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| Caracas. Foto de José Manuel Azcona (Fuente: Flickr) |
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CARACAS
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CARACAS
Tan altos son los edificios
que ya no se ve nada de mi infancia.
Perdí mi patio con sus lentas nubes
donde la luz dejó plumas de ibis,
egipcias claridades,
perdí mi nombre y el sueño de mi casa.
Rectos andamios, torre sobre torre,
nos ocultan ahora la montaña.
El ruido crece a mil motores por oído,
a mil autos por pie, todos mortales.
Los hombres corren detrás de sus voces
pero las voces van a la deriva
detrás de los taxis.
Más lejana que Tebas, Troya, Nínive
y los fragmentos de sus sueños,
Caracas, ¿dónde estuvo?
Perdí mi sombra y el tacto de sus piedras,
ya no se ve nada de mi infancia.
Puedo pasearme ahora por sus calles
a tientas, cada vez más solitario;
su espacio es real, impávido, concreto,
sólo mi historia es falsa.
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CARACAS A LAS CINCO DE LA TARDE
Adiós locura de mis treinta años...
Carilda Oliver Labra
se sienta en las esquinas.
Hora de las mujeres que empezaba
a desvestir el viento.
Hora llena de ojos
de no querer y sí querer. De pájaros
oscuros como el vino.
Como un tambor
el dulce ardor
resuena
y envenena
la estruendosa marea del amor
porque el momento no es
para uno o para tres
el aire es solamente para dos.
Y la verdad
de la ciudad
se echa a correr sin antifaz
y el corazón se embarca en el revuelo
de un acordeón que acaba de atracar.
El alcatraz vigila
gatos y calamares liban en tu alelí
los faroles se acuestan de cabeza
nada es igual aquí.
La Caracas ceñuda
se acaba de marchar
es la hora propicia
para morir sin naufragar.
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CARACAS
Caracas mi Caracas: Caracas nuclear: Caracas punto desbordando un valle a un kilómetro del agua: Caracas célula: Caracas sopa de letras de esquinas deslenguadas: Caracas burbuja: Caracas explosiones de oxígeno: Caracas aldea: Caracas de mi palabra peatonal: Caracas sofocada y sofocante: Caracas… y un cielo de puntos suspensivos: Caracas poniente en la Fajardo amparando soledades ahumadas al 20%: Caracas furiosas Cotas aladas: Caracas papel milimetrado de mongólico ahuecado a tiros: Caracas del lord Motorizado: Pontificia Caracas de entierro e’ malandro y policía: Caracas niña esquizofrénica con menstrua psíquica y una hojilla en la mano: Caracas madre Lionza sacrificando su pelvis hacia el cielo: Caracas “toque y vaya”: Caracas Pedagógico, Jachico y Distrito: Caracas de emigrantes sin turistas: Caracas y padres del interior: Caracas y abuelos europeos: Caracas infancia del timbo al tambo: Caracas 462-0886: Caracas el Cuadrito de San Juan: Caracas, torre C, piso 8, apto. 84: Caracas Valle de balas: Caracas Rotten Town: Caracas Ultrafunk: Caracas Sentimiento Muerto: Caracas Zapato 3: Caracas Desorden Público: Caracas Greenwich Pub: Caracas La Belle Époque: Caracas El Maní es Así: Caracas monte cúbico a la potencia y a la potencia: plastificada Caracas de “Caracas, Caracas… cómo me gusta esa ciudad”: Caracas selva de bestias que repiten y repiten “lo demás es monte y culebra”: Caracas de “Vamos, Vamos, Caracas / Regálame otra estrella”: Caracas ola-Ávila amurallándonos como un tótem-brújula: Caracas guacamaya tragaluz: Caracas infinita luz paleolítica: Caracas de zamuros arcángeles: Caracas poemas gordos y volátiles de esmog: Caracas uno más uno igual uno y siempre uno: Caracas Cromosaturación: Caracas Bola de Soto: Caracas mural chimbo de Bolívar llorando en El Paraíso: Caracas ultra de los cincuenta: Caracas ultra de los dos mil: prometida Caracas ambidiestra que aún sueño: Caracas olla de presión superpoblada: Caracas de mis nativos anticaraqueños tan adictos a Caracas: Caracas sin centro, pero adentro: Caracas Cabrujas: Meneses: Grupo Tráfico: El Techo de la Ballena: República del Este: Caracas de techos rojos, hoy inconcebible: mítica Caracas de Leones, con melena invicta: Caracas de espíritus caciques, aún señores del valle: cabeza de un país acéfalo: accidente urbanístico legalizado: palimpsesto de naufragios que borras y escribes y reescribes todos tus nombres: coño: que en tu valle me sepulten y que sobre mí planten un gran Araguaney.
con el cabalgar de tanques y de historia
mezcle
Sus cigarrillos abandonados
En cuartos de hotel infinitos
mezcle
Sus viajes
Por la nebulosa de Orión
O las puertas de Tanhausser
con el diminuto aliento de los días
con la rutina del funcionario de la Stasi
con el trópico amenazado por el agujero de Ozono.
Mezcle
Los años alborotados como la cabeza de un rockero
por la ventana del carro hacia la playa
Mezcle las dosis
Mezcle los elementos
Mezcle la música de todos esos años en los que navegó en el olvido
Mezcle el paso de sus suelas asesinando los charcos
Mezcle
La banda sonora de aquel cómic de Batman
Con el sabor de los besos de una rubia de película de detectives
Mezcle el silencio del cinismo
Con la ira heroica y confundida de la reprobación
Mezcle su miedo con su ira
Mezcle lo que no quiso recordar
Con lo que no se olvida
Recoja las cintas grabadas
Y abandone de nuevo, un hotel, una pensión o un amante
Lea el tarot y confíe en la sapiencia absurda de su viaje
Prometa morir como Isadora Duncan o Alfonsina Storni de alguna muerte preciosa
Mezcle su soberbia onmipotencia con la cínica creencia de que la superstición es hija de un orgullo apesadumbrado
Mezcle la dulce melancolía de su desprecio
Con la obscena necesidad de su deseo
Y obtendrá
ésta noche solitaria en Caracas
obtendrá a la caminante descalza por las tristes calles de un deseo
que llega demasiado tarde
de un ocaso del alma pura
del humo de los carros y las tetas de silicona diciéndose socialistas.
fundiéndome con él en la penumbra
de su luz ladeada: de sus valles
como el silbo de un mirlo.
Voy abriendo
la ignorancia feliz de Ja montaña,
y el aire puro, el sorprendido roce
de la hierba y el agua.
Monte arriba,
empañado de aromas solitarios,
sueño que subo a la velada cumbre,
y hundo mi corazón en la espesura
diáfana de la noche: de esta noche,
santa, que guardo en mí, que dentro llevo,
que dentro me ilumina, aunque ande sola
mi alma en la soledad del monte oscuro,
lejos, ¿pero estoy lejos?, de los míos.
Las alas, los afectos de la vida,
La dulce libertad del alma toda,
llevan mi ser, como en suave vuelo,
como el olor de la retama el humo
de la hoguera, lo mismo que la música
del tendido pinar, en torno al recio
cinturón de montañas que rodea
esta noche a Caracas: esta noche
mandatario de Dios, allá nevada
entre yertas encinas, y aquí tibia,
sumida en la pisada, verdiárea,
límpidamente santa: rumorosa
abiertas al sigilo de los Andes.
¡Rumorosa y silente, al mismo tiempo,
de muchas navidades que congregan
gentes de todo el mundo, con cantares
áe todo el mundo, al pie de los pesebres
alucinados, respirados, tibios:
cálidos como el hueco que la oveja
deja de madrugada en el rastrojo!
Son gentes que han venido, que han doblado
la vida en dos, definitivamente,
como un papel sagrado que se guarda
en el bolsillo mucho tiempo, junto
al íntimo calor, pegado al suave
muro del corazón, y que, al sacarlo
un día de repente, ya está roto.
Tienen la fe del Avila en el Avila.
Dan el pecho a la vida como pueden
y buscan el cobijo de este monte
coronado de ráfagas de árboles,
por donde el agua virgen rumorea
el diálogo perpetuo con la sombra.
Ellos, fundidos a la nueva patria,
reunidos a las grietas de los Andes,
agarrados de ellas como ovejas
tenaces, reunidos a los pozos,
mezclados a los surcos recién hechos,
levantarán, Manuel Felipe, un día,
la tierra en esperanza que tú sueñas:
la tierra de Bolívar toda junta.
Pero esta noche nacedora y virgen,
al compás de su pecho, están cantando
comarcas invisibles de la tierra:
invisibles comarcas, lagos, pueblos
con abetos mojados o con ricos
olivos nobleañosos; y convocan
desde su corazón sitios y fechas
ahogados hace mucho.
Si te fijas,
metal, que está royéndoles el pecho,
gastándoles la piel del alma viva,
fundiéndose con ellos desde niños,
igual que esas raíces que se meten
debajo de las tapias de los huertos.
Al volver la mirada a todas partes,
dentro del corazón: en la palabra,
en el vuelo interior de la palabra
que lleva a todas partes, pienso en ellos;
y en esta noche de bonanza fuerte
que sacude la tierra silenciosa
igual que una oleada subterránea,
pienso en su corazón absuelto en risa
por encima del Avila y del mundo.
... Sueño que subo a ver, que trepo el río
hasta la luz del manantial, que asciendo
llevado por mi anhelo, en esta noche.
La ciudad a mis plantas se derrama
como la muerta lumbre de una hoguera
movida por un viento no visible:
el ruido y el silencio son iguales
desde arriba, en el vaho de las cumbres.
Los hogares ascienden y descienden
por las frescas laderas que entrelazan
la callada ciudad.
Se oye un riachuelo,
que puede ser el Guaire o el de alguna
remota aldea de movidos álamos,
casi en León: el corazón no sabe.
No sabe, y yo estoy libre sobre el Avila,
presenciando el misterio sin techumbres
en esta santa noche de unión íntima.
Entre esa masa humana que se acuna
a sí misma cantando, tengo amigos
de aquí y de allá, y el monte les abraza,
les acuna también con son silente:
con apagada música de estrellas
con su risa leal, y que no sabe
que yo la estoy mirando, acompañándola,
oyéndola reír, porque era buena,
y la bondad es fiel y no se extingue.
Luego Justino con sus hijos juntos,
también al pie del Avila, recrece
(lección de surco arado es todo hombre)
su vivir en América.
Y Sotillo,
y Cedillo, poblando sus hogares
de intimidad radiante, y Duno, y Mario,
y Manolo Valdés, y Héctor Guillermo,
y Luis y Rosselló, bajo la indómita
majestad de estos picos celestiales,
sonríen sus palabras, sueñan, cantan.
A todos se les oye cómo cantan,
cómo acunan un niño, cómo cantan,
cómo cantan, Dios mío, cómo cantan,
al pie de esta montaña donde sólo
se escucha el resonar del agua rota
y el unido sigilo de los árboles.
Lección de surco arado es todo hombre:
Aparicio, Rossón, Gervasi y Lira,
y todos hacia adentro de ellos cantan,
pegados al botón de sus raíces,
como la alondra con su nido en tierra
esconde en el trigal su fiebre pura.
Y todos hacia adentro de ellos mismos,
cual túneles abiertos por la vida,
unidamente cantan, lloran, cantan,
sus cárceles deslíen mientras cantan,
y acompañado el corazón se siente
de aladas magnitudes, y mecido
por la sustancia universal que ríe
desde abajo hacia arriba, en esta noche
que es un vaso de agua aquí en la cumbre,
que es un niño cogido de la mano,
que es una misma voz, Manuel Felipe,
Para todos
también es la palabra cuando canta
de verdad en el pecho, y les reúne,
a todos les reúne, les congrega,
como junta Caracas a las gentes
que vienen hacia ella desde el último
rincón de la pobreza, convirtiéndolas
en moradoras de una fe.
... Por eso,
fundada sobre huesos españoles,
gloriosamente abierta por Bolívar,
pero hecha sobre todo por el canto
de sus generaciones, día a día,
Caracas es su propio nacimiento,
su propia navidad, y desde el Avila,
como infantil pesebre de los Andes,
se la ve reflejada hacia el futuro
y acunada por él.
Allá en el fondo
de la extasiada cuenca montañosa,
bullidora en silencio desde arriba,
parpadeante, nítida, se tiende,
entre el gris y el verdor de los ribazos,
la respirada cuna.
¡Y cómo cantan,
cómo cantan en ella, sobre ella,
en esta noche nacedora y virgen,
los árboles del Avila, los árboles
resbalados del Avila, las cimas!
Como un sollozo despeñado, el Guaire
cae en mi corazón, y su agua sorda
arrastra mocedades de los siglos,
noticias de mil pájaros, y briznas
de tanta levedad como la mano
de un niño, o como el beso en duermevela
que su madre le da sobre la frente
al mirarle en la cuna.
En esta noche,
paseando el corazón, lavando el alma
sobre la faz del Avila desnudo
me acogiste en el tuyo, como se abre
simplemente una mano; y vi tu infancia,
continuada en la niñez de otro,
reída, como un eco propagado
por cima de los montes, en la brisa
que roza las estrellas de las cumbres.
Medularmente viva, la madera
de nuestra dulce siempre primer cuna
ahora está en nuestros huesos, la llevamos,
chirría por las noches a menudo,
asoma a nuestros párpados de leche,
nos mece en soledad.
Como tú sabes,
como tú sabes bien, Manuel Felipe,
niñez continuada es sólo el hombre.
Todos los niños juntos de la tierra
un solo corazón forman ahora,
y cantan, se les oye, escucha, escucha.
Pueden más que los Andes: son más fuertes.
También mi corazón está cantando
como un niño perdido que se asoma
al umbral de una puerta espejeante,
de una infinita puerta espejeante,
de un infinito hogar espejeante
que pone en relación todas las cosas
y que ata dulcemente las distancias
igual que las campanas de los pueblos.
Ahora estará rozando espesamente
la nieve, el sobrehaz de la llanura,
contra adobe y adobe, surco y surco;
y también desde el Avila contemplo,
en pura vecindad con las estrellas,
las oscuras murallas invadidas,
y el humo de la hiedra entre unas tapias
que yo recuerdo bien. Parece casi
que voy a entrar allí, diciendo nombres
que yo recuerdo bien.
Manuel Felipe,
por encima del Avila, y de otras
que imploran aún mudez y no palabra
dentro del corazón, césped reciente;
lo mismo, digo: en la unidad del beso,
en el húmedo sitio de la risa,
en el panal del tiempo, en el que iunta
tristeza y alegría en una nota,
en una sola vibración viviente,
en un aroma indisoluble de alas
y de fechas oídas en los árboles;
lo mismo—te repito—que la música
de la indeleble hiedra cuando suena,
irá conmigo el Avila.
Conmigo,
lo llevaré conmigo confundiéndose,
fundiéndose a mis manos, de igual modo
que yo por sus caminos respiraba
el olor de las hojas, el susurro
del Guaire virginal, y el aleteo
de las piedras debajo de las aguas.
Sin esconder rincones, entregando
las sílabas veloces de la risa,
y el sordo, sordo llanto, en una sola,
en una vera navidad creyente,
la palabra del hombre es todo el hombre
y canta a puerta abierta cuando canta,
cuando sigue a los pájaros.
Conmigo,
lo llevaré conmigo en nacimiento
perpetuo de hermandad, donde el que debe
florece sus entrañas, y en fe viva,
en navidad perenne de fe viva,
se acompaña del mundo y no está solo.
A Caracas la llevo
como un fuego cruzado
entre los párpados,
como un abismo automático
sangrando en el vértigo del pavimento.
A Caracas la sufro
como un incendio de lutos portátiles
crepitando en el exilio cotidiano
de la lágrima y la rabia.
A Caracas la tengo sumergida
como un grito ahogado
como un dolor sordo
que busca sus muertos silentes.
en la esquina rota
de la ausencia forzosa.
A Caracas la oigo
en el silencio clamoroso de los cómplices
en las ráfagas cobardes de los psicópatas
en la cacofonía mortuoria
de un rebaño enloquecido por la ira.
A Caracas la invento cada noche a retazos
con el catálogo bendito
de los cuerpos estrenados
en un misterio repetido
de sudores gratuitos
y el inventario de los loros en vuelo
a las seis de la tarde,
con el Caribe resoplando más allá
de los pulmones
con un ritmo implacable
parecido al amor.
Carlos Juric (1970). Poema a Caracas, por Carlos Juric. Caracas/Iowa: Digo.Palabra.Txt. Publicado el 27 de junio de 2017.
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CARACAS MORTAL (EXTRACTO)
Esta no es una capital. No es una ciudad. No es un pueblo. Es sólo una Caracas mortal en medio de cualquier cosa, que no entendemos, que nos desconcierta hasta la rabia.
Es sal sobre la herida.
Es sentirse en medio de la nada con un alarido atrapado en la garganta.
*
Si abro mi pecho y lo ofrendo, Caracas podría otorgarme su perdón, la mano en la espalda, el abrazo mientras duermo. Si te sincero en mis latidos podría enterrarme sin vacilar.
La ciudad me susurra lo qué tengo que hacer: qué no tema, que si la enfrento, puedo quebrarla en mil pedazos y Caracas no podría contenerse: su peso es feroz y la venganza mortal.
Acepto el reto.
*
esto es Caracas
mortal (todos somos Caracas mortal) hubo muchos cuentos realidades que ahora
después de unos años son leyendas urbanas Álvaro murió de una sobredosis lo
dejaron recostado muerto en la puerta del apartamento de su madre Verdad nos
dejaron encerrados en un apartamento que tenía las ventanas tapadas Verdad
pusieron un ácido en un botellón de caipiriñas Verdad Kandinsky pasea por
Caracas Verdad Boris se baña desnudo en una piscina a las 3:00 am Verdad fuimos
dueños de la ciudad mentira fuimos diferentes más decentes más amables No más
jóvenes si mortales letales indiferentes sexuales citadinos urbanos leales
si
punto
y aparte
Claudia Noguera Penso (1963). Extractos del poemario, Caracas mortal. Cagua: Letralia. Publicado el 14 de marzo de 2016.
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RUEDA
Caracas
se cubre de rezo animal
a esta hora recorté muñecas de papel
lancé cartas al filo de la ventana
la abuela Teresa se quejó en responso
encendió la noche con sus huesos chamiza.
Afuera
la ceiba es la misma
asómate
si balanceas medio cuerpo sin mirar el asfalto
quizás el gavilán se mueva para ti
robe tu cuerpo
observes el grano de la ciudad
rompas el viento a 100 km por hora
regreses absorta a mi cama
Mis
noches no son terribles
la bandada duerme sobre chaguaramos lejos.
¿Recuerdas
la vista al parque de la Bandera?
aun apagado su hojalata encandila.
No te quise contar
Ese día me quemé la mano
no pudimos ir a la rueda
Teresa me dio un pañuelo verde
la hebra de su hueso me sostuvo
sólo pude mirar las tres patas del bastón.
Caracas
es laboriosa
vieja costurera sin máquina
vaho antiguo de cañaveral
……….tendido de gasa
piel de cerro
bajo el rezo animal.
Giordana García Sojo. Lengua materna. Valencia, Poesía, publicado el 21 de febrero de 2022.

