
Ernesto de la Cárcova, Naturaleza en silencio (1926)
VERSIÓN DE UNA TARDE
De niña corría tras las ardillas,
quería atrapar alguna,
forzarle la boca
para conocer su aliento
a nuez roída en la penumbra.
Ayer forcé tus labios,
fue la mejor versión de una tarde:
me deslicé por tu casa,
lenta como polvo viejo
y libre como polvo nuevo.
Te apunté con los dedos
a la cabeza y dije
que si no te entregabas
te revelaría mis secretos.
La luz atravesó la ventana
como una espada
y bailé con los senos
pegados a tu camisa.
Tantos años de orinar
a la intemperie,
si me vieras, amor,
sobre las ortigas.
LA ÚLTIMA CINTURA
Después de años de planos trazados a la perfección,
mi madre terminó remendando ropa ajena.
Un día llegó Juan con su leucemia.
Trajo pantalones para achicar. Estaba perdiendo peso.
Cada vez que venía, yo me tapaba la boca.
Quería arrojarme sobre su cuerpo.
Cinco pantalones reducidos para las cinco versiones
de su cintura. Juan, eras blanco cal,
la luz desperdiciada en la dimensión de tus ojos,
tus labios como si toda tu sangre se congregara allí.
La última vez que te vi trajiste el sexto pantalón
y lo destrocé sollozando hasta quedarme dormida.
A la mañana siguiente encontré a mi madre
con los ojos cristalizados, detrás de la máquina de coser,
iluminada por los débiles rayos del sol.
Al lado de toda esa ropa arrugada, indecente, sin dueño.
.
.
.
CHERNÓBIL
Hay días blancos y días negros,
antes de mi nacimiento un día negro explotó,
y mi abuelo no vio más colores. Los sobrevivientes
pudieron escribir su nombre en la ceniza y volver
a la oscuridad del hogar.
UN DÍA SE INICIÓ EL OLVIDO
Las partículas de tu rostro
comenzaron a desintegrarse.
Ahora todos los hombres
te retienen en sus rasgos.
Tus gorros roídos por las polillas
y los guantes deformes
por la ausencia de manos.
Un día todos los hombres
que caminaban bajo la lluvia
estuvieron hechos
a la medida de tu cuerpo.
Ya no recuerdo cuán ancha la espalda
o cuán suave la tela del abrigo,
un día el olvido comenzó,
estaba sola en el andén
y las puertas del vagón
se cerraban y se abrían
como si ingresara
una multitud de fantasmas.
La luz de la luna oscilaba
como un farol y las estrellas
parecían colmillos
de un animal al acecho.
Cesaron mi infancia y tu vejez
pero tu voz no,
campana indestructible,
trina en mi sien,
enferma de misterio.
Natalia Litvinova (1986). Poesía argentina actual: Natalia Litvinova. Puebla, México: Círculo de Poesía. Publicado el 30 de enero de 2017.
