
Jinta Hirayama, Illustrated Catalogue of Daylight Bomb Shells No. 73 (1883)
XV
Huevo que cae y no se rompe
aunque caiga sin bridas del cielo.
Déjate caer y no nos rompas
los huesos con tu centro.
Huevo sideral que de improviso
caes en esta tierra árida, a esta hora.
Huevo de metal o líquido, no destruyas
estos cuerpos que, aunque débiles,
desean seguir tocándose, caminar,
hablar; ovoide que cumple un objetivo
y una dirección, que llegas del cielo,
desde una altura que no podemos
precisar, no nos prives de la respiración.
Acostado, en camilla y en el suelo te rezo,
huevo, ojiva que bajas y que pretendes
darnos la esperada desaparición. Hacia
bajo vienes sin pastillas, acaso vienes con
escasas maletas y alimentos, en cambio
sí vienes con ruido, oh huevo, mucho ruido
y con mucho verbo, con aniquilación.
No nos enseñaron a dejar atrás el mal
y abrirle surcos a la luz, ahora sí, benigna,
que no ciega o aniquila sino que en bello
coro nos da la bienvenida a un nuevo hogar.
Esa luz aún no llega o no la han dejado bajar,
manar, pasearse aquí entre quienes observan
cuerpos celestes que caen, detrás de la neblina,
cortina gris de la calina, calles de la niñez,
tranquilas, cómo podremos volver a tenerlas.
XIV
La simpleza de la punta, alargada en el ápice
y más ancha y abarcadora, gorda, en la cola.
No precisamente un triángulo, pero sí una
superficie cónica, casi cónica vista con estos
pobres ojos humanos, cansados, aletargados
de tanto mirar el desespero de los que buscan
un refugio inútil para sobrevivir: una hoja
de plátano, un techo de zinc, una laja que cubra.
Así dicen que era la ojiva. No hay consenso.
La veían con el hechizo de verse desnudos
por primera vez; la veían y de esa forma reían
o lloraban por el posible redentor o asesino.
Una cabeza de huevo, más bien, una parte
del cuerpo y no el cuerpo entero era lo que se
venía encima, destructiva. Así era. Punta metálica,
ahora sí, era visible. No había duda. El terror
tenía punta y era metálica. Lo demás, no se sabe.
Si el miedo llegaba al cuerpo debía ser de metal
como la punta del huevo. Todo de hierro, la punta
de hierro. Cabeza bélica, de combate o de guerra,
la ojiva bajaba cielo abajo. Tripulada de muerte,
también podía ser líquida, bañándonos o inundándonos
de todo su centro viscoso. Entonces no era metálica.
XII
Qué mano accionó el misil, desde dónde despegó
y por qué decidió tomar la dirección que ahora tiene.
De qué zona viene, quién giró la palanca o quién
decidió que debíamos ser blancos del aborrecimiento.
El huevo traza una parábola, va girando y con sus vueltas
intimida y aunque parezca contradictorio estimula;
es un péndulo que con monótono pero sostenido
movimiento afianza en los hombres una obediencia,
sumisa al fin, feudal en definitiva. De izquierda a derecha
se mueve y no se detiene, nada retiene su ritmo
que condena, que poco a poco causa un hondo sueño,
como de golpe en la nuca, en la cabeza, no del huevo,
sino en la nuestra, nuestra pobre cabeza que solo mira
el cielo en espera del trueno o de la salvación.
Agítanse las sombras al golpe de la ojiva,
con el estruendo que enluta barrancos y montañas,
y en la noche capitalina anuncia una breve luz
que ilumina las avenidas sin faroles o demarcaciones.
Atrás quedan las viviendas, los amigos,
las deudas no honradas; atrás quedan algunas
prendas y cajas que solo esperan cubrirse de polvo
para volverlas irreconocibles si por algún motivo
deseáramos volver, aunque sea mentalmente.
Néstor Mendoza (1985). Ojiva. Bogotá: El Taller Blanco Ediciones, 2019.
