CAPSULARIO #24
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| Adriaen Coorte, Three Peaches on a Stone Plinth (1705) |
GESTIONES: LO INEVITABLE EN LA VIDA.
En el inicio de Gestiones (1992) de Rafael Cadenas (1930), poeta, escritor y profesor (jubilado) barquisimetano, afirma:
Retomo el hilo (Cadenas, 2011, p.7).
Ese preludio, como piedra fundacional, señala el camino que transitaremos —en ese descenso y elevación de lo mundano, de la realidad y lo que se nos oculta— de la mano de su portero (término que, en la etnología, determina el que “abre paso” al investigador en un campo de trabajo).
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La vida, en sí misma, es señalada como: … la antigua, la nunca adornada (Ídem). ¿Qué hacer con una tradición que lleva a la alabanza genérica sobre lo que es “vivir” sin interrogarse por sus implicaciones? Sin certidumbres, esbozar sobre el extravío que representa la vida misma para quien la “desplaza” en su andanza, no implica un abandono a la “objetividad” subyacente y telúrica en cada ser que nos muestra las emociones más recónditas y, por ende, dolorosas:
¿Por dónde deambulaba yo, suspendido? Pues nunca dejé de ser nervadura del asombro, de vivir en orillas, de extraviarme bebiendo un zumo oscuro, pero invadiendo los contrafuertes del día. (Ídem).
Esa especie de “rapto” nos devuelve al “habitar” —o, al menos, a ese traspaso y sus honduras que nos recuerde el vivir, sus procesos y trámites— y sus sorpresas, a lo significativo, y a su vez, lo escindido de toda grandilocuencia definitoria:
Transparencia que levanté de lo más acosado/como pieza cobrada en la tormenta. (Ídem).
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El papel de la poesía, en su acepción más general, como: “manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa” (RAE, 2021), es urdida como puente entre la “unión” de esos eslabones que separamos en el ejercicio cotidiano, aunque su representación —su cáscara— sea tan compleja como escurridiza:
Pero la palabra se escondía. (Cadenas, 2011, p.7).
Re-fundar la existencia implica dejar a un lado los grandes relatos para hacer monolitos de memoria en un tiempo finito que logre expandirse a través de lo que puede decirse (y quiere des-cubrirse). Dicha selección, sin bandera ni manual, asume la “derrota” como parte vital de lo que nos con-forma:
Los años han corrido y no dejé de registrar caídas. (Ídem).
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La muerte, inevitable, sería, en todo caso, el vestigio ejemplar de un tiempo que ha sido “vivido”, amalgamando triunfos y fracasos en una memoria que batalla contra el olvido perenne. Entonces, ¿qué hacer ante lo inevitable? Rafael Cadenas, como todo gran poeta, le ofrece a la vida los “regalos” necesarios para adornarla ante el inevitable “triunfo” de la naturaleza:
Ahora vuelves, amiga, y yo te recibo con presentes arrancados al verdugo que cela tu territorio. (Ídem).
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En la sección “Tributo”, la diosa a llevar al púlpito se convierte en un nido que entrelaza la fugacidad:
Aparté el sueño/cuando me dejó la infancia,/aquella exactitud. (Cadenas, 2011, p. 11)
Para convertirse en un ser-hogar melancólico re-visitado:
El oro de tus patios/al mediodía/apenas se insinúa/cuando un repentino sosiego/me devuelve a mí. (Ídem).
Ese personaje que corporeiza la memoria y su fragilidad, “rescata” lo que se pierde en sus mismos pasos, y que, si no es a partir de un ejercicio que centre lo “objetivo” en la preñez de subjetividades, ese oficio tan “inocente”, en palabras de Heidegger sobre Hölderlin, (Heidegger, 1992), sería imposible en su ejecución:
Registro/y sólo encuentro un hombre./Esta palabra dice mi límite. (Cadenas, 2011, p. 11).
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La naturaleza que llevamos dentro, la misma que no puede iluminarse tan fácilmente, la subrepticia en nuestro ser, cuando es bosquejada, dilucidada en su paisaje onírico y posible, nos brinda sus propias luces en el abismo:
Ella reluce/en la densa vegetación. (Cadenas, 2011, p. 13).
Esa dualidad entre lo místico y lo biológico, lo elevado y lo que se va esculpiendo con sus formas discernibles, palpables, perfila un “ethos” del ser (y su comunicación) que lo enlaza y destierra ante sus pares:
No fue suficiente/para contentar sus deidades/tu hondura animal,/ayera/que hoy te levantas en mí desde el polvo. (Ibíd., p.15).
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En el apartado “Convivencia”, la comunicación de lo inasible y dado por hecho, nos lleva a una “verdad” experimentada y re-creada por la voluntad:
Tal vez esta constancia/sea lealtad/a otra aventura,/una vez apartados/de nuestro primer esbozo. (Cadenas, 2011, p.21).
Tras el “cierre” de esas primeras etapas un tanto nebulosas, el re-encuentro posible debe ser desarbolado de todas las ficciones, realidades y pactos concedidos (y/o arrancados) al tiempo para encontrarnos:
Nos hemos salido del papel/con titubeantes improvisaciones/que tejen otra historia:/no la que imaginábamos/sino la que aprendimos a querer. (Ibíd.).
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En ese campo lúdico y vasto, lo errante es parte del recorrido en busca del Yo “perdido” para recuperarse despojado y re-novado ante la realidad. En ese bosquejo del Yo oculto, el poeta dice:
Tanteas/como ebrio/en la ruta del extravío/(así se llama/nuestro segundo nacimiento). (Cadenas, 2011, p. 23).
Cabe resaltar a lo errante como parto primitivo y consecuente al camino de la vida misma; a las complicidades en la heroicidad cotidiana, lejos de la pompa mitológica, para re-encontrar sus esencialidades. Esto aterriza en el poema Almuerzo, donde surge lo “trascendente” en una situación mundana:
El restorán bulle./Mientras comemos/recordamos/aquella intervención divina. (Cadenas, 2011, p. 25).
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La clarividencia del Yo que cuestiona su lugar en el cosmos no deviene en una exaltación del mismo. Las dudas brotan en esa naturaleza humana indómita por explorar. Es por ello que, ante la tala y quema, el desmalezamiento del ser, ¿qué queda? Lo que no puede sustraerse. ¿Y qué es esto? El conocimiento sobre la mortalidad, el sufrimiento y los avatares que cuelgan como frutos en la existencia.
Apartas/lamentaciones. (Cadenas, 2011, p. 27).
El ser humano, en su afán inherente a su condición de ser racional (y también, emocional), busca transmitir un saber que ha descubierto, hacer partícipe a sus pares, traducir lo que ha permanecido en las sombras que, si llega efectivamente a través de lo que filtra el lenguaje y el silencio, otros tomaran, aprenderán, consumirán o, simplemente, desdeñarán de acuerdo a sus posibilidades del pensar y su apetencia (Heidegger, 2005).
La apetencia se mueve en esa dualidad de la simpatía-antipatía que nos hace acercarnos y alejarnos de los objetos y sus proyecciones, sin la voracidad de lo inconmensurable ni su aprehensión más próxima. Ese elegir, por sobre el deseo (o por sobre el mismo), se vuelca en lo que podemos mostrar como “valioso”, sincero.
Ese Yo que cabalga entre el residuo de la masa etérea, vislumbra una figura poco discernible, precaria:
El rostro/lleno de espera. (Cadenas, 2011, p. 31).
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La ética del vivir, y su bondad, recae en anticipar su propia dimensión en el cosmos para trazar un camino propio sin tantos artilugios ni cachivaches que ralenticen su senda:
Pero falta/todavía/ese aire desusado/de quién empleó su vida/en un solo aprendizaje:/no necesitar sostenerse. (Ídem).
Al volver sobre la metáfora del rumbo, solo puede trazar un camino el que sopesa su mortalidad, le da alas a lo reptante, velocidad a la quietud y viceversa. Sea en un pueblo, ciudad o suburbio, la gratitud es el eje que bosqueja al bondadoso y el que está atento a lo experimentado:
Todo ocurre/en los ojos/acogedores. (Cadenas, 2011, p. 35).
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La verdad, si se asalta (o nos asalta), y se emprende su acorralamiento en palabras, puede ser tributaria, sin afectación para inventariar requisitos inesperados sin la proeza grandilocuente de la acción. Contemplar su reducto, simple pero luminoso, hasta llevarnos a habitar(nos) entre sus follajes.
En el apartado “Mediaciones”, leemos:
Nuestros pobres fueros de hombres:/asomarse cansados a un amanecer que se sabe. (Cadenas, 2011, p. 45).
La labor del artista, si nos atrevemos a colgarle una definición, es acometer con sus medios de producción —en este caso, la lengua— una penetración eficaz en la comunidad (Steiner, 2003), y posibilitar las lecturas necesarias tanto para el público y los críticos que, en sus diversos niveles de armazón, permita un tras-paso por caminos nuevos, no abordados.
BIBLIOGRAFÍA:
Cadenas, Rafael. (2011). Gestiones. Primera Edición. Mérida, Venezuela: Ediciones Actual/Universidad de los Andes.
Heidegger, Martín. (1992). Arte y poesía. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Heidegger, Martín. (2005). ¿Qué significa pensar? Madrid: Editorial Trotta, S.A.
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, 23. a ed., [versión 23.5 en línea]. https://dle.rae.es [Consulta, 03 de enero del 2022].
Steiner, George. (2003).
“F.R. Leavis”, en: Lenguaje y Silencio.
Ensayos sobre literatura, el lenguaje y lo inhumano. Barcelona, España:
Editorial Gedisa.


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