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| Isabel Teresa García, foto archivo. |
Isabel Teresa García (Caracas, 1985) es una poeta y traductora venezolana radicada en Suiza. Estudió Idiomas Modernos en la Universidad Central de Venezuela. Diplomada en traducción inglés-castellano de Literatura Contemporánea por la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona, España. Ha sido merecedora del Premio de Traducción al italiano «Le mille e una lingua» del Forum per l’Italiano in Svizzera (Basilea, 2025); el Premio Hispanoamericano de Traducción Literaria Aquelarre Ediciones (Veracruz, 2024); el Premio Internacional de Traducción de Poesía del italiano al español «M’illumino d’immenso» (Ciudad de México, 2022) y el Premio Bonaventuriano de Poesía (Colombia, 2016). Entre sus obras traducidas se cuentan a Amalia Guglielminetti, a Carin Caduff, a Saki, a Donata Berra y a James Joyce al español. Su poemario Exilios fue publicado por El Taller Blanco Ediciones (Cali, 2025).
Los dos poemas traducidos por Isabel Teresa García que le presentamos son de Donata Berra (1947). Un rastro de luz. Antología poética. Chile: LP5, 2025.
De noche, en el bosque
Has venido de noche, a mostrar
la cara esplendente del amor.
Tú hablas, y en el bosque
se vuelven terciopelo las sombras
bajo los ojos vigilantes de las lechuzas.
Yo miro hacia otro lado, pero en
la oscuridad
se enciende el recuerdo en las hileras de uvas
donde en el curso de la larga tarde
los racimos se han azucarado al sol.
Tú ríes, y los tejones en la
espesura del bosque
se colocan en posiciones más seguras.
En el sol caliente de la tarde,
las piñas crujiendo se han partido,
yo he recogido los piñones
los he puesto en fila uno a uno.
Tú miras, y mil ojos se
encienden,
miradas inquietas se posan sobre ti.
Yo busco una excusa, un
atenuante,
pero desde mi memoria dilatada y descompuesta
me responde un murmullo indescifrable.
Tú preguntas, y la tibia noche
se rasga en cintas de luto, alas
de grandes pájaros en fuga
deshilachan el aire, mientras
inexorable me posee
el cuerpo viscoso de la negación.
Hortensias
El tiempo pasa, decías,
permanece
el olor melifluo de las ramas
al reparo del sol: la sombra
de las hortensias azules donde
el primer juego tuyo era
el escondite, pero alguien siempre
se encargaba de revelarme
que la naturaleza
es refractaria a la metafísica.
Azufre es necesario para el azul
de los corimbos:
esto lo sé ahora, que no quiero
que nadie me busque:
por si vale de algo
quedarse adentro a pensar.











