ENTREVISTA A NATASHA RANGEL

by - mayo 10, 2026

 

Natasha Rangel (Imagen cedida por la autora)


Natasha Rangel (Caracas, 1994) es una escritora, editora, facilitadora y correctora de estilo venezolana que ha publicado los libros Estorninos negros y Un animal impronunciable. Ganadora del premio Lo Mejor de Nos en su sexta edición con la historia Saborear la casa en una sopa de arroz. Sus cuentos han sido publicados en las revistas Digopalabratxt, Liberoamérica, Letralia y Zancada, además de integrar diversas antologías publicadas en Venezuela, México y Estados Unidos.

Antes de escribirle para una entrevista vía correo electrónico, leo un breve compendio de sus obsesiones: el folk, el horror, el storytelling de los videojuegos y el arroz chino. Además, no toma café, aunque sabe hacerlo. Por último, y no como dato menor, piensa que la escritura es una extensión del andar, algo que comparto profundamente, haciendo de Rangel parte de ese grupo selecto de escritores (Nietzsche, Walser, Rimbaud, etc…) que escriben con sus pies.

Dado ese simpático comienzo, seguimos con Punto y Coma, una sección para, de ser posible, charlar con narradores, editores y todos aquellos involucrados en el género narrativo. Así me propuse escribirle a Natasha para que nos hable sobre sus libros, su quehacer escritural, publicaciones, influencias y proyectos.

 

1) Tu resumen académico y literario nos indica que estudiaste Letras (UCV) y un magíster en Escritura Creativa (Universidad de Texas), además de ser la autora de «Estorninos negros» y «Un animal impronunciable». ¿Cómo nace tu interés por la escritura hasta hacerlo tu profesión y oficio?

N.R.: Te respondo esto en medio de un día nublado y ventoso en El Paso. Junto al balcón de mi casa hay un ejemplar raquítico de la Red Push Pistacia que ha aguantado varios inviernos. Este año, tras retoñar, una persistente reinita pensilvania viene a cantar posada en sus ramas cada mediodía. Tu pregunta, sin embargo, me hace pensar en apamates; me gusta esa palabra, me gustan mucho las palabras, en general, pero tengo la mala costumbre de reemplazarlas pronto en mi cabeza. Me sucede al intentar memorizar los nombres de árboles y plantas y animales, solo los que han logrado hacerse imagen en mi interior logran resistir las listas de palabras que vomita mi curiosidad. Escribir es, para mí, un oficio de la memoria y una forma de traducir las lecturas del cuerpo. Ya lo he dicho en varias oportunidades, pero me parece que es una cosa metabólica: puedo sentir todo de manera más intensa si lo escribo y sé que voy a recordarlo si trabajo bien las capas del lenguaje. Pero puedo ir incluso más atrás en estas apreciaciones, porque creo que el impulso también responde al deseo secreto —ya no tan secreto en tanto lo estoy revelando acá— de preservar el tono y la elocuencia con que las mujeres de mi familia me cuentan sus historias. El tiempo es un gran devorador de la voz. Si escribo, si consigo reproducir las inflexiones, el ritmo y los derroteros laberínticos de las anécdotas familiares, tal vez pueda construir el mapa de las voces a las que quiero volver. Ahí está el oficio.

 

2) Los videojuegos, el terror, lo gótico, el cine, lo mítico, en definitiva, el entretejimiento simbólico nutren tu narrativa. También, considero, tu aproximación a lo monstruoso es indisociable de lo femenino desde esa óptica de lo extraño, lo penado y marginado por la sociedad. ¿Cómo fue el proceso de escritura de «Estorninos negros» (DosPájaros, 2024) y de «Un animal impronunciable» (Trazos de Aves, 2025)?

N.R.: Los procesos fueron muy diferentes. Con Estorninos quise explorar las promesas infinitas de la infancia, la contundencia del presente en la mirada de los niños. Creo que el inconsciente, la fragmentariedad, las sombras, lo monstruoso y los juegos de focalización son algunos de los elementos que componen cierta estética narrativa de lo femenino y mi escritura tiende a emplearlos de manera natural. Me encanta lo fragmentario por su capacidad de retar la memoria del lector, así como también su rango de atención. Del videojuego me fascinan las capas de sentido que se condensan a través de los detalles, de los signos no verbales. La regresión infantil, por su parte, detona con facilidad el extrañamiento. Estorninos empezó a gestarse en el banco de un parque cuando Miguel Hidalgo Prince —que entonces era uno de los editores del portal Contrapunto, donde yo era pasante— me contó que lo perseguían los pájaros. Yo ya tenía rato pensando en niños que sostenían una relación peculiar con las pesadillas, pero cuando Miguel me comentó esta particularidad suya, los niños se fusionaron en uno solo: un niñito inmigrante, tímido y ojerizo llamado Wilhelm Johannes Prize a quien no solamente lo perseguían los pájaros, sino que, además, poseía la habilidad de escupir estorninos que se le formaban en el estómago. Lo que vino a continuación fue interesante porque Wilhelm no me reveló su historia de inmediato, sino que dejó que otra voz tomara la luz por él. A veces pienso en Cordelia como el monigote de una caja de resorte. Ella asumió las riendas del texto rápido, era muy difícil callarla. Aunque tengo la sensación de haberme quedado corta con la historia, me parece que la yo de mis veintes sí tuvo algo de éxito al representar su corporalidad y lo dominante de su presencia en el texto. A partir de ahí, mi obsesión fue narrar la inevitabilidad del vínculo entre ambos personajes.

 

Estorninos negros (Foto cedida por la autora) información en https://www.instagram.com/dospajarosediciones/


Los vínculos son una gran obsesión mía. Me parece que son una fuente espectral, expansiva y contaminante. Esa sensación está en los cuentos de Un animal impronunciable. Me atraen las ruinas, los arquetipos, las repeticiones y rituales que construyen nuestra identidad. El animal acabó siendo un tributo a las genealogías, a lo que las mujeres no se atreven a verbalizar, a la crueldad, a la rabia, a la incertidumbre de las heroínas que caminan a tientas en la oscuridad y que avanzan a pesar de intuir que ellas son el verdadero monstruo oculto en la hierba alta. Escribí a los personajes de esos cuentos con la intención de asimilar esa monstruosidad interior; irónicamente, el miedo, para mí, yace en la ausencia del monstruo, en la informidad de lo blanco.       

 

Un animal impronunciable disponible en https://trazosdeaves.cl/libros-ave/zorzal-mecanico/un-animal-impronunciable/


3) ¿Qué significó ser parte de «Feroces: Compilación de autoras jóvenes venezolanas» (Sello Cultural, 2023), «Cabezas en la ventana. Antología de terror latinoamericano» (Elefanta Editorial, 2024) y, recientemente, «Madrigueras: Una antología de Imaginación» (Entretierras, 2026)?

N.R.: Una vez más, se trata de experiencias con características propias. Feroces supuso encontrar a una comunidad de escritoras e interlocutoras de mi país. Siempre he dicho que Andrea Leal es mi hermana de escritura, mi interlocutora más directa debido a la cercanía y el tratamiento de los temas; pero Feroces fue la oportunidad de leer el trabajo de autoras contemporáneas con estilos y perspectivas muy diversas. Yo le huyo a la homogeneidad, no me interesa leer a gente que escriba “igual” o “parecido” —de hecho, me fastidian un poco las cuñas editoriales que tratan de “venderte” a otras autoras según qué tanto se parecen a otras: “Si te gustó el libro de fulana, seguro vas a querer leer a mengana”. Es aburridísimo eso porque condicionas al lector antes de que se abra a la experiencia de mundo de este nuevo libro— ¿Para qué? ¿Dónde está la voz? ¿Qué es lo que tienes para decir? Debería haber tantas propuestas como tipos de lector; y Feroces fue el abrebocas para mirar esa variedad y continuar buscándola en mi país.


Feroces disponible en https://www.amazon.com/-/es/Feroces-Compilaci%C3%B3n-autoras-j%C3%B3venes-venezolanas/dp/B0CQHNTJFM


Cabezas en la ventana, por otro lado, fue la entrada a un mercado inmenso como el mexicano. Todavía flipo recordando a Alberto Chimal leyendo el inicio de mi cuento “Cabeza de cerdo” en la presentación que hubo en Librerías Gandhi. El impacto se irá viendo conforme pase el tiempo, pero es una antología que me regaló la ilusión de horizontalidad junto a nombres de autoras que admiro como Enza García Arreaza, Verena Cavalcante, Elaine Vilar Madruga y Mariana Enriquez. Tanta exposición apabulla, pero es bonito imaginar que hay un “archipiélago” de papel en el que nuestras historias son vecinas.

 

Finalmente, Madrigueras me entusiasma un montón por lo que representa para la literatura imaginativa con sello venezolano. Creo que Tito Herbonniére es una de las voces más singulares que trae la antología. Pero, en líneas generales, me parece que la propuesta de la editorial Entretierras nos invita a hurgar en nuestro imaginario y a discutir las estéticas, las fallas y las potencialidades de nuestros sistemas de creencias.  


Disponible en https://www.entretierraseditorial.com/nuestros-libros


4) En nuestra época desbordada por la multimedia, ¿cuál consideras es el impacto de las redes sociales y medios digitales en su obra?

N.R.: Me atrae experimentar con formatos que reten mi manera de leer. Creo que no mencionaría las redes sociales como tal, pero sí los podcasts, por ejemplo; las transcripciones de audio e, inclusive, la disposición de los archivos en Google Drive como contenedores y medios de representación de la escritura. Esto último fue algo que usé en el cuento “Wendigo” que está en Un animal impronunciable. Me llama muchísimo la atención ver cómo el uso de un medio puede servir como relato secundario de una historia. Recuerdo que en Project Zero, que es una de mis franquicias favoritas, los objetos y los diarios servían como formas de caracterizar los espacios, el inconsciente y las motivaciones de las personas haunted del juego. Y, de nuevo, la fragmentariedad en estos dispositivos servía no solo para crear un relato coral y comunitario, sino para enfatizar la atmósfera poco confiable de la narrativa.

 

5) ¿Posee algunos referentes literarios/influencias que te han acompañado en tu proceso escritural?

N.R.: Montones y cambian según el proyecto. Ahorita estoy con los fanzines de Hellebore; películas como Gaua, Onibaba, Lord of Misrule; antologías de gótico botánico; y la música de Kiki Rockwell, Eva Chatelain, Raury, Bôa, Baba Yaga Team y Otyken. Creo que la música suele definir mucho de mis proyectos, incluso más que la lectura, en ocasiones.  

 

6) ¿Tienes algún proyecto literario en mente a largo o mediano plazo?

N.R.: Tengo varios, pero voy por partes. En este momento, la prioridad es terminar el proyecto que tengo pautado con la editorial lecturas de arraigo; según yo, es una colección de relatos que se mete con “lo vegetal”, pero una cosa piensa el burro y otra el que lo monta.  

 

7) En el cuento «Los cañaverales» (Pandilla Chang de jóvenes narradores, 2025), leemos:

«Para nosotros no había reglas, ni responsabilidades, solo un principio básico: evitar el fuego».

 

¿Vivir para escribir o escribir para vivir?

N.R.: Vivir escribiendo.

You May Also Like

0 comentarios