TRES POEMAS DE ISAURA DUARTE

by - agosto 02, 2026

 

Isaura Duarte Poesía
Dorothea Maetzel-Johannsen, Blüten und weiblicher Kopf (1921) 


 

C o n e x i o n e s.

 

 

Minutos portátiles, rígidos

 

escandalizados

 

curtidos de arterias y plomo.

 

Recluidos bajo el suelo​​ 

 

de los montículos regresivos,​​ 

 

del resto de la toalla diseccionada​​ 

 

en el ataúd del baño de huéspedes

 

donde se apiña el rasguño de la luz​​ 

 

que ya no se lava la cara.​​ 

 

 

Mi cuerpo rojo

 

La llaga

 

La acústica de la noche reposada

 

El cromático recuerdo

 

Espasmo

 

El crimen de la flauta

 

 

El último aviso de salida roído

 

en un ticket donde mis manos

 

arrojaron el adiós a su existencia.

 

 

 

Esta ciudad que se ha ido al borde

 

de unos ojos cartesianos,

 

de un cuerpo que se ha quitado el pecho

 

porque no le late y su mirada se acumula

 

en el vacío amansando el fuego vivo.​​ 

 

 

 

Enigma taciturno,​​ 

 

de nuevo llegas

 

con mi olor de tierra sacra​​ 

 

anclada

 

a​​ tu lenguaje mítico.

 

A tu voz inadvertida de hombre herido

 

tras la pared de otras que no

 

atravesaron tus puertas

 

Tus ojos

 

Tus arenas

 

Tus tiempos distintos

 

arrojados al tacto de la savia.

 

 

 

Mientras me ves

 

Mientras me veo

 

 

en este enlace acrílico

 

donde habitan las tecnologías

 

y​​ el verbo​​ amar​​ se ocupa del

 

derrumbarse ante la caricia

 

que penetra la distancia entre

 

Alma y Alma.​​ 

 

 

 

Y el silencio atardece​​ 

 

en las aceras que camino

 

con la sed de un nómada​​ 

 

que esquiva fronteras.​​ 

 

 

 

Con el sonido del borrador​​ 

 

de una máquina que ya no escribe

 

y​​ se ahonda el olor a tinta que

 

ahora está completamente seca.​​ 

 

Y jalo el gatillo

 

y​​ arranco las cintas y me veo

 

manchada de amarillos y verdes

 

de voces lejanas que se escurren​​ 

 

y​​ dibujan un nuevo rostro.​​ 

 

 

 

 

Y quedo tendida

 

Absorta

 

Penetrada

 

Callada

 

 

 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​  ​​ ​​​​ Callada en esta nada.

 

 

 



 

Pensamientos Parapléjicos.

 

¿Y qué? Si hablo con Chéjov y me jalo un pitín

Surrealista dentro de su boca.

 

 

 

Estás dentro.​​ 

 

Estás fuera.​​ 

 

Como un molusco.​​ 

 

Eyaculas una vez más en su boca.​​ 

 

Estás en otro lugar

 

donde el tiempo está perdido.

 

Los dedos de ambas manos​​ 

 

sobre la mesa,

 

otro sorbo de café, pálida sonrisa.

 

La descarga de un rayo.​​ 

 

 

 

[La recopilación del silencio

 

al parecer lo sabe todo,

 

yo debo confundirme en el paisaje,

 

un pequeño tren de vagones hundidos]

 

 

 

La voz escurridiza que engatusa la razón

 

el cenicero consumiéndose

 

ese gruñido entre los labios

 

un sofocante olor a lluvia

 

abreviando la entrada.

 

Envolviendo los testículos,​​ 

 

tapándose el sexo…​​ 

 

No vaya a ser un pequeño Edipo

 

—el hálito—

 

que exhala la habitación.​​ 

 

 

La obtusa opinión pintando

 

una expresión meditabunda

 

como si estuviera leyendo​​ 

 

un sueño parapléjico

 

una tonalidad lechosa

 

un artículo necrológico

 

mientras

 

se va acabando la caja de Marlboro

 

y​​ los libros arden en los tablones de pino,

 

dignos de mención;

 

como los sacos de la carne y los huesos

 

 

el paradero de un hijo

 

el mejillón en el plato

 

el padre de carácter agresivo

 

el periódico y la sección de los desplazados

 

(anonimatos de un semen duro y seco).

 

 

 

La puerta de entrada abierta.

 

La puerta de salida abierta.

 

 

 

Poco peso cuando la hipótesis​​ 

 

quiere

 

acostarse contigo, más allá…

 

No se acuerda de nada

 

en esa distorsión temporal.

 

Te envolvió cálidamente desde

 

su líquido amniótico

 

aún estando dentro de ti

 

agitando

 

un temblor en los párpados.

 

 

 

–¿Cómo murió?

 

–Respiró hondo.​​ 

 

–¿Cómo murió?

 

–No fueron mis dedos, reposaban juntos en la mesa.

 

–¿Cómo murió?

 

–En su punto de partida.​​ 

 

–¿Dónde?

 

–¿Por qué tengo que confesártelo?

 

–¡Para no matarte!​​ 

 

 

 

Señala la misma silla de ayer

 

 

 

Recuerdo un cuerpo inclinado ante el alféizar, repasando los botones de una blusa derramada en café, alguien corría haciendo sonar silbatos, Chéjov escribió​​ El Oso, ¿de quién era​​ La Señorita Julia? ¿Has leído dramaturgia? ¿Sí crees que existe la escritura, la vida, la fe, las cavilaciones, el orden simple, la manzana medio podrida? ¿Soy yo… una persona? ¿Una capilla sintoísta? ¿La sustancia? ¿El cerebro del viento? ¿Existo cien mil metros bajo tierra? ¿Existo?​​ 

 

–Supongo que no lo habrás visto, has sido inundada por la riada con las manos entre tu vello púbico, cálido y húmedo, el sauce lamía tus pezones, el campo visual de tu conciencia se amplificaba, tu lengua se olvidaba de tu nombre, los rumores se expandían en tu mente, las voces altas tendían tus manos hacia adelante, fuiste ojeando las páginas del mostrador, cada una de las páginas era una fotografía de cabellos canos mirándose las manos perplejas teñidas de blanco con una etiqueta y una apertura por detrás.​​ 

 

Eras un yeso muerto sobre un piano verde vertical, pronto llegará la tarde, los goterones de agua sobre el cristal, la vuelta de la llave en la cerradura, el volumen apagándose en el pulso de las teclas, el súbito recuerdo del beige de los botones de aquella niña a la que le derramaron el café, la fijeza del largo clavo en la pared, donde ha desaparecido la marca de nuestro retrato…​​ 

 

 

 

La puerta de salida cerrada.

 

La puerta de entrada cerrada.

 

 

 

 ​​ ​​ ​​ ​​​​  ​​ ​​​​ Todo permanece igual…​​ 







Luna negra



Pálida arde la brisa

oculta en tu piel,

fuente de plegarias

en la memoria

de un río

flotante y

divino.



Descalzo

antojo

de

ti.



Ángel de negro nido.








Isaura Duarte (Caracas, Venezuela). Bajo el camisón sonreía una mosca. Caracas: Fundarte, 2022. 

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