CAPSULARIO #16
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| Francisco de Goya, Correción (1796-1797) |
Crónica del vagabundo
En el trópico la vida es triste. El mar sonríe y
se encorva, mientras devuelve el destello dorado y plateado, hurtado por el sol y la luna.
En el trópico la vida es triste, mijo. El juego trivial de la riqueza y
pobreza te sumergen a ese pivote de las uvas de playa, el turpial que despierta y la
macerada mañana. El trópico es triste, mi amigo. El ron deja hijos
resguardados en ranchos ladeados por la lluvia, y las balas, de una guerra no
anunciada tejida en la boca amarga del nonato, es el rezo postergado. Entendamos que la vida
dejémosla triste pero viva.
Voy buscando el sentido en las hojas que caen, en el sol que se pone, y en las rocas acariciadas por el mar y el viento. En los árboles, creyendo, en su maestra enseñanza sobre el artista primitivo. Las aves buscan refugio aleteando la geometría del vuelo migratorio. Y, nuevamente, voy a casa. Solo. Dejando para mañana la otra búsqueda impostergable.
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El domingo tal vez fue el día en que dios quiso renegar del hombre y nos pasó su tormento. Por eso su clima tan desasosegante; un suicido largamente meditado.
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El amor,
como lo vemos hoy en día, no es la oportunidad para el encuentro romántico; es el filo
antropológico para medir las fisuras de la vida contemporánea.
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El amor verdadero es antropófago. Lo que siento ya ha muerto. Y es esa ilusión lo venerado. Permanece en su estío dulce, en las palabras auxiliadas por la memoria, y termina mostrando su carne apetitosa para los colmillos invernales.
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¿Se agota la ficción sin fisuras? Mientras más perfecta quieres hacer creer que es tu vida, más andamios debes superponer. Es la trampa del ojo. A simple vista podemos “juzgar” qué está mal. Lo perceptible nos engaña. En un ser “perfecto”, no podemos añadirle suturas. Por eso consumimos y deseamos vidas perfectas. Mientras la catarsis viene en su empaque opuesto: en la binaria resolución que sometemos a la naturaleza.
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Hemos confundido a los mensajeros; hurgamos en su dialéctica nuestro nicho de emociones. Lo que nos dicen debe ser tan nuestro como suyo; llegar a mí a través de un corto camino de entendimiento. Ser parte de mis abiertas dimensiones emocionales y hacer de la pasión un terreno baldío.
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«La ‘entrega’ a la PERSONA (padre, antepasado, príncipe, sacerdote, dios) como ‘alivio’ de la moral». Nietzsche, Escritos póstumos, p. 95.
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La interpretación como la náusea. El placer y el displacer como lo ‘útil’ y lo ‘no útil’, según Nietzsche.
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LA LEY DEL GARROTE
Sobre la democracia corre mucha tinta. Se supone que cada cuatro años (y su tradición se pierde cada vez más, por lo menos en Venezuela) se elige a un nuevo mandatario. Esto es un error permitido y secularizado; el tiempo quiere correr como un río, no ser interrumpido por las rocas que despiertan. Los votantes, en su mayoría todos los ciudadanos mayores de edad (sabemos que los chicos no son “responsables”), van a sepultar la papeleta de su candidato preferido (el que mejor ha seducido a las cabezas huecas con su charlatanería y propaganda). El error (y, por ende, el carácter de la democracia) es su condición disruptiva. Se elige, una y otra vez, ese mismo requisito indispensable en su cuota inabarcable: la movilidad. A la gente le gusta la democracia (si es que lo descubren) porque barajea preguntas, mientras los tiranos, antidemócratas, las llevan a las cunetas que rodean sus palacios de certezas (inoculadas como piojos a las cabezas del populacho). Quien se atreva a preguntar, a rescatar el sentido común que golpea la realidad totalizante y nauseabunda es enjuiciado, encarcelado, deportado o masacrado. Tanto un grupo como el otro, los demócratas y su contraparte, llevan a los golpes lo que silencian en sus estrados: algunos con sutileza, otros a los martillazos vulgares de la historia.


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