería kantiana

Al indagar sobre lo cotidiano, para Kant (Antropología en sentido pragmático, Buenos Aires, Editorial Losada, 2009) el mismo «… tiene de su lado a la opinión vulgar.» (p. 27). Es decir, lo que por sí solo no despierta la investigación ni el descubrimiento sino que posee un «… efecto adormecedor.» (Ibidem). ¡Necesitamos un buen reloj que apunte hacia el despertar!

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