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| Hendrik Nicolaas Werkman, Mannen met hondjes (1936) |
Hombres en un restaurante
Habla del modo en que los sucesos políticos
van modelando su temperamento o al menos
las manifestaciones externas de su espíritu.
Dice que no se afeita ya de la misma manera.
Me resisto a creer que algo tan exterior
pueda modelar el espíritu
o siquiera sus manifestaciones externas.
He bajado una escalera que bajé otras veces, de joven.
Es la escalera de este restaurante,
que conduce a los baños del subsuelo.
No estoy seguro de haber sido feliz cuando bajé las otras veces.
Sin embargo, bajar de nuevo esa escalera me puso bien.
O quizá no deba decir “de nuevo”.
Lo único seguro es que mi dicha momentánea
tuvo que ver con bajar la escalera.
Le pregunto si eso tiene relación con la política.
Me responde que, en un sentido amplio, sí.
Me dice que, políticamente, soy un hombre inconveniente.
Alguien que se pone feliz al bajar una escalera,
por razones inexplicables pero con seguridad internas,
no es un tipo al que se le pueda confiar una ejecución.
“Esencialmente”, dice, “sos un tipo político.
Yo no lo soy. Esas alteraciones en los ritos lo prueban.”
Pienso en la lluvia en el campo y admiro a mi amigo
que puede escuchar el sonido de otro océano.
Habitaciones para turistas
La poesía convive con las estaciones.
Se puede publicar en agosto o en enero.
No importa si tres cuartas partes de la ciudad
están en la playa o si la niebla humedece
demasiado rápido en el quiosco los diarios y
los suplementos de cultura.
Este verano amable vio un poeta
a Neptuno flotar sobre la línea del horizonte,
demasiado lejos de la atención de los bañistas
concentrados en la observación de sí mismos:
las maniobras de los surfistas,
las transpiraciones del deseo entre películas bronceadoras.
Pero hay algo que raigalmente explica
la estimada relación de empatía entre los poetas y la estación:
ellos, de hecho, arman y dan existencia práctica
a cosas como estas:
la luz íntima y a la vez fresca de un patio
donde se conversa hasta la madrugada
bajo la glicina/
una rama seca en un búcaro, junto a una ventana
—las copas de los árboles, afuera, todavía conservan
hojas verdes aisladas en las ramas blancas y ceniza.
La obra y su doble
Ser breve, en lo posible
refractaria, de modo de asegurar la permanencia:
requisitos de la imagen publicitaria.
Lo contrario es amor; no va con ello
el tránsito especular a través
del éter, la omnipresencia de la imagen,
venta, reproducción y a la par gratuidad
del objeto en su etapa de propagación como onda.
Pues lo contrario es el amor,
lo que cala el hueso, absorbe; detritus de la obra
en el alféizar.
Cierto. La cagada de la golondrina, el hollín.
Todo lo que ves en el borde gastado de esta ventana.
Caído del cielo. Caído realmente del cielo.
Aquel azul, allá, aquel cuadrado azul.
Jirón de la capa de Apolo, en el que flotan
pasto, plumas y aves, papeles de sentencias.
El dios no espera, arrastra el cielo, cae lo grave,
deja marca lo efímero, el humo, el pájaro, grande
como un tordo, que camina entre los trastos.
En ese techo, allá abajo; leve, atento al crujido,
al aire enemigo, al pelo o a la garra.
Recordar lo que se dice recordar, sólo
el capricho art noveau, la talladura, el dintel,
el mirar al sesgo en un bar,
la bicicleta atada al poste,
su portaequipaje blanco, cada día
en el mismo lugar, percudiéndolo.
Hasta que el aire está percudido
hasta que el aire está gastado;
como están rajadas las veredas,
cascados los cordones, patinadas o pulidas
las cortinas metálicas, carteles, vidrieras.
Usado el ámbito, transitado, manchado.
Ruinoso, vital, recorrido por soldadores, ganapanes,
pintores, el barrio.
Jorge Aulicino (1949-2025). 9 poemas de Jorge Aulicino. Rosario, Santa Fe, Argentina: Revista El Cocodrilo, julio 2025.

