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| Henk Schilling, "Moeder met kind" (1919) |
Hay niños que se pasean sentados en sus cochecitos
y madres morenas con cara de pera y llanto.
Las luces de los altares son bombillas aladas
y los teléfonos suenan con el mismo soniquete
(pero no es el mío).
Hay niños y las motos corren altaneras
sorteando los carros y las madres,
pero aquí nadie se para.
Nadie se para cuando las motos hacen resonar sus motores
(algunos suben y bajan la misma calle una y otra vez,
buscando algo que nunca pasa).
La mujer fuma y empuja el carro,
el bebé se acuna a sí mismo con cara de rana.
Algunas barrigas se pasean con puro en mano
y cara de enfado.
Cuánta gente cabe en un callejón de piedra y cuesta.
Solo las caras extranjeras, como la mía, van mirando a cada lado.
Las niñas que ya tienen niños pequeños,
los balcones cercados por el moho de la fachada,
la madera carcomida de las puertas,
y todo el mundo se saluda, se mira
con ojos de vida.
En aquella época me recordabas a Cicerón, calvo como un garbanzo.
La orilla rebosante de medusas lilas impedía que nos metiéramos en el agua: las olas vomitaban medusas lilas.
Nosotras tenemos miedo del veneno que acecha con el ulular del búho; la
marea sube y deja un montón de esos invertebrados semitransparentes
esparcidos por la arena (al final mataron a las ballenas, o a los
atunes).
Quisiera saber cuál es la roca que emana de la curva de tu cuello de Nefertiti, de gacela, amor mío.
La muerte de las ballenas (o de los atunes) no le da miedo a mi amor de cuello volcánico.
Oh, la corteza de tu piel es dura como la cola serpenteante de un lagarto.
Los ácidos críticos analizan y la loca Woolf se libera de los límites
que ocultan el reflejo del cielo en la superficie del agua que se atrapa
en la orilla: miles de cuchillos de lava petrificada se hincan en los
costados de un océano.
Por qué seguir a las rocas en su labor difusa, en su efímera auscultación de pechos férreos,
por qué besar rocas de granito cuando tengo frente a mí lava volcánica milenaria.
Tenía veinticinco años recién cumplidos
y una melancolía (bilis-color-negro)
por la juventud echada a perder,
un recorrido por los surcos que dejó el agua al arrastrarse por la arena mar adentro,
como los ramajes que crecen en los manglares, como los corales fosilizados en la roca,
y solo era mía, y por eso le compré un bonito collar de esos que tiene
la veterinaria de Combaní para chihuahuas; con piedrecitas brillantes
rosas y amarillas, con lucecitas de neón de un templo hindú en la
celebración de Ganesha.
A ti te pondré yo un altar y te rezaré,
por esa capacidad que tienes de aparecer-desaparecer, de velarme los
ojos, de susurrarme frases-espirales, de encerrarme en el laberinto de
Minos… ¿Acaso no eran los dioses a quienes más temíamos?
Me entrego a
ti como mi abuela a las estampitas de la Virgen de Guadalupe, a aquella
grotesca cornucopia de la Emérita Augusta postfranquista, con su foto
de cuando sirvió de enfermera en la guerra y la de la gala del casino,
con los trofeos de toro decorando los pasillos de la casa.
Blanca Berjano (1987). Blanca Berjano - En aquella época. Perú: Santa Rabia Poetry. Publicado el 6 de mayo de 2020.













