TRES POEMAS DE ISAURA DUARTE
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| Dorothea Maetzel-Johannsen, Blüten und weiblicher Kopf (1921) |
C o n e x i o n e s.
Minutos portátiles, rígidos
escandalizados
curtidos de arterias y plomo.
Recluidos bajo el suelo
de los montículos regresivos,
del resto de la toalla diseccionada
en el ataúd del baño de huéspedes
donde se apiña el rasguño de la luz
que ya no se lava la cara.
Mi cuerpo rojo
La llaga
La acústica de la noche reposada
El cromático recuerdo
Espasmo
El crimen de la flauta
El último aviso de salida roído
en un ticket donde mis manos
arrojaron el adiós a su existencia.
Esta ciudad que se ha ido al borde
de unos ojos cartesianos,
de un cuerpo que se ha quitado el pecho
porque no le late y su mirada se acumula
en el vacío amansando el fuego vivo.
Enigma taciturno,
de nuevo llegas
con mi olor de tierra sacra
anclada
a tu lenguaje mítico.
A tu voz inadvertida de hombre herido
tras la pared de otras que no
atravesaron tus puertas
Tus ojos
Tus arenas
Tus tiempos distintos
arrojados al tacto de la savia.
Mientras me ves
Mientras me veo
en este enlace acrílico
donde habitan las tecnologías
y el verbo amar se ocupa del
derrumbarse ante la caricia
que penetra la distancia entre
Alma y Alma.
Y el silencio atardece
en las aceras que camino
con la sed de un nómada
que esquiva fronteras.
Con el sonido del borrador
de una máquina que ya no escribe
y se ahonda el olor a tinta que
ahora está completamente seca.
Y jalo el gatillo
y arranco las cintas y me veo
manchada de amarillos y verdes
de voces lejanas que se escurren
y dibujan un nuevo rostro.
Y quedo tendida
Absorta
Penetrada
Callada
Callada en esta nada.
Pensamientos Parapléjicos.
¿Y qué? Si hablo con Chéjov y me jalo un pitín
Surrealista dentro de su boca.
Estás dentro.
Estás fuera.
Como un molusco.
Eyaculas una vez más en su boca.
Estás en otro lugar
donde el tiempo está perdido.
Los dedos de ambas manos
sobre la mesa,
otro sorbo de café, pálida sonrisa.
La descarga de un rayo.
[La recopilación del silencio
al parecer lo sabe todo,
yo debo confundirme en el paisaje,
un pequeño tren de vagones hundidos]
La voz escurridiza que engatusa la razón
el cenicero consumiéndose
ese gruñido entre los labios
un sofocante olor a lluvia
abreviando la entrada.
Envolviendo los testículos,
tapándose el sexo…
No vaya a ser un pequeño Edipo
—el hálito—
que exhala la habitación.
La obtusa opinión pintando
una expresión meditabunda
como si estuviera leyendo
un sueño parapléjico
una tonalidad lechosa
un artículo necrológico
mientras
se va acabando la caja de Marlboro
y los libros arden en los tablones de pino,
dignos de mención;
como los sacos de la carne y los huesos
el paradero de un hijo
el mejillón en el plato
el padre de carácter agresivo
el periódico y la sección de los desplazados
(anonimatos de un semen duro y seco).
La puerta de entrada abierta.
La puerta de salida abierta.
Poco peso cuando la hipótesis
quiere
acostarse contigo, más allá…
No se acuerda de nada
en esa distorsión temporal.
Te envolvió cálidamente desde
su líquido amniótico
aún estando dentro de ti
agitando
un temblor en los párpados.
–¿Cómo murió?
–Respiró hondo.
–¿Cómo murió?
–No fueron mis dedos, reposaban juntos en la mesa.
–¿Cómo murió?
–En su punto de partida.
–¿Dónde?
–¿Por qué tengo que confesártelo?
–¡Para no matarte!
Señala la misma silla de ayer
Recuerdo un cuerpo inclinado ante el alféizar, repasando los botones de una blusa derramada en café, alguien corría haciendo sonar silbatos, Chéjov escribió El Oso, ¿de quién era La Señorita Julia? ¿Has leído dramaturgia? ¿Sí crees que existe la escritura, la vida, la fe, las cavilaciones, el orden simple, la manzana medio podrida? ¿Soy yo… una persona? ¿Una capilla sintoísta? ¿La sustancia? ¿El cerebro del viento? ¿Existo cien mil metros bajo tierra? ¿Existo?
–Supongo que no lo habrás visto, has sido inundada por la riada con las manos entre tu vello púbico, cálido y húmedo, el sauce lamía tus pezones, el campo visual de tu conciencia se amplificaba, tu lengua se olvidaba de tu nombre, los rumores se expandían en tu mente, las voces altas tendían tus manos hacia adelante, fuiste ojeando las páginas del mostrador, cada una de las páginas era una fotografía de cabellos canos mirándose las manos perplejas teñidas de blanco con una etiqueta y una apertura por detrás.
Eras un yeso muerto sobre un piano verde vertical, pronto llegará la tarde, los goterones de agua sobre el cristal, la vuelta de la llave en la cerradura, el volumen apagándose en el pulso de las teclas, el súbito recuerdo del beige de los botones de aquella niña a la que le derramaron el café, la fijeza del largo clavo en la pared, donde ha desaparecido la marca de nuestro retrato…
La puerta de salida cerrada.
La puerta de entrada cerrada.
Todo permanece igual…
Luna negra
Pálida arde la brisa
oculta en tu piel,
fuente de plegarias
en la memoria
de un río
flotante y
divino.
Descalzo
antojo
de
ti.
Ángel de negro nido.
Isaura Duarte (Caracas, Venezuela). Bajo el camisón sonreía una mosca. Caracas: Fundarte, 2022.


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