TRES POEMAS DE JAVIER ROMERO HERNÁNDEZ

by - agosto 23, 2026

 

Javier Romero Hernández, Las flores rotas blog de poesía
Arthur Segal, Kain und Abel (Zyklus Altes Testament) (1918)

 

 

El fruto

 

Porque siempre colgará tu sombra
como un fruto oscuro,
que tal vez quisiera transformarse en ave
y no caer
como un latido de hojarasca hacia la nada:

Entonces será inútil derribar el árbol,
plantar otras semillas que no tiemblen,
clausurar la puerta para siempre
y ocultarnos de la cuerda
que no pudo contener tu ausencia;
de tu lengua donde crecen astros invernales
y de aquellos dioses
que vivieron sus tristezas en nosotros.

Por eso treparé a tu árbol cuando llueva,
y llevaré un paraguas,
y te daré un capote,
y en los mediodías un vaso con agua calmará tu miedo,
y aflojaré tu cuerda un poco para que me hables,
para que me cuentes de la hormiga
que confunde su guarida con tu pecho,
del perro de vigilia que aún te busca en caminatas nocturnas,
en territorios baldíos
donde todo sufre tu gravitación caliente,
donde a veces sentimos surgir
como el pálpito secreto de aquello que nos fue negado,
el pequeño cadáver de una lata
o la ocre aflicción de un trapo
disputando su quietud a la maleza.

Y yo te diré que estoy aquí,
contigo    conmigo,
escuchando el precipicio de tu voz en mi desvelo,
el murmullo de mis venas y las otras
como sonámbulas raíces extraviadas en mí mismo.

Y yo te diré que estoy allí,
sin ti,
que en mí sólo queda este coágulo nocturno,
un vértigo de sangre adormilada,
una náusea de diurnas latitudes,
porque siento un verde hostilizado,
siento ramas que se quiebran en mi frente
y una muerte suspendida de mi cuello me despierta;
porque siento aquellas hojas que se cimbran en tu cuerpo
como heridos labios que vacilan en un beso.

 

 

 

Crónica de un noctámbulo

“No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie”.
Federico García Lorca

 

No duerme nadie por mi mundo.

No duerme nadie por el mundo
cuando los mamíferos lunares
escarban en la piel de los enigmas
y rielan las heridas en los hospitales.
No respira nadie por el cielo
cuando copulan las sombras en los cenotafios
y deambulan los perros por el cementerio.

Alguien vigila las puertas de las residencias.
Alguien con un tirso
golpea las palestras alquiladas
y anuncia a los adúlteros hermosos
que la sangre se acaricia con el limo en las bañeras.

Nadie nos llama, es cierto.
Pero quién podrá llamarnos
cuando gime un mito
entre el eco de un andar desconocido;

cuando nos anidan reptiles en el pecho
y nos persigue un ruido de hojarasca aniquilada
por un pabellón en ruinas,
por un laberinto de senos estrujados
y piernas que destilan
la esencia migratoria del desvelo:

                          Caen los dados del silencio,
                          caen los signos de otros dioses,
                          caen lechuzas y serpientes extraviadas,
                          caigo yo como un astro enceguecido,
                          y avanzo   retrocedo   floto,
                          sobre tus pensamientos congregados,
                          sobre una pupila deshojada,
                          sobre una mujer clavada
                          en las eternidades inminentes,
                          sobre un cálamo de luz ensangrentada,
                          los verbos sumergidos en tu nombre me rodean,
                          hablan los espectros en los túneles del sueño:
                          Buzo de los símbolos
                          me ahogo
                          en un párpado entreabierto de la noche.

 

 

 

Javier Romero Hernández (1983). Poemas. Cagua: Letralia, publicado el 7 de agosto de 2006.

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