CAPSULARIO #33

by - junio 04, 2026

Disponible en https://eldienteroto.org/wp49/verdad-dice-quien-sombra-dice/


 

LA NECESIDAD DE UNA SOMBRA: ¿PARA QUÉ ESCRIBIR?

 

Leyendo «Verdad dice quien sombra dice» de Christiane Dimitriades, poeta venezolana, cuyo título parte de un verso de Paul Celan (1920-1970), poeta rumano, el lenguaje, lo nombrado a partir del escenario propuesto en un poema y/o aforismo, actúa sobre lo subyacente: muestra un sentir enconado en la profundidad del ser; describe lo percibido en algún instante que ya no existe (y que únicamente puede ser rescatado a través de la palabra, auxiliar privilegiado de la creatividad y de la memoria). O, si seguimos con ejemplos, pinta la sombra de un árbol que no se puede ver y cuyas raíces brotan en la ocasión del decir.

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Escribir es una terquedad personal. De esa obsesión sale un cuerpo que toma vida propia para enunciar sus inquietudes, dilemas, expresar su libertad. Una palabra sigue a otra, una línea a un párrafo, y ese cúmulo de tantas referencias y posibilidades arrastra un alud a la otredad (el que, curioso e interesado, lee lo que con empeño busca pergeñar sentidos). En esa actuación, porque el hablar es hacer cosas, se pone en movimiento lo que, en apariencia, no lo tiene y echa a andar escenarios que otros van a recrear en su mente.

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La escritura parte de una labor: el que lo hace, ya sea hombre o mujer, tendrá otra vida mientras pueda sentarse (o lo haga de pie, como según Ernest Hemingway, escritor estadounidense, escribía, o en esa tradición de horizontalidad pragmática de Juan Carlos Onetti y Truman Capote) en su escritorio predilecto y vuelque todo en un texto: con un plan minucioso o bajo la llovizna concurrida de sus ideas. Sin detenernos en los géneros, lo imaginado, siguiendo esa mecánica, es hermano bicéfalo de lo acontecido: tal duplicidad se lleva a ese cuadro diminuto, extenso, donde el mundo es otra cosa, sin que tenga la necesidad de aterrizar en la materialidad de éste. De este modo, la producción del mismo, tanto en lo sucedido (ya sea en una crónica, relato, poema) y lo imaginado (novela fantástica, cuento, épica, etc.) lo asemeja a un obrero con su horario de oficina, haciendo del escritor, antes que un aristócrata, el burócrata de lo imposible. Por otro lado, si es lo suficientemente neurótico y le gusta torturarse con la teleología de su oficio, se preguntará: ¿Para qué escribir? ¿Por qué pasar tantas horas imaginando, recreando y tecleando una historia?

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Quizás es la urgencia de una sombra. Escribir es enfocar cierta luz sobre un pequeño mundo, ínfimo, el cual toma fuerza para extenderse, crecer en una pantalla y/o página, y seguir hasta la remota alternativa sensorial de otra persona. Si es un elfo, hada, monstruo lo que se expresa, se mueve y siente, lo vas a ver, escuchar y comprender como si estuviese allí, tan real como un amigo o latente en el callejón acechando como un enemigo. Si, por el contrario, es una hoja lo que desciende en la inmensidad del bosque, así te encuentres en medio de un barrio apilado por casas y cemento escuchando la bulla incesante de los vecinos, ese momento tan delicado será tan tuyo como del poeta. Entonces, la sombra es lo proyectado por el juego de luces que un escritor y/o escritora realizó, y que el lector, cómplice, es el asistente distinguido a tal suceso.

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A veces lo visto con claridad no exhibe su potencialidad hasta adentrarse a lo que esconde. Es allí, en la sombra, donde se revela un tajo escindido y vital en la muestra de la superficie. También, en nuestro caso, por la inclemencia del clima, en horas álgidas del día, la sombra es una necesidad: desde ese resguardo podemos observar las cosas más vivas, apetitosas y reales. Es, desde ese panóptico de Macuto, donde podemos adentrarnos a la inmensidad y nitidez de la luz tropical, creación insigne y unánime de Armando Reverón, pintor venezolano, adelantándose con su arte pictórico a la naturaleza. Así, siguiendo lo expresado por Oscar Wilde en The Decay of Lying. An Observation, obra ensayística de ese genial escritor, poeta y dramaturgo irlandés, el arte supera al paisaje circundante porque nos permite conocer a profundidad sus impresiones, extenderlas hasta el artificio hermoso, trágico, ornamental y espiritual de lo humano. Y, como la niebla londinense fue una invención de los escritores decimonónicos, Reverón hizo tangible, en el siglo XX, la exuberancia del color tropical del litoral central venezolano.

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Escribir es hacer de lo ausente parte integral de algo más. Jorge Luis Borges (1899-1986), poeta, cuentista y ensayista argentino, escribió en «Elogio de la sombra», al mencionar el paso del tiempo y la llegada de la vejez, estos versos en el poema homónimo:

 

«....Vivo entre formas luminosas y vagas

que no son aún la tiniebla» (p. 1017).

 

Si planteamos la tesis de que escribir es hacer coexistir las tinieblas, cada escritor levanta, a su modo, el telón de la tenebregura antes que, en el proceso de la vida, en su igualitaria horizontalidad, sucumba a la oscuridad total de la muerte. En ese ínterin, el escritor, absorto en sus ideas, sensaciones y construcción de sentidos, planea sus historias, apropiándose de estéticas y formas particulares con su propia geografía (cuevas, laberintos e islotes secretos). En esos escenarios, con sus normas y reglas restrictas a lo contado, el mapa emocional e intelectivo del artista guiará a otros para que sigan sus elucubraciones, perplejidades, descubrimientos y, por supuesto, voluntad.

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Volviendo al poemario de Dimitriades, una estación, el primer soplo otoñal de septiembre puede ser la ocasión idónea para conocer cómo las hojas «…cubren de rojo el asfalto como despedida de la plenitud del año» (p. 5).. O, en ese mismo poema, podemos descubrir el tajo de tonalidades temporales en el trópico: «… el breve e intenso gris de las nubes que en su descarga inunda las calles y la radiante luz que enceguece la visión, tiñe de blanco el paisaje y nos obliga a mirar de nuevo los objetos…» (Ibíd.).

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En otro poema del mismo libro, la autora mencionada nos permite relacionarnos de manera intensa, emocional con los objetos y lo circundante en la muestra auxiliar (y poderosa) del arte: «Mi relación con la naturaleza, que a veces percibo como extraña y hostil, se me ha dado únicamente a través del artificio, de la copia, vale decir, de una segunda realidad: toda reproducción es menos cruel y menos riesgosa» (p. 7).

Lo que en algún momento habría pasado inadvertido, sin sorpresa, en la obra, dependiendo de la intencionalidad, mirada y proposición de cada escritor/a (y, a su vez, de la lectura que le damos en determinados momentos de nuestra vida), adquiere una potencia concreta y enriquecida: la visión del artista, si es lo suficientemente profunda, emotiva, nos lleva a recorrer un camino nuevo, inexplorado, el cual haremos nuestro de acuerdo a nuestro bagaje intelectual, disposición y/o sensibilidad.

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La sombra, en todo caso, despierta de su propia acera, complementando lo positivo del existir en su materialidad con esa argucia subrepticia en negativo que, como un revelado, nos proporciona algún aprendizaje, norma, esencia para integrarse a la pluralidad de la vida.

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Nietzsche en «El viajero y su sombra» quiere hacer hablar a la sombra; sacudirla para que aparezca, salga de su lecho romántico y tome la corporeidad esencial, vigorosa del existir mundano: le suplica que sea un actor saludable, lúcido; abandone su pasividad ante la realidad, se eche a andar y despoje el necio rencor, que sea responsable de su parte activa (y elemental: ser voz de un mundo que ha fenecido ante sus ojos).

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La sombra nos habla de una identidad. De la compañía de todo caminante (Wanderer), la memoria de sus pasos y la máscara del exilio que cada ser humano emprende en diferentes grados durante su vida. Mónica B. Cragnolini, en su ensayo «La metáfora del caminante en Nietzsche», hace un repaso sobre la noción del viajero, del errante y sobre el exilio en el arte (Ulises, Kafka, Baudelaire, etc.). En esa travesía hacia tierras lejanas, la necesidad de encontrarse, de que el yo vislumbre algo noble, nuevo, esencial para el ser, además del rencuentro con lo añorado y amado, plantea un ejercicio terrenal y metafísico donde la unicidad requiere de una totalidad armónica, bella y, ante todo, real.

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Entonces, siguiendo con Dimitriades, la sombra puede hurgar en los vericuetos materiales del mundo circundante. Es decir, puede leer, apropiarse de una queja, denuncia, manifestarse sobre el devenir corporal, social, político, entre otros asuntos, para integrarse al escenario presente:

 

«Vergüenza de sólo balbucear palabras entre las sombras, de

girar en círculo sobre mí misma sin poder asir el mundo, este

país en ruinas, convertido en un maltrecho juguete en manos

de la insidia». (p. 12)

 

La sombra, como la ilusión, urdida en las tramas de la existencia, da un salto de las tinieblas a la Bastilla de lo cotidiano: en la obra del escritor/escritora, en la mente del lector, en la palabra misma que se emancipa tras lo nombrado.

A lo mejor, siguiendo otro poema de «Verdad dice quien sombra dice», la tiniebla se adueñará de todo (y, nosotros, nos acostumbraremos a adiestrar la mirada para sacar la luz provechosa entre tanta oscurana, aunque sea circunstancial antes de la definitiva):

 

«La sombra destruye la materia, sólo conserva su forma

más depurada, su esencia».

 

 

Bibliografía

Borges, J. L. (1969). Elogio de la sombra en "Obras completas. 1923-1972". Buenos Aires: Emecé Editores, 1974.

Cragnolini, M. B. (2000) La metáfora del caminante en Nietzsche. De Ulises al lector nómada de las múltiples máscaras. Ideas y Valores, 49 (114).

Dimitriades, D. (2023). Verdad dice quien sombra dice. Cali, Colombia: El Taller Blanco Ediciones.

Nietzsche, F. (1922). El viajero y su sombra. Madrid: La España Moderna. Traducción de Edmundo González Blanco.

Wilde, O (1891). The Decay of Lying. An Observation.

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