CAPSULARIO #34

by - junio 11, 2026

 

Francisco Camps Sinza
 Alfred Schmidt, Thinking Horses. Course for Advanced Students (1913)


Tres trivialidades nietzscheanas


Objetos de fe

Nietzsche nos dice en El viajero y su sombra (Traducción de Edmundo González Blanco) que el idealismo piadoso oculta lo mejor de nosotros por esa santificada moneda que se echa al pozo de la suerte en lo que concierne a la humanidad. Esto, sin lugar a dudas, conduce a lo que el pensador alemán logra objetivar como un asunto de fe. La contemplación, lo real, lo palpable, entonces, debe ser recubierto por ese óleo de posteridad, amable, incierto, para prolongar el dolor hasta terrenos insospechados. En todo caso, el engaño provisorio a los sentidos no cambia por ese velo fantasmagórico: está allí, dispuesto a que algún dedo hábil hurgue su lugar secreto.


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La república de los sabios

Toda sabiduría es desconfianza. El sabio vigila lo que hace otro sabio para aprender, corregir y mostrar su descubrimiento. ¿Qué sucede cuándo todo un país abandona esa lógica consustancial a las ciencias? ¿Qué descubre con semejante testarudez? Y, no menos importante: ¿cuál mito predominante sustituye tal vacío?


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Ceguera

Si Homero, como lo conocemos hasta hoy, nos legó su poética condicionado por su ceguera, ¿habría que adentrarse a ese terreno nebuloso para hacer algo valioso? ¿Edipo fue más sabio al dejar de ver? ¿No nos complacemos con tantos estímulos visuales hasta, en muchísimos casos, desconocer lo que estamos viendo?



Reynaldo Pérez Só y la endofobia en la poesía venezolana


En el texto La endofobia en la poesía venezolana (Poesía, 29 de noviembre de 2017), Reynaldo Pérez Só (Caracas, 1945- Valencia, Venezuela, 2023), poeta venezolano, hace un breve repaso por esa categoría sociológica y antropológica para dar lectura sobre la creación poética y la manera en cómo nos leemos. 


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La endofobia arropa un abanico de complejidades socioculturales donde el color de piel, situación económica, nivel educativo, ideología, credo, modismos, etc., jerarquiza rótulos haciendo del individuo y/o grupo blanco fácil de discriminación. La noción de un ciudadano ejemplar, modélico, puede enquistarse en un juicio etnocentrista, abonado por un adoctrinamiento eficaz y afilado por tanto tiempo en la memoria individual y colectiva.


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Esas dinámicas engrasadas por centros de poder económico y mediático, haciendo de una maquinaria deshumanizadora práctica cotidiana que atraviesa cualquier forma de expresión, siendo la literatura en general, y en este caso en particular la poesía, un eslabón más de ese patrón cultural, ponen en el foco la mirada interna, doméstica, que hacemos de nosotros. 


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No son pocos los estudios que tratan la endofobia en Venezuela (y que, tras todo lo acontecido en la última década en el país, además del complejo tema migratorio, seguirá creciendo, o eso esperamos, en cuanto a una mayor profundización del tema en cuestión y a lo que un enfoque de la discusión pública sobre nuestra identidad se refiere). El tema es difícil de desgranar. La autopercepción pasa por un lindero de procesos cuyo "origen" acumulativo es imposible de rastrear. No obstante, desde la psicología social (Maritza Montero y su estudio Ideología, alienación e identidad nacional: una aproximación psicosocial al ser venezolano) hasta la antropología (Miguel Acosta Saignes en Raíces y signos de la transculturación), por nombrar solo dos líneas investigativas, han dado sus aportes para continuar indagando, ya sea desde la academia y en otros ámbitos del saber y/o comunicación, a tan poroso debate.


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Desde su trinchera, Pérez Só, destacado escritor y cofundador de la revista Poesía, insigne espacio de divulgación de la poética venezolana, latinoamericana y global editada por la Universidad de Carabobo (Valencia, Venezuela), hila lo que consideró los rasgos de la máscara endofóbica en la literatura nacional: una que, desde la centralidad urbana filtrada por el capital (lo que "funciona"), escinde entre lo folklórico y lo moderno, ambos con sus tintes peculiares dados por la transculturización. Es decir, lo construido a partir de una mirada foránea atravesada por la moda literaria o lo que se dictamina desde países con una robusta tradición propia y que, al ser exportados para el "consumo" global, la cultura integra sus aditamentos locales para hacerlo "digerible", propio. Esto, como toda discusión sobre identidades, nos da al menos tres interrogantes focalizadas (e irresolutas): ¿Qué tomamos por "nuestro" en ese consenso nacional? ¿Cuál es el malestar en la cultura venezolana? ¿Queremos ser otros para no operar sobre lo que tenemos a mano?


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Lo que somos, en ese vaivén del "yo-nosotros" en constante comunicación y diferenciación, siempre va a despertar fantasmas ideológicos que, por un lado, exacerban los aspectos positivos para una manipulación partidista, mientras que por el otro se ofrece la cartilla de la moralina para esculpir el aspecto modélico requerido (¿por una clase?). Ya sea con la palmada en el hombro o el varapalo, el texto del mencionado poeta nos devuelve esa reflexión tan pertinente en torno a categorías tan difusas de la "mismidad" y "otredad". Las conjeturas abundan: tal vez tanto desvarío, desconfianza y ceguera improductiva sea por el alud consecuente al desviar la mirada hacia lo que no se encuentra en nuestra vereda. Con sus beneficios y malestares, ingenuidades y malicia, se sigue esa tradición que conquista un error quimérico con su recetario de hastío, infelicidad y desolación. Sin soluciones ni lecciones aparentes, solo nos queda, a manera de salvaguardia en caso de incendio o vaguada, echar una ojeada detenida a lo que hemos hecho para, si es posible, seguir marcando una senda pequeña, personal, sin grandilocuencia utópica que sume a esas otras voces que despiertan. 

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