TRES POEMAS DE ANTONIO ROBLES
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| Paul Fischer, Ved Trianglen i København en varm sommerdag (s/f) |
Pecado lírico
El delirio se cree sombra, celebra, abraza,
desconoce en intermitentes correrías,
desaparece pero vuelve.
La metáfora se viste de Dios padre, de Dios
astronauta, monasterios de cristal caminados
por el viento, inspiración a la deriva, se apaga,
se enciende, convoca, enanitos de vidrio se
congelan en mis ojos.
La calle es cadáver extendido en gélidas formas,
cuervos de carbón quebrándose en los
labios de la noche, pájaros invisibles
danzando en mi torrente sanguíneo, gusanos
metálicos celebran pisoteando mi andar.
Estáticos parajes inanimados donde la alegría se
embriaga en la morada del oxígeno,
la ternura pacta con el cianuro para
incendiar las nubes, montañas azules,
formas triangulares de reptiles.
Caminos de atmósfera irreales, ficticios,
desaparecen en mis pasos, bailan en mi frente,
me convocan, el delirio, la metáfora,
me hacen prisionero, monasterios de cristal
quebrándose en mí aliento.
El espantapájaros
Un espantapájaros arrogante, alta frente de niebla,
mirada infinita, se acerca, se dirige a mí, a saber que
soy, que cosa soy, a quien espanto.
En la faz tiene una mancha o insurgencia de estrellas
negras, incrustados pedazos de noches, eternas telas de
viento lo cubren desde el pecho hasta los pies, abismal y
profundo ropaje de diamantes oceánicos.
En congelados pasos me observa flanqueado de abismo y
sembrados, su fugaz verbo de la inquisición, su inquieta
mirada al acecho, disparos de cianuros, implacables espinas
luminosas, gotas de cielo incandescentes me rodean para
interrogarme si espanto, si estoy vivo, si estoy muerto.
Espectral, audaz, armado con montañas de rayos eléctricos,
irreductible frente a mi presencia, pero escucha cuervos,
regresa a su labor y a pasos de subterráneos pies de glaciar me
abandona, se aleja.
El misterio se congela en el aire, se derrite, desaparece,
y me quedo solitario, yo, ser del misterio.
Julio, 1996
Calle ciega
La mañana conjura en ritual saharaui,
se deja ultrajar por el viento seco,
el desierto baila en su tumba,
la mañana está muerta.
Esta matutina historia se repliega,
se evapora en el tiempo, la calle huye en círculo,
su rostro se vuelve brisa, cantera cinética,
sueños inmorales.
Esta vieja plaza se torna atmósfera, la calle está soñando,
nace un río de luces, siluetas alumbradas,
una diosa desnuda ofrenda su luz.
Avanza la tarde en adorno de cadenas,
eternos eslabones metálicos, paso de la inmovilidad,
contagio de agonía, la muerte establece su carácter ilustre,
criaturas impías, espíritus de humo.
Calle ciega, llegada de la noche, desandar,
silencio, pedazo de sueño, pedazo de noche,
espectros conjurando en las estrellas,
vírgenes eróticas vagando en el firmamento.
Extraña rebelión de los astros, sonríen,
se extravían a lo lejos, provocativos labios de monjas
volando entre aves transparentes y búhos de piedra.
Pedazo de calle, olor a tiempo, caminatas,
caminando alrededor, andanza ebria de oscuridad,
en mi aliento hay grillos de cuarzo que proscriben
en el vientre de la noche
Antonio Robles (1964). Huyendo al Sur. Antología poética. Santiago de Chile: LP5 Editora, 2021.


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