CINCO POEMAS SOBRE SALUD MENTAL
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| Frits van den Berghe, Tree in Bloom (1930) |
PSICOSIS
a Nietzsche
Esta noche quiero encontrar un sentido
a esto de ser una vaca.
No pude verte de otra manera,
ser un hombre.
No supe fingir desamor,
como quien mira a través de un fantástico velo.
Así que vamos a dignificar
esta añeja placidez.
Quizás deba emprender un viaje,
no uno épico,
colmado
de aventuras.
Sino un sencillo viaje en avión,
innegablemente postmoderno,
hasta ese lugar ignoto donde las vacas
─según dicen─
todavía son sagradas.
Alejandro Castro (1986). No es por vicio, ni por fornicio. Uranismo y otras parafilias. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2011.
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A Luis Camilo
Me levanto
no me levanto
me detestan
me ligo
atropello a un motociclista con alevosía y premeditación
me entrego al complejo de edipo
deambulo
estudio con sumo cuidado las diferencias entre dirritmia-
psicosis-esquizofrenia-neurosis-depresión-síndrome-pánico-
y me arrecho
quedo sola en la casa cuando todos duermen
compro una revista que cuesta seis dólares
le roban la cartera a mi mejor amiga
me agarran
amo a mi amigo
lo empujo
lo asesino
recuerdo el paraguas de Amsterdam
y la lluvia
Y el gesto airado
me dedico a la bebida para evitar el infarto
mastico la comida cincuenta veces
y me aburro
y me aburro
adelgazo
engordo
adelgazo
me transo
no me transo
me quedo quieta y lloro
alguien me toma en sus brazos
y me dice quieta quieta estoy aquí
dejo de llorar
escucho el viento que sopla cerca del mar solamente cerca del mar
acepto que existan cucarachas voladoras
descubro que todas mis amigas tratadas por psicoanalistas se han vuelto totalmente tristes totalmente bobas
me leen el oráculo chino y me predicen larga vida
Vida de mierda digo
subo al carro
bajo del carro
comprendo de un solo viaje cuánto petróleo hay en un barril
me dicen apaga la luz
la apago
me preguntan ¿ya?
me hago la loca
me acojo a la pacificación
me joden
duermo apoyada en la barra
oigo la voz del español de siempre que se caga en diez
alguien llora otra vez a mi lado
me pegan
me pegan duro
hay luna llena
corro por la carretera que bordea la montaña,
saco la cuenta,
no me sale,
me duele el pecho,
se hace de día,
el rojo gana
rien ne va plus.
Miyó Vestrini (1938-1991). "El invierno próximo", 1975.
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Delirium tremens
Ahora lo entiendo:
necesitaba un amor desbordado
emoción huracanada
necesitaba el roce de las hojas
gruesas verdes laberínticas
senda salvaje
recorrida con los dedos.
Ahora sé de hambre
salvia y gotas de alcohol
esparcidas por el vientre
prohibido tocar morder
prohibido rozarse.
Ahora sé
cuánto valen los cuerpos
que al mirarse se ignoran.
Ahora sé
de silencios gesto ausente
ojos que cazan vigilantes
quietos nombran mi pescuezo
yo husmeando entre las matas
yo ignorando el gesto debajo de la mesa
yo
me retiro paciente espero
mientras miro de reojo y me castigo
como los perros
que se portan mal.
Oriette D'Angelo (1990). Poemas de Oriette D'Angelo. Caracas: Papel Literario, El Nacional, publicado el 14 de febrero de 2026.
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DIABLOS (EXTRACTO)
Gamelote imantado la cabeza del diablo. Zarzas magnéticas sus brazos. Helecho amarillento su sexo. Me retuvo en la cama. Parecía querer cubrirlo todo. Hasta el hombro pequeño de pureza que me quedó para eludirlo y del que aún pendía una tara diabólica. El diablo tenía antenas en lugar de los cuernos. Sólo una lagartija reluciente-porque apenas podía ver lo verde-me devolvió la vida. Me levanté del lecho. Pero ya no seré capaz de ver el pasto sin acordarme de lo sucedido. Ni siquiera otra vez seré yo misma para rememorar que la ternura, el amor, la amistad, verdes plenos, fueron mi primavera. He convivido con un verde diablo
El diablo frotaba contra el muro el muslo guarnecido de cayenas extrañas. De pronto, se sentó. Yo miraba su espalda, de un mareante escarlata profuso. Exhalaba un calor de fogata. Yo conocía las piras. Si ves, de lejos, en un bosque, una hoguera prendida, por un ser que te ignora, dices que es el amor y que la rojiza humareda es un nuevo rubor que alivia tu cansancio. Pero tiene que ser un desconocido quien la encienda y que el humo rosáceo que te traspase la piel. Eso es todo. Pero lo llameante del diablo no daba ya lugar para ningún recuerdo. Yo los atesoraba, como a corolas malvas, con manchas de aposentos austeros, con señales de pálidos semblantes, y me los consumió. Me quemaba dentro de una fiebre demoníaca. Sentía sus cabellos rozándome en el pecho como bugambillas satánicas. Quise huir… Pero me quedaba sólo un hombro y el diablo me arrebató la huida y se bebió después mi sangre.
Cerré los ojos. Sabía que clavaba en mis llagas los cambiantes zafiros de sus ojos y yo me debatía y no encontraba razones para sus zarpas rechinantes, fúlgidas y celestes. Porque el cielo es lo que se puede ver con alegría, lo que hace que el cuello se levante y aspire. El cielo nos permite la frente liberada y gallarda. Durante el día, lo vemos como a un regazo limpio donde cabe la libertad y también el amparo. I durante la noche, aunque pareciera negarnos el paso y el umbral, ha renacido en sombras, porque eso es nada más para que el cuerpo brille y tiemble. El cielo diurno nunca está perdido. Es un camino claro que se halla en todas partes. Rodea por todos los recodos como un pecho cerúleo que nunca nos negó protección. Una puede albergarse en el dolor, reprimirse en la dádiva, incluso hacer el puño, pero hay algo que se ensancha y se libra cuando se dice: cielo.
Ida Gramcko (1924-1994). Poemas de una psicótica. Caracas: Editorial Diosa Blanca.
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Lamento no literario
El dolor sinsentido
destruye,
no hay manera de calmar la mente
e ignorar la regresión a todos los pasados.
A veces soy mi madre-rostro,
el origen de todos los sentidos,
vuelta cabra por la tensión con mi padre,
el sol.
A veces soy yo, la niña,
un ovillo que llora inmóvil,
sola,
sin arrorró ni consuelo.
¿Idiota? Claro.
También ridícula.
Muchas veces soy mi madre,
y entiendo:
el veneno no solo me ha lastimado,
también me ha dado forma.
He sido arcilla de la enfermedad
(¿Tú no estás enfermo?
Todos lo estamos.
Para cada síntoma de estar demasiado vivo,
un médico y una droga).
Y a veces en mí hay un vacío,
que busca comerse a los seres del mundo,
tal vez también hacerlos llorar.
Soy violencia para mí,
para los otros.
Exceso de significados.
Soy la perfecta flor viral,
hija pródiga de todas las guerras
y todas las máquinas.
Parálisis, parálisis,
días oscuros como la mierda,
frío adentro y afuera,
en plena primavera.
Frío interior,
oído hinchado,
cuerpo extremado en disforia premenstrual.
La descripción del mal no es poesía,
pero poema es curar la herida con su sal.
Duele, quema,
escribir para tapar espacios.
Tal vez así pare el llanto infantil
en este cuerpo onanista y de azote.
¿Mujer independiente?
también dependiente,
codependiente
e injusta,
caprichosa niña lastimada.
Cantadora de lo que asfixia,
boa constrictora de mi amante,
planta trepadora de muros derruidos,
siempre,
¡Maldita sea!
Corazón sangrante
para bien o para mal,
para ascender y sentir,
ser,
vivir la gracia y
para desangrar(me)
en mi autoflagelación,
ansiosa práctica prohibida
por la policía de la salud mental.
El mal es no ser buena.
El mal es dejar que la hormona ascienda a la conciencia.
El mal es dar entrada a la corrupción por pensamiento.
El mal es ni siquiera intentar combatir el mal.
El mal es pensar en el suicidio después de haber superado los pensamientos suicidas.
Ser poseída por la sombra y mirar su kilométrica
enVERGAdura que apalea,
pero promete,
según algunos ocultistas del psicoanálisis,
La redención de Psyché.
He pecado, no he superado mi Edipo.
Todavía me lastima el recuerdo de la desolación,
el yo, entumido por años.
Tal vez es bueno que me dejen sola
aunque me sienta como un perro.
Los perros son hermosos,
aunque mueran de soledad hambre rabia cansancio
atropellos burlas,
siempre encuentran su sonrisa
grotesca de lágrimas.
Teresa Noyola (1994). Poesía mexicana: Teresa Noyola. Puebla, México: Círculo de Poesía, publicado el 1 de octubre de 2022.


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