
Wassily Kandinsky, Kleine Welten (Small Worlds) V (1922)
[METRA]
Caminé todo lo que vi, desahucié las superficies, los rostros, las marcas, los letreros, los charcos reflejados como pieles de carros, los avisos, los números detrás de las camisetas (11, 12, 10, 7), agoté los nombres de las compañías de Moto taxis (Alí Primera, Cacique, Machera) en sus cascos refulgentes reventé el deseo de lo insondable, los nombres de las compañías de autobús (El Divino Niño de la Cuchilla, La Bestia II, Daniel Alejandro, Don Toribio) en sus vidrios concilié la pureza de la soledad en la esperanza lumpen, mistifiqué las alusiones paranoicas de cierto mesianismo pop consolidado en los títulos de Abastos y Supermercados ( La Tercera Venus, Los Girasoles, El primer día, La Vaca Flor), abrigué la espera del numen en placas de carros mientras agonizaba entre la multitud (Xhu-666, Lara; L-66p, Mérida; PLW-111, Maracaibo) hasta que fijé lo justo para sobrevivir sobre el anochecer redondeado por mi pensamiento: una metra solitaria como la lágrima de un gamin. Del dentro de lo oscuro la transparencia era un giro de aire sanguíneo, como lunar lo espeso para la exactitud del verbo. Conciso músculo, ligadura, muñón que mordemos por tubérculo, por raíz limada hasta que sea piedra del ojo, nudillo apretado bajo la cara, tornillo venoso de los callos, sal piedra pronta a reventar dentro de la piel, mar de las articulaciones, fauna de los órganos en flor, de extremo a extremo la sangre corre con la textura de la tierra y sus vegetales son la plastilina de mis sueños, la bondad amarilla de los dientes en hileras saliendo de la entrada de un colegio, entrando la estrofa vertical, no el esófago, un sinfín de sangre acumulada como una novela o un suicidio más allá de la ventana –abajo, desde el cielo naranja–, a donde emigran los papelitos con números de teléfonos borrados por la lluvia (Alexandra, 0414-78#6678#; Ami (…), 04#6-87(…)98), donde quedan clavados los impactos de los señores bajo el numeral de lo dígitos familiares al silencio de las cenas ajenas, qué se hace, callar en los bancos y bendecir la precaria diligencia, el sentirse bien entre todos a pesar de tu pureza, no estás quemado, la señora te miró como si pertenecieras a cierto grupo de condenados por el constante dolor de hablar sin hablar de amar sin amar de comprar sin orlar, orlar sin saludar a la señora que saca del cajero delgadas longas de jamón para la pizza de su niño, que cumple 6 años, Jerson José, violinista en la orquesta, amigo de Jesús, el gamin, que jugaba a las metras en el medio de la calle para ser interrumpido por los carros, por el ruido, por la telepatía lumpen de mis manos, por mi ciego, por mi tierno, por mi llego, por el sol cayendo de una fuente, casi palmera sobre la sombra del charquito de la metra donde un dedo señala y hunde la piel. Te están llamando, hijo. Voltea.
[ALA DE UNA LIBÉLULA]
Una habitación, por favor: nervadura, la dactilografía del uno, la luz podría ser mi hermana por la esperma, podría, pero cuánta línea siguiendo en flor bajo el vientre de las hojas cuando cae boca arriba los espeluznos. Cuánto haber de consagrar la luz en un odio particular de crecimiento hacia el fin, cuánta paz llagada para perseguir los nervios de los laberintos. Mi espalda es una colcha, me protejo del frío, la noche supura gruesa sangre, se chorrean las montañas, sangran la mermelada de todos los hongos digeridos por mis amigos, los que estudian dentro de las aulas el silencio desolado del honor en el canabis de los teacher y su mandato, cualquier mierda es una esperanza, ocurren mil cosas dentro de una cosa, mil espacios dentro de una trama acariciada por el agua que bebe, cuando se acerca bien apagada contra el firmamento, toda una penetración a velocidades violentas, colisiones náuticas en los elementos, no necesito ideología para dormir, todos duermen, yo soy el que velo la mañana, el que bebe de la fuente de la Plaza Bolívar y encuentra en el rostro de lo anónimo de todas las personas el olvido de la verdad que resiste bajo mis pies, bajo la sangre de mi siglo, cuando acumulo en cada ola de luz la intermitencia de unos piecitos blancos apretados en unas sandalias rojas.
Daniel Arella (1988). Catálogo de la indigencia. Valencia: Poesía. Publicado el 28 de noviembre de 2025.
